El marinero que me inició antes de zarpar
Desperté poco antes del amanecer con la sábana pegada al cuerpo y una erección que no me dejaba pensar. Estiré la mano hacia el otro lado del colchón por costumbre, buscando a Damián, pero solo encontré la tela fría. Durante semanas me había acostumbrado a despertarme antes que él y quedarme quieto, sintiendo su respiración en mi nuca, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda.
Pero esa mañana estaba solo en aquella ciudad portuaria que no conocía, en un cuarto que apestaba a humedad. Me vestí deprisa, dejé la llave sobre la única mesita y bajé las escaleras.
—¿La taberna del Ancla Vieja? —pregunté.
La dueña hacía guardia en el portal, hundida en un sillón reventado. Le dio una calada larga al cigarrillo que sujetaba entre los labios y soltó el humo despacio, mirándome de reojo.
—Es una posada de marineros —dijo—. Si lo que querés es largarte de esta pocilga de ciudad, no hay mejor sitio para empezar.
Salí del hostal y dos calles más abajo desemboqué en el paseo. El mar reflejaba los primeros rayos del sol, una lámina azul que se movía despacio. Fui directo al puerto.
El Ancla Vieja ocupaba la planta baja de uno de esos edificios centenarios levantados frente al viejo muro de piedra, el que años más tarde derribarían para modernizar la costa. Las olas rompían tan cerca que la brisa salada me humedecía la camisa. El local era un antro, se notaba desde la calle. Se olía. Un antro sucio, pegajoso y…
—Está cerrado, muchacho —dijo una voz cascada a mi espalda.
Me giré. Era un hombre desgarbado, con una barba canosa que le llegaba hasta media pechuga y una panza de bebedor que asomaba entre la ropa raída. Me miró de arriba abajo y de abajo arriba, sin prisa.
—Deberían haber abierto hace rato —siguió—. Mandé a un chico a despertar al borracho del dueño. ¿Y vos quién sos?
Tardé un segundo de más en contestar, porque me había quedado mirándolo como un tonto.
—Marcelo —dije al fin—. Busco trabajo. En un barco.
El hombre me escudriñó otra vez, como quien pesa una res en el mercado.
—Parecés fuerte. Y dispuesto. Pero el mar es traicionero. Ser marinero es duro, no está hecho para cualquiera.
—Trabajé el campo toda la vida, señor. Lo duro no me asusta —respondí. Era una frase que traía aprendida desde que me había escapado del pueblo.
—Ya veo… —sonrió, y le faltaban dientes—. Da la casualidad de que conozco al segundo de La Bella Lucía.
Debió de leerme en la cara que no entendía nada.
—El segundo es la mano derecha del capitán, y La Bella Lucía es una goleta que zarpa mañana. El segundo es el que contrata. He quedado con él justo aquí. Seguime, vamos a entrar por detrás y lo esperamos dentro. Tranquilo, el dueño es viejo amigo mío.
Me guiñó un ojo y me echó el brazo por encima de los hombros. Su axila me quedó a la altura de la cara. Olía a sudor y a vino rancio. No me dio asco. Al contrario, algo en ese olor me revolvió por dentro.
—¡Vamos!
Unos metros más allá se abría un callejón estrecho entre dos edificios. Él pasó delante.
—Es por acá… —se detuvo de golpe ante una ventana entreabierta—. Pero mirá vos. Si decía yo que era raro que siguiera cerrado. Asomate, muchacho. Echá un vistazo.
Antes de llegar ya oí un murmullo escaparse por la rendija.
—Despacio… —decía una voz.
Me acerqué y me quedé clavado en el sitio.
Del otro lado del cristal, un chico rubio, apenas mayor que yo, estaba apoyado contra una encimera mugrienta. Tenía los pantalones por los tobillos y, con las dos manos, sujetaba la cabeza calva y reluciente de un hombre que le doblaba la edad.
El cosquilleo me golpeó. Salvaje, desbocado. Se me puso dura en un instante.
—Ese de ahí es Bruno —susurró mi guía—. Pierde la cabeza por los pibes.
Bruno estaba de rodillas, atragantándose con la verga del rubio. La sorbía con una violencia ansiosa, como si quisiera arrancarla y tragársela entera. Mis ojos saltaron del hombre al chico, y entonces nuestras miradas se cruzaron a través del vidrio. Se me paró el corazón. Pero el rubio no se asustó: sonrió apenas, volvió la cara hacia el hombre arrodillado y, sin un gramo de enojo, le dio una palmada seca en la mejilla.
—Con cuidado —dijo.
El viejo le tragaba el miembro con tanto afán, con tanta hambre, que sentí que yo mismo iba a terminar ahí parado, sin que nadie me tocara. La sensación en las entrañas se me había vuelto insoportable. Y por lo que vi de reojo, a mi acompañante le pasaba lo mismo. Tenía la verga al aire, gruesa, apuntando hacia arriba. No supe en qué momento se la había sacado, pero me gustó verla.
Volvió a pasarme el brazo por encima de los hombros, solo que esta vez no se quedó ahí. La mano bajó despacio, hasta la mitad de la espalda.
—¿Sabés una cosa? —dijo sin mirarme, la vista fija en la ventana—. Yo podría hablar muy bien de vos al segundo.
No respondí con palabras. El cosquilleo me daba vueltas adentro, bajando hacia un punto que nunca había nombrado en voz alta. Estiré la mano y le agarré la verga, y la apreté entre los dedos. Casi al instante, su mano callosa encontró la cintura de mi pantalón y empezó a amasarme las nalgas. Levanté un poco el culo, ofreciéndome, y un dedo encontró el camino.
Por instinto, como si el cuerpo recordara algo que la cabeza no sabía, me relajé. El dedo entró hasta el fondo sin que él tuviera que forzar.
—¡Carajo, muchacho! —murmuró—. Qué sorpresa.
No pude evitar sonreír cuando me clavó la mirada. Lo masturbaba al mismo ritmo que él metía y sacaba el dedo de mi interior, y enseguida noté la presión de un segundo.
Del otro lado del cristal, el rubio empezó a jadear. Como si fuera una señal, mi cuerpo se abrió más, y el segundo dedo entró sin esfuerzo.
—No aguanto… me corro —gimió el rubio.
—Y yo —me susurró el hombre al oído.
Mi culo pedía más. No dos dedos. Pedía una verga, un rabo, algo de verdad. Quiero más, pensé, y la idea me daba vértigo. No una. Todas. En pleno desvarío me sentí capaz de tragarme el mundo entero por ese agujero, y no me importó.
Entonces el rubio explotó. Lo supe al ver la garganta del viejo subir y bajar, tragando.
—Abrí la boca —ordenó el chico.
Con los últimos restos todavía a medio tragar, el hombre obedeció. El rubio escupió dentro, y mientras lo hacía volvió a buscarme con los ojos a través del vidrio. El viejo tragó otra vez y siguió chupando.
—Así, bien limpia —dijo el rubio.
Mi acompañante empezó a jadear bajito, conteniéndose, con la cara crispada por el esfuerzo. En cuestión de segundos se corrió contra la pared, bajo la ventana. Una parte me cayó en la mano. Me limpié los dedos pasándomelos por la lengua, sin dejar de mirarlo.
—La vida, a veces, me sorprende —dijo él, todavía sin aliento.
Se subió el pantalón y me dio una palmada suave en el trasero. No me sacaba los ojos de encima.
—Te mentí, muchacho —susurró—. No conozco al segundo de La Bella Lucía.
—¿Qué?
Se me hundió el estómago. ¿Me había usado? Me había dejado abrir por ese hombre a cambio de una mísera promesa de trabajo, ¿y solo había sido una excusa para meterme mano?
—Tranquilo… —me cortó antes de que estallara—. Me llamo Crispín. Y, mirá vos las vueltas, yo soy el segundo de La Bella Lucía.
Sonrió al ver mi cara de desconcierto.
—Al amanecer, en el atraque seis —se pasó por debajo de la nariz los mismos dedos que había tenido dentro de mí y los olió con ganas—. Bienvenido a la tripulación, muchacho.
***
Volví al hostal con el cuerpo encendido. Esa tarde, por fin, me masturbé. Con el ano todavía ardiendo me metí los dedos mientras con la otra mano me sacudía la verga, y me corrí en segundos sobre la cama deshecha. Y aun así me quedé vacío. Algo seguía latiendo ahí dentro, pidiendo salir. Quería más. Mucho más.
***
Al amanecer esperaba en el muelle. El atraque seis. Un barco demasiado pequeño para el viaje que se suponía que iba a hacer flotaba sobre el agua quieta. Hacía un día espléndido. El sol asomaba y el puerto ya era un hervidero de gritos, sogas y cajones.
—Este es el chico, capitán —dijo Crispín.
El capitán era un hombre mucho más joven de lo que esperaba, apenas en la treintena, con la cara curtida y la piel quemada por el sol.
—Algo blando, sin músculo —dijo, repasándome—. Vos te hacés cargo si la caga, Crispín.
—No la va a cagar. Tiene dones ocultos —respondió, y me sostuvo la mirada un segundo de más.
Los dos subieron por la pasarela y desaparecieron en la cubierta. No me dio tiempo a preguntar qué se suponía que debía hacer, así que me quedé plantado en el muelle como un poste.
—Vos debés de ser… el nuevo.
Me giré. Detrás de mí, alto y flaco hasta el hueso, estaba el chico rubio del callejón. A su lado, un tipo unos centímetros más bajo pero macizo, de tez morena y un bigote finito.
—Marcelo. Me llamo Marcelo.
—Me llamo Tobías, pero todos me dicen El Rubio —dijo, dándome una palmada en la barriga—. Y este de acá es Nico. Crispín me contó que sos novato. Tranquilo, nosotros te enseñamos todo. Para eso estamos, ¿verdad, hermanito?
¿Hermanito?
***
Plaf. Plaf. Plaf.
—Nico, más rápido, mi amor. ¡Más rápido!
Plaf, plaf. Plaf, plaf.
—¡Ah! ¡Más! ¡No pares!
—Callate, zorra.
***
¡Eran ellos! No me cabía la menor duda: eran los vecinos de cuarto que me habían tenido despierto media noche en el hostal, los del otro lado de la pared. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo y noté la verga apretarse contra la ropa. Y Tobías lo supo. Lo leyó en mi cara antes de que yo dijera nada.
Supe, ahí mismo, parado en el muelle con el corazón a mil, que aquel barco iba a cambiarme la vida entera. Que lo que esos dos tenían para enseñarme no se aprendía en ningún pueblo.
—¡Ah! Y bienvenido a La Bella Lucía, Marcelo —dijo El Rubio, con una sonrisa torcida.
Poco después, zarpamos.