El día que nos despedimos como esclavos y amantes
La decisión estaba tomada: se iba al otro lado del Atlántico, a jugar en una liga profesional que hasta hacía un mes le parecía un sueño imposible.
Unai amaneció solo en la cama grande de la buhardilla. El sol entraba a rayas por la persiana y dibujaba franjas doradas sobre las sábanas revueltas, todavía tibias del cuerpo de los demás. El ruido de la ducha al otro lado de la pared lo terminó de despertar, un murmullo constante que le recordaba que en esta locura no estaba solo.
Se desperezó despacio. El cuerpo aún le respondía con un cosquilleo, memoria viva de manos y bocas, de la noche compartida con Asier, Joseba, Markel y Ekaitz. Se levantó desnudo, cruzó el pasillo y entró en la cocina, donde el olor del café recién hecho flotaba en el aire.
Joseba estaba de pie junto a la encimera, preparando tostadas, vestido solo con un pantalón de chándal caído en las caderas. El torso marcado por años de disciplina brillaba bajo la luz de la mañana.
—Buenos días, campeón —dijo, con esa voz grave que siempre conseguía bajarle las pulsaciones. Le acercó una taza y le dio un beso en la mejilla—. Markel y Ekaitz se fueron al amanecer, a sus casas. Dormías como un tronco. No quisimos despertarte.
Unai sonrió, todavía colorado por los recuerdos, pero con una calma que llevaba días sin sentir.
—Gracias… otra vez. Me ayudasteis a desconectar. Hacía mucho que no dormía así.
Asier apareció recién duchado, una toalla anudada a la cintura y el pecho aún goteando. Unai levantó la vista y sintió que la gratitud y el miedo se le mezclaban en la garganta.
—Asier, Joseba… he decidido aceptar el contrato —dijo, con la voz firme aunque le temblaba algo por dentro—. Pero solo si venís conmigo. No quiero hacerlo solo.
Los dos hombres se miraron un segundo. Asier cruzó la cocina y lo abrazó fuerte, y Unai notó cómo su cuerpo joven temblaba contra ese pecho ancho.
—No lo dudes ni un momento —murmuró Asier—. Vamos contigo. Es tu sueño, y verlo cumplirse también es el nuestro.
—Somos uno —añadió Joseba, la mano apoyada en su hombro—. A por ello.
***
Organizarlo todo fue un torbellino de una sola semana. Joseba dejó el club donde había entrenado media vida en manos de un ayudante de confianza, con un nudo en el pecho cada vez que cruzaba el pabellón vacío. Asier traspasó su tienda a Markel y Ekaitz como socios de pleno derecho, papeles firmados y la mitad de la propiedad cambiando de manos.
Unai decidió dedicar un día entero a su familia. Llegó a casa con el corazón golpeándole las costillas y el peto desgastado todavía puesto, como un talismán que cargaba con todo el viaje. Su madre lo esperaba en la puerta. Lo abrazó con una fuerza que resumía años de turnos interminables y sacrificios callados.
—Mi niño… no me lo creo —susurró contra su hombro, la voz partida.
Dentro, en la cocina pequeña donde habían compartido tantas sopas calientes y tantas conversaciones de madrugada, se sentó con ella y con su hermano mayor. Las paredes estaban llenas de fotos antiguas: Unai corriendo por las calles empedradas del pueblo, su madre con el uniforme de la fábrica. Hablaron durante horas, alternando lágrimas y risas.
—Mamá, ya está bien de trabajar —dijo él, tomándole las manos ásperas—. Con el contrato y lo que voy a ganar este año tenéis de sobra. Descansa. Y tú, hermano, deja la fábrica y dedícate a la fotografía de una vez. Os lo merecéis.
Su madre lloró sin disimulo.
—Siempre fuiste mi luz, hijo… pero no quiero que te vayas tan lejos por mí.
—Me voy por vosotros, pero también por mí —contestó él, abrazándola—. Volveré pronto. Lo prometo.
***
Una vez firmado el contrato, la noticia corrió como la pólvora. La prensa europea y las redes se llenaron de titulares: «Una promesa local cruza el charco: ¿genio o precipitación?». Y, debajo, los comentarios de siempre, las insinuaciones que más dolían: «La pareja madura y el chaval manipulable, ¿qué habrá detrás de todo esto?».
Unai sintió la rabia subirle por el pecho en una videollamada con sus dos hombres.
—¿Por qué siempre lo mismo? ¿No pueden dejarme ser quien soy?
—Es solo ruido, Unai —lo calmó Asier—. Tu verdad pesa más que la suya.
—Úsalo de combustible —añadió Joseba—. Allí vas a brillar por encima de todos ellos.
Markel y Ekaitz se enteraron en la tienda, por boca de Asier. Se alegraron como críos, pero la distancia les apagó pronto la sonrisa.
—Os vamos a echar mucho de menos —murmuró Ekaitz, colorado.
Mientras Asier hablaba con ellos, algo vibró en el bolsillo de Markel, que se estremeció e intentó disimular mordiéndose el labio. Asier se dio cuenta.
—Markel, te suena el móvil.
—No es el móvil —confesó él, ruborizado pero con los ojos encendidos—. Ekaitz quería probar cosas nuevas y compró un juguete con vibración. Lo echamos a suertes y perdí, así que lo llevo puesto toda la tarde. Y el muy cabrón aprieta el mando cuando menos lo espero.
Ekaitz volvió a pulsar, subiendo la intensidad. A Markel se le aflojaron las rodillas y se le escapó un gemido ahogado, los ojos cerrados un instante.
—Estos dos son una bomba —rió Asier—. Me encanta que no os cortéis con nada.
***
Unos días antes de la partida, Markel llamó a Asier con una propuesta poco habitual.
—Queremos despedirnos en condiciones. Un día entero como esclavos, en un juego de rol. Haced con nosotros lo que queráis, en todos los sentidos.
Asier lo habló esa noche con Joseba, con sus dudas por delante.
—¿Es sano? ¿No nos atará más a ellos justo ahora que nos vamos?
Joseba, con la calma de quien lleva años de relación sólida, le acarició la nuca.
—Probemos algo distinto antes de marcharnos. Es una despedida, no una promesa. Aceptemos.
El piso de los chicos los recibió con la puerta entornada y un silencio cargado. En el salón, Markel y Ekaitz esperaban acurrucados en una esquina, vestidos solo con unos bóxers negros abiertos por detrás. Correas con argollas les ceñían el cuello, las muñecas y los tobillos, y una mordaza les impedía hablar. De cada uno asomaba la cola de un plug, gris la de Markel, rubia la de Ekaitz.
Asier y Joseba se miraron, encendidos por el morbo, y tomaron el control que los dos chicos les ofrecían. Empezaron despacio, retirándoles las mordazas con una lentitud deliberada, besando los labios hinchados mientras les susurraban al oído.
—Hoy sois nuestros —dijo Asier—. Obedeced y sentid cada caricia.
Los ataron por las muñecas a las argollas de la pared. Las colas vibraban dentro de ellos mientras una pala de cuero caía sobre las nalgas, dejando marcas rojas en la piel sensible. Los gemidos ahogados se convirtieron en súplicas.
—Más… por favor, castigadnos.
Markel, de cuerpo delgado y tembloroso, recibía mimos después de cada golpe: la lengua de Asier recorriendo las marcas, los dedos rodeando el plug. Ekaitz, más fuerte, se entregaba bajo las embestidas de Joseba, arqueándose con cada empuje.
—Folladme como queráis —jadeaba Ekaitz, hoy en el papel obediente.
Se armó una cadena de placer: Asier dirigía a Joseba con la voz, Joseba penetraba a Ekaitz, y Markel quedaba en el centro, usado pero protegido, la boca ocupada por Ekaitz y el cuerpo frágil estremeciéndose en un éxtasis prolongado.
—No paréis —pedía Markel—. Dadme más.
Los orgasmos llegaron largos y desordenados. Markel se derramó despacio, el cuerpo sacudiéndose. Joseba se vació dentro de Ekaitz con un gruñido sordo. Asier terminó sobre la piel ardiente de los dos chicos, marcándolos también así.
***
Acabaron rendidos sobre las alfombras y los cojines que Markel y Ekaitz habían amontonado como un nido. La luz tenue de las lámparas envolvía la habitación en un velo que difuminaba la frontera entre el placer y la ternura.
Asier y Joseba se recostaron primero contra el sofá bajo, las piernas abiertas, los pechos subiendo y bajando en respiraciones hondas. Markel y Ekaitz se acercaron con movimientos lentos, las nalgas enrojecidas, los ojos brillantes de gratitud y de deseo todavía sin apagar.
Joseba atrajo a Ekaitz hacia su regazo y lo besó suave en los labios sensibles, las manos amasándole los hombros tensos y trazando patrones lentos sobre las marcas de la espalda.
—Has estado increíble, chico —murmuró contra su boca—. Ahora siente cómo te cuido, cómo borro cada huella.
Ekaitz se relajó con un suspiro largo, la cabeza apoyada en aquel pecho velludo, el cuerpo fuerte entregado del todo.
Markel, en cambio, buscó a Asier como un cachorro que busca refugio. Sin prisa, se colocó entre sus piernas abiertas, las manos temblorosas sobre los muslos maduros, y descendió despacio hasta guiar la polla aún sensible de Asier hacia su interior, abierto y lubricado por el juego. Se empaló con un movimiento lento, un gemido quebrado escapándosele al sentirse lleno de nuevo, sin urgencia, con una intimidad que lo hacía sentirse completo.
Se acomodó hasta sentarse del todo y se acurrucó contra el pecho ancho de Asier, los brazos rodeándolo como si no quisiera soltarlo nunca. Con contracciones mínimas y deliberadas, mantenía la erección dentro de él, apretando y aflojando para que no se saliera, alargando esa unión cálida.
—Necesito sentirte así —susurró—. Cerca, dentro, protegiéndome.
Luego, con la mejilla pegada al cuello de Asier, añadió en voz casi inaudible, cargada de una envidia tierna:
—Me da tanta envidia Unai… él va a poder estar así contigo siempre que quiera, lleno de ti. Yo solo tengo este momento.
Asier lo envolvió en un abrazo firme y le besó la frente sudada.
—Aquí estás seguro, precioso —murmuró ronco contra su oído—. Quédate cuanto quieras. Siente cómo te abrazo desde dentro.
La polla volvió a endurecerse despacio dentro de él, por el calor apretado y la cercanía, en movimientos mínimos que tenían más de abrazo que de embestida.
Ekaitz y Joseba los miraban con sonrisas cómplices, las manos entrelazadas. Ekaitz se inclinó para besar el hombro de Markel.
—Estás precioso así —dijo, pícaro y tierno a la vez—. Como un cachorro en su nido.
Los cuatro se quedaron así largo rato, intercambiando besos suaves y caricias sobre la piel todavía sensible, pasándose agua fresca y fruta de mano en mano, limpiándose el sudor con toallas húmedas. Entre susurros, dejaron flotar las despedidas.
—Esto ha sido inolvidable —dijo Ekaitz, la voz ronca.
—Os llevaremos siempre con nosotros —añadió Markel, un sollozo de emoción contenida temblándole en el cuello de Asier.
***
Mientras los cuatro tejían aquel adiós, Unai apuraba su último día con la familia. Convenció a su madre de que dejara la fábrica y se dejara cuidar. Su hermano colgó el mono de trabajo y empezó por fin como fotógrafo, una vocación que llevaba años aplazando.
Unai cargaba con emociones encontradas: la culpa de abandonar el pueblo que lo había visto crecer en libertad, las calles empedradas, la raíz de todo lo que era. Pero también una ilusión que no le cabía en el pecho por los retos que venían y por el reencuentro, al otro lado del océano, con Liam, el hombre que lo esperaba allí.
El pueblo entero se revolucionó con la despedida. Hubo fiestas, pancartas, vecinos emocionados por ver a uno de los suyos llegar tan lejos.
—Nuestro chico del peto, al mundo —decían, entre lágrimas compartidas.
Y Unai, con la maleta hecha y el peto guardado en lo más hondo del equipaje, supo que se marchaba con todo lo que era a cuestas, pero también con todos ellos dentro.