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Relatos Ardientes

Los tres terminamos en su apartamento esa noche

El apartamento de Matías era exactamente como Andrés lo había imaginado: caótico en los detalles justos, con pósters de bandas que nadie escuchaba ya y fotografías en blanco y negro clavadas sin marco en la pared. En un rincón, una lámpara vieja arrojaba un resplandor anaranjado que se mezclaba con el de tres velas encendidas sobre la mesa. Olía a sándalo y a algo más terrenal, una promesa de lo que estaba por pasar.

Habían transcurrido dos semanas desde el vestuario del gimnasio. Lo que aquella tarde fueron miradas que duraban demasiado y un roce de toallas que ninguno fingió no notar, se convirtió en mensajes, y los mensajes en un plan concreto. Ahora estaban los tres en el terreno de Matías, dispuestos a cruzar una línea que llevaban días rondando.

Andrés lo recordaba con una nitidez incómoda. Había terminado de entrenar y entró a las duchas justo cuando Matías salía de la suya, con el pelo goteándole sobre los hombros y una toalla mal atada que dejaba ver el arranque de la polla contra el muslo. Esteban apareció después, ocupando el banco de enfrente como si el sitio fuera suyo, con el bulto marcado bajo la tela mojada. Nadie dijo gran cosa. No hizo falta. Las miradas hacían todo el trabajo, y para cuando Andrés se ató los cordones ya tenía el número de los dos en el teléfono y una erección que le costó disimular hasta llegar a su coche.

Durante esas dos semanas, los mensajes fueron subiendo de temperatura sin que ninguno frenara. Primero bromas, luego preguntas que no eran inocentes, después fotos a media luz tomadas a deshora: la polla de Matías dura contra su abdomen, el culo de Esteban reflejado en el espejo del baño, Andrés con dos dedos metidos hasta los nudillos. La idea de juntarse los tres dejó de ser una fantasía escrita en la pantalla para volverse algo concreto, con dirección y hora. Esa noche, frente a la puerta, Andrés sintió el corazón golpeándole en la garganta antes de tocar el timbre.

Matías abrió descalzo, con una camiseta blanca que dejaba adivinar el contorno de su torso y un pantalón de chándal gris colgando bajo de las caderas, sin ropa interior debajo: se le marcaba el bulto pesado, la forma del glande apuntando hacia un lado. Su sonrisa era mitad descaro, mitad nervio. Andrés llevaba una camisa azul ajustada y sintió un cosquilleo en la nuca al verlo. Detrás de él, Esteban —siempre imponente, una camiseta negra marcándole cada músculo del pecho— dio un paso al frente y dejó una botella de mezcal sobre la mesa baja.

—Bonito lugar —dijo Esteban, su voz grave reverberando en el espacio reducido. Sus ojos recorrieron a Matías de arriba abajo antes de volver a Andrés, con esa intensidad que siempre volvía el aire más espeso.

—Gracias. Me gusta pensar que es… inspirador —respondió Matías con un guiño que hizo reír a Andrés. La tensión entre los tres era evidente, pero no incómoda. Era como si supieran perfectamente hacia dónde iba todo y, aun así, quisieran saborear cada segundo del camino.

Matías sirvió tres vasos, el líquido dorado brillando bajo la luz suave.

—Por las noches que no se planean —brindó, levantando el suyo.

Chocaron los vasos y sus dedos se rozaron en el gesto, un contacto breve que le recorrió la piel a Andrés como una corriente. Bebieron. El mezcal le quemó la garganta, pero menos que la mirada que compartieron después.

No pasó mucho antes de que las palabras dieran paso al instinto. Matías fue el primero en moverse, acercándose a Andrés con una lentitud deliberada. Sus manos encontraron las caderas de Andrés y tiró hasta que sus cuerpos quedaron a centímetros. Andrés sintió la polla dura de Matías clavándosele contra la cadera a través de la tela fina del chándal.

—Llevo pensando en esto desde el vestuario —susurró, su aliento cálido contra los labios de Andrés—. En cómo se te marcaba la verga bajo la toalla. En comértela ahí mismo, contra los azulejos.

Antes de que pudiera responder, lo besó. Un beso lento, hondo, que sabía a mezcal y a ganas contenidas. La lengua de Matías se abrió paso, húmeda y ansiosa, y Andrés le respondió mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gemido.

Esteban no se quedó atrás. Se acercó por detrás de Andrés, sus manos grandes deslizándose bajo la camisa, explorando la piel de su espalda hasta bajar al pantalón y agarrarle el culo con las dos manos, apretando duro.

—No acapares todo el juego, Matías —murmuró Esteban con la voz ronca, mientras le besaba el cuello y le mordía la piel justo debajo de la oreja. Andrés notó el bulto de Esteban restregándosele contra el culo, gruesísimo, moviéndose en círculos lentos.

Andrés gimió, atrapado entre los dos, el cuerpo respondiendo con una urgencia que lo hacía temblar. Las manos de Matías desabrocharon la camisa botón a botón, la lengua trazándole el pecho a medida que la tela iba cayendo, mientras Esteban le desabrochaba el cinturón desde atrás con una facilidad que hablaba de experiencia. Le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y le tomó la polla en la mano, apretándola con firmeza, masturbándolo con movimientos lentos y calibrados.

—Mírala qué dura la tienes, cabrón —le siseó Esteban al oído—. Estás mojando ya.

La ropa cayó al suelo y Andrés quedó expuesto, la verga tiesa contra el vientre, el glande brillante de líquido preseminal. Matías se arrodilló frente a él sin dejar de mirarlo. Sus labios trazaron un camino por su abdomen y se detuvieron justo en el nacimiento del vello púbico. La respiración de Andrés se entrecortó cuando Matías, con una sonrisa traviesa, le tomó la polla con la mano y le pasó la lengua desde la base hasta la punta, deteniéndose a lamerle el frenillo con el filo húmedo.

—Metétela toda —jadeó Andrés, hundiéndole los dedos en el pelo.

Matías obedeció. Abrió la boca y se la tragó entera, hasta la garganta, hasta que la nariz le tocó el pubis. Chupaba con hambre, la saliva chorreándole por el mentón, los labios tensos y rojos alrededor de la carne dura. Cada vez que retrocedía dejaba un hilo de saliva colgando y volvía a devorarla, moviendo la cabeza con un ritmo que le arrancaba a Andrés gemidos que rebotaban en las paredes.

Esteban, entretanto, se quitó la camiseta y dejó al descubierto un torso que parecía esculpido. Se bajó los vaqueros y saltó a la vista una polla gruesa, larga, con las venas marcadas y el glande grueso, ya completamente dura. Tiró de Matías hacia arriba por el pelo y lo besó feroz, sus lenguas enredándose mientras le metía dos dedos en la boca junto a la lengua, obligándolo a chupárselos como si fueran otra verga. Andrés observaba, su propia excitación creciendo ante la escena, masturbándose despacio sin poder parar.

—Ven aquí —gruñó Esteban, guiando a Matías hacia el sofá y empujándolo con suavidad para que se sentara. Le arrancó el chándal de un tirón. La polla de Matías saltó libre, curvada hacia arriba, palpitando.

Andrés no necesitó más invitación. Se arrodilló entre las piernas de Matías y se la tragó de golpe, apretando la lengua contra la vena gruesa que le recorría la parte de abajo. Matías echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo y jadeó, las manos aferrándose al pelo de Andrés para marcarle el ritmo. Le follaba la boca sin miramientos, empujando las caderas hacia arriba, hasta hacerle arcadas.

—Así, trágatela, no me la sueltes —gemía Matías, la voz rota.

Esteban, de pie junto a ellos, se acercó a Andrés por detrás y le agarró la cara para girársela. Le metió la polla en la boca sin previo aviso, y Andrés fue pasando de una a otra, mamando a Matías, luego a Esteban, luego a los dos a la vez, con las dos vergas apretadas contra los labios y la lengua saltando de un glande al otro. Esteban le escupió en la boca desde arriba y Andrés se tragó la saliva junto con las dos pollas, gimiendo como un poseso.

Perdido en lo que hacía, Andrés sentía cada reacción de Matías —cada temblor, cada suspiro— como una recompensa. Pero no era suficiente para ninguno.

***

Esteban levantó a Andrés del suelo con un movimiento decidido y los guió hacia la cama del dormitorio. Las sábanas, de un rojo profundo, parecían invitarlos a perderse en ellas. Matías los siguió, la polla brincándole contra el vientre a cada paso, la mirada encendida con una mezcla de lujuria y algo más blando, algo que ninguno estaba listo para nombrar todavía. Se despojaron del resto de la ropa en un frenesí de manos y cuerpos que se entrelazaban, piel contra piel, el sudor mezclándose con el aroma del sándalo.

Esteban tumbó a Andrés boca abajo y le levantó las caderas con las dos manos, dejándole el culo en pompa. Le abrió las nalgas con los pulgares y se agachó a lamerle el ojete sin aviso, la lengua caliente y ancha trazándole círculos alrededor, hundiéndose luego dentro con embestidas cortas que lo hacían retorcerse.

—Puta madre —gimió Andrés contra la sábana, la cara hundida en el colchón.

Matías se subió a la cama al lado, agarró a Andrés del pelo y le levantó la cabeza para meterle la polla en la boca otra vez, follándole la cara con un ritmo lento mientras Esteban le comía el culo. Andrés no sabía dónde estaba, solo sentía la lengua de Esteban abriéndole por detrás y la verga de Matías empujándole hasta la garganta por delante.

Con un preservativo y el lubricante que Matías había dejado en la mesilla, Esteban preparó a Andrés con una paciencia que contrastaba con la urgencia de sus ojos. Le echó lubricante entre las nalgas y le metió un dedo, luego dos, girándolos, abriéndoselo. Sus dedos eran expertos, precisos, y hacían que Andrés se arqueara contra las sábanas mientras sus gemidos se ahogaban contra la polla de Matías. Cuando le metió el tercer dedo, Andrés estaba temblando entero, la próstata golpeada una y otra vez hasta hacerle chorrear la polla contra la sábana.

—Métemela ya, por favor, métemela —suplicó, la voz quebrada.

Matías se colocó detrás de Esteban, las manos explorando su cuerpo, los labios dejando un rastro de besos por su espalda hasta llegar al culo. Le separó las nalgas y le pasó la lengua por el agujero mientras Esteban se enfundaba el condón.

Cuando Esteban se deslizó dentro de Andrés, lento pero implacable, el mundo de este se redujo a esa sensación: el calor, la plenitud, el ardor del primer momento cediendo hasta convertirse en placer puro. La polla gruesa de Esteban lo abría por completo, empujándose hasta el fondo, hasta que las pelotas le chocaron contra el culo. Se quedó quieto un segundo y luego empezó a follarlo, con embestidas firmes que hacían crujir la cama y sonar la piel al chocar.

—Qué culo apretado tienes, joder —gruñó Esteban, agarrándolo de las caderas—. Te voy a llenar entero.

Matías, sin intención de quedarse fuera, se untó los dedos y preparó a Esteban con la misma dedicación, metiéndoselos hasta los nudillos, buscándole el punto que lo hacía gemir. Cuando lo encontró, Esteban dejó escapar un jadeo largo y le empujó el culo contra la mano. Matías se colocó detrás, apoyó el glande contra el ojete abierto y se hundió despacio hasta el final. La sensación de entrar en él fue suficiente para arrancarle a Esteban un gemido profundo, sus movimientos volviéndose más erráticos, más desesperados.

Se movían como una sola criatura, los tres cuerpos sincronizados en una danza cruda, primaria. Cada embestida de Matías empujaba a Esteban un centímetro más adentro de Andrés, encadenándolos en un ritmo triple. Andrés, debajo, se aferraba a las sábanas, sus caderas buscando el ritmo de Esteban mientras Matías marcaba el suyo desde atrás. La cama golpeaba contra la pared, las nalgas chocaban contra las caderas, y los gemidos se confundían en una sola línea de placer sucio, animal.

—Más fuerte —gimió Andrés, casi babeando contra la almohada—, más fuerte, hijos de puta.

Esteban obedeció, agarrándolo del cuello y empujándolo contra el colchón mientras lo martillaba con embestidas brutales. Matías, detrás, lo follaba con la misma furia, la mano izquierda clavada en la cadera de Esteban y la derecha estirándose para pellizcarle un pezón a Andrés. Los sonidos llenaban la habitación: el roce de la piel, los jadeos, los gemidos, el chapoteo húmedo del lubricante y la polla saliendo y entrando.

Andrés sintió la corrida subiéndole desde los huevos como una descarga. La polla de Esteban le golpeaba la próstata en cada empuje y no le hizo falta tocarse: se corrió de golpe, un chorro tras otro sobre la sábana, gritando el nombre de Esteban con la cara enterrada en el colchón. El culo se le contrajo alrededor de la polla de Esteban, apretándolo, y Esteban duró apenas unos segundos más antes de correrse él también, gruñendo largo, las embestidas volviéndose torpes mientras vaciaba el condón dentro de él. Matías, atrapado en la intensidad del momento, sacó la polla del culo de Esteban justo a tiempo, se agarró la verga y se corrió a chorros sobre la espalda y el culo de Esteban, la corrida caliente resbalando por la piel sudada. Se desplomó sobre él, la boca buscándole la nuca, y los tres quedaron enredados en un amasijo de extremidades y respiraciones rotas.

Permanecieron así, jadeando, sudando, mientras el mundo volvía despacio a su sitio. Pero algo había cambiado. No era solo el sexo, aunque hubiera sido intenso, casi de otro plano. Había una suavidad nueva en la forma en que se tocaban: en cómo Matías trazaba círculos perezosos en la espalda de Esteban, mezclando su propia corrida contra la piel, en cómo Andrés buscaba su mano para entrelazar los dedos, en cómo Esteban besaba la frente de Andrés con una ternura que antes no estaba ahí.

***

Horas más tarde, ya entrada la madrugada, seguían tumbados en la cama de Matías, las sábanas revueltas alrededor. Habían vuelto a buscarse, esta vez más lento, explorando cada rincón del otro con una reverencia que hablaba de algo más que deseo. Matías tomó a Andrés de lado, con las piernas entrelazadas, deslizándose dentro con un empuje suave y hondo que los hacía gemir a los dos en cada movimiento. Le mordisqueaba el hombro mientras le follaba el culo despacio, la mano rodeándole la polla y masturbándolo al mismo ritmo que las embestidas. Esteban los observaba desde el otro lado de la cama, masturbándose sin prisa, acercándose de vez en cuando para meterle la polla a Andrés en la boca o pegarse contra Matías por detrás y frotarle la verga entre las nalgas. Cuando Matías se corrió dentro de Andrés, la mano cubierta de la corrida de Andrés, Esteban se inclinó a lamerle los dedos uno por uno.

Luego Andrés le devolvió el favor a Matías. Lo puso boca arriba, le levantó las piernas contra el pecho y se lo folló mirándolo a los ojos, la polla entrando y saliendo con una lentitud casi devota mientras Esteban, arrodillado junto a la cabeza de Matías, le daba de mamar y le acariciaba el pelo. Sus cuerpos se movían en un ritmo que era casi una conversación, una confesión sin palabras. Andrés se corrió dentro de él sin condón esta vez, sintiendo cómo el semen le resbalaba fuera cuando por fin sacó la polla, y Esteban se agachó a lamerle el rastro blanco que le bajaba por el muslo a Matías antes de correrse él encima de los dos vientres pegados.

Con el amanecer asomando por la ventana, hablaban en susurros. Matías, con la cabeza apoyada en el pecho de Esteban, dijo:

—No sé qué es esto, pero… no quiero que se termine.

Andrés, tendido al otro lado y con una pierna enredada con la de Matías, asintió.

—Yo tampoco. Es… distinto. Es más.

Esteban, siempre el más reservado, los miró a los dos con los ojos castaños suavizados por algo que no sabía nombrar.

—Nunca había sentido esto con nadie —admitió, la voz baja pero firme—. Con ustedes dos… es como si encajáramos.

Las palabras flotaron entre ellos, pesadas y liberadoras a la vez. No era solo deseo, aunque eso siguiera ardiendo por debajo. Era una conexión que los había atrapado sin que ninguno la viera venir. Se besaron los tres, un beso suave, compartido, que sellaba algo que todavía no hacía falta definir.

—¿Y ahora qué? —preguntó Matías, con una sonrisa que era mitad broma, mitad esperanza.

—Ahora seguimos —respondió Andrés, apretándole la mano—. Los tres.

Esteban se rió, un sonido cálido que llenó el cuarto.

—Me apunto. Pero la próxima vez, en mi casa. Y traigan más mezcal.

Se rieron, los cuerpos aún entrelazados, y en ese instante, bajo la primera luz del día, supieron que lo que habían encontrado no era una sola noche. Era el principio de algo mucho más grande, inesperado y compartido, un lazo que ninguno de los tres quería romper.

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Comentarios(9)

NicolasK

genial relato!!! me enganchó desde la primera línea, se nota que saben escribir

FelipeNoche

Lo que más me gustó es que no apuran nada, la tensión se construye sola. Muy bien logrado.

AlexMdp27

Por favor una segunda parte!! quedé con ganas de saber que pasa despues jaja

CarlosFDZ

Ese clima previo que describís es muy difícil de capturar y acá está perfecto. Me recordó a una situación que yo viví hace tiempo, ese momento en que todos saben pero nadie dice nada todavía. Excelente.

Rodrigo_Pla

increible, me dejo sin palabras. sigan subiendo este tipo de relatos

MatiasRosario

de los mejores que lei ultimamente, gracias por compartirlo

LuchoPlata

Corto pero intenso. Se nota que hay talento acá, ojalá lo desarrollen más en entregas siguientes.

ElCurioso77

Tremendo!!! me encantó la descripcion de ese momento inicial

Marcos_Cba

buenisimo, esa media sonrisa que menciona el excerpt ya te dice todo jaja. muy buena narrativa

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