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Relatos Ardientes

El águila que me robó para el lecho de un dios

El ciervo estaba a unos pocos pasos de mí, con la cabeza alzada y la nariz husmeando el aire. Avancé despacio, midiendo cada movimiento para no agitar la maleza. Tenía las dos manos en el arco y la flecha lista, esperando solo el instante en que tensara la cuerda. Necesitaba que el animal se confiara, que bajara la testuz a ramonear unas hierbas sin sospechar que un joven de cabellos rubios lo vigilaba desde los arbustos.

El corazón me latía a mil, pero mi rostro permanecía en calma. No era el primer ciervo que cazaba. El monte Téreo, vecino a las tierras de mi padre, el rey Eumelo, era un lugar inmejorable para el pasto de las ovejas y para la caza. Prácticamente me había criado allí. Conocía cada palmo del terreno, los mejores cotos y todas las mañas para desenvolverme entre la espesura.

Por fin el animal se agachó en busca de pasto. Se sentía seguro. Error fatal. Estiré el brazo hacia atrás y disparé. La punta se clavó con precisión en el cuello del astado, que salió corriendo al instante. No llegó lejos. El tiro había sido certero y la vida se le escapaba a borbotones por la herida. No tuve más que seguir el rastro carmesí hasta hallarlo dando sus últimas bocanadas. Esa noche, los salones de mi padre se verían bendecidos con mi conquista, y la carne del venado saciaría el hambre de toda la familia y de sus invitados.

Mientras recogía el fruto de la cacería, yo no sabía que otros ojos me observaban desde el cielo. Eran los ojos de un dios, el que teje los rayos, que se había fijado en mi belleza apenas estrenada, la mayor que se hubiera visto jamás en un varón mortal. La pasión y la obsesión lo corroyeron por dentro. Deseaba poseerme, llevarme a su lado, a la cumbre Eterna que gobernaba. Siempre conseguía lo que se proponía, sin reparar en las consecuencias. Sus caprichosos escarceos eran de sobra conocidos, y nadie, ni siquiera su celosa esposa, lograba oponerse a ellos.

Esa noche, los salones del rey Eumelo conocieron el júbilo gracias a mí. Celebraron mi hazaña y la carne alimentó por igual a anfitriones y huéspedes. Una cena sabrosa como pocas. A la mañana siguiente, cuando la aurora tiñó de rosa el cielo, volví al monte Téreo, ufano todavía por mi victoria del día anterior. No pensaba cobrarme otra pieza como aquella. Logros así los concede la Fortuna en períodos muy espaciados. Además, el rebaño de mi padre necesitaba que alguien lo atendiera. Teníamos siervos para esa tarea, pero a mí nunca me gustó estar ocioso. El clima era templado y yo valoraba el tiempo que pasaba en el campo, en pleno contacto con la naturaleza.

Mientras caminaba con el cayado en la mano, una melodía me llenó la cabeza, el recuerdo de un buen aedo que nos había visitado y alegrado las veladas con su música. Empecé a tararearla, intentando rescatar los versos, sin reparar en que una gran águila planeaba sobre mí. Grande como tres hombres juntos, de una envergadura colosal, el rapaz descendió veloz en cuanto me tuvo a la vista. Abrió las garras y, antes de que pudiera reaccionar, me atrapó por los hombros y me elevó hacia las alturas.

Grité de espanto y luché por zafarme, pero el animal era fuerte y mis intentos, inútiles. La tierra se empequeñeció bajo mis pies. Desde allí, mi ciudad natal parecía un puñado de migas y, al poco, desapareció de la vista a medida que me engullían las nubes, junto con el monte y la imponente cordillera del Erimo.

Me creí muerto, ya fuera por obra del águila o por la caída insondable que solo podía intuir. No supe calcular cuánta distancia recorrimos ni cuánto tiempo pasé envuelto en la bruma antes de que las garras me soltaran de golpe. Esperé un descenso brutal. Mis huesos se harían añicos contra la roca y mi cuerpo se pulverizaría. No fue así. Caí apenas un par de metros sobre un mullido triclinio que absorbió el impacto, un mueble surgido de la nada, igual que la sala de paredes marmóreas y resplandecientes como el sol donde me encontraba.

La belleza del lugar me dejó sin aliento. La arquitectura, de columnas rectas decoradas con pan de oro, me parecía sobrehumana, divina. ¿Acaso he llegado a la morada de los dioses?

La respuesta no tardó. No estaba solo. A una veintena de pasos se había posado el águila que me había secuestrado. En un instante, el rapaz se transformó ante mis ojos. Las alas se volvieron brazos, las garras piernas y las plumas carne. Ante mí apareció un hombre de mirada poderosa. Su cabello oscuro era una melena leonina; su barba, hirsuta; su talle, recio y musculado. Velludo era su ancho pecho, velludos sus gruesos brazos y velludo su poderoso sexo erecto, que ninguna prenda cubría. El miedo me atenazó y me encogí sobre el lecho, temiendo lo peor.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Mi nombre es Astreo, señor de la centella y padre de todos los dioses.

Su voz sonaba atronadora, como si el mundo entero temblara con cada palabra. Incluso sus pasos, conforme se acercaba con calma, provocaban pequeños terremotos que sacudían las paredes. O tal vez fuera mi propio temor lo que me volvía trémulo ante su presencia.

—¿Y qué quieres de mí, poderoso Astreo? Solo soy un simple mortal...

—Muy al contrario. Eres el hombre más bello que el mundo ha conocido o conocerá. Una hermosura que quiero conservar aquí, a mi lado, donde la edad no pueda marchitarla.

—No creo ser digno... —musité, abrumado.

Se inclinó sobre mí, su mirada penetrante clavada en la mía como un rayo que atraviesa las nubes.

—Lo eres. A cambio, solo pido dos cosas: que llenes mi copa en los banquetes que celebramos los dioses, y que compartas el amor que te profeso. Así serás uno más de los nuestros, sin que la muerte ni la vejez puedan reclamarte nunca.

Con un movimiento furioso me arrancó la túnica del cuerpo, dejando al descubierto mi piel bronceada por las jornadas en el campo y una belleza casi andrógina.

—No estoy seguro de... —empecé.

—Vamos, hijo de Eumelo. No te resistas a las caricias de un dios.

Me abrió las piernas para acomodarse entre ellas y descendió sus labios hasta los míos. Su barba me arañaba el rostro lampiño, áspera como el tacto de un invierno desatado, como el viento afilado de una tormenta en su violenta plenitud. Y, sin embargo, me trataba con dulzura. Capté en su boca un sabor sulfuroso que no agredía a mi paladar, y sus manos, obradoras del relámpago, me electrizaban la piel mientras me acariciaban. Una delicadeza inusitada en una deidad que tenía el destino de todos los hombres al alcance de los dedos.

Astreo recorrió mi cuerpo como si excavara ríos y montañas en el plano intacto de mi piel, hasta atraparme las caderas y atraerme hacia él. Me tenía a su merced como a una doncella asustada en su noche de bodas. Su miembro, henchido de poderío, apuntaba en la dirección del deseo, y casi podía sentir el susurro de su roce contra mi muslo.

—Di que sí. Acepta mi don. Ocupa el lugar que te corresponde junto a mí.

Vacilé unos instantes. Observé el talle recio y boscoso que me eclipsaba. El rostro del dios por quien yo había libado en tantos banquetes, ante cuyas estatuas había dejado ofrendas para que la prosperidad bañara el reino de mi padre. Y ahora él quería bendecirme con un honor que ningún mortal podría disfrutar. El corazón me golpeaba el pecho. Me sentí como el venado que está a punto de ser cazado. Solo que esta vez me creía afortunado.

—Acepto —masculló mi voz, casi sin permiso.

El siempre impertérrito Astreo sonrió. Enseguida me tomó para sí. La fuerza de un dios, el poder del rayo, el vigor de un padre, todo me llenó de golpe en un arranque súbito de placer. Me retorcí ante semejante fuerza de la naturaleza. Se me escapó un gemido que no supe si reverberó por las salas de la cumbre o si llegó a los oídos de los mortales allá abajo. Sentí la divinidad correr por mis venas y mis miembros, como el canto de cien coros gloriosos.

Sus acometidas eran firmes, con el pulso inmutable de quien había luchado contra titanes y vencido, de quien le arrebató el trono a su propio padre, el devorador de hijos. Pero también había en él la experiencia de un amante nato, de quien había conquistado a su esquiva esposa y yacido con mortales y diosas por igual. Ese era el rostro que me miraba de frente, el cuerpo que me penetraba una y otra vez, que me sacudía la inocencia y me adiestraba en el amor.

Cada vez que llegaba a lo más hondo de mi ser, hervía en mí un fervor extático que jamás había sentido. Me tomaba, me manejaba, me hacía ascender hasta los cielos y más allá, me alborotaba los sentidos. Astreo bufaba con cada golpe, como una bestia en celo, hasta que soltó un largo gruñido y derramó su simiente en su joven conquista. El calor de esa esencia se esparció por mi vientre y, junto con ella, me concedió el don de la inmortalidad.

Sin salir de mí, el padre de los dioses volvió a buscar mis labios y los besó con deleite, como si catara miel. Un tacto leve, fugaz. Luego me susurró al oído:

—Serás dichoso a mi lado. Ya lo verás.

Con esa promesa se retiró y me dejó levantarme y asearme en los mismos baños que usaban los inmortales. Me entregó una túnica de seda tan pura, blanca y suave que ni la tejedora más diestra de las tierras de poniente podría haber concebido. Su ribete dorado relucía al menor destello de luz y me señalaba, sin lugar a dudas, como uno más de la cumbre Eterna.

***

Mientras tanto, allá en la tierra, mi desaparición no había pasado inadvertida. El rey Eumelo envió partidas de búsqueda que regresaron sin éxito, sin un solo rastro de su hijo. El monarca sollozaba desconsolado por la pérdida. Astreo se compadeció de él y envió a su mensajero alado para consolarlo. Le contó mi fortuna, le aseguró que sería feliz a su lado y que gozaría de una vida larga y próspera entre los dioses. Como compensación, le obsequió una reata de yeguas cuyas pezuñas eran veloces como torbellinos. Así, mi padre no volvió a penar más por mí.

Mi existencia fue, en verdad, venturosa, sin que la muerte ni la vejez me acecharan jamás. Compartía el lecho del portador del rayo cada vez que me reclamaba y escanciaba vino en su copa durante innumerables festines. Los dioses celebraron mi llegada. Solo una no estuvo contenta con mi presencia: la esposa de Astreo, a quien irritaba verme y enfurecía que su marido le restregara aquella infidelidad de forma tan descarada. Pero no tramó venganza alguna contra mí.

Cuando llegara el momento, sería mi estirpe la que pagaría un destino mucho peor.

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Comentarios (5)

ElLoboNocturno

Que originalidad!!! nunca lei algo asi, me dejo sin palabras

tomis_rdz

jajaja el aguila no me lo esperaba para nada, tremendo inicio

SabrinaK_ok

La mezcla de mitologia con lo erotico esta muy lograda. Se siente misterioso y apasionado a la vez. Muy buen trabajo.

NocheroROS

Me recordo a esas historias griegas que leia de chico, pero en version... bastante diferente jajaja. Excelente

PatricioMV

Necesito la continuacion ya, por favor no me dejes asi!!!

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