Busqué a un hombre que me pegara hasta romperme
Desde que nací, mi cuerpo nunca aprendió a temer al dolor como el del resto.
Mi madre lo notó la primera vez que me vacunaron. La pediatra metió la aguja, esperó el llanto que viene siempre y yo me quedé mirándola con la misma cara de antes. Cuando lo contó en casa, mi abuela se rió y dijo que había salido valiente. Ninguno entendió que no era valor; simplemente no me dolía igual.
Después vinieron los raspones de la infancia. Me caía de la bicicleta, me hacía la rodilla pedazos, y mientras los otros chicos lloraban en el patio del colegio, yo me sentaba en el cordón a mirar la sangre con curiosidad. Lo que más le inquietaba a mi madre era verme arrancarme las costras antes de tiempo, con las uñas, sin parpadear. Me retaba, me decía que iba a quedar marcado para siempre, y a la semana ya estaba haciéndolo de nuevo.
El pediatra no le dio importancia hasta que ella insistió tanto que terminaron mandándome a un neurofisiólogo. Las pruebas iniciales salieron normales. Después vinieron las subjetivas, las que evalúan reacción: pinchazos cada vez más profundos, golpecitos secos con un martillito de goma, presiones medidas. El médico me miraba esperando un gesto que nunca llegaba. Terminó derivándome a un psicólogo amigo suyo. Entre los dos concluyeron que era una característica del sistema nervioso, nada patológico, y que probablemente nunca me daría problemas. Quizás incluso me serviría algún día.
Tenían razón a medias. Problemas no me dio, no. Pero me dio otra cosa.
***
Empecé a ver porno cerca de los doce años, como casi todos. Lo primero que me apareció en pantalla fueron videos heteros, y lo que se me quedaba grabado no era la mujer desnuda ni el tipo encima, era el momento en que ella se quejaba. Cuando el otro se la metía sin avisar, brusco, y se le escapaba ese ruido entre dolor y placer que ya no sabía cuál era cuál. Me detenía ahí, volvía atrás, lo repetía cinco veces.
De ahí pasé a buscar videos gay y enseguida supe que era eso. Tipos grandotes, brutos, que literalmente le reventaban el culo a otros más jóvenes que se aferraban a las sábanas, gritaban, mordían la almohada. Yo no me veía siendo el grande. Me veía siendo el que aguantaba. El que abría la boca para gritar y el otro le tapaba con la palma para que siguiera sin pausa, sin oxígeno, sin escape.
Cumplí los dieciocho con una sola idea fija en la cabeza. Necesitaba a alguien que me hiciera daño. No daño de hospital, daño del bueno, el que cruza la línea y obliga al cuerpo a despertar. Tenía claro también que tenía que ser mayor que yo. Mucho mayor. Alguien con paciencia, con técnica, alguien a quien le gustara de verdad. Nada de un chico de mi edad jugando a hacerse el duro durante diez minutos.
Entré en un chat para hombres y filtré por edad y por descripción. El tercer perfil decía las cosas sin maquillaje: cuarentón, dominante, castigador, me gusta pegar, en el culo, en la cara, donde haga falta. No quiero obligar a nadie. Si lo buscás vos, escribime. Se hacía llamar Marco.
Hablamos durante dos semanas largas antes de que aceptara verme. Le conté que era virgen y se sorprendió, porque normalmente los vírgenes piden suavidad y mucha paciencia. Le aclaré que yo no. Le pedí, casi le supliqué por el chat, que no se contuviera, que entrara directo al asunto desde el momento mismo en que cruzara la puerta. Que me tratara como si llevara meses pidiéndoselo. Marco me preguntó tres veces si entendía lo que estaba diciendo. Tres veces le dije que sí.
Quedamos un jueves. Salía del instituto a las cinco y a las seis estaba parado frente a su edificio, mirando los timbres del portero eléctrico, con el corazón haciendo cosas que tampoco me dolían pero se sentían raro.
***
Marco vivía en un tercer piso, al final de un pasillo largo que olía a madera vieja y a café. Subí caminando para darme tiempo. Cuando llegué a su puerta me quedé un segundo con la mano levantada en el aire, mirándomela como si fuera de otra persona. Después toqué dos veces.
Abrió enseguida, como si hubiera estado esperándome del otro lado. Era más alto de lo que mostraban las fotos del chat. Cuarenta y pico bien llevados, hombros anchos, barba corta y prolija, la mirada de alguien que sabe exactamente lo que tiene delante. Me hizo pasar con un gesto y cerró la puerta con llave a mi espalda.
No alcancé a saludar. Me agarró de la cara con una mano, fuerte, y me dio dos bofetadas, la segunda más fuerte que la primera. Me ardió la mejilla derecha y se me llenaron los ojos de agua por el reflejo, no por el dolor. Sentí un cosquilleo en el estómago.
—Buenas tardes, nene —dijo, sin soltarme la mandíbula—. ¿Venís a entregarte, como prometiste?
—Sí, señor.
Me soltó. Caminó dos pasos hacia atrás y me observó de nuevo, esta vez más despacio, como inspeccionando.
—Te veo entero. Para la mayoría de los chicos eso ya hubiera sido demasiado para empezar.
—Aguanto mucho —contesté con la voz más firme de lo que esperaba—. Eso no fue casi nada. Ya se lo dije por chat: no quiero caricias, no quiero ir despacio. Quiero que me trate sin cuidado, como si llevara haciéndoselo a usted toda la vida.
Marco se rió bajito, casi para él. Volvió a acercarse y me dio otras dos bofetadas, esta vez la palma abierta y firme, una en cada cachete. Sonaron secas contra la pared del pasillo. Me hizo girar la cara hacia ambos lados con dos dedos en la barbilla.
—Bien. Entonces aclaremos una cosa antes de empezar en serio. Desde que cerraste esa puerta, no decidís nada más. Ni si paramos, ni si seguimos, ni si te gusta o no te gusta. Yo decido. Yo te digo cuándo. Si vos pedís parar yo no paro. Si pedís más, capaz tampoco te lo doy. ¿Está claro, nene?
—Sí, señor. Vine para eso.
—Ahora te sacás toda la ropa. Acá mismo, en el pasillo. La tirás al piso, no me importa cómo quede. Quiero verte como llegaste al mundo antes de moverte de ese baldosín.
Empecé por la campera. Después la remera. Las zapatillas, las medias, una a una. El jean me costó un poco porque me temblaban las manos, no de miedo, de adrenalina pura. Me bajé el calzoncillo último y lo dejé caer sobre la pila tibia de ropa. Marco me miraba sin pestañear, con las manos en los bolsillos del pantalón, como quien evalúa un caballo en una feria.
Nunca me había sentido así. La piel se me erizó entera. No por frío, en la casa había calefacción. Era saberme desnudo, virgen, descalzo en el pasillo de un tipo veinte años mayor que tenía permiso explícito para hacer lo que quisiera conmigo. Era exactamente lo que había venido a buscar y, sin embargo, era más fuerte de lo que había imaginado a oscuras en mi habitación.
—Date la vuelta. Despacio.
Giré. Sentí su mirada en la espalda, en las nalgas, bajando por las piernas hasta los talones. Después escuché sus pasos acercándose por detrás. Una mano grande me apoyó en el hombro y me empujó suave para inclinarme un poco hacia adelante, lo justo para que la cola me quedara expuesta y separada.
El primer manotazo me lo dio sin aviso. Cayó plano, fuerte, justo en el cachete derecho. El segundo en el izquierdo, igual de seco. Apenas me moví un centímetro.
—Hijo de puta, qué culo tenés —murmuró, más para él que para mí—. Y qué bien lo aguantás. No es normal, nene. No es normal.
—Ya le dije, señor. Necesito más.
Suspiró. Fue el suspiro del que se da cuenta de que no le había mentido en el chat ni un poco. Me agarró del cuello, no apretando, sólo guiándome, y me hizo caminar delante de él por el pasillo. Sentía sus ojos clavados en mí a cada paso. Doblamos por una puerta a la derecha.
La habitación estaba ordenada como una mesa de quirófano. Una cama grande con sábanas oscuras, dos lámparas de luz tenue y, sobre una cómoda de madera, alineados con cuidado obsesivo, varios objetos que no había visto en mi vida fuera de una pantalla: una pala de cuero, un cinturón ancho, una vara fina que parecía de junco, unas esposas metálicas y un par de cosas más que ni me animé a identificar de un vistazo.
Me quedé mirando todo eso desde el umbral. Marco se cruzó delante y me obligó a levantar la vista hacia él.
—Si las bofetadas y los manotazos no te hicieron nada, vamos a ver con qué empezamos en serio.
Pasó la mano por la cómoda, dudó un instante entre la pala y el cinturón, y al final agarró el cinturón. Lo desenrolló con calma, sin teatro, lo dobló en dos sosteniéndolo por la hebilla, y le dio un golpe seco contra su propia palma para probar el peso. El sonido fue tan limpio que hasta a mí me hizo respirar más hondo.
—Inclinate sobre la cama. Pies separados, manos planas sobre el colchón. Si te movés de lugar sin permiso, empezamos de cero. ¿Entendido, nene?
—Sí, mi señor.
Obedecí. Apoyé las palmas en la sábana, abrí las piernas hasta sentir el tirón en los muslos, bajé la cabeza entre los hombros. Cerré los ojos no para protegerme, sino para sentirlo todo desde adentro, sin el ruido de la vista. Escuché su respiración detrás. Escuché el cinturón moverse en el aire una vez, midiendo distancia. Y entonces, por primera vez en mis dieciocho años, alguien iba a darme exactamente lo que tantas noches había imaginado a oscuras.
El primer cintazo me cruzó las dos nalgas a la vez. Sonó tremendo en la habitación cerrada. Sentí la línea ardiente subir por la espalda y bajar por los muslos como un cable eléctrico encendido. Me mordí el labio inferior, pero no fue por el dolor. Fue por las ganas, las verdaderas ganas que llevaba años conteniendo, de pedir el segundo.