La sesión de fotos en Valencia que terminé pagando
Buenos días a todos y feliz comienzo de año. Vuelvo a pasarme por aquí para compartir una de esas experiencias que guardo en algún rincón de la memoria y que, cada vez que las recuerdo, me devuelven el calor al cuerpo y me erizan la piel. Hay vivencias que uno revive solo para volver a sentirse deseado.
Para este relato me remonto a cuando tenía veintisiete años. Ya llevaba un tiempo teniendo encuentros esporádicos con hombres y disfrutaba sin culpa de una sexualidad que por fin sentía mía. Por aquel entonces me había picado el bicho de viajar, de descubrir sitios nuevos, así que decidí hacer una escapada de fin de semana a Valencia. La ciudad la conocía de adolescente, pero esta vez la visita iba a ser distinta. Más interesante, a mi juicio.
Antes de coger el coche rumbo a la costa, dediqué una tarde a peinar internet en busca de algo diferente. Y lo encontré. Un fotógrafo se ofrecía a hacer sesiones eróticas a chicos jóvenes de forma gratuita. Bueno… gratis del todo no era. No te cobraba dinero, pero quedaba implícito que de aquella sesión yo debía dar algo a cambio. Me pareció un trato justo.
Nunca me habían fotografiado desnudo, y mucho menos un profesional. Me parecía un recuerdo bonito para conservar, y también una herramienta práctica: con una foto erótica de por medio es mucho más fácil convencer a un hombre de pasar un buen rato a solas conmigo. Al fin y al cabo, era lo que más me gustaba hacer.
Cerramos lugar y hora por mensajes. Después de un día entero recorriendo los rincones más turísticos de la ciudad, llegó la noche del sábado. Ese era el gran plan del fin de semana, lo que de verdad me había traído hasta allí.
En la habitación del hotel ya me había preparado. Bajo una ducha de agua caliente me depilé a conciencia el cuerpo entero: piernas, vientre, nalgas, pubis. La piel me quedó limpia y suave, sin un solo pelo. Todo listo. Cuando dieron las nueve bajé a la calle, arranqué el coche y enfilé hacia un barrio del extrarradio. Recuerdo conducir pegado a la costa, atravesando un par de túneles mientras las farolas se encendían a mi paso y la noche caía sobre el mar. Así llegué a una calle tranquila de edificios bajos, aparqué sin problema y me dirigí al portal indicado.
Sonó el timbre y enseguida me abrió un hombre de unos cuarenta y tantos, de acento valenciano y con algo de sobrepeso. Eso último nunca me ha importado; yo pongo el interés en otra parte, y soy sincero al decirlo. Con barba de unos días, aquel hombre cuyo nombre ya no recuerdo me saludó con amabilidad y me invitó a pasar. Su modelo de la noche cruzaba el umbral ilusionado y nervioso, listo para una aventura nueva.
La puerta se cerró a mi espalda. Me encontré en un salón reconvertido en estudio improvisado. Una gran tela negra hacía de fondo y varios focos de luz indirecta repartían un tono cálido por la sala. A ambos lados del set había dos radiadores encendidos, lo que me dejó claro que pasaría un buen rato desnudo: aquellos aparatos servían para que el frío de enero no me llenara la piel de carne de gallina.
Charlamos un rato con tranquilidad. Me contó su trayectoria como fotógrafo sin insinuar en ningún momento sus intenciones secundarias, sin un gesto de más, sin morbo. Estaba siendo muy profesional y eso me gustaba. Con el portátil me enseñó sesiones anteriores de otros chicos que habían pasado por su cámara. Siempre sin mostrar las caras, las fotos me dejaron impresionado. No solo los cuerpos quedaban bonitos: usaba objetos para darles un toque original. Uno posaba con un balón y unas medias; otro, con un gorro de cocinero y una barra de pan entre las manos.
Más que convencido, me puse en sus manos y me entregué a sus indicaciones de profesional. Mi cuerpo sería uno más de los que aquel hombre retrataba y, casi con seguridad, para algo más.
Siguiendo solo sus órdenes, me fui quitando la ropa y la dejé bien doblada sobre una silla. Quedé de pie, desnudo, descalzo sobre la lona que cubría la pared y parte del suelo. No me tocaba, mantenía las manos a los lados y, algo nervioso, lo miraba esperando la siguiente indicación.
Él no pudo evitar repasarme el cuerpo de arriba abajo. Le gustaba lo que veía, o eso me pareció. Sin perder tiempo cogió un bote de una mesa cercana y se acercó.
—Te voy a tocar para prepararte —avisó.
—Confío en ti. Haz lo que creas conveniente —respondí.
Mi frase iba con doble sentido y creo que captó el mensaje, porque apretó el bote y de él salió una pasta transparente. Era un aceite denso, de los que dan algo de color y brillo a la piel.
—Te quedará bien en las fotos —dijo, y me dejé hacer.
Su mano derecha empezó a recorrerme, extendiendo el aceite. Comenzó por el pecho y el abdomen, siguió por los brazos y las piernas. Lo mejor lo dejaba para el final. La mano, caliente como mi propio cuerpo, se adentró en mis zonas más íntimas y me acarició los testículos mientras los lubricaba. Después vino la polla, que no tardó en empezar a endurecerse. La mano me la masturbaba despacio, con la excusa de cubrirla bien, aunque estaba claro que también me manoseaba a gusto. Para terminar, giró la mano hacia atrás y me empapó las nalgas, dedicando unos últimos segundos a pasar los dedos por mi ano, de arriba abajo, sin meter nada. Preparaba el terreno para más tarde, pensé.
Ya cubierto de aceite, se colocó tras la cámara y empezó a pedirme poses. Todo me lo indicaba él y yo obedecía sin rechistar. Ponte de lado, cruza una pierna, la mano aquí, la otra allá… las órdenes iban una detrás de otra mientras el obturador disparaba, inmortalizando mi cuerpo desnudo y brillante.
Eran fotos sensuales, casi todas tapando los genitales. Quería primero unas imágenes sinuosas, sin enseñar el premio. Después vino una toalla colgada del hombro que cubría mis partes, como quien sale de la ducha tras una sesión de gimnasio. Luego me dio unos guantes de boxeo y me puso en guardia, girando las piernas lo justo para esconder la polla.
Recuerdos muy bonitos, sí. Pero ya estábamos calientes y lo mejor estaba por llegar.
***
De repente pareció dar por buenas las fotos sensuales. Me quitó los guantes y me explicó que subiríamos el tono. Las siguientes serían más explícitas, tal y como habíamos acordado por mensajes. Ahora sí lo mostraría todo, con esas miradas que piden placer a gritos.
Quiso una primera foto de frente, pero antes de disparar me pidió que me masturbara. La quería dura, gruesa, con las venas bien marcadas. Mi polla, visiblemente roja, posó para él mientras yo ofrecía media sonrisa pícara. Se sucedieron varias del mismo estilo: girando un poco para mostrar la curva del culo, de espaldas enseñando las nalgas por completo, otras más agachado dejando entrever el ano, y algunas en cuclillas con las piernas bien abiertas y la polla en la mano.
El morbo iba en aumento y yo me dejaba llevar. Él ordenaba, yo obedecía. Su entrepierna parecía apretada ante el espectáculo, aunque a aquella distancia no podía confirmarlo. Tras una última foto a cuatro patas, apagó el flash y dio por terminada la sesión.
Entendí que estaba satisfecho. Había conseguido retratar a aquel chico de Zaragoza que venía pidiendo un álbum erótico.
Me pidió que me acercara a la cámara y así lo hice. En el visor me fue mostrando algunas de las fotos. Él estaba sentado en un taburete alto, frente al trípode, y los dos quedamos muy cerca, mirando la pantalla mientras pasaban las imágenes. Mi cuerpo, pegado al suyo, invitaba a ser acariciado, pero ninguno decía una palabra. El mensaje lo captó rápido: con un movimiento ágil su mano empezó a acariciarme el culo, suave pero decidido, invitándome a sentarme sobre su rodilla. Y eso hice, con un escalofrío recorriéndome la espalda. Fingíamos mirar las fotos mientras yo me acomodaba en su pierna y su mano se instalaba sobre mi nalga derecha, sujetando su premio.
Cuando terminó la última imagen, todo se precipitó. Se giró hacia mí y empezó a lamerme el cuello, porque ya sabía que yo no soy de besos en la boca. Con la otra mano me acariciaba los testículos, que colgaban sobre su pierna, y mi polla volvió a endurecerse. Yo era su postre y lo estaba disfrutando, dejándome manosear la piel y jugar con mis partes.
***
Se cansó de tenerme en el regazo y, agradeciéndome el morbo de la postura, me arrodilló frente a él mientras seguía en el taburete. Sin más dilación, la bragueta dejó asomar un capullo grueso que ya conocía de las fotos que habíamos intercambiado y que estaba deseando probar. Entre algunos pelos, su entrepierna me invitaba a pagar en carne aquella sesión.
Mis labios obedecieron una vez más y pronto lo cubrían entero. Su polla entraba y salía de mi boca, lubricada ahora con saliva en lugar de aceite. Chupaba para satisfacerlo y dar por cumplido el pago del trabajo que me había regalado. El sabor del presemen me invadía las papilas mientras friccionaba la boca contra aquel nabo reluciente.
Él seguía sentado, con las piernas apoyadas en un peldaño metálico, mientras yo, sentado en el suelo como en un ritual, saboreaba aquel trozo de carne que se llenaba de sangre. Mamaba como debía, y enseguida quiso desfogarse del todo.
Me levantó del brazo y me llevó a otra habitación, donde una cama parecía esperar predispuesta al encuentro. Sin mediar palabra, me obligó a ponerme a cuatro patas. Sus manos seguían dándome órdenes como si aún estuviéramos en la sesión, pero el guion había cambiado.
Me hizo abrir bien las piernas, bajar la espalda y dejar el culo respingón. Listo y abierto, sacó un condón del cajón de la mesita, se lo puso y se quitó el pantalón y el calzoncillo. Se quedó solo con la camisa, quizá por no abrir uno a uno los botones, y se arrastró por la cama hasta pegarse a mí. Sin poder girarme, sentí cómo su polla forzaba la entrada y me hacía algo de daño.
—Despacio, por favor. Déjame dilatar poco a poco —le pedí.
Quizá eso le bajó el ímpetu, pero no podía hacerme daño: era contraproducente si quería un compañero complaciente. Con un poco de aceite extra y algo de paciencia, la polla empezó a deslizarse en mi recto. Y entonces, una vez bien dilatado, embistió con fuerza. Empezó a follarme apretando las nalgas cada vez que quedábamos pegados, saliendo deprisa para volver a hundirse aún más rápido. El sonido era un estruendo; esperaba que sus vecinos estuvieran acostumbrados o que los muros aguantaran, porque el choque de su pelvis contra mí era brutal.
Valencia me había enseñado lo más bonito de sus calles y ahora yo le pagaba con el culo depilado y respingón. Aquel valenciano me follaba a placer, sujetándome la cintura con ambas manos. Los dedos que antes manejaban con delicadeza la cámara y el aceite ahora me apretaban fuerte para que no escapara. Sentía la polla salir y entrar, forzando mis paredes a abrirse a su paso. Yo gemía sin contenerme mientras me daban cera sin tregua. No quería más posturas, ni perder tiempo en ponerme boca arriba o contra la pared. Quería follarme así, como más le gustaba, y yo sabía que no saldría de allí sin pagar mi deuda. Sus pelotas repicaban contra mi culo como campanas. El calor me subía por dentro mientras mi polla y mis huevos chocaban entre sí con cada sacudida. Así era imposible masturbarme para correrme, pero tampoco lo echaba de menos.
Tras un rato que nunca supe calcular, enfiló la recta final con un sprint digno del mejor atleta. Aceleró las embestidas sin sacarla del todo, y pronto la polla empezó a darle espasmos. Apenas me dio tiempo a reaccionar: salió de golpe, se quitó el condón medio incorporado y dejó caer un río de semen sobre mi espalda y mi culo. Gemía con la boca abierta mientras una mano me seguía sujetando la nalga y con la otra se vaciaba, dejando que las gotas espesas resbalaran por mi piel.
La calma fue invadiéndolo poco a poco mientras soltaba las últimas gotas sobre aquel modelo que había servido para liberar toda su tensión. Nos quedamos quietos un momento, en silencio, antes de que él se limpiara el capullo contra mi culo, forzando a salir lo que quedaba. Eso era yo para él en ese instante: el cuerpo desnudo que le servía para vaciarse y limpiarse. Todo lo había guardado para mí y ahí me lo dejó, pegado a la piel y al aceite.
***
El polvo había terminado, y la sesión hacía rato que también. Me dejó ducharme y vestirme mientras guardaba las fotos en mi pendrive. Con una solemnidad casi cómica que me excitó, firmamos los dos un documento por igual para que ambos tuviéramos las imágenes pero ninguno las usara contra el otro. Él podría mostrarlas, nunca enviarlas, salvaguardando siempre mi cara. Yo podía usarlas y compartirlas mientras protegiera su anonimato y su ubicación.
Era un pacto sin fisuras, sellado con erotismo frente al flash de una cámara y rematado a cuatro patas en su cama. Todos ganábamos: él se quedaba fotos nuevas y se había follado un culo bonito hasta el final, mientras yo me llevaba las imágenes que tanto quería y el recuerdo de una corrida que el jabón de la ducha borró, pero que mi piel guardaría para siempre. En definitiva, una escapada fugaz a Valencia y uno de esos pequeños placeres que ofrecen sus calles.