Mi primera vez con un obrero en el baño del bar
Mi historia empieza en junio de 2018. Tenía veintiséis años por entonces y vivía con esa contradicción incómoda de querer a los hombres y de venir de una familia que rezaba el rosario tres veces por semana. En mi casa hablar de sexo era pecado, y hablar de homosexualidad directamente no se hablaba. Como si nombrar la cosa la trajera al living. Los mayores fingían demencia y los menores aprendíamos a callarnos.
Había tenido algún roce con chicos de mi edad. Manos torpes en habitaciones a oscuras, besos rápidos en el auto de un amigo, alguna mamada apurada en el baño de un boliche. Nada que mereciera el nombre de experiencia. Por eso, cuando pienso en mi primera vez de verdad, pienso en esa noche calurosa de febrero y en el obrero del bar de mi hermana.
Físicamente nunca me consideré galán. Soy macizo sin ser gordo, con algo de panza pero brazos fuertes, cabello castaño, ojos color miel, piel que se pone colorada al primer rayo de sol. Desde chico me calentaron los torsos lisos, los hombres mayores que yo, los que parecían saber lo que hacían. La pornografía gay la descubrí a los dieciocho y desde entonces fue mi compañera secreta.
En esa época trabajaba en una obra al sur de la ciudad. Construíamos un edificio de departamentos sobre la avenida principal, y la cuadrilla era un mundo aparte: bromas pesadas, mate compartido en cualquier rincón con sombra, charla cruzada de mujeres y de fútbol. Yo era reservado. No por miedo a que se burlaran, sino por costumbre. Pero en aquella obra, no sé por qué, una mañana solté lo que nunca solía soltar.
—Yo voy con hombres —dije, casi sin pensarlo, en medio de una broma sobre mujeres del barrio.
Pensé que se iba a hacer un silencio incómodo. Pensé que alguno me iba a buscar pelea. No pasó nada de eso. Lo que pasó fue peor, y también mejor: a partir de esa frase, los compañeros empezaron a tirarme insinuaciones todo el tiempo. Algunos en chiste, otros no tanto. Y entre la cuadrilla había una familia de cinco hermanos que trabajaban juntos en la obra, todos morenos, todos muy hombres, todos con ese aire de barrio que no se compra.
Dos de ellos me llamaban la atención. Uno era pura boca: Lautaro, el menor, no debía tener más de veintidós años, y me hablaba directo, sin filtro.
—A vos te cojo cuando quieras, decime cuándo y vamos —me decía riéndose, pero los ojos no se reían.
El otro era distinto. Mayor que él, unos treinta y pico, panzón, callado. Se llamaba Damián y tenía unos ojos verde agua que parecían no ir con el resto de la cara. Yo sabía que con Damián no iba a pasar nada. Era el serio, el padre de familia, el que se quedaba a hacer doble turno cuando faltaba alguien. Hasta que pasó.
El rumor de que a mí me gustaban los machos corrió rápido. En una semana lo sabía toda la obra. Y dos semanas después llegó al bar de mi hermana, un boliche chico en un barrio del oeste donde nos juntábamos los viernes a tomar cerveza después del laburo. Era un boliche de los de toda la vida: barra de madera, espejos viejos, una rocola que solo sabía pasar cumbia. Mi hermana Carolina lo atendía con la ayuda de su novio.
***
Esa noche de febrero, los hermanos estaban casi todos. Damián también. Era un viernes de calor pegajoso y la cerveza no alcanzaba a refrescar. Yo estaba sentado en una mesa contra la pared, charlando con otro compañero que se había metido a hacer de mediador entre Damián y yo.
—Mirá —me dijo bajando la voz—. Si querés coger con él, vayan. Yo no digo nada. Acá no se entera nadie.
Lo dijo así, en serio. Yo me reí porque no sabía qué hacer con esa información. Miré a Damián, que estaba en la barra con un vaso en la mano, mirando para otro lado como si la conversación no fuera con él. Pero la oreja la tenía puesta. Eso lo supe después.
Por jugar le dije al mediador:
—Decile que si quiere algo, que me siga al baño.
Lo dije convencido de que era un farol. Estaba seguro de que el tipo no se iba a mover. Me paré, agarré mi celular y caminé hasta el fondo del pasillo. El baño del bar quedaba al final, detrás de una puerta de chapa pintada de verde. Era un baño chico, de un solo cubículo, con un inodoro, un lavatorio y una luz de tubo que parpadeaba. Olía a cigarrillo viejo y a desinfectante barato.
Cerré la puerta, me apoyé en el lavatorio y respiré. Pensé en volver. Pensé en lavarme las manos, salir y hacer como que nada. Y entonces escuché los pasos. Pesados, lentos, los pasos de alguien que no estaba escapando.
La puerta se abrió y Damián entró. Cerró con traba detrás de él, sin decir una palabra. La luz del tubo nos pintaba a los dos de azul. Era más alto que yo, panzón, sí, pero firme, con esa firmeza de los tipos que cargan bolsas de cemento de cincuenta kilos como si fueran almohadas. Tenía la camiseta negra mojada en la espalda y un olor a transpiración mezclado con perfume barato que no era nada desagradable.
—¿Y? —dijo.
Yo estaba mudo. Me dio un ataque de risa nerviosa, de esa que sale cuando uno no sabe dónde meterse.
—Me da vergüenza —le solté, y me tapé la cara con las manos.
No era exactamente vergüenza. Eran nervios.
Era la primera vez que iba a estar con un hombre hecho y derecho, no con un chico de mi edad. Y estaba pasando en el baño del bar de mi hermana, a quince metros de la barra, con Carolina sirviendo cervezas del otro lado del pasillo. Cualquier cliente que se confundiera de puerta podía meternos en un problema enorme.
—Si querés salimos y no pasó nada —dijo él, y la voz le sonó más amable de lo que yo esperaba.
No. No quería salir. Negué con la cabeza y me arrodillé frente a él.
—¿Qué querés que haga? —me preguntó.
—Bajate el pantalón —le dije.
Lo hizo, pero no del todo. Se lo dejó a la mitad del muslo, listo para subir de un tirón si alguien manoteaba la puerta. Tenía un calzoncillo blanco que también bajó solo hasta donde hacía falta. Y abajo estaba él: limpio, recién afeitado, con la piel sorprendentemente clara para el resto del cuerpo. Todavía no estaba duro. No del todo.
Lo agarré con la mano derecha. Estaba caliente y pesado, mucho más pesado de lo que yo me imaginaba. Empecé a moverlo despacio mientras lo miraba a la cara. Damián tenía la mandíbula apretada y los ojos verdes fijos en mí. No sonreía. Estaba serio, concentrado, como cuando uno está por meter una cuchara de albañil en una mezcla y no quiere desperdiciar nada.
—Empezá —me dijo, con la voz un poco más ronca.
Me la metí en la boca. Al instante creció. Creció tanto que me sorprendí. En mi barrio tenemos una palabra para los tipos así: tienen un fierro. Y Damián tenía un fierro, largo y grueso, que apenas me entraba entero. Por los nervios y la inexperiencia, le pegué un mordisco sin querer. Él reaccionó con un quejido contenido.
—Tranqui, sin morder —dijo, y me puso la mano en la nuca, suave, sin presionar—. Despacio.
Le hice caso. Bajé el ritmo, abrí más la boca, empecé a respirar por la nariz como había visto en los videos. Lo lamí entero, lo recorrí desde la base hasta la punta con la lengua, le besé los huevos y descubrí que los tenía afeitados también. Eso fue lo que me terminó de prender. Algo en ese detalle —la prolijidad, el cuidado, la sospecha de que no era la primera vez que un hombre se lo agarraba— me hizo perder la vergüenza de a poco.
Lo escuché gemir bajito. Después un poco más fuerte. La mano que tenía en mi nuca se cerró apenas. Empezó a marcarme el ritmo con un movimiento mínimo de las caderas, casi imperceptible, como si tuviera miedo de hacer ruido.
Pasaron unos minutos así, no sé cuántos. Y entonces escuchamos pasos en el pasillo.
Los dos nos quedamos congelados. Damián se subió el calzoncillo y el pantalón en dos movimientos rápidos, y yo me incorporé como pude, con las rodillas rojas y la boca hinchada. Los pasos pasaron de largo. Era alguien que iba a la cocina, no al baño. Falsa alarma.
—¿Seguimos? —me preguntó él, ya con la voz agitada.
—Obvio.
No iba a perderme esto por un susto.
***
Se acomodó contra la pared y yo volví a arrodillarme. Pero después de un rato me dijo:
—Quiero la cola.
Me hizo gracia la palabra, así dicha, casi como un nene pidiendo un caramelo. Pero la entendí perfectamente.
Me incorporé. Me bajé el pantalón hasta los tobillos, me apoyé en el lavatorio con las dos manos y le ofrecí el culo. Él escupió en su mano, escupió otra vez, y empezó a buscar la entrada. La primera estocada fue dura. Me dolió tanto que se me escapó un quejido y tuve que morderme el labio.
—Más despacio —le pedí.
Me hizo caso enseguida. Bajó el ritmo, esperó que yo me acomodara y volvió a empujar más suave. De a poco fui aflojando. La segunda y la tercera fueron mejores. Para la quinta ya entraba entero. Y cuando entraba entero, Damián gemía contra mi nuca con un sonido que no me voy a olvidar nunca: una mezcla de placer y de incredulidad, como si no terminara de creer dónde estaba metido.
Me sostenía la cadera con las dos manos. Tenía las manos ásperas de albañil, callosas, calientes. A veces me tiraba del pelo. A veces me decía cosas bajito al oído, cosas que no eran románticas ni amorosas pero que en ese momento, en ese baño, me dieron una calentura que no había sentido nunca.
—Aguanto bien —le dije, con esa frase que solo se usa en un momento así.
—Ya sé —dijo él, y se rió.
Entramos al baño a las once y veinticinco. Salimos a las once y cincuenta y cinco. Treinta minutos largos, contados, en los que pasó todo lo que tenía que pasar y casi todo lo que yo me había imaginado las noches que me masturbaba pensando en él.
Cuando me preguntó si ya estaba, le dije que sí. Yo ya había acabado contra el azulejo del lavatorio, casi sin darme cuenta. Él se acomodó la ropa, se peinó con los dedos, se mojó la cara y abrió la puerta como si nada. Salí yo treinta segundos después. Carolina estaba sirviendo una jarra de cerveza y ni nos miró. Lautaro me clavó los ojos desde la otra punta de la barra y yo lo único que pude hacer fue sonreír.
***
—¿Te llevo? —me dijo Damián en la puerta del bar, ya con el casco en la mano.
Subí atrás de su moto. El aire de la noche me pegó en la cara y me terminó de despertar. Me agarré de su cintura, sintiendo todavía la calentura entre las piernas y el ardor del culo, y me reí solo. Cogía como animal. Después de esa noche caminé raro dos días.
Con Damián no volvió a pasar nada. Quedamos en buenos términos, nos saludábamos en la obra, nos tomábamos una cerveza si coincidíamos un viernes. Después me enteré de que no era ninguna primera vez para él: había estado con otros tipos como yo, calladitos, en obras anteriores, en otros baños. Y con dos parientes suyos terminé teniendo cosas más adelante, un hermano y un sobrino, pero esa es otra historia para otro día.
A esa primera vez la sigo recordando con todos los detalles. El olor a desinfectante, la luz de tubo parpadeando, el peso de Damián contra mi espalda. Y la sensación de que después de tantos años de callarme, finalmente me había animado a decir lo que era. Y de que el barrio, contra todo lo que me habían enseñado, no se había caído a pedazos por eso.