La noche en que cuatro hombres me hicieron olvidar todo
El verano se apagaba con esa melancolía que se cuela en los días cada vez más cortos. El sol caía antes sobre el horizonte vasco y el aire traía un fresco que anunciaba el regreso a la rutina. Yo, Unai, tenía el corazón partido en dos: la euforia del campamento al que acababa de volver y la nostalgia de los días con Liam. Lo despedía en la zona de salidas internacionales del aeropuerto de Foronda, incapaz de soltarle la mano.
Liam llevaba puesto mi peto verde musgo, ajustado sobre su cuerpo delgado. Intercambiar la ropa se había convertido en nuestro símbolo, una forma de decir que una parte de cada uno se quedaba con el otro. Me abrazó fuerte, los ojos azules brillantes de lágrimas que se negaba a derramar.
—No sé cuándo volveremos a vernos —dijo, con la voz quebrada y los dedos entrelazados en los míos—. Pero lo haremos. Esto no termina aquí. Te quiero, Unai. Cambiaste mi vida.
Yo llevaba el peto vaquero que él me había devuelto, y sentí un nudo en la garganta, el pecho apretado entre el amor y la incertidumbre.
—Y yo a ti —susurré, y lo besé hondo, lento, un beso que sabía a promesa y a despedida—. Volveremos a las playas, a los paseos, a nosotros. Espérame.
Liam subió al avión rumbo a Chicago. Yo regresé al pueblo con el paisaje desfilando por la ventanilla del coche como un recordatorio de todo lo que dejaba atrás. Excitación por lo que venía, tristeza por la separación y, debajo de todo, una certeza tozuda: nos reencontraríamos.
***
De vuelta, Eneko, Mikel y yo recuperamos la costumbre de los entrenamientos personalizados en el pabellón municipal. Mañanas frescas, ejercicios intensos. Eneko corregía tácticas con voz firme: «Más ocupación de espacios, Unai, explota el desajuste». Mikel trabajaba lo mental, sentado conmigo en el banquillo después de cada sesión: «Visualiza el acierto, siente la presión y conviértela en fuerza».
Yo notaba el progreso día tras día. «Me siento listo para lo que venga», les decía, con el pecho hinchado de una confianza que no reconocía en mí mismo unos meses atrás.
Una mañana, durante un ejercicio de tiro bajo fatiga, el teléfono de Mikel vibró sobre el banquillo. Era el ojeador que nos había abierto las puertas del campamento al otro lado del Atlántico.
—Tenemos que vernos cuanto antes. Hay novedades importantes —se le oía decir.
Mikel colgó y nos miró a Eneko y a mí con el corazón en la boca.
—Viene a casa esta tarde —dijo, con voz calmada pero un temblor de anticipación—. Prepárate, Unai. Esto pinta grande.
Sentí un nudo en el estómago, los nervios y la emoción mezclados en algo difícil de tragar. ¿Ya? Joder, ya.
***
La reunión fue en casa de Mikel y Eneko, con café y pastas para romper el hielo. Yo no me sentaba; paseaba por el salón con las manos sudorosas, el peto azul claro ajustado como un talismán contra la ansiedad. El representante llegó puntual: un hombre de unos cincuenta años, traje informal y una sonrisa demasiado segura. Se acomodó en el sofá con una carpeta en la mano.
—Iré directo al grano —dijo, midiéndome con la mirada—. Un equipo de Chicago quiere ficharte para su filial de desarrollo. La idea es prepararte para el próximo draft, con opciones reales de que te elijan en segunda o tercera ronda. De momento, contrato de filial por un año, trescientos mil. Si finalmente te seleccionan, contrato de novato por dos años más, salario mínimo de la liga, en torno al millón anual. Mucho más de lo que sacarías aquí en tus primeros años. La pega: te vas en una semana. Pretemporada allí, desde cero.
El pánico me golpeó de inmediato. Se me quedó el rostro pálido y las emociones se me desbordaron: el miedo al cambio, la soledad, una presión que me venía grande.
—¿Una semana? ¿Yo solo? No… no me veo capaz de afrontar esto sin vosotros —dije, con la voz temblando, y me dejé caer en una silla con las manos en la cabeza, las lágrimas asomando por pura vulnerabilidad.
Mikel y Eneko me rodearon, calmándome con voces serenas.
—Respira, Unai —dijo Mikel, la mano firme en mi espalda—. No estás solo.
El representante sonrió, como si hubiese guardado lo mejor para el final.
—Y hay más. Una oferta para vosotros dos —dijo, señalando a mis entrenadores—. Incorporaros al programa de detección de talento europeo de la franquicia, allí mismo. Iríais los tres juntos: Unai como imagen del proyecto, vosotros como mentores y ojeadores.
Levanté la vista con todo revuelto por dentro: alivio, ilusión y, todavía, pánico.
—Necesito tiempo —dije, con un hilo de voz.
El representante se marchó y dejó la oferta sobre la mesa, como una bomba a punto de estallar. Esa noche me quedé a dormir en casa de Mikel y Eneko, incapaz de cerrar los ojos. Paseaba por el salón con la cabeza hecha un caos, repasando pros y contras hasta que las palabras perdían sentido.
***
Habíamos olvidado por completo que esa misma noche habíamos quedado con Asier e Ibai para repetir aquel encuentro que ninguno de los cinco había dejado de recordar. Llegaron puntuales, tras cerrar la tienda, con una botella de vino y los ojos brillantes de deseo. Mikel abrió la puerta, los vio y se acordó de golpe, pero él y Eneko estaban absortos conmigo, que seguía dando vueltas como un león enjaulado.
—Chicos, pasad… pero no es el mejor momento —dijo Mikel, con voz cansada—. Unai está en plena crisis. Mejor lo dejamos para otro día.
Asier e Ibai se miraron, ruborizados pero comprensivos.
—Lo entendemos —dijo Asier—. Pero… ¿podemos ayudar? Si lo que necesita es distraerse de la cabeza…
Mikel dudó y me miró. Yo levanté la vista con una curiosidad teñida de nervios y de morbo. Eneko, que adivinó el potencial de aquello para sacarme del bucle, asintió despacio.
—Quizá no sea tan mala idea —dijo—. Un juego, entre los cinco. Para que desconectes, Unai.
Desquiciado pero intrigado, sentí la excitación crecer como una vía de escape.
—Vale —murmuré—. Probemos.
***
El encuentro empezó en el salón con una intensidad que borró de un plumazo todo pensamiento racional. Asier e Ibai se desvistieron despacio y, bajo la ropa, descubrieron una lencería fina que habían elegido a juego para la ocasión. Asier llevaba un tanga rojo de encaje que apenas contenía su bulto pequeño y redondo y se le hundía entre las nalgas finas. Ibai, uno de raso del mismo color, ceñido entre sus glúteos firmes de chico acostumbrado al gimnasio.
Se acercaron a mí con una devoción absoluta y me besaron con hambre, las lenguas en batalla mientras sus manos desabrochaban los tirantes de mi peto. La pechera bajó y dejó al aire mi torso depilado, los pezones endurecidos por la anticipación. Mikel y Eneko se sumaron enseguida, y los besos se convirtieron en un torbellino de bocas y manos.
Eneko me chupaba el cuello mientras Mikel me mordía un pezón. Asier se arrodilló, terminó de bajarme el peto y se tomó mi miembro duro en la boca con una succión profunda y rítmica, la garganta apretada tragándolo hasta la base. Ibai, a su lado, me lamía los testículos uno a uno, su cuerpo trabajado temblando de un deseo dócil.
Gemí alto, las caderas empujando solas. «Joder, sí… no paréis… haced que me olvide de todo». El placer era abrumador, y cada caricia me sacaba de la cabeza: la boca delicada de Asier, moviéndose con una gracia casi felina; la entrega callada de Ibai; los besos de Mikel y Eneko que me anclaban al presente. La ansiedad se transformaba en algo limpio, urgente, puro.
Eneko, sumiso y expectante, se arrodilló junto a Asier y alternaron las bocas sobre mí, las lenguas chocando en la punta, compartiendo el sabor salado. Mikel, mientras tanto, le follaba la boca a Ibai con embestidas hondas que lo hacían jadear.
—Más profundo, amor —le ordené a Eneko entre jadeos, con una mano en su nuca—. Y tú, Ibai, espera tu turno.
***
Pasamos a la buhardilla, a una cama de sábanas oscuras que brillaban bajo la luz tenue. Me tumbé boca arriba, las piernas abiertas, y Asier se montó sobre mí con una furia delicada, las caderas girando para encontrar el ángulo justo. Los demás me mimaban el cuerpo entero: las manos de Mikel y Eneko recorriéndome el torso, pellizcando, los labios buscándome el cuello con una ternura que contrastaba con todo lo demás.
Ibai, dócil, recibía a Mikel por detrás con embestidas que lo empujaban contra Eneko, a quien Ibai penetraba a su vez con la fuerza de su juventud. Eneko gemía, entregado: «Sí… qué bueno, dame más», esperando las instrucciones que Mikel y yo le dábamos a medias.
—Más fuerte, Ibai —ordené entre dientes—. Haz que Eneko grite.
Era una cadena de placer sincronizado: Mikel sobre Ibai, Ibai sobre un Eneko sumiso, yo dentro de Asier, que se mecía mimado por todas las manos. Y entonces llegaron los cambios. Eneko quedó en el centro de todo, y Mikel y yo lo tomamos a la vez, estirándolo al límite con embestidas alternadas que lo hacían gritar de puro éxtasis, mientras Asier lo masturbaba rápido e Ibai le lamía los testículos.
Los orgasmos llegaron en cascada. Eneko se corrió primero, sin que nadie lo tocara, el semen caliente salpicándole el abdomen. Asier tembló entre mis brazos y se derramó sobre su propio pecho. Ibai gruñó como un animal al terminar. Mikel y yo lo cerramos juntos, llenando a Eneko entre los dos, los fluidos mezclándose en un calor pegajoso.
***
Acabamos en el jacuzzi, el agua burbujeante y caliente, el vapor envolviendo los cuerpos sudorosos y exhaustos. Me senté en el borde, las piernas abiertas dentro del agua, y Asier e Ibai alternaron las bocas sobre mi miembro aún sensible, succionando hondo, las lenguas girando, mientras Mikel y Eneko me besaban y me masajeaban.
—No paréis —gemí, con la cabeza echada hacia atrás—. Esto es… perfecto.
Me sentía en el centro del mundo. Acaricié a unos y a otros, repartiendo el placer que recibía, hasta que el clímax volvió a recorrerme. Me corrí en las bocas de Asier e Ibai, que tragaron con avidez, y Mikel y Eneko se dejaron ir en el agua mientras yo los acompañaba con las manos. Los gemidos rebotaban contra los azulejos del baño y los cinco terminamos temblando en un abrazo colectivo, sin saber muy bien dónde empezaba uno y terminaba otro.
Exhausto y en paz, olvidé mis problemas durante horas. Me dormí acurrucado entre los cuatro, con el alivio y la gratitud desbordándome por dentro.
—Gracias —susurré antes de caer rendido—. Me habéis salvado otra vez.
Mañana decidiría sobre Chicago, sobre el draft, sobre Liam esperándome al otro lado del océano. Esa noche, en cambio, no había nada que decidir. Solo cuerpos, calor y la certeza extraña de que, fuera cual fuera mi camino, ninguno de ellos me dejaría recorrerlo solo.