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Relatos Ardientes

Mi vecino me enseñó lo que llevaba años negándome

Me llamo Bruno y tengo el cuerpo de alguien que nunca supo qué hacer con él. Mido algo más de un metro ochenta, soy ancho de espaldas y me sobran unos kilos que cargo con resignación desde la adolescencia. Aquella tarde acababa de mudarme a un apartamento minúsculo en el centro, el primero que pagaba con mi propio dinero, y la universidad me había dejado el cuerpo molido después de una jornada interminable de clases.

Estaba rodeado de cajas a medio abrir cuando un golpe seco retumbó en el rellano. Venía del piso de enfrente. Me asomé por la mirilla más por curiosidad que por otra cosa, y luego abrí la puerta despacio. En el umbral de enfrente, un tipo enorme peleaba con una caja que claramente pesaba más de lo que él calculaba.

Era difícil no mirarlo. Tendría unos años más que yo, el pelo oscuro y corto, los brazos marcados de quien entrena en serio. Después supe que jugaba al rugby. En ese momento solo registré la camiseta tensándose sobre su espalda cada vez que se agachaba, y el bulto grueso que se le marcaba contra la tela del pantalón de chándal cuando se enderezaba.

—¿Te echo una mano? —dije, y mi propia voz me sonó más insegura de lo que pretendía.

Él se giró, me recorrió de arriba abajo con una calma que me incomodó y me halagó al mismo tiempo, y sonrió de medio lado.

—No te diría que no. Soy Darío.

—Bruno. Acabo de mudarme ahí enfrente.

Levantamos la caja entre los dos y la metimos en su salón. Yo notaba su mirada clavada en mí más de lo que era normal, deteniéndose en la camisa que me venía pequeña y se me ajustaba al pecho. Cuando dejamos la carga en el suelo, se enderezó, se secó la frente con el antebrazo y me miró fijo.

—Te debo una cerveza por esto. ¿Tienes prisa?

No tenía ninguna prisa. Tenía mil cajas esperándome y ni una sola ganas de volver a ellas. Asentí.

***

Su apartamento era el doble de grande que el mío y olía a madera y a algo cítrico. Me senté en un extremo del sofá y él volvió de la cocina con dos botellas frías. En vez de ocupar el otro extremo, se acomodó justo a mi lado, lo bastante cerca como para que nuestras rodillas casi se rozaran.

Hablamos de tonterías al principio: el barrio, los vecinos ruidosos, lo cara que estaba la vida para un estudiante. Pero había algo debajo de la conversación, una corriente que yo no terminaba de nombrar. Cada vez que me reía, él me observaba un segundo de más. Cada vez que bebía, sus ojos bajaban a mi boca.

—¿Vives solo? —preguntó.

—Por primera vez en mi vida.

—Se nota. Tienes cara de no saber todavía lo que te gusta.

No supe qué responder a eso. Me llevé la botella a los labios para ganar tiempo, y en ese gesto su mano se posó sobre mi rodilla. No fue un roce casual. Fue una mano firme, abierta, que subió despacio por el muslo mientras él seguía mirándome a los ojos, esperando a ver si yo la apartaba.

Apártala. Di algo. Levántate.

No hice ninguna de las tres cosas. Me quedé quieto, con el corazón golpeándome el pecho tan fuerte que estaba seguro de que él podía oírlo.

—Siempre tuve curiosidad por alguien como tú —dijo en voz baja, acercándose hasta que sentí su aliento en el cuello—. Grande, tímido, sin estrenar. Con esa polla virgen ahí escondida esperando a que alguien te enseñe a usarla.

—No sé si yo… —empecé, pero no encontré el final de la frase.

—No tienes que saber nada. Para eso estoy yo. Tú solo déjate follar.

Su mano siguió subiendo hasta rozarme con el pulgar el bulto que ya empujaba desde dentro del pantalón. Me ardía la cara de vergüenza y de algo más urgente que la vergüenza. Nunca había estado con un hombre. Ni siquiera me había permitido pensar en serio que lo deseaba. Y ahí estaba, con la mano de Darío apretándome la polla por encima de la tela, midiéndomela sin disimular, y mi cuerpo respondiéndole antes de que mi cabeza decidiera nada.

—Joder, lo que se te está poniendo aquí abajo —murmuró, apretando otra vez—. ¿Me ayudas a desempacar el dormitorio?

Asentí. Apenas me salía la voz.

***

Lo seguí por el pasillo mirándole la espalda, los hombros, la manera en que se movía sin dudar de nada. Cuando entramos, cerró la puerta y, antes de que yo pudiera decir una palabra, me empujó con suavidad contra la pared y me besó.

No fue un beso tímido. Fue un beso que tomaba, que decidía. Su lengua buscó la mía y yo gemí contra su boca sin querer, las manos colgando a los lados sin saber dónde ponerse. Él las cogió y las llevó a su cintura, dándome permiso para tocarlo. Yo bajé por instinto y le apreté el culo por encima del chándal, y él se rio dentro de mi boca.

—Eso es. Aprendes rápido.

Tenía el cuerpo duro bajo la ropa, todo músculo y calor. Me cogió una mano y me la llevó al frente del pantalón, y me hizo sentir la verga gruesa y caliente que empujaba contra la tela. Se la apreté sin pensar, y el gruñido bajo que soltó me erizó la nuca. Era grande. Grande de verdad. Se me hizo la boca agua y a la vez se me apretó el estómago de nervios.

Sus manos recorrieron mi torso por encima de la camisa hasta llegar a los botones, y los fue soltando uno a uno sin dejar de besarme el cuello. Cada beso dejaba una marca caliente en mi piel, y cada marca me arrancaba un escalofrío nuevo.

—Tienes la piel muy suave —murmuró contra mi clavícula—. Y te pones rojo entero. Me encanta. Quiero verte así, colorado, con mi polla dentro.

Me abrió la camisa del todo y la dejó caer al suelo. Yo intenté cubrirme por instinto, avergonzado de mi cuerpo, pero él me apartó las manos con firmeza.

—Nada de eso. Quiero verte. Quiero ver estas tetas de gordito que me van a poner burro.

Y por la forma en que me miró, por primera vez en años no me sentí incómodo dentro de mi propia piel. Me sentí deseado. Bajó la cabeza y atrapó uno de mis pezones entre los dientes, mordiendo apenas, y una descarga me bajó directa al vientre. Gemí más fuerte de lo que pretendía. Me chupó el otro pezón, tirando de él con los labios, mientras una mano me apretaba la polla por encima del pantalón con un ritmo lento que me estaba volviendo loco.

—Eso es —dijo—. No te aguantes. Aquí no hay nadie más que nosotros. Quiero oírte gemir como una puta cuando te la meta.

Sus manos siguieron bajando, acariciándome los costados sin que el sobrepeso pareciera importarle lo más mínimo, hasta el cinturón. Me lo desabrochó despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, disfrutando de mi respiración entrecortada.

***

Me llevó hasta la cama y me hizo sentarme en el borde. Se arrodilló entre mis piernas y terminó de bajarme los pantalones, y después la ropa interior, que ya no disimulaba lo evidente. Mi polla saltó dura contra mi vientre, roja de la punta, mojada del líquido que ya llevaba un rato empapándome el calzoncillo. El aire fresco contra mi piel caliente me hizo temblar.

—Mírate —dijo con una sonrisa lenta, cogiéndomela con la mano y apretándola desde la base—. Bien gorda la tienes, cabrón. Y decías que no sabías lo que te gustaba.

Iba a contestar algo, no sé qué, una excusa, una broma para esconder los nervios. No me dio tiempo. Bajó la cabeza y me lamió de un extremo al otro, desde los huevos hasta la punta, sin prisa, recogiendo con la lengua el hilo pegajoso que colgaba del glande. Todo pensamiento se me borró de golpe. Me agarró la base con el puño, escupió encima y empezó a masturbarme mientras me chupaba solo la cabeza, girando la lengua alrededor. Me agarré a las sábanas con las dos manos y dejé escapar un sonido que no reconocí como mío.

Nunca había sentido nada parecido. Su boca era cálida y húmeda, su lengua giraba con una habilidad que solo da la experiencia, y cada vez que levantaba la vista para mirarme yo me deshacía un poco más. Me tomó entero, despacio, hasta que sentí el calor de su garganta cerrarse alrededor de la polla, y luego empezó a moverse con un ritmo que me iba arrastrando hacia un borde que nunca había rozado. Se retiraba hasta la punta, chupando fuerte, y volvía a tragarme entero, hasta que la nariz le tocaba mi pelvis. Escuchaba los sonidos húmedos que salían de su boca, el chapoteo de la saliva bajándome por los huevos, y creí que me iba a morir ahí mismo.

Me soltó los huevos con la mano libre y empezó a jugar con ellos, apretándolos con cuidado, tirando un poco. Después la mano bajó todavía más, entre mis nalgas, y sentí la yema de un dedo rozando un sitio que nadie había tocado nunca. Di un respingo. Él no se apartó. Siguió chupándome mientras el dedo se paseaba por allí sin entrar, familiarizándome con el contacto.

—Darío… —jadeé—. Espera, que me…

Él se detuvo justo a tiempo, me soltó con un sonido húmedo y se rio bajito, con los labios brillantes y un hilo de baba y precorrida colgándole del mentón.

—Todavía no. Ni de broma vas a terminar tan rápido la primera vez. Todavía no te he follado.

Se levantó un momento, se quitó los pantalones de un tirón y se los sacó junto con los calzoncillos. Su polla apareció de golpe, gruesa, dura, curvada hacia arriba y con la punta brillante. Se me secó la garganta. Era más grande de lo que había imaginado tocándola por encima de la ropa, y por un segundo pensé que aquello no iba a caberme entero por ningún lado.

—Tranquilo —dijo, notando dónde tenía yo los ojos clavados—. Vamos poco a poco. Abre la boca antes, que te la vayas conociendo.

Se acercó y me pasó el glande por los labios. Yo saqué la lengua sin pensarlo y le lamí la punta, y el sabor salado me disparó una corriente por la espalda. Abrí la boca y él me la metió despacio, agarrándome de la nuca. La sentí caliente y pesada sobre la lengua, tan gruesa que me tensaba las comisuras. Empecé a chupar como pude, torpe, apretando los labios, y él soltó un gruñido largo.

—Joder, mira qué buen puto vas a ser —susurró, empujando un poco más adentro—. Respira por la nariz. Eso, así.

Me la iba metiendo con cuidado, midiéndome, retirándose cada vez que yo me atragantaba y volviendo a entrar un poco más. La saliva me caía por la barbilla y él la usaba para embadurnármela toda, deslizándose con más facilidad. Cuando le rocé el fondo de la garganta y sentí que me lloraban los ojos, se retiró del todo y me limpió las lágrimas con el pulgar.

—Muy bien, novato. Muy bien. Ahora túmbate.

Me empujó del pecho hasta hacerme caer de espaldas sobre el colchón, me cogió por detrás de las rodillas y me levantó las piernas hasta doblarme por la mitad. Me sentí expuesto de una forma que no había estado nunca, con el culo al aire y la polla dura pegada a la barriga, y en vez de morirme de vergüenza me puse todavía más cachondo.

Se inclinó y empezó a comerme el culo. Así, sin avisar. Su lengua, caliente y firme, empezó a lamerme el agujero de arriba abajo, en círculos, presionando cada vez más adentro. Solté un grito ahogado y arqueé la espalda. Nadie me había advertido de que aquello se pudiera sentir así. Cada pasada de su lengua era una descarga que me subía hasta la punta de la polla, y él lo sabía, porque me la agarró y empezó a pajearme al mismo tiempo, lento, mientras me follaba el culo con la boca.

—Relájate —susurró contra mí, levantando un segundo la cabeza—. Respira. Confía en mí.

Respiré. Confié. Escupió sobre mi agujero ya empapado y hundió un dedo despacio, empujándolo hasta el nudillo. Yo me tensé un instante y luego, cuando él empezó a girarlo, se me escapó un gemido de puro placer. Su boca volvió a ocuparse de mi polla al mismo tiempo, y la mezcla de las dos sensaciones fue tan intensa que se me nubló la vista. Lo extraño se convirtió en placer en cuestión de segundos. Mi cuerpo se fue abriendo a un ritmo que él controlaba mejor que yo, llevándome justo hasta donde podía soportar y ni un paso más allá.

Cuando añadió un segundo dedo, ya no había marcha atrás. Los curvó dentro de mí y tocó algo que me hizo levantar las caderas de golpe.

—Ahí —jadeé sin querer—. Ahí, joder…

—¿Aquí, cariño? —se rio, presionando otra vez el mismo punto—. Aquí es donde te voy a hacer correrte sin tocarte la polla la próxima vez.

Metió un tercero. Me abrió con paciencia, escupiendo más saliva, follándome con la mano mientras me chupaba los huevos. El placer se acumuló en mi vientre como una ola que no para de crecer, y cuando él aceleró todo a la vez, curvando los dedos contra la próstata y engullendo la polla hasta el fondo, me corrí con un grito ronco. Le llené la boca a chorros, las caderas levantándose de la cama por voluntad propia, temblando entero de la cabeza a los pies. Darío no se apartó. Tragó todo lo que le di sin soltarme, chupando hasta la última gota, esperando hasta el último estremecimiento. Y solo entonces subió por mi cuerpo y me besó largo y profundo, dejándome probar mi propio semen mezclado en su lengua.

***

Me quedé tumbado, deshecho, mirando el techo mientras recuperaba el aliento. La polla se me quedó dura contra el vientre, roja, sensible, como si mi cuerpo ya supiera que aquello no había terminado. Él se apoyó en un codo a mi lado, observándome con una sonrisa de satisfacción que no se molestaba en disimular, y con la otra mano se acariciaba lento la verga, todavía dura y goteando sobre las sábanas.

—Tienes muchísimo potencial, novato —dijo, apartándome un mechón húmedo de la frente—. Esto no ha sido más que la primera lección. Todavía no te he metido esto —añadió, dándose un par de golpecitos con la polla contra mi cadera—, y ya me estás pidiendo más con los ojos.

—¿La primera? —pregunté, todavía sin aire.

—La primera de muchas. Si te dejas, claro.

Me giré para mirarlo. Había algo en su seguridad, en la manera tranquila en que daba por hecho que yo volvería, que en lugar de asustarme me encendía de nuevo. Llevaba años negándome a mí mismo lo que acababa de descubrir en una sola tarde, escondiéndolo bajo capas de excusas y de miedo. Y él lo había leído en mí en cuanto abrí la puerta del rellano.

—¿Y si me dejo? —dije, sosteniéndole la mirada por primera vez sin bajar los ojos.

Darío sonrió, se acomodó sobre mí y me pasó la polla dura y caliente entre las nalgas, restregándomela sin llegar a meterla, solo para que yo sintiera lo que me esperaba. Un gemido se me escapó de la garganta sin permiso.

—Entonces vas a tener un vecino muy atento —respondió, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Que te va a follar hasta que aprendas a correrte solo con mi polla dentro. Y mucho que aprender todavía, novato.

Me incorporé sobre la cama, con el corazón otra vez disparado pero ya sin nada de la vergüenza del principio, y abrí las piernas para él. Las cajas de mi apartamento podían esperar. Esa noche tenía mucho más interesante que desempacar enfrente.

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Comentarios(8)

Andy

increible como captaste ese momento de duda interna. Se hace cortísimo, quiero mas!

Facundo_lee

que relato tan bien escrito, te felicito. Por favor seguí con esto, hay que saber como termina la historia.

NachoBsAs

me recordo a algo que me paso hace años y jamas le conte a nadie jajaja. Gracias por ponerle palabras a eso.

MiradorFan

Genial!!!

MarcelaCBA

La tension que se siente a lo largo de todo el relato es increible. Quede pegada leyendo sin poder parar.

LucasNdP

Muy bueno! seguí escribiendo, tenes un talento real para crear tensión con pocas palabras. Saludos desde el interior.

Clarita_77

Uff, ese final me dejo pensando un buen rato. Segunda parte por favor!!

Lector_Curioso

Es la primera vez que comento aca y lo hago porque este relato se lo merece. Muy bien narrado, sin vulgaridades innecesarias y con mucha autenticidad. Espero el siguiente.

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