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Relatos Ardientes

Cuando descubrí por qué Tomás siempre me frenaba

Me llamo Andrés y lo que voy a contar pasó unos meses después de aquella tarde en el departamento de los dos hombres mayores, esa noche que terminó conmigo entre los dos y que ya conté en otro relato. Aún tenía esa experiencia metida bajo la piel cuando empecé a fijarme distinto en Tomás, un amigo del grupo con el que llevaba años saliendo a tomar algo los viernes.

Tomás era el típico chico que pasaba desapercibido a propósito. Medía un metro ochenta y cinco, tenía algo de panza, hombros anchos y unos ojos color miel que escondía detrás de unos lentes que casi nunca se sacaba. Hablaba bajo. Se reía tarde, después de procesar el chiste. Cuando el grupo se iba poniendo ruidoso, él se quedaba con el vaso en la mano mirando algún punto fijo de la mesa.

Yo lo había besado una vez, meses atrás, en la cocina de la casa de un amigo común. Habíamos bebido demasiado, terminamos solos buscando hielo y nos chocamos en la heladera. Le agarré la cara y lo besé sin pensarlo. Él me respondió un segundo entero, después me apartó con suavidad y me dijo que prefería volver al living. En ese momento pensé que no le gustaban los hombres, o que no le gustaba yo. Decidí no insistir y olvidarlo.

***

Tres meses más tarde, un sábado de junio, me escribió. Decía que se había comprado una película que quería ver conmigo y que sus compañeros de departamento estaban afuera todo el fin de semana. La invitación tenía una temperatura distinta a la habitual. La acepté sin disimular.

Llegué con una botella de tinto y la excusa improvisada de que no había encontrado nada mejor. Él abrió la puerta con una camisa que le quedaba ajustada en los hombros, el pelo todavía húmedo de la ducha, oliendo a un jabón de almendras que se le quedaba pegado a la piel.

—Pasá —dijo, y se hizo a un lado.

El living estaba ordenado con esa prolijidad nerviosa de quien preparó la escena. Almohadones doblados, las luces bajas, la pantalla ya en el menú de la película. Nos sentamos en el sillón con una distancia educada entre los dos y serví el vino en silencio.

No miramos la película.

A los veinte minutos él hablaba sin parar de cualquier cosa, como si necesitara llenar el aire para no escuchar lo que ya estaba pasando entre los dos. Le puse la mano en la rodilla. Se quedó callado. Le giré la cara con dos dedos y lo besé igual que aquella vez en la cocina, pero esta vez sin alcohol y sin testigos.

Tomás me besó como si hubiera estado practicando ese momento mentalmente durante meses. Despacio, después con hambre, después otra vez despacio. Le pasé la mano por la nuca, le saqué los lentes y los dejé en la mesa baja. Cuando le bajé la mano por el pecho y la apoyé sobre su entrepierna, él se tensó entero y me la apartó.

—Esperá —murmuró.

Me eché atrás. Lo miré.

—Tomás, en serio, decidí. Si no querés, paramos y miramos la peli como dos amigos normales. Pero no juegues conmigo, ¿sí?

Bajó la cabeza. Se quedó un rato largo callado, con las manos apretadas entre las rodillas. Después habló sin levantar la vista.

—No es eso. Vos me gustás. Me gustás un montón. Hace meses que pienso en esto. Pero tengo miedo de lo que vas a decir cuando me veas.

Cambié de tono. Le agarré la cara con las dos manos y le obligué a mirarme.

—¿De qué tenés miedo?

—De que te rías. De que me dejes a la mitad. La última persona con la que estuve me lo dijo el día que cortamos. Que la tenía chica. Que no servía. Me lo gritó en la puerta de mi casa.

Algo se me apretó en el pecho. Lo besé en la frente primero y después en la boca, despacio.

—Esa persona era una idiota —le dije—. Y ya no está acá. Acá estoy yo.

Mientras hablaba le empecé a desabrochar el botón del pantalón. Él intentó cerrarme las manos otra vez, pero le sostuve la muñeca con firmeza, sin violencia.

—Confía —murmuré contra su oreja—. Y si en algún momento querés que pare, paramos. Pero dejame mirarte primero.

Asintió con los ojos cerrados.

***

Le bajé el pantalón y después los bóxers. Saltó frente a mí una pija pequeña, completamente dura, de un rosa limpio, todavía oliendo a ese jabón de almendras. No la había visto antes y la verdad es que el tamaño me importó menos de lo que él temía. Lo que me importó fue el modo en que la tenía erecta contra el estómago, latiendo, suplicando atención.

Tomás no se atrevía a mirarme. Tenía el cuello rojo, una vena marcada en la sien y la mandíbula apretada como esperando un golpe.

—Mírame —le pedí.

Abrió los ojos despacio. Sin sacárselos de encima me agaché entre sus rodillas y me la metí en la boca de una sola vez, hasta el fondo, sin esfuerzo. La sentí entera contra el paladar, caliente y suave, y le subí la mirada con la pija todavía adentro. Tomás soltó un quejido que sonó casi a sollozo y se aferró al sillón con las dos manos.

Era un placer raro chuparlo. Podía moverme sin asfixiarme, lamerle la base sin separarme, recorrerle los testículos con la lengua sin perderle la punta. Empecé a entender que el tamaño con el que él cargaba como una vergüenza era, en realidad, una invitación a hacer cosas que con otros nunca había podido. Me la dejé en la boca quieta y le subí los ojos otra vez. Él me miraba con una mezcla de miedo y devoción que me hizo arder.

—Andrés, esperá, me voy a venir, esperá, espe…

No le di tiempo. Aceleré el movimiento, le agarré la cadera con una mano y le clavé los dedos. Se vino dentro de mi boca con un grito ahogado, contraído entero, temblando contra el sillón. Me tragué todo. Tenía un gusto suave, casi dulce, sin amargor.

Cuando me incorporé tenía la cara colorada y los ojos llenos de lágrimas.

—Perdón —empezó—. Te juro que siempre me pasa lo mismo, me vengo a los dos minutos, soy un desastre, soy chico y encima…

Le tapé la boca con un dedo.

—Escuchame bien. Hace mucho que no la paso tan bien chupando a alguien. ¿Me escuchaste? Hace mucho. Y si te venís rápido es porque te gustó, no porque seas un desastre. Yo decido cuándo me parece poco. Y a mí no me pareció poco.

Lo besé en la boca, con su propio sabor todavía en la lengua. Se estremeció.

***

Pensé que ya estaba, que íbamos a quedarnos ahí, charlando, recuperándonos. Pero a los pocos minutos sentí su mano en mi nuca, su boca buscando la mía con una urgencia nueva, y al bajar la vista vi que ya estaba duro otra vez.

Me sorprendió lo que dijo después.

—¿Te puedo… puedo metértela?

Lo miré una fracción de segundo más de lo que esperaba. Por su timidez, por todo lo anterior, había asumido que iba a querer recibir. Me equivoqué. Asentí sin hablar.

Me saqué la ropa rápido. Él se quedó un momento mirándome como quien no termina de creer que tiene permiso. Después agarró un frasco de lubricante de un cajón al lado del sillón, con esa premeditación tierna de quien lo había dejado a mano por si acaso, y me untó despacio con dos dedos. Yo apoyé las rodillas en el sillón, las manos en el respaldo, y le di la espalda.

Entró sin esfuerzo. Sin ese momento de adaptación incómoda que tenía con otros. Solo una presión cálida, suave, agradable, y enseguida un vaivén que él intentaba controlar y no le salía. No mentiré: había probado pijas mucho más grandes y la diferencia se notaba. Tenía menos golpe, menos contundencia. Pero al girar la cabeza y verle la cara, esa mezcla de incredulidad y felicidad casi infantil de estar adentro de alguien que no se reía de él, me prendí entero.

—Más fuerte —le pedí.

Apretó las manos en mis caderas y se animó. Embistió tres, cuatro veces seguidas y ya estaba viniéndose de nuevo. Le sentí el calor del semen adentro y, no sé bien por qué, me gustó. Me gustó saber que la había soltado entera dentro mío, que por una vez en su vida había terminado sin sentirse menos.

—Me encantó —le dije, todavía con él adentro—. ¿Me escuchaste? Me encantó.

Me besó la espalda, los hombros, la nuca. Sentí algo cálido caerle sobre el omóplato. Estaba llorando bajito y se reía al mismo tiempo.

—Sos el primero —murmuró—. El primero que no me hace sentir un fracaso.

***

Después de esa tarde empezamos a vernos casi todos los días. Cogíamos de un modo que con otros no había sentido nunca: tres, cuatro, a veces cinco veces en una jornada larga, porque él se reponía rápido y a mí me prendía cada vez más esa pija suya pequeña, tibia, que podía tragar entera sin cansarme. Lo físico no era lo más intenso del mundo, lo asumo, pero me había agarrado un fetiche raro y honesto: el de ver a Tomás disfrutar.

Una tarde, en el departamento de él, mientras me la metía despacio por detrás contra la ventana del living, empezó a hablarme distinto. Me agradecía. Me decía que nunca había imaginado sentirse así de bien con alguien. Yo presentía hacia dónde iba todo aquello y dejé que llegara.

Se quedó quieto adentro mío. Me apoyó la frente entre los omóplatos.

—Andrés, ¿querés ser mi novio?

Me reí bajito, todavía con él enterrado. Giré la cabeza para verlo de costado.

—¿Me lo estás preguntando ahora? ¿Con la pija adentro?

—Es lo único que se me ocurrió para no salir corriendo si me decías que no.

Le dije que sí. Acepté ahí, contra el vidrio, mirándolo de reojo, con una mezcla de ternura y calentura que no recuerdo haber sentido por nadie antes. Volvió a moverse despacio, esta vez con una sonrisa que no se le iba.

***

Más tarde, ya en la cama, le conté todo. Los dos hombres mayores. El que me llevó a un hotel sin avisarle a nadie. El compañero de facultad con el que me había encerrado en un baño. Le conté hasta los detalles que probablemente no debí, porque vi cómo se le iban poniendo los ojos. Una mezcla de fascinación y celos. Apretaba la mandíbula y me hacía preguntas concretas que después fingía no haber hecho.

—Pará, no quiero saber más —dijo en algún momento, riéndose para disimular.

Pero a los cinco minutos volvía a la carga, queriendo saber si me había gustado más con ellos que con él. Le agarré la cara.

—Con vos es distinto, Tomás. Con ellos era coger. Con vos es coger y querer quedarme.

Se puso colorado hasta las orejas. Apagó la luz para que no se lo viera tanto. Y aunque su pija pequeña ya estaba durmiendo contra mi muslo, ese fue el momento exacto en que entendí que iba a aguantar mucho más tiempo de lo que había planeado al lado de aquel chico que durante años se había convencido de ser insuficiente.

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Comentarios (2)

MarcosNocturno

Que relato tan bien escrito!!! me llego de verdad

Ariel_lector

quede con ganas de mas, por favor sube una segunda parte. No puede terminar ahi

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