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Relatos Ardientes

El albañil de la obra y mi primera vez con un hombre

Por aquel entonces acababa de cumplir los dieciocho. Nunca había tenido novio, así que seguía siendo virgen cuando cualquier otro chico de mi edad ya se había acostado con medio barrio. A mí, no sé bien por qué, ningún hombre me llamaba la atención, y tenía la sensación de que yo tampoco se la llamaba a nadie, y eso que feo no era. Cuando me instalaba alguna app de ligues sentía que perdía el tiempo: miraba las fotos y nada me movía, nada me daba curiosidad, así que terminaba borrándola sin haber quedado con nadie.

Sabía que me gustaban los hombres porque se me ponía dura viendo porno de dos tíos, nunca con una mujer de por medio. En esa época, sin novio y sin nadie que me interesara en el mundo real, me las arreglaba solo, masturbándome cuando la cosa apretaba. Hasta que un día mis padres empezaron a reformar la casa y conocí al primer hombre que me voló la cabeza de verdad.

Don Hugo —Huguito, le decían algunos, aunque a mí me costaba imaginarme usando un diminutivo con semejante hombre— me sacaba más de veinte años. Me pasaba una cabeza de altura, era ancho de espalda, de brazos gruesos, con una barba corta que le quedaba demasiado bien. Lo que más me obsesionó desde el primer día fueron las venas que le recorrían los antebrazos y las manos. No era un chico de gimnasio de mi edad. Era un hombre de los que imponen con solo entrar a una habitación.

Al principio era muy educado. Me decía «joven» cada vez que se dirigía a mí, siempre concentrado en lo suyo. Trabajaba solo la mayoría de los días, salvo que hiciera falta fuerza y trajera a algún pariente. Casi siempre estábamos él, sus herramientas y yo, observándolo desde un rincón con la excusa que se me ocurriera esa tarde.

A medida que pasaban los días, lo de Hugo se convirtió en una obsesión que no me dejaba ni dormir. Me sorprendía buscando cualquier pretexto para pasar por donde estaba trabajando, solo para verlo. Lo que más me descolocaba era el rastro del esfuerzo en su cuerpo. Hacía calor, y mirar cómo el sudor le nacía en la nuca y le bajaba por el cuello hasta perderse bajo la camiseta me dejaba hipnotizado.

No era un sudor cualquiera. Cuando pasaba cerca de él me llegaba un olor a hombre, a sudor limpio mezclado con el polvo de la obra. Era un olor fuerte, casi animal, nada que ver con los perfumes dulces de los chicos de mi edad. Me volvía loco.

Me fijaba mucho en sus manos. Eran manos de verdad, grandes, ásperas por el cemento y el trabajo. Tenía las marcas del sol tan típicas de los albañiles: los brazos y el cuello de un moreno intenso, casi quemado, que contrastaba con la piel más clara que asomaba cuando se estiraba y se le subía un poco la ropa.

Hasta su ropa de trabajo me parecía lo más sexy del mundo. Ese pantalón grueso, manchado de gris, se le ajustaba a las piernas y al trasero de una manera que me hacía tragar saliva cada vez que se agachaba. Ya no era solo que me gustara mirarlo. Era que necesitaba que ese hombre pusiera sus manos ásperas sobre mí y me quitara de golpe toda la timidez que me estaba matando.

***

Así pasaron los días hasta que, con el pretexto de llevarle un vaso de agua, entré a la habitación donde trabajaba justo cuando él estaba de espaldas, quitándose el pantalón sucio para ponerse uno limpio. Al oír mis pasos se tensó y se giró rápido, tratando de cubrirse con la prenda que tenía en la mano. Como era tan correcto, se puso colorado al instante.

—¡Uy! Perdone, joven… no sabía que andaba por aquí —me dijo con voz nerviosa, intentando taparse con torpeza.

Pero yo ya lo había visto todo y se me había hecho cortocircuito en la cabeza. Me quedé ahí plantado como un idiota, sin saber a dónde mirar, aunque sabía exactamente a dónde quería hacerlo. Fue como si de pronto me diera cuenta de que todo lo que pensaba sobre mí mismo era mentira. Lo primero que me dejó loco fueron sus brazos, con esas venas marcadas que se notan cuando uno hace fuerza de verdad.

Pero lo que me remató fue verle el abdomen. Tenía las dos líneas marcadas que bajan por la cadera y te obligan a mirar hacia abajo aunque no quieras. Y justo ahí, desde el ombligo, una fina línea de vello se perdía bajo el elástico del bóxer. No pude evitarlo: la vista se me fue directa al bulto que se le marcaba. Era imposible no verlo. Se notaba pesado, real, demasiado imponente para alguien que, como yo, nunca se había fijado en esas cosas.

Ahí solté la frase que lo cambió todo. Intenté sonar lo más natural posible, aunque por dentro me estaba muriendo.

—Somos hombres, no pasa nada.

Se me quedó mirando un segundo y vi cómo se le relajaron los hombros.

—Bueno… es verdad, joven —contestó.

Ese fue el punto de quiebre. A partir de ese día Hugo agarró una confianza que antes no tenía. Como ya nos habíamos visto «en confianza», empezó a trabajar sin camiseta por el calor, y yo por fin tenía vía libre para mirarlo sin que se incomodara. Andaba con el torso desnudo por toda la casa, luciendo ese pecho y los brazos llenos de venas mientras sudaba, y yo no podía dejar de mirar cómo se le marcaba el abdomen cada vez que se agachaba o se estiraba.

Con el pasar de los días también se volvió mandón y confianzudo. Se olvidó del «joven» y empezó a tutearme como si nos conociéramos de toda la vida. «Oye, tú, muévete y tráeme algo de beber», o «ven aquí y agárrame esto, pero con fuerza, no me seas flojo», me soltaba con una seguridad que me dejaba mudo. Me trataba con una rudeza que, en lugar de molestarme, me ponía a mil.

***

Una tarde, mientras yo le sostenía una tabla para que pudiera clavarla, me preguntó algo que me dejó callado unos segundos.

—¿Y tú qué? ¿No tienes novia? Me da que eres muy especialito con las mujeres… —al verme callado, siguió, entre risas—: ¿O lo que te falta es un hombre?

Me quedé tieso como un poste. Él ni siquiera esperó la respuesta. Terminó de clavar con fuerza, dejando que los músculos de su espalda sudada se tensaran una última vez, soltó el martillo y empezó a revolver entre la caja de herramientas. Sin mirarme, con una naturalidad que me dio escalofríos, soltó la bomba.

—¿Y qué? ¿Le has chupado la verga a alguien alguna vez? —preguntó así, de frente, mientras seguía buscando no sé qué llave.

Me quedé seco, con el corazón queriéndoseme salir del pecho. No esperó a que tartamudeara nada. Se apoyó en un banco de trabajo y, con toda la calma del mundo, se desabrochó el pantalón. Se quedó ahí, dejando que el bóxer asomara, y me dijo «¿quieres chuparla?» mientras hacía un gesto con la cabeza para que me acercara.

Me sentí totalmente expuesto. Que me lo dijera así, sin mirarme, con esa voz de hombre que sabe perfectamente lo que está provocando, me dejó sin defensas. La cara me ardía, pero por dentro era una mezcla de miedo y de una calentura que no me cabía en el cuerpo. La tenía tan dura contra el pantalón que me dolía, y ese olor a esfuerzo, a piel caliente, me terminaba de enloquecer.

Sentí un vacío en el estómago y las piernas me temblaban como gelatina mientras daba el primer paso hacia él. En ese momento me daba igual todo lo demás. Lo único que quería era tocar por fin esa piel que llevaba días devorando con los ojos.

Me arrodillé frente a él. Tenía sus piernas fuertes a los lados de mi cara y ese bulto imponente justo enfrente. Cuando por fin le bajé el elástico del bóxer me quedé sin aliento. Ahí estaba, saltando hacia afuera con tanta fuerza que eché la cabeza atrás un segundo. Era la verga de un hombre de verdad: gruesa, pesada, de un canela oscuro que contrastaba con la piel más clara de la cadera. Lo que más me impactó fue lo venosa que era, con esos relieves que la recorrían como cables. La punta era grande, de un púrpura intenso, brillante por el líquido que ya empezaba a asomar. El olor me golpeó de lleno: piel encerrada y sudor de todo el día de trabajo. Estaba ardiendo, despedía un calor que me pegaba en la cara.

Hugo me puso la mano en la cabeza y empezó a guiarme hacia él.

—¿Te gusta lo que ves? ¿Te gusta? Empieza a chuparla. Abre bien y tómatela toda.

Estaba tan embobado que no sé cuántos segundos me quedé inmóvil, pero sí recuerdo el tirón en la nuca y la orden: «chúpala». No esperé ni un segundo más. Al metérmela en la boca, lo primero que sentí fue lo enorme que era. Me llenaba entero, obligándome a abrir la mandíbula al máximo, y el calor que despedía me quemaba la lengua. Como era un inexperto, al principio me costaba hasta respirar; notaba la textura de las venas rozándome el paladar y la punta golpeándome al fondo de la garganta, haciéndome lagrimear.

El sabor era fuerte, a piel de hombre y a sudor de la jornada, pero me encantaba. Cada vez que él empujaba un poco hacia adelante sentía que me iba a ahogar, pero tenerlo ahí, dominándome, me daba una calentura que nunca había sentido. Estiraba los labios para intentar abarcarlo todo y, aunque me faltaba el aire, no quería soltarlo.

Mientras me esforzaba por succionar con fuerza y la saliva me escurría por la barbilla, levanté la mirada. Hugo estaba apoyado en el banco, con los brazos estirados hacia atrás y el pecho empapado, mirándome desde arriba con los ojos entrecerrados, disfrutando de mi torpeza. De repente su gesto se volvió más serio, más animal. Se cansó de mi lentitud de novato, me agarró del pelo con las dos manos y, sin dejarme respirar, empezó a follarme la boca con un ritmo rudo y constante.

Ya no era yo quien se movía; era él quien empujaba la cadera, hundiéndome esa mole venosa hasta el fondo de la garganta. Sentía el golpe seco de su pubis contra mi nariz y ese olor a sudor me mareaba. Cada embestida me daba arcadas, pero a él no le importaba: me mantenía la cabeza fija, obligándome a recibirlo. El sonido era sucio, un chapoteo constante de mi saliva. Yo tenía los ojos llenos de lágrimas, pero verlo arriba, con los músculos tensos, me ponía a mil.

—Eso es… tómatela toda, que ya no aguanto…

Sentí cómo su cuerpo se ponía rígido como una piedra. Dio dos empujones más profundos, casi asfixiándome, y soltó un gruñido que retumbó en todo el cuarto. Noté los latidos de su verga dentro de mi boca antes del primer chorro, una descarga caliente y espesa que me golpeó la garganta. No me soltó el pelo; me mantuvo pegado, obligándome a tragar cada gota mientras seguía pulsando. Cuando por fin terminó, me soltó y se dejó caer hacia atrás, respirando agitado, mientras yo me quedaba en el suelo recuperando el aire con su sabor todavía en la lengua.

Se acomodó la verga aún goteando y se subió el pantalón sin ninguna prisa. Se abrochó el cinturón y, en vez de alejarse, me puso la mano pesada y áspera sobre la cabeza.

—Vaya… no lo haces tan mal. Mira, que esto quede entre nosotros… y si te portas bien, lo repetimos.

Me soltó y, sin decir más, se dio la vuelta a por el martillo.

—Ahora muévete y tráeme otro vaso de agua, que me dejaste seco —me ordenó sin mirarme, volviendo al trabajo como si nada.

Todavía en el piso, con su sabor en la garganta y el corazón a mil, me levanté, fui a la cocina y no aguanté más: me masturbé hasta sacar la última gota.

***

Desde ese día ya no hubo vuelta atrás. Se volvió nuestra rutina: yo era el alivio de Hugo cada vez que se le antojaba. No importaba la hora ni el lugar de la casa; si estábamos solos y él me hacía esa seña con la cabeza, yo ya sabía que me tocaba arrodillarme. Hubo tardes en las que, mientras descansaba del calor, me obligaba a meterme debajo de la mesa donde almorzaba. Yo me quedaba ahí escondido entre sus piernas, oliendo a madera y sudor, dándole placer mientras él seguía tomando su refresco como si nada. Otras veces me acorralaba contra una pared a medio terminar, con el polvo de los ladrillos ensuciándome la ropa, y me follaba la boca con esa rudeza que me encantaba, recordándome siempre quién mandaba.

Me volví un experto en complacerlo. Aprendí a recibirlo hasta el fondo de la garganta sin quejarme, disfrutando de cómo sus gruñidos se volvían más fuertes. Cada encuentro era igual de intenso: él siempre al mando, siempre rudo, y yo siempre entregado.

Hasta que una semana mis padres se quedaron en casa y no pudimos hacer nada. Hugo me buscaba con la mirada, como desesperado, y yo me moría de ganas, pero no había forma. El primer día que volvimos a quedarnos solos no perdió ni un segundo. Apenas se cerró la puerta, me agarró del brazo y me llevó al cuarto del fondo. Me arrodilló de un tirón y me ordenó que se la sacara. Empecé a chupársela con una ansiedad nueva, dándole con todo, pero a los pocos minutos me agarró del pelo y me apartó de golpe.

—Ya está bueno de solo chupármela. Esta semana me dejaste con las ganas y ahora te voy a coger de verdad.

Le dije que era mi primera vez, que nunca había tenido sexo, para que no me lastimara. Me agarró del brazo y me arrastró, medio desnudo y tropezando, hasta mi cuarto. Me tiró en la cama sin ninguna delicadeza y se puso encima, abriéndome las piernas con sus manos rudas. Se escupió en la palma y se la pasó a todo lo largo, dándole un brillo que me hizo tragar saliva. Apoyó la punta en mi entrada y me miró fijo, con esa superioridad de siempre.

—Relájate, que si te pones tieso te va a doler más —me soltó con la voz ronca.

Sentí el primer empujón y solté un grito ahogado contra la almohada. Era demasiado grande, sentía que me partía en dos. Se detuvo un segundo para que me acostumbrara, pero la calentura le ganó: volvió a escupir y, de un solo impulso, se me metió hasta el fondo. El peso de su cuerpo sudado sobre el mío y la sensación de tenerlo clavado ahí dentro me volvieron loco. Empezó a darle con un ritmo rudo, haciendo que la cama rechinara con cada golpe de su cadera.

No tuvo piedad. Yo le pedía entre gemidos que fuera más despacio, pero ni me escuchaba; al contrario, aceleraba con estocadas secas y profundas que me hacían saltar en el colchón. Para callarme, se echó sobre mí con todo su peso, bajó la cabeza a mi pecho y me atrapó un pezón con los labios, chupándomelo con fuerza, alternando lamidas calientes con mordiscos cortos que me daban corrientazos hasta la punta.

La sensación era una locura: por un lado, el dolor punzante de su verga estirándome por dentro; por otro, el placer eléctrico que me hacía arquear la espalda. El contraste me enloquecía. De repente, así de cerca, me miró con una intensidad que me detuvo el corazón, me agarró la cara y me dio un beso brutal. No fue nada tierno: fue un beso sucio, hambriento, cargado de lengua. Nuestras bocas se enredaron con una desesperación que me hizo gemir dentro de la suya mientras él seguía embistiendo sin detenerse.

Cuando nos separamos, los dos jadeando, soltó un gruñido y, sin sacármela, me subió las piernas hasta sus hombros, doblándome por completo. En esa posición entró mucho más profundo. Se apoyó en los brazos, con las venas de los bíceps a punto de reventar, y empezó a bombearme con una fuerza animal. Sin dejar de moverse, me agarró de las caderas y me arrastró por el colchón hasta dejarme en el filo de la cama. Se plantó de pie en el piso, con las piernas bien abiertas, y desde ahí aprovechó toda su altura para hundirse en mí.

Verlo así, parado, con el cuerpo chorreando sudor que brillaba bajo la luz y los muslos tensos como piedras, fue una imagen que no se me iba a borrar nunca. Con cada estocada sentía que estaba a punto de explotar sin tocarme siquiera. Era un placer tan extremo que me quemaba, pero no podía ni mover las manos; sabía que con un solo roce me vendría, y quería que aquello durara para siempre.

Justo antes de que colapsara, se apartó de un tirón. El vacío me hizo soltar un gemido de desesperación.

—¡Date la vuelta! —me ordenó, agarrándome de la cintura y poniéndome a cuatro patas en un movimiento rápido. Antes de que pudiera acomodarme, sentí cómo se subía de nuevo al colchón y, sin anestesia, volvía a empujarla dentro de mí. Desde atrás me dio en el punto exacto, haciéndome jadear mientras mi propia verga colgaba pesada, goteando sobre las sábanas sin que yo pudiera hacer nada más que recibir.

No me dio ni un segundo de respiro. Estaba a cuatro patas, con las manos clavadas en el colchón y la espalda arqueada mientras él me azotaba con una fuerza que me hacía vibrar entero. Con cada embestida mis brazos flaqueaban y terminaba desplomándome de pecho contra la cama. A él no le importaba: aprovechaba que yo estaba rendido para hundirse más.

En ese desplome mi verga quedó aplastada contra las sábanas. El roce de su peso empujándome contra el colchón y la presión interna fueron demasiado para mi cuerpo de novato. Sin poder tocarme, soltando un gemido contra la almohada, sentí el espasmo recorrerme la espalda. Me corrí con una fuerza que me hizo temblar entero, manchando la sábana y mi abdomen, mientras él seguía sin piedad, disfrutando de cómo me apretaba alrededor de su verga con cada espasmo.

—Me la estás apretando, zorrita —me dijo entre jadeos.

Sentí sus manotazos en las nalgas, golpes secos que me dejaban la piel ardiendo, mientras me llenaba la espalda de besos rudos y mordiscos. Me tomó del pelo y me dio un jalón hacia atrás, obligándome a arquear el cuello mientras me clavaba una embestida que me sacó todo el aire. Se quedó así unos segundos, empujando con todo su peso. La presión fue tan brutal que mi verga, recién colapsada, volvió a reaccionar y empezó a gotear de nuevo.

Entonces la intensidad subió aún más. Con un movimiento experto, me giró sin sacármela y me dejó boca arriba de golpe. Clavó mis piernas contra su pecho y empezó a darme las embestidas más fuertes de toda la tarde; el choque de nuestros cuerpos era lo único que se oía en el cuarto. Vi cómo se le tensaba el cuello y cómo cerraba los ojos, totalmente ido. Dio tres estocadas finales, brutales, y justo cuando creí que iba a desmayarme del placer, se salió de un tirón.

—¡Mírame! —gritó, agarrándose la verga y masturbándose frente a mis ojos con una rapidez frenética hasta soltar un rugido profundo. Sentí los chorros calientes y espesos golpeándome el abdomen y el pecho, cubriéndome entero mientras terminaba de vaciarse encima de mí, dejándome marcado de la forma que más me gustaba.

Después se dejó caer a mi lado, jadeando, bañado en sudor. Yo estaba sin fuerzas, temblando, con la piel ardiendo, pero el olor a sexo y a hombre me enloquecía. Sin pensarlo, me arrastré por la cama y me abalancé de nuevo sobre su verga, queriendo saborearlo una vez más ahora que estaba relajado. Empecé a chupársela con una devoción hambrienta mientras él soltaba un suspiro y cerraba los ojos. El sabor era mucho más fuerte y concentrado, mezcla de su propia descarga y del sudor de su entrepierna.

—Ya, ya… —me dijo con la voz ronca—. Me vas a dejar seco otra vez.

Tras unos segundos me puso la mano en la frente y me apartó con firmeza.

—Tengo que irme —soltó mientras se ponía de pie.

Se levantó de la cama completamente desnudo, sin ninguna vergüenza. Yo me quedé tirado, incapaz de mover un músculo, con la mirada clavada en su espalda ancha mientras cruzaba el cuarto. Antes de salir a buscar su ropa, se detuvo en el marco de la puerta y me miró por encima del hombro.

—Ya sabes —me advirtió, serio—: de esto, nadie debe saber nada.

Se dio la vuelta y salió, dejándome solo en la cama con el olor de su cuerpo impregnado en las sábanas y el corazón —igual que mi culo— latiendo todavía.

***

Después de esa primera vez, el aire entre nosotros se puso pesado, cargado de una electricidad que se sentía cada vez que pasábamos cerca. Hugo me lanzaba miradas de fuego mientras trabajaba, con el sudor marcándole los músculos, y yo sabía perfectamente en qué pensaba. Al ver que la obra ya estaba por terminar y que le quedaban pocos días en la casa, la urgencia nos ganó. No podíamos estar ni un segundo a solas sin terminar pegados a una pared. Volvimos a los encuentros salvajes en cualquier rincón oscuro, pero ya no era como antes: ahora yo se la chupaba con una desesperación total, queriendo grabarme su sabor antes de que se fuera.

El último encuentro no tuvo nada de delicado. Aprovechamos que no había nadie en casa y nos encerramos toda una tarde, hasta quedar molidos. Hugo estaba desatado, como si quisiera dejarme marcado antes de que se acabara el trabajo. Me llevaba de un lado a otro del cuarto, me decía cosas sucias al oído y me volvía a poner en posición una y otra vez. Me hizo correrme un montón de veces, llevándome al límite con sus manos y sus embestidas, hasta que ya no me salía ni una gota más. Terminamos los dos tirados, pegajosos, revolcados entre las sábanas deshechas.

Lo que nunca se me va a olvidar de esa tarde fue verlo después, tendido, con el cuerpo bañado en sudor. Me quedé mirando su verga: incluso flácida, ya descansada, seguía siendo una cosa imponente, gruesa y marcada por esas venas que me habían tenido loco todo el tiempo. Verla ahí, después de haberme vaciado por completo, me recordaba lo rudo que había sido conmigo.

No hubo despedidas largas ni cursilerías. Se levantó con ese aire de mando, se sacudió el sudor y empezó a vestirse mientras yo todavía intentaba recuperar el aliento. Me dio una última mirada de arriba abajo, como comprobando el desastre que me había dejado, y salió del cuarto sin mirar atrás. Unos días después terminó de levantar la última pared y, como no podía ser de otra forma, lo despedí de rodillas en el cuarto de las herramientas, dejándolo seco antes de que se marchara.

Tiempo después, con las ganas de repetir, lo busqué para ver si caía de nuevo. La sorpresa fue otra: me enteré de que su mujer estaba embarazada. Me dio un bajón, pero no quería líos de ese tipo, así que decidí no buscarlo más. Me quedé solo con el recuerdo de que me dio los mejores revolcones de mi vida y de que fue el hombre que, sin proponérselo, me enseñó por fin quién era yo.

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Comentarios (5)

AlexMdp27

increible!!! me quede sin palabras de verdad

MarcosQR

Por favor tiene que haber una segunda parte, no puede quedar asi. Quede con ganas de saber como siguio todo.

curioso_lector99

Me recordo mucho a una situacion que yo tambien viví, esos momentos en que te das cuenta de algo que estaba ahi todo el tiempo. Muy bien contado.

SantiRBaires

¿despues siguio viendolo o fue una sola vez? me quedé con esa duda todo el rato jaja

elpintor2

Lo que mas me gusto es lo natural que suena, sin exagerar nada. Se siente real.

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