Confieso lo que pasó con Damián en pleno carnaval
Damián volvió al pueblo después de cinco días seguidos picando piedra en la obra. Se subió al autobús de la mañana un viernes a primera hora y yo me quedé en el galpón tratando de no pensar en él. Llevaba semanas pensando en él, en realidad: en cómo arropaba a Lorena en la pieza compartida cuando creía que nadie miraba, en cómo se rascaba el ombligo al levantarse, en la manera en que llenaba esos shorts de obrero que ya no le cerraban del todo en la cintura.
La cantidad de pajas que me hice fantaseando con él me tenía harto de mí mismo. Y de mi propia mano. Me venía en el puño imaginándome esa polla de macho joven metida hasta el fondo de mi garganta, imaginándome su culo peludo sentándose sobre mi cara, imaginándome cualquier cosa con tal de correrme dos veces por noche pensando en él.
Esa misma noche, ya tarde, me sonó el celular. Era él. Estaba medio borracho y la voz le salía como mojada, lenta, hipando entre frase y frase.
—Patrón, me jodieron —dijo—. Me robaron todo en la cantina del cruce. Toda la paga, la cédula, el cambio del bolsillo. Todo.
Le dije que se calmara, que respirara. Él no se calmó. Se puso a llorar como un nene de seis años. Que no tenía para volver, que no tenía para comer, que su madre lo iba a matar, que si yo podía «apoyarlo», que estaba desesperado, que por favor, que por favor.
Le mandé por la aplicación lo justo para que pudiera regresar dos días después. Me daba pena, claro. Pero también me daba algo más, algo más bajo, algo que me costaba reconocer mientras escribía el comprobante. Se me paró la verga apretada contra el pantalón del pijama, y cuando corté la llamada me la saqué y me la jalé pensando en cómo me iba a cobrar cada peso adelantado.
Llegó el domingo en la tarde. Se bajó del autobús con la mochila colgada de un solo tirante, sudado, despeinado, con cara de no haber pegado el ojo. El pueblo entero estaba de carnavales: parlantes en la plaza, chicos tirándose globos de agua, motos cruzando con banderas de papel atadas al manubrio. Y él derrotado, en el medio de todo aquello.
—Patrón, gracias —murmuró.
—Andá a bañarte y vení a comer algo —le dije, como si nada.
***
La obra estaba parada por feriado. Nadie iba a aparecer el lunes y a Damián no le quedaba pueblo al que volver, porque su madre lo había echado por andar en juergas un mes atrás. Le propuse que se viniera a mi casa a rastrillar el jardín y a limpiar la galería trasera. Cualquier excusa servía. Cualquier excusa era buena.
Esa tarde compré una caja de cervezas y la metí en la heladera al fondo, donde no se notara. Cuando él llegó, todavía con los mismos shorts holgados del viaje y una camiseta blanca que olía a autobús largo, le ofrecí la primera lata como quien ofrece un vaso de agua. Se la tomó de tres tragos.
—Está buena, patrón.
—Hay más —le dije.
Y hubo más. Una, dos, cinco, siete. Damián tenía veintidós años y un cuerpo que no parecía tener fondo. Bebía como si la cerveza le entrara por una vena. En dos horas ya tenía los ojos pequeños, rojizos, brillantes, y se reía solo con el humo del cigarro entre los dedos.
No comió. No quiso comer. Le insistí dos veces y a la tercera me hizo gesto con la mano, como espantando una mosca. Después se dejó caer en el sofá de la galería y se quedó dormido casi de inmediato, con los brazos abiertos en cruz y la cabeza colgándole hacia un costado.
Me senté en el sillón de enfrente y me lo quedé mirando un rato largo. Demasiado rato. La luz del foco le pegaba de costado y le marcaba la línea de la mandíbula, todavía con barba mal afeitada de tres días. Tenía la camiseta arremangada hasta las costillas, dejándole el ombligo a la vista y un caminito de pelos oscuros bajando hacia los shorts. Los shorts le quedaban tan flojos en la cintura que cualquier movimiento dejaba ver el elástico del calzoncillo, y en la entrepierna se le adivinaba un bulto grueso desparramado hacia el muslo izquierdo, obsceno incluso dormido.
Me acerqué despacio. Si se despierta, le digo que lo estaba tapando.
No se despertó.
Le pasé la mano por el pecho y le levanté la camiseta hasta el cuello. Sin pelos en el torso, ni uno solo, la piel todavía joven, ligeramente bronceada, con una cicatriz vieja a la altura de las costillas. Pero las axilas eran otra cosa: dos matas oscuras, espesas, con ese pelo grueso de macho que se queda pegado al cuerpo aunque el tipo se haya bañado horas antes. Olían a sudor agrio, a sol, a viaje largo. Me incliné y aspiré como si fuera la primera vez que respiraba en mi vida. Saqué la lengua y le lamí el hueco de la axila, despacio, saboreando la sal, el sudor rancio, el olor a hombre encerrado en la ropa por dos días. Se me endureció la verga al instante, dura como una piedra, mojada ya de líquido preseminal contra la tela del pantalón.
***
Lo ayudé a ponerse de pie murmurándole al oído que íbamos al cuarto, que ahí dormía mejor. Damián caminó con los pies pesados, recostado contra mi hombro, y se dejó tirar boca arriba sobre la cama matrimonial. Movió la cabeza dos veces, abrió los ojos a medias, me miró, y volvió a cerrarlos con una sonrisa que no era de inocencia.
Se hace el dormido a propósito.
Le pasé la mano por encima de los shorts, despacio, sin apretar. Sentí el bulto blando, tibio, mucho más grande de lo que ya me había imaginado. Y lo sentí crecer ahí, debajo de la tela, latiendo solo, sin que él hiciera el menor gesto. La verga se le iba endureciendo a un ritmo lento, terco, como si quisiera dejarme claro que estaba despierta aunque su dueño no quisiera serlo. Le apreté los huevos por encima del short y él se removió apenas, separando un poco más las piernas, dándome permiso sin darme permiso.
Cuando deslicé la mano por debajo del elástico, lo primero que encontré fue una mata de pelos largos y sedosos, espesa hasta el ombligo. La rodeé con los dedos. La polla era un palo oscuro, mucho más grueso que largo, con la cabeza ya destapada y de un color rojizo casi furioso. Olía a orina vieja, a sudor de macho, a algo que no tendría que estar oliendo en mi propia cama un domingo de carnavales. La levanté con el puño y se la sacudí despacio, sintiendo cómo palpitaba viva entre mis dedos, cómo me chorreaba una gota gorda de babita transparente sobre el pulgar. Me llevé el dedo a la boca. Sabía a sal y a fierro.
Empecé a pajearlo así, lento, mirándole la cara para ver si reaccionaba. La boca se le entreabrió. Las piernas se separaron un poco. Pero los ojos siguieron cerrados. Aceleré el puño, apretando bien fuerte debajo de la cabezota, restregándole el prepucio contra el glande hasta que el líquido preseminal empezó a chorrearle por el mango y a mojarme la muñeca. Se le escapó un gemido bajo, casi un ronquido, y las caderas se le movieron solas, empujando hacia arriba, follándose el aire.
***
Me trepé encima sin desvestirme del todo. Le bajé los shorts hasta los tobillos y me incliné sobre su torso. Empecé por las axilas, otra vez. Hundí la cara, lamí, mordí los pelos, aspiré tan fuerte que me mareé. Damián gimió por primera vez, un quejido bajo, un sonido que no había planeado dejar salir. La verga se le sacudió contra mi estómago, dejándome una huella húmeda en la camisa.
Le bajé los labios por el pecho lampiño, por el ombligo, por el caminito de pelos, hasta llegar al nido oscuro entre las piernas. Le agarré los huevos con la mano libre. Eran chicos, peludos, pegados al cuerpo, casi escondidos detrás de esa mata salvaje. Me los metí en la boca uno por uno, sintiéndolos resbalar entre mis labios, jugueteándolos con la lengua, chupándolos con hambre, mientras seguía pajeándole la polla con el puño cerrado. Se los saqué mojados y le lamí toda la costura del escroto, subiendo hasta la base del mango, enterrando la nariz otra vez en ese mato de pelos que olía a sudor de dos días.
Después subí. Abrí la boca y me tragué la cabezota de un solo movimiento. Le pasé la lengua alrededor del glande, apretándole la corona con los labios, y bajé hasta la mitad del palo, ahogándome ya en las primeras arcadas. Escupí saliva sobre la verga y volví a bajar, esta vez hasta el fondo, hasta que la nariz se me hundió otra vez en su pendejera espesa.
Damián arqueó la espalda como si lo hubieran electrocutado. La mano que tenía colgando de la cama subió de golpe y me agarró la nuca, empujándome hacia abajo. Me ahogué. Tosí. Escupí. La saliva se me chorreó por las comisuras y le cayó sobre los huevos. Le di un manotazo en el muslo y él aflojó por un segundo. Después volvió a empujar, más fuerte, follándose mi garganta como si fuera un coño cualquiera. Sentía la cabezota golpeándome la campanilla, los pelos raspándome la barbilla, el olor a macho metido hasta el cerebro. Lo único que tenía claro era que el tipo no quería que parara y que iba a usarme la boca como mejor le viniera en gana.
—Quietico, patrón —murmuró él, con la voz pastosa, sin abrir los ojos—. Chupela toda. Toda pa' adentro.
Así que estaba despierto. Así que siempre había estado despierto. Le clavé los ojos mirándolo desde abajo, con su verga hasta la campanilla, y le hice caso. Le mamé la polla como si fuera lo último que iba a comer en mi vida, subiendo y bajando, apretando los labios contra el mango, chupándole los huevos entre medio, escupiendo saliva sobre el palo para que le brillara entero. Damián me sostuvo la nuca todo el tiempo, guiándome el ritmo, gruñendo palabrotas bajito.
—Así, patroncito, así… mamela rico… uy, cabrón, qué rica boca tiene usted…
***
Me incorporé antes de que se me viniera en la garganta. Me bajé los pantalones y busqué el frasco de lubricante en el cajón de la mesita. Damián seguía con los ojos cerrados, pero ahora con una sonrisa abierta, descarada, como de chico al que le acaban de cumplir un capricho. Se agarró la verga chorreada de saliva y se la sacudió despacio, esperando.
Me embadurné los dedos y me preparé yo mismo, ahí parado al costado de la cama, mientras él levantaba apenas la cabeza para mirar. Me metí dos dedos en el culo de un tirón, apretando los dientes, abriéndome a la fuerza, mientras él se relamía los labios y se acariciaba la polla parada contra el ombligo. Le eché una buena cantidad de lube en el mango y se lo esparcí con el puño hasta que le brilló entero.
Después me trepé sobre él, de espaldas, y le acomodé la polla entre las nalgas. Me bajé despacio. Demasiado gruesa. Demasiado dura. La cabezota empujaba y no entraba, y cada intento me arrancaba un quejido entre los dientes. Sentía el glande empujándome el esfínter, ensanchándome, quemándome.
—Despacio —dije, más para mí que para él.
Damián no estaba para despacios. Me agarró las caderas con las dos manos y me bajó él, de un solo movimiento firme. Sentí que algo se abría adentro mío, que la respiración se me cortaba, que los ojos se me llenaban de agua. La verga me entró de un golpe hasta los huevos, empalándome de arriba abajo, y solté un grito que se me atragantó en la boca. Me quedé quieto unos segundos, apoyado en su pecho, esperando que el cuerpo me dejara seguir, sintiendo cómo la polla le latía adentro mío como un corazón segundo.
—Uy, cabrón, qué apretadito el culito del patrón —jadeó él, riéndose bajito—. Muévase ya, dele.
Después empecé a moverme. Subía y bajaba sobre esa verga gruesa, sintiéndola salir hasta la cabeza y volver a entrar hasta el fondo, cada estocada arrancándome un gruñido animal. Le clavé las uñas en los muslos, me apoyé bien atrás y me lo empecé a cabalgar como si me fuera la vida en eso, con la polla mía golpeándome contra el ombligo, chorreando pre-semen sobre su vientre lampiño.
***
Damián me bombeaba desde abajo como si llevara semanas guardándose esa furia. No me hablaba. Apenas resoplaba. De vez en cuando me clavaba las uñas en las caderas y me tiraba hacia él con tanta fuerza que la cama crujía. Yo me sostenía como podía, con los muslos temblando, arañándole los antebrazos cada vez con más desesperación. El sonido de sus huevos golpeándome el culo cada estocada llenaba la pieza, un chapoteo húmedo y sucio que se mezclaba con mis gemidos y sus gruñidos.
En un momento me dio vuelta. Me puso boca abajo, me agarró las muñecas y las sujetó contra la sábana. Me abrió las piernas con la rodilla, me escupió en el culo, se la volvió a meter de una sola embestida y se acomodó sobre mí con todo el peso. Me mordió el hombro. Me mordió el cuello. Me mordió la oreja. Y siguió empujando, lento al principio, después brutal, martillándome el culo contra el colchón, aplastándome la verga mía entre mi vientre y la sábana. Pasaron diez minutos, quince, veinte, y el tipo no aflojaba. Paraba, se quedaba quieto adentro, esperaba a que la respiración se le calmara, y volvía. Me la sacaba entera, me miraba el agujero abierto y bien mojado, se escupía en la mano, se la volvía a untar y me la enterraba otra vez de un golpe.
—Hace tiempo que no me venía, patrón —susurró—. Hace mucho tiempo. Voy a llenarle bien el culito, prepárese.
—Correte adentro, dale —jadeé yo, mordiendo la almohada—. Correte todo adentro, cabrón, dame toda la leche.
Y cuando por fin se vino, fue como si soltara todo lo que llevaba acumulado de los cinco días en la obra, del robo en la cantina, de la madre que lo había echado, de los carnavales que no iba a poder bailar. Me agarró de las caderas, me clavó las uñas hasta hacerme sangrar, y empezó a chorrearme la corrida a chorros gruesos y calientes, tan adentro que la sentí subirme hasta las tripas. Fueron cinco, seis, siete espasmos, y en cada uno gruñía como una bestia contra mi nuca. Sentí el chorro caliente derramándose adentro mío y a él temblándome encima como si tuviera fiebre. Yo me corrí debajo suyo sin tocarme, restregando la polla contra la sábana, empapándola de semen mientras él seguía empujando. Siguió empujando incluso después, cada vez más despacio, chapoteando en su propia leche adentro mío, hasta que se quedó dormido sobre mi espalda, con la polla todavía atrapada en mi cuerpo, la corrida escurriéndosele por los huevos y por mi entrepierna.
***
Esa madrugada lo hicimos dos veces más. La segunda fue más tranquila, casi tierna, con él medio dormido aún y yo guiándolo de espaldas. Me la metió despacito, en cucharita, abrazándome por atrás, respirándome en la nuca, y me la bombeó por lo menos media hora con estocadas largas y hondas antes de vaciarme el culo por segunda vez. La tercera fue cerca del amanecer, con los pájaros del patio empezando a cantar. Me lo monté yo esta vez, sentado sobre su polla parada, y le cabalgué la verga mirándolo a los ojos, viéndolo despertarse debajo mío, viéndolo agarrarme la polla y jalármela al ritmo de mis subidas y bajadas. Me corrí sobre su pecho lampiño en chorros gordos que le llegaron hasta la barbilla, y él se relamió lo que le cayó cerca de la boca antes de agarrarme de las caderas y vaciarme adentro por tercera vez esa noche. Y esa vez él me besó en la boca por primera vez. Me besó con torpeza, como quien nunca lo ha hecho con un hombre, con el sabor de mi propia leche todavía en su lengua, pero me besó.
El lunes en la mañana me desperté antes que él. Le dejé café y huevos en la mesa de la galería y me senté en el sillón a esperarlo. Cuando salió de la pieza, en calzoncillos, despeinado, con los ojos hinchados, no dijo una palabra del asunto. Se sentó, comió, encendió un cigarro, miró el jardín.
—¿Qué hay que rastrillar, patrón? —preguntó al fin.
—Después rastrillamos —le dije.
Damián sonrió sin levantar los ojos del plato. Se rascó el ombligo, se rascó la barba mal afeitada, y se rió bajito.
Esos fueron los mejores carnavales de mi vida. Y, aunque nunca volvimos a hablar de aquella noche, los dos sabemos que no fueron los últimos.