El día que mi novio dejó de respetar mi no
Empezaré presentándome: me llamo Bruno, soy de un pueblo pequeño de Cáceres y cuando pasó lo que os voy a contar tenía veintiún años. Vengo de una familia muy conservadora, de las de misa el domingo y silencio en la mesa, así que durante mucho tiempo reprimí lo que era y me forcé a salir con chicas. Hasta que un día me harté, dejé la carrera a medias y me mudé a Valencia a vivir como me daba la gana.
Para cuando ocurre esta historia ya llevaba un año allí, y seis meses saliendo con Dani. Os pongo en contexto: yo no había estado nunca con un tío antes de llegar a Valencia, y como os imagináis fue de las primeras cosas que quise explorar. Me bajé las aplicaciones, salí por el ambiente, todo eso. Ligar no me costaba, y aunque esté feo decirlo no estoy nada mal: estatura media, piel morena, ojos verdes y un cuerpo trabajado de tanto deporte. Pero mis primeras experiencias fueron un desastre.
Yo quería ir poco a poco, y casi todos los tíos que conocí buscaban metérmela a la primera y ponían mala cara cuando no lo conseguían. Alguno hasta se puso borde. Y entonces apareció Dani, y aquello fue otra cosa.
Dani es unos años mayor que yo, tiene veintiocho, y trabaja de arquitecto. Es muy atractivo, alto, rubio, con barba corta y un cuerpo de gimnasio cinco días por semana. Pero sobre todo es buen tío: listo, atento, de los que te preguntan cómo te ha ido el día y escuchan la respuesta. Desde el principio fue distinto a los cerdos que me había cruzado, porque me trataba como a una persona y no como a un agujero donde descargar.
Nos conocimos en una fiesta y conectamos enseguida. Estuvimos hablando horas, y cuando después de besarnos no quise pasar a más, no me presionó. Quedamos a los pocos días y de ahí empezamos a salir.
Con los anteriores me daba vergüenza confesar que no tenía casi experiencia, pero con Dani me sentí en confianza para contarle mi historia, lo de mi familia, y que necesitaba ir despacio porque todavía arrastraba muchos tabúes en la cabeza. Él se mostró comprensivo, y así, poco a poco, fui descubriendo el sexo a su lado, sin prisas y sin presiones.
Bueno, miento. Había una cosa que después de seis meses todavía no me sentía preparado para hacer, y era la más importante para él: dejarme penetrar.
***
Dani es cien por cien activo. Al principio entendía de sobra que dejarme follar me costara más que, por ejemplo, una mamada. Pero con los meses se le iba notando cada vez más la frustración. La mitad de las veces que acabábamos desnudos en la cama terminaba insistiendo, y aunque respetaba mi decisión, yo notaba la decepción colgándole de la cara como una sombra.
Una vez incluso lo intentó a traición, aprovechando un descuido, y aunque solo llegó a apoyar la punta me dolió a horrores porque estaba tensísimo. Me enfadé muchísimo. Y el tema me tenía amargado, a él también, porque por un lado me moría de ganas de llegar hasta el final con Dani, y por el otro no conseguía quitarme ese miedo de encima. Sus presiones, lejos de ayudarme, lo empeoraban todo. Y por dentro me carcomía una idea: que esto acabara cargándose lo nuestro.
***
Es jueves por la noche y hemos salido a cenar. Un sitio bueno, de esos que yo solo no me podría permitir, pero Dani es generoso y casi siempre invita él. La cena ha sido perfecta: muchas risas, complicidad, su rodilla rozando la mía bajo la mesa.
Él trabaja al día siguiente, así que no podemos alargarlo demasiado, y al salir me pregunta si me voy con él o me pido un taxi a mi casa. Me da un poco de vértigo lo que pueda pasar, pero también me apetece estar con él en plan más íntimo, así que le digo que me voy a la suya.
Nada más cruzar la puerta se lanza a besarme y yo a él, y vamos cayendo hacia el dormitorio mientras nos arrancamos la ropa. En cuestión de segundos estamos en la cama desnudos, él encima, besándome el cuello, y yo con las dos pollas en la mano, masturbándonos a la vez.
Pero sé que viene muy caliente y que esta noche no se va a conformar con una paja. Así que lo empujo boca arriba, me coloco sobre él y empiezo a recorrerle el cuerpo como sé que le gusta. Me paro en sus pectorales, le lamo los pezones un rato, bajo por los abdominales y llego a su polla, dura como una piedra, y me lanzo a comérsela. No es por presumir, pero en estos meses he aprendido a hacerlo bien, y voy a fondo.
De vez en cuando alzo la vista para mirarle a los ojos, porque sé que eso lo vuelve loco.
—Mmm, qué bien te estás portando esta noche —dice con esa sonrisa de chulo, de tío que sabe que tiene el control, que tanto me pone.
Yo asiento como un buen chico mientras me acaricia la cara.
—¿Quieres portarte aún mejor? Ponte a cuatro patas.
Ahí freno la mamada en seco, porque me huele que vamos a empezar otra vez.
—Tranquilo —me dice—, solo quiero verte el culo. No voy a hacerte nada que no quieras.
Dejo de chupársela y le obedezco, no sin cierta inquietud revoloteándome en el estómago.
—Joder, qué culazo tienes, Bruno —y me suelta un buen azote en la nalga, de esos que dejan marca, que a mí me pone y a él todavía más.
Entonces se lanza a comérmelo. Normalmente no lo hace, aunque a mí me encanta, pero dice que cuando come un culo lo hace como preliminar, antes de meterla. Yo estoy tan cachondo que me dejo llevar, gozando con su lengua trabajándome el agujero.
Después de un rato me hace tumbarme boca abajo y me separa las nalgas con las dos manos.
—Cómo me pones —dice con voz ronca, y me escupe en el ano antes de colocarse encima, con la polla apoyada justo en la entrada.
Ahí sí que me preocupo de verdad.
—Dani, de verdad que no quiero.
—No te preocupes, que solo me voy a rozar un poco —contesta mientras me frota la polla entre las nalgas y me besa la nuca.
Por un lado sigo tenso, pero por el otro me pone muchísimo lo que me está haciendo, así que me fío. Me relajo. Craso error. Porque en cuanto bajo la guardia noto cómo empieza a entrar, sin ningún miramiento, empujando. Me tenso de golpe y un dolor de cojones me sube por toda la espalda.
Será cabrón.
—¡Dani, sácala ya, joder! —le suelto cabreado.
Pero a él lo único que le importa ahora es metérmela en caliente, y estando encima de mí, siendo más grande y más fuerte, no puedo hacer nada por quitármelo de encima. Estoy completamente a su merced, y esa sensación me da más miedo que el dolor.
—Venga, solo la puntita. Es que tu culo me pone demasiado —dice sin dejar de empujar.
Lo estoy pasando fatal, hasta el punto de que se me empiezan a saltar las lágrimas. Será entonces, al notarlo, cuando por fin me la saca, de mala gana, como si yo le estuviera fastidiando la noche.
Mi primer instinto es darme la vuelta para poner el culo a salvo. Lo segundo, cantarle las cuarenta. Pero antes de que pueda decir una palabra ya lo tengo encima otra vez, agarrándome de la cabeza para que se la coma, o más bien para follarme la boca sin piedad. Por suerte viene tan al límite que se corre enseguida, porque si no creo que me habría ahogado, y me trago todo como si tuviera otra opción.
***
Cuando me suelta cojo aire de golpe y me voy al baño a enjuagarme la boca. Cuando vuelvo a la habitación todavía me hierve la sangre, y encontrármelo tirado en la cama, medio adormilado, como si no hubiera pasado nada, no ayuda.
—¿Te parece normal lo que has hecho? —le suelto mientras lo zarandeo un poco para que espabile.
—Me he dejado llevar, perdona —responde sin mucha convicción, y eso me cabrea todavía más.
—¡Pero si casi me violas!
—Venga, Bruno, no exageres. Me he dejado llevar y te la he sacado enseguida. Y si me he dejado llevar es porque llevo meses a base de mamadas y me muero por follarte. Pero ya veo que la cosa no avanza.
Sus palabras me caen como un jarro de agua fría, y creo que se me nota en la cara, porque cambia el gesto al instante.
—Mira, estoy muy cansado y mañana madrugo. Mejor hablamos otro día de esto, ¿vale? Te pido un taxi.
Estoy que echo humo y la verdad es que tampoco tengo ninguna gana de quedarme a dormir, pero que me eche así, sin más, después de haberse corrido en mi boca, me sienta como una patada. Así que me visto sin decir palabra y bajo a la calle a esperar.
Dani me da un beso de despedida y yo me muestro frío como el hielo, motivo por el cual pone su típica cara de «lo que tengo que aguantar», y tengo que contenerme para no soltarle una patada donde más le doliera.
El taxi tarda una eternidad. Y mientras espero, apoyado en la fachada de su edificio con el móvil en la mano y un nudo en la garganta, no dejo de darle vueltas a lo mismo: que quería a ese tío, que de verdad lo quería, y que aun así esa noche me había enseñado algo que ya no iba a poder olvidar.
Al final va a ser verdad eso de que todos los tíos son unos cerdos.
Continuará…