El secreto de dos chicos en el baño del avión
La despedida en el pueblo fue un torbellino que dejó a Aimar con el corazón encogido y los ojos húmedos. Se marchaba al otro lado del Atlántico y todavía no terminaba de creérselo.
La plaza entera se había llenado de gente, con pancartas improvisadas ondeando al viento fresco de septiembre. «Aimar, Hodei y Kerman: a por Chicago», «Orgullo del norte», «El chico del peto, a la liga grande». Familias enteras, amigos del club, vecinos que lo habían visto crecer con un balón bajo el brazo, todos allí gritando su nombre.
Su madre lo abrazó fuerte en la puerta de casa, las lágrimas resbalándole por las mejillas mientras le besaba la frente.
—Vuela alto, hijo —dijo, con la voz temblando de orgullo y de pena a la vez—. Pero acuérdate de volver. Esta sigue siendo tu casa.
Su hermano mayor, que se ganaba la vida como fotógrafo gracias al empujón económico de Aimar, le palmeó la espalda con los ojos brillantes.
—Gracias a ti, hermano. Ve y haz historia. Te estaremos viendo desde aquí.
Aimar llevaba puesto su peto marrón claro, los tirantes cruzándole el pecho firme y lampiño, la tela rozándole la piel desnuda debajo como un talismán de libertad. Sintió un nudo en la garganta, una mezcla de culpa por dejarlos atrás y de pura impaciencia por el futuro. «Os quiero», murmuró, abrazándolos una última vez antes de subir al coche con Kerman y Hodei.
En el aeropuerto de Vitoria la escena se repitió a menor escala pero con la misma intensidad. Un grupo de jugadores del club local los esperaba en la zona de facturación, varios vestidos con petos de colores, gritando ánimos y pidiendo fotos. Kerman y Hodei, con sus propios petos, firmaron autógrafos y abrazaron a todos.
—Cuidad el pabellón —dijo Hodei a los chavales, con la voz grave pero emocionada—. Y seguid el método: cabeza y cuerpo, siempre juntos.
***
Por fin, después de facturar y pasar el control, los tres se quedaron solos en la sala de embarque, tranquilos por primera vez en días. Aimar no había dormido nada en cuarenta y ocho horas, los nervios devorándolo cada noche en vela, pensando en la ciudad nueva, en la liga, en todo lo que dejaba atrás. Se sentó entre Kerman y Hodei, apoyó la cabeza en el hombro de uno y soltó un suspiro hondo.
—Gracias por todo —murmuró, agotado pero agradecido—. Sin vosotros no me atrevería.
Hodei le revolvió el pelo con un cariño casi paternal.
—Somos familia, Aimar. A por Chicago.
En el avión, una vez estabilizados a la altura de crucero, Aimar cayó rendido junto a sus mentores, la cabeza recostada en el regazo de uno de ellos, durmiendo profundo por primera vez en días. Kerman y Hodei lo miraban con ternura, las manos entrelazadas sobre él.
La noche del vuelo transoceánico empezó tranquila: las luces de cabina bajas para el descanso, el zumbido constante de los motores como un arrullo, el pasaje dormido en sus asientos reclinados. Aimar se removió en sueños y despertó a medias por un movimiento sutil en el pasillo.
Todo estaba en penumbra, solo las luces de emergencia marcando el suelo. Alguien se movía ágil entre las filas: una figura delgada, joven, de unos veinte años, con el pelo revuelto y ropa cómoda, una sudadera gris y un pantalón ancho, que se dirigía al baño justo delante de su asiento. Tocó la puerta con los nudillos. El cerrojo se descorrió con un clic discreto y el chico desapareció dentro del cubículo estrecho.
Aimar, despierto del todo ahora, aguzó el oído. Le llegaban ruidos apagados al otro lado del tabique: susurros, el roce de la tela, un gemido corto ahogado de inmediato por una mano. Su imaginación se desbocó sola.
Se los figuraba dentro, apretados en aquel espacio imposible: uno contra la pared, el pantalón caído hasta los tobillos, el sexo duro; el otro de rodillas en el poco hueco que quedaba, la boca trabajando despacio, la lengua girando alrededor de la punta, las manos clavadas en las caderas para acercarlo más. Gemidos contenidos, el vaivén lento de unas caderas, el espacio cerrado amplificando cada sonido húmedo. Imaginaba el riesgo de que alguien tocara la puerta, la urgencia de dos cuerpos que no podían esperar a llegar a tierra.
Notó cómo su propio sexo se endurecía bajo el peto. Lo calentaba el morbo de la situación: lo prohibido del lugar, la idea del clímax llegando en silencio, tragado entero para no dejar rastro. Apretó los muslos y se obligó a respirar despacio.
Por fin los ruidos cesaron. Se oyó la cisterna vaciarse con un chasquido seco. La puerta se abrió y uno de ellos salió con cierta prisa, el del pelo teñido de rosa, las mejillas encendidas. Tropezó con un zapato suelto que asomaba bajo un asiento y cayó de cuclillas justo enfrente de Aimar.
Hubo un intercambio de miradas cómplices. El chico, ruborizado pero con una sonrisa pícara, los ojos todavía brillantes del placer reciente; Aimar le devolvió un guiño lento, el sexo aún tenso bajo la tela. El otro se levantó deprisa y se perdió por el pasillo. Unos segundos después salió el segundo, el del pelo decolorado, ajustándose la sudadera y comprobando que nadie lo veía antes de desaparecer por el lado contrario de la cabina.
Aimar lo tenía claro: aquellos dos acababan de cumplir un deseo en ese cubículo que no olvidarían en mucho tiempo. Su sexo seguía latiendo, pero el cansancio volvió a vencerlo, y se dejó arrastrar al sueño pensando en Caleb, en el reencuentro que lo esperaba, en cuerpos enredados al final del viaje.
***
Horas antes, en la cola de embarque de Vitoria, aquellos dos chicos se habían conocido por puro azar. Dos jóvenes de aire delicado, de movimientos gráciles, con el pelo teñido y la ropa ceñida, que destacaban entre el resto de pasajeros somnolientos.
El primero, Dani, era delgado, de ojos verdes, con el pelo de un rosa pálido y una sudadera gris encima de unos vaqueros ajustados. Charlaba con su familia mientras la cola avanzaba a trompicones.
El segundo, Teo, llevaba el pelo decolorado y revuelto y un pantalón ancho de bolsillos. Tropezó con su propia maleta y, al recoger un cómic que se le había caído, inició la conversación.
—Perdona —dijo, colorado, sosteniendo el tomo contra el pecho.
Dani sonrió al ver la portada.
—No pasa nada. ¿Tú también vas a Chicago? Yo, de vacaciones con mi familia.
Teo asintió mientras le devolvía el libro, la voz un poco temblona por la atracción que ya sentía.
—Sí, con los míos. Primera vez fuera… bueno, con familia, pero ya me entiendes.
Charlaron unos minutos, sus parientes ajenos por completo a la conversación: películas, música, un roce de manos al compartir una bolsa de caramelos. La conexión fue instantánea, todo miradas que se sostenían un segundo de más y sonrisas que prometían.
—¿Y si nos vemos en el baño del avión a medianoche? —propuso Teo en voz baja, el corazón golpeándole el pecho ante su propio atrevimiento.
Dani notó un calambre de excitación recorrerle la espalda.
—A las dos —respondió—. No te retrases.
A la hora fijada, Teo entró primero, nervioso, el sexo ya endureciéndose por la espera. Dani tocó la puerta con suavidad, se coló dentro y echó el cerrojo. El espacio era mínimo: se besaron con hambre, las lenguas buscándose, las manos bajando pantalones, la ropa interior ya húmeda por la excitación.
—Llevaba mucho queriendo algo así —jadeó Dani antes de arrodillarse como pudo, encajado entre el lavabo y la puerta, y tomarlo en la boca, despacio y profundo.
Teo apoyó una mano en la pared y la otra se la llevó a la propia boca para no hacer ruido. Empujaba apenas, conteniéndose, mordiéndose el labio cada vez que el placer amenazaba con escapársele en un gemido.
—Sí… así —susurró—. Como nos pillen…
Cambiaron de posición con torpeza, riéndose por lo bajo de lo imposible del sitio. Teo se sentó en la tapa, Dani de pie contra el lavabo, las caderas marcando un ritmo corto y urgente, una mano siempre lista para ahogar cualquier sonido. El riesgo lo intensificaba todo: cada crujido de la cabina los hacía detenerse un instante, conteniendo la respiración, antes de seguir. El clímax llegó casi a la vez, mordido, silencioso, los dos cuerpos temblando de adrenalina en aquel cuadrado de metal y luz fría.
Después se asearon como pudieron, los cuerpos tan apretados que cada movimiento era una negociación, las manos torpes pasándose toallitas y aguantando la risa nerviosa.
—¿Y si nos pillan al salir? —murmuró Dani, ajustándose el pantalón.
«Ha sido una locura», pensó, y se dio cuenta de que se había puesto sin querer la ropa interior de Teo, todavía con su olor impregnado. Un secreto más que lo hizo sonreír de medio lado.
Salió el primero, con prisa, y la puerta se abrió con un clic que le pareció ensordecedor en el silencio de la cabina. No vio el zapato suelto hasta que fue tarde: tropezó, perdió el equilibrio y cayó de cuclillas frente a la primera fila, las rodillas en la moqueta, la cara a un palmo de un pasajero medio dormido.
Levantó la vista, rojo de vergüenza, y se topó con los ojos de Aimar, aquel chico atractivo del peto marrón que ya había fichado en la terminal, los tirantes cruzándole el pecho, la expresión somnolienta y, sin embargo, una sonrisa pícara y un guiño cómplice.
Dani lo entendió al instante: Aimar lo sabía. El primer impulso fue de pánico —«me ha visto, sabe lo que hemos hecho»—, el calor subiéndole por las mejillas. Pero enseguida el morbo lo desplazó: la sonrisa y el guiño no eran de juicio, sino de reconocimiento, un «yo también lo entiendo, disfrútalo».
El corazón le latió más fuerte, la excitación residual mezclándose con el bochorno, y una sonrisa tímida le asomó a los labios. Se levantó deprisa, murmuró un «perdón» apenas audible y desapareció por el pasillo con las piernas temblando, el olor de Teo en la ropa recordándole el placer prohibido.
***
Sin más sobresaltos, el comandante anunció la llegada inminente. Hodei se desperezó en su asiento. Kerman le dio los buenos días a un adormilado Aimar con un beso suave y una caricia en el pecho. El aterrizaje fue limpio, el control de pasaportes tedioso, la recogida de maletas un caos de carruseles ruidosos.
A la salida, el chófer de la franquicia esperaba con un cartel: «Goikoetxea & Team». Mientras cargaban el equipaje en el coche, Aimar localizó entre la cola de taxis al chico del baño, el del pelo decolorado, junto a su familia. Inquieto, Teo no dejaba de mirar alrededor mientras avanzaba con los suyos.
Por fin encontró lo que buscaba: por la puerta de la terminal apareció Dani, inconfundible con su pelo rosa y su andar grácil. Teo se salió de la fila y echó a correr hacia él entre los gritos de su madre —«¡vuelve aquí ahora mismo!»—. Dani lo recibió nervioso, otra vez colorado.
Con las prisas habían olvidado intercambiar el contacto. Sacaron los móviles con manos temblorosas, las sonrisas cómplices.
—Ha sido increíble —susurró Dani.
—Repetimos en la ciudad —respondió Teo, antes de volver corriendo a la fila justo a tiempo de no perder su taxi.
Aimar sonrió para sus adentros, convencido de que de aquel encuentro furtivo saldría algo bueno: dos chicos conectados por una noche imposible, ahora con un futuro entero por delante en una ciudad nueva.
El coche los llevó al apartamento que la franquicia ponía a su disposición, en pleno centro: un piso amplio con balcón y vistas a un gran parque, cuatro suites con baño completo, un salón enorme con varios sofás y una cocina con isla. Un pequeño paraíso en medio del ruido de la ciudad.
—Cada uno tenéis vuestra habitación —explicó el guía, como si no supiera que Kerman y Hodei eran pareja—. Y todavía os sobra una más, por si recibís visita de familia o de amigos.
Kerman y Hodei se miraron, pensando en aquella doble moral tan americana: tolerantes en el discurso, clásicos en la práctica.
—Gracias —dijo Kerman, seco—. Le sacaremos partido.
Al día siguiente tenían cita para la entrevista y las primeras consignas de la franquicia. Hasta entonces, a disfrutar de la ciudad: paseos por el parque, las luces, las avenidas anchas. Aimar caminaba con el corazón acelerado por el reencuentro inminente con Caleb.
La decisión estaba tomada. De nuevo rumbo a Chicago, pero esta vez para quedarse. El futuro era suyo.