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Relatos Ardientes

Tomás reapareció en el aeropuerto veinte años después

Hacía veinte años que no veía a Tomás. La última vez fue en la fiesta de despedida del colegio, cuando los dos teníamos quince y todavía nos creíamos invencibles. Después de eso nos comimos la vida por separado: él se casó, se divorció, dio mil vueltas; yo encadené relaciones largas hasta que descubrí que las mujeres no eran lo único que me movía. La adolescencia compartida quedó archivada en un cajón al que nunca volví a meter mano.

Aquella mañana yo salía de viaje. Necesitaba aire, distancia, otro cielo. Tenía un vuelo a Lima con escala antes de seguir a Bogotá. Llegué al aeropuerto con la cabeza en otra parte y, mientras esperaba el embarque, salí afuera a buscar a alguien que me prestara fuego. Mi encendedor lo había dejado sobre la mesa de la cocina, junto a las llaves.

Lo vi en la puerta de salida al estacionamiento, dándole una pitada larga a un cigarrillo. Le pedí el mechero sin mirarlo demasiado. Cuando levantó la cabeza para alcanzármelo, me quedé sin aire.

—¿Sebastián? —dijo él, antes de que yo procesara nada.

—Tomás.

Le sostuve la mirada un segundo más de la cuenta. Habían pasado dos décadas, pero seguía teniendo esa boca, esa forma de inclinar la cabeza hacia un lado cuando algo le hacía gracia. Nos abrazamos como quien recupera un objeto perdido. Nos pasamos los cinco minutos siguientes hablando atropelladamente, soltando frases sin terminar, riéndonos sin motivo.

—¿A dónde vas? —me preguntó.

—A Bogotá, con escala en Lima.

—Yo también voy a Lima. Y de ahí a Cali, por un negocio.

Nos quedamos un segundo en silencio, calculando la coincidencia. La cabeza se me fue al verano del 2005, a la pieza de su casa, a las tardes en que su madre se iba al trabajo y nosotros nos encerrábamos en el living con cualquier excusa. La primera vez que un hombre me tocó la boca con la suya fue la suya. La primera vez que probé el semen de otro fue el de Tomás.

Y, por la forma en que él me miraba, los dos estábamos recordando lo mismo.

—Voy al baño —dijo Tomás, sin desviar los ojos—. ¿Vienes?

No fue una pregunta. Fue una invitación con el embalaje justo para sostenerse en pie en medio de un aeropuerto.

***

El baño del nivel de salidas estaba prácticamente vacío. Nos metimos en el último cubículo, el más alejado de la puerta. Cerré el pestillo y, antes de que pudiera decir nada, su boca ya estaba sobre la mía. No fue un beso tímido. Fue un beso de adulto, de alguien que sabe lo que quiere y no tiene tiempo para protocolos.

—Sigues sabiendo igual —murmuró contra mis labios.

—Tú no.

Me reí y me desabrochó el cinturón. Apoyé la espalda contra la pared, subí un pie al borde del inodoro para darle altura, y dejé que mi pene quedara a la altura de su boca. Tomás se arrodilló sobre las baldosas, me agarró de la cadera y se lo metió entero, sin transición, como si llevara dos décadas practicando para ese instante.

Le agarré la cabeza con las dos manos. Sentí su lengua trabajar desde la base, la presión del paladar, la respiración acelerada contra mi vientre. Afuera, alguien entró al urinario. Aguantamos en silencio, mirándonos, hasta que se fue. Después volvió a chupármelo, y yo apenas tuve tiempo de avisarle con un tirón antes de vaciarme entero en su boca. No dejó caer una gota.

Cambiamos posiciones. Me arrodillé y le bajé el pantalón. Su pene estaba durísimo, igual que lo recordaba pero más grueso, más adulto. Me lo metí en la boca sin pensar. Lo lamí, lo chupé, lo tomé hasta el fondo. Tomás se agarraba del tabique para no hacer ruido. Cuando se vino, me apretó la nuca y me obligó a tragarlo todo. Lo hice con gusto.

Nos arreglamos rápido. Salimos del cubículo con un minuto de diferencia, lavándonos la cara como dos pasajeros más con jet lag previo. En el espejo nos cruzamos los ojos y nos sonreímos como dos chiquilines.

***

Hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que tomábamos el mismo vuelo. Cuando subí al avión y caminé por el pasillo buscando mi fila, me lo encontré sentado en el asiento del medio, apretado entre una señora corpulenta y un tipo que ocupaba más espacio del que le correspondía. Le toqué el hombro al pasar.

—Adelante hay una fila vacía. Si quieres.

Tomás no necesitó más invitación. En treinta segundos había recuperado su mochila del compartimento superior y se estaba sentando a mi lado, en una hilera donde no había nadie a tres filas a la redonda. El vuelo era nocturno. Las luces de cabina estaban bajas. Algunos pasajeros ya dormían contra la ventanilla.

Le pasé un saco por encima a modo de manta, y nos cubrimos las piernas con él. Sus dedos buscaron los míos primero, como si todavía hiciera falta una excusa. Después subieron por mi muslo, encontraron el bulto contra el pantalón y empezaron a desabrochar. Le hice lo mismo. Bajo la chaqueta, nuestras manos se movían despacio, en sentido contrario, masturbándonos con una sincronía que no necesitó práctica.

Él se vino primero. Sentí el calor en mi palma, el espasmo, la respiración entrecortada. No podía dejar que algo manchara las butacas. Solté mi mano, levanté la chaqueta lo justo para que cupiera mi cabeza y se lo metí en la boca antes de que terminara de chorrear. Tomás se mordió el dorso de su propia mano para no gemir. Apenas se le escapó un sonido. Le tapé la boca con la palma libre y me lo tomé entero.

Yo no acabé. No me dio el tiempo, ni el lugar. Me incorporé otra vez en el asiento, todavía duro, todavía con el sabor a sal en la lengua. Pasaron veinte minutos. La azafata del frente repartía mantas, despacio. Cruzamos miradas. Sin decir una palabra nos levantamos y caminamos hacia el baño del fondo.

—Entra tú primero —le dije—. Yo en un minuto.

Esperé el tiempo justo. Cuando golpeé suave en la puerta, abrió y me deslizó adentro. El baño no era para dos personas. Eso lo volvió mejor.

Esta vez me tocó a mí. Tomás se sentó sobre el borde del lavamanos, abrió las piernas, y yo me arrodillé en el espacio mínimo que quedaba entre la puerta y el inodoro. Le chupé el pene con todo lo que tenía. Lento, después rápido, después usando solo la lengua, después tragándolo hasta la garganta hasta provocarme arcadas. Él me agarró de la nuca y empezó a follarme la boca con las piernas alrededor de mi espalda. Le tembló todo el cuerpo cuando se vino. Tanta leche que parte se me escapó por las comisuras y cayó al piso de plástico.

Después fui yo. Me subió al lavamanos en su lugar y me hizo lo mismo, con la lengua trabajando como si hubiera estado años repasando en silencio. Salimos veinte minutos después, cada uno por su lado, con un intervalo prudente. Al volver a mi asiento crucé a una azafata que me sonrió de un modo en que las azafatas no suelen sonreír. Supe que nos había visto. Por algún motivo, no me importó.

***

Aterrizamos en Lima al amanecer. En el lobby de transferencias nos sentamos a tomar un café y a ponernos al día con lo que no habíamos podido contar entre cubículos. Le hablé de Andrés, mi última pareja, los seis años que estuvimos juntos, lo que se había terminado hacía un par de meses. Él me contó de un hombre con el que había estado tres años en Cali y que lo había dejado al cabo por motivos que prefería no detallar todavía.

—Yo voy a Bogotá —le dije—. De ahí pensaba subir a Villa de Leyva por unos días, a descansar.

—Termino mi negocio en Cali y te alcanzo —respondió, como si hubiera ensayado la frase—. ¿Te molesta?

—Me cambiaría la reserva ahora mismo.

Lo hice. En el mostrador modifiqué el alojamiento por una cabaña a las afueras de Villa de Leyva, con vista al cerro y sin vecinos a tres cuadras a la redonda. Tomás voló a Cali. Yo seguí a Bogotá. Quedamos en encontrarnos dos días después.

***

Fueron dos días largos. Cuando el taxi de Tomás se detuvo frente a la cabaña, salí a recibirlo descalzo, con una camiseta vieja y una botella de vino ya abierta sobre la mesa. Cerramos la puerta con su espalda apoyada contra ella, y los primeros diez minutos los pasamos besándonos sin desnudarnos del todo, como dos adolescentes que tienen miedo de que vuelvan los padres.

Caímos sobre el sofá del living. Le saqué la camisa, los pantalones, los calzoncillos. Me sacó él la ropa con la misma prisa. La diferencia con los baños del aeropuerto y del avión era enorme: no había nadie a quien escuchar, no había puerta que pudiera abrirse de pronto. Solo nosotros, una cabaña aislada y el cuerpo del otro disponible sin coartadas.

Nos metimos en la ducha. El agua caliente cayendo entre los dos y nuestras manos buscándose por debajo, dos vergas duras chocándose mientras los pies se resbalaban sobre las baldosas. Salimos chorreando a la cama y caímos directo en un sesenta y nueve. Él me tomaba en la boca al mismo tiempo que yo lo hacía con él, gimiendo cada uno al ritmo del otro, mientras nuestros dedos exploraban donde antes nunca habíamos pasado del límite. Esa tarde los gemidos no se ahogaron en ninguna almohada. Nadie podía oírnos. Lo grité dos veces. Él me gritó tres.

***

Esa noche, después de comer algo y abrir la segunda botella, hablamos. Encendí la chimenea, bajé las luces y puse música suave. Pasada la medianoche, Tomás me preguntó algo que llevaba años rondándome la cabeza sin querer formular en voz alta.

—Con Andrés, ¿pasaron de la mamada?

—Mucho más allá —le dije.

Le conté que durante casi cinco años habíamos hecho el amor de todas las formas posibles, que él y yo éramos versátiles, que cada uno disfrutaba ponerse del lado que tocara. Tomás me escuchaba con la copa en la mano y los ojos fijos en mí.

—Con Diego yo era pasivo —dijo al final—. Siempre. Me gustaba así.

Nos miramos. La música seguía sonando bajito. Después de veinte años de conocernos sin conocernos del todo, lo que faltaba era obvio.

—¿Por qué nunca llegamos ahí? —pregunté.

—Porque éramos críos y nos cagábamos de miedo —contestó—. Hoy no tengo miedo.

Lo besé. Le agarré la cara con las dos manos y le di un beso largo, sin prisa, con la lengua. Después le dije que se levantara y se metiera en la cama.

Cuando salí del baño, Tomás estaba boca abajo, en bóxer, con la espalda al aire. Sus nalgas se levantaban de un modo que no era casual. Me acerqué, le besé el cuello, le mordí los hombros, bajé por la columna mordiendo cada vértebra. Le mordí las nalgas, las abrí con las manos, y le pasé la lengua por el ano hasta que respiró fuerte y arqueó la espalda contra mi cara.

—Hazme el amor como a Andrés —murmuró contra la almohada.

Le bajé el bóxer y le levanté la cadera. Me puse detrás de él, le sostuve la cintura con una mano y, con la otra, guié mi verga. Empujé despacio. Apenas la punta. Lo escuché tragar saliva. Empujé un poco más, hasta sentir cómo se abría, cómo lo recibía. Cuando llegué hasta el fondo, su pelvis chocó contra la mía y soltó un gemido largo que no se molestó en ahogar.

Lo follé sin prisa. Le agarré las caderas, le levanté el torso, lo abracé desde atrás. Cambiamos a montarlo encima de mí: él sentado, dejándose caer y subiendo a su propio ritmo. Cambiamos a tenerlo de espaldas sobre mi pecho, con sus piernas abiertas, controlando él la profundidad. Sudaba. Yo sudaba. La cama era un desastre. Cuando me vine, no quise salir. Me derrumbé sobre su espalda con la verga todavía adentro y me quedé ahí, respirando contra su pelo, sintiendo cómo se vaciaba el último latido.

***

Pero no terminó ahí. Tomás se incorporó, todavía con el pene durísimo, y me empujó sobre la cama. Le bajé la cabeza hacia mi sexo y se lo metí en la boca como tantas veces antes. Pero ahora le pedí otra cosa.

—Hazme lo mismo —le dije—. Despacio.

Le expliqué que no era inexperto, pero que prefería que entrara con paciencia. Su pene era más largo que ancho, eso ayudaba. Empezó con un masaje en la espalda, bajó por la zona lumbar, me besó las nalgas, me lamió, me preparó con dos dedos. Solo entonces se acomodó detrás de mí.

—Si te molesta, paro —murmuró.

—No vas a parar.

Entró centímetro a centímetro. Sentí su mano sobre mi cintura, el peso suave del cuerpo, la respiración pegada a mi nuca. Cuando estuvo entero, se quedó un segundo quieto. Después empezó a moverse, despacio, profundo, calibrando cada embestida. Estuvimos así un rato largo. Cuando se le quebró la respiración y me apretó la cadera con las dos manos, supe que estaba a punto. Empujó hondo, se quedó pegado a mí, y sentí el calor expandirse adentro.

Nos quedamos un rato así. Cuando salió, se acostó a mi lado, los dos de frente, los dos con el cuerpo manchado de semen, de saliva, de sudor. Nos reíamos sin decir nada. Hasta que Tomás se levantó, abrió la ducha, me agarró de la mano y me llevó debajo del agua sin soltarme.

***

Por la mañana, antes de despertarnos del todo, lo abracé desde atrás. Mi pene, despierto antes que el resto de mí, se acomodó solo entre sus nalgas. No hizo falta hablar. Le entró sin esfuerzo, lo recibió con un suspiro y le hice el amor de cucharita, lento, hasta vaciarme una vez más adentro de él. Después él se dio vuelta y me metió la verga en la boca para vaciar lo suyo en mí. Como antes. Pero ya no exactamente como antes.

Volvimos cada uno a nuestras vidas. Pero ya no eran nuestras vidas de antes. Tomás se mudó a la misma ciudad donde yo vivo, encontramos un acuerdo que no es una pareja oficial, pero tampoco una amistad. Algo entre medio que funciona, y que ninguno de los dos tiene apuro por ponerle nombre. Nadie sabe lo que somos. Tenemos amigos en común que nunca lo van a sospechar.

De vez en cuando me llama y me dice que se queda esa noche en mi casa. O paso yo por la suya. Y volvemos al sofá, a la ducha, a la cama, a recuperar lo que durante veinte años fingimos no necesitar.

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Comentarios (3)

RamonGz

Increible. Que historia tan bien contada, me atrapó desde la primera línea.

NicoK_reader

Por favor seguí, quedé con un nudo en la garganta y necesito saber como termina esto.

Lena_noche

Hay algo en los reencuentros despues de tanto tiempo que te rompe por dentro aunque sea para bien. Hermoso.

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