El amigo que me inició y terminó siendo mi novio
Al final siempre era la misma historia, y yo estaba aburrido. Me agotaba hablar durante semanas con chicas para después no llegar a nada, o para que, si pasaba algo, fuera un encuentro vacío que se olvidaba a la mañana siguiente. Salía, me reía, ligaba un poco, y volvía a casa con la sensación de haber repetido un guion que no había elegido.
La verdad es que tenía dudas sobre mi propia cabeza. Había estado con hombres alguna vez, siempre desde el lado pasivo, y me había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta. No sabía qué pensar de mí mismo. Una parte mía lo deseaba sin reservas; otra parte se pasaba el día buscando excusas para no mirarlo de frente.
En ese estado de ánimo salí una noche de viernes, sin ningún plan concreto, solo con ganas de despejarme. Y me crucé con Bruno.
Bruno era el chico con el que había tenido mi primera vez de verdad. Lo consideraba un colega y él a mí también, pero entre nosotros había un secreto cómodo: él sabía que yo vivía todo aquello a escondidas, que con tíos lo mío era puertas adentro, y nunca me presionó. Me seguía el juego con una naturalidad que agradecía.
—¿Sabes que llevo meses pensando en aquella noche? —me dijo, acercándose para que lo oyera sobre la música—. Creo que me pasé un poco contigo. Fui demasiado bruto.
—No te pasaste nada —le respondí, y noté que se me secaba la garganta—. Lo pasé muy bien. Mejor de lo que esperaba.
Aquello fue como darle vía libre.
Me agarró del cuello con una mano y me besó ahí mismo, en la puerta de la discoteca, delante de quien quisiera mirar. Fue raro durante medio segundo, ese instante en que el cerebro grita que no toca, que alguien podría verme. Y después dejó de importarme. Tenía confianza con él, y su boca sabía exactamente lo que hacía.
Me llevó hasta un portal que había justo al lado mientras seguía comiéndome la boca y me apretaba contra él, una mano firme bajándome por la espalda hasta el culo. Me puso a mil en cuestión de segundos. Le devolví el beso con la misma urgencia y le bajé la mano hasta la entrepierna, palpándolo por encima del pantalón, notando cómo respondía.
—Vente a casa —me susurró al oído.
Me hice un poco el interesante. Le dije que me daba cosa, que mis amigos estaban dentro y no quería que me vieran marcharme con él. Como si no estuviera deseándolo con cada centímetro del cuerpo.
—Pues nos vemos cuando cierren —contestó tranquilo, sin perder la sonrisa—. Ya sabes dónde vivo.
Claro que lo sabía. Me conocía aquel portal de memoria.
***
Cuando la disco echó el cierre, fui directo. Él ya me esperaba abajo. Empezamos a besarnos en cuanto lo vi, y para cuando el ascensor se cerró ya tenía su mano metida por la cinturilla del pantalón y la otra otra vez en mi cuello, marcando quién llevaba el control. Aquella noche quería que yo fuera suyo, y yo estaba más que dispuesto a serlo.
Entramos en su piso y fuimos directos al cuarto. Me empujó sobre la cama sin contemplaciones y empezó a desnudarme mientras yo me dejaba caer hacia atrás, relajado, soltando los primeros jadeos casi sin darme cuenta. Me lamió de arriba abajo, sin prisa, y al mismo tiempo bajó la mano para acariciarme y abrirme paso con los dedos. Después cambió de objetivo y se entretuvo ahí abajo con la lengua hasta que dejé de pensar en nada que no fuera él.
—¿Tienes ganas de que repitamos lo de la otra vez? —murmuró, subiendo encima de mí, restregándose contra mí con un peso que me clavaba al colchón.
—Por favor —le pedí, y no me reconocí la voz—. Hazlo ya.
Alcanzó un bote de lubricante de la mesilla. Se preparó con calma, me echó un buen chorro y empezó a entrar despacio. Le pedí que fuera con cuidado, porque la tenía grande y al principio dolía de verdad. Y aquella vez dolió más de lo que recordaba; la sensación era extraña, una mezcla de presión y ardor que me hizo apretar los dientes.
—Espera, espera —jadeé—. Dame un segundo.
Se quedó quieto dentro de mí, besándome la nuca, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Poco a poco el dolor remitió y empezó a llegar otra cosa, algo cálido que reemplazaba la tensión.
—Ya —le dije por fin—. Despacio.
Se movió con suavidad, sin dejar de besarme, controlando cada empuje. Tras unas cuantas embestidas lentas fue acelerando, y yo no pude evitar gemir cada vez más alto. Me colocó las piernas sobre sus hombros y el ángulo lo cambió todo. Empezó a hundirse con más fuerza, y yo me agarraba a las sábanas viendo literalmente las estrellas.
Aguantamos así un buen rato, hasta que algo dentro de mí necesitó tomar las riendas.
—Para —le dije, casi sin aliento—. Quiero ponerme encima. Me toca a mí.
Aceptó el reto con una sonrisa traviesa. Se tumbó boca arriba y yo me coloqué sobre él, bajando muy despacio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro a mi propio ritmo. Me agarró fuerte de las caderas mientras yo apoyaba las manos en su pecho y empezaba a moverme. Primero lento, marcando el tiempo, y después con ganas, rebotando contra él una y otra vez. Me daba algún azote que me arrancaba un gemido, y yo notaba cómo el placer se acumulaba sin freno.
—Para o me corro ya —me advirtió, apretando los dientes, clavándome los dedos en la piel.
***
Me puso boca abajo, me levantó de las caderas y volvió a entrar, esta vez sin tregua. Al lado de la cama tenía un espejo grande, y desde mi posición lo veía todo: su cuerpo contra el mío, el ritmo, mi propia cara descompuesta de placer. Aquella imagen me encendió todavía más.
—¿Te gusta? —me preguntó.
—No pares —le supliqué contra la almohada—. No pares, por favor.
Subió el ritmo y yo empecé a morder la sábana para no gritar demasiado. Entonces sentí un temblor que me nació en las piernas y me subió por la espalda hasta la zona baja, una corriente que me recorrió entero, y exploté en un orgasmo como no recordaba haber tenido. El mejor de mi vida, sin exagerar. Casi pierdo el sentido. Las fuerzas se me fueron de golpe y me quedé tumbado, boca abajo, incapaz de sostener la postura.
Él se dejó caer sobre mi espalda, abrazándome del cuello, y siguió un poco más hasta que terminó también, hundiéndose hasta el fondo mientras me apretaba contra su pecho.
Nos quedamos así, pegados, recuperando el aire. No hubo prisa por separarnos. En algún momento nos quedamos dormidos, abrazados, mi espalda contra su pecho y su brazo cruzado sobre mí.
***
A la mañana siguiente, con la luz entrando por la persiana entreabierta, él me miró medio dormido.
—Me encantó lo de anoche —dijo—. Y no solo el sexo. Me lo paso bien contigo. Me gustaría repetir.
—A mí también —contesté, y por una vez no estaba mintiendo ni haciéndome el interesante—. Y no lo digo solo por esto. Me siento cómodo contigo, así, sin más.
Bruno se quedó pensativo, sin decir nada, pero por cómo me miraba supe que los dos estábamos cómodos de una manera nueva, una que no tenía mucho que ver con la fiesta de la noche anterior.
A partir de ahí empezamos a vernos más seguido, un par de veces por semana. Quedábamos, lo hacíamos, y después nos dormíamos juntos como si fuera lo más natural del mundo. Lo que había empezado como un secreto incómodo se fue convirtiendo en algo que esperaba con ganas durante toda la semana.
Y sin que ninguno lo nombrara, fuimos desarrollando una conexión que iba más allá de la cama. Hablábamos durante horas, nos contábamos cosas que no le contaba a nadie. Aquello duró así unos tres meses, hasta que una noche, después de estar juntos, me miró a los ojos con una seriedad que no le había visto antes.
—Creo que siento algo más fuerte por ti —dijo.
Me quedé paralizado. Toda mi vida había vivido esa parte de mí a escondidas, convencido de que era algo que se quedaba en la oscuridad de un cuarto. Y de repente alguien lo ponía sobre la mesa, a plena luz.
—Creo que yo también —le respondí. Y por primera vez no me dio miedo decirlo.
Esa fue la noche en que nos hicimos novios de verdad. Estuvimos juntos dos años. Mucha gente flipó al enterarse, porque nadie se lo esperaba de mí, pero mi círculo cercano me veía feliz y se alegró sin más complicaciones.
Con él descubrí mi lado más liberado, esa parte que durante años había mantenido bajo llave. La conexión sexual entre nosotros era brutal; a él le volvía loco poseerme y a mí me encantaba entregarme del todo. Pero lo que de verdad me sorprendió fue lo otro: lo fácil que era estar con él cuando la ropa volvía a su sitio, las mañanas tontas, las conversaciones a medianoche, la sensación de no tener que esconder nada.
Ya contaré más adelante otras historias de aquellos dos años, porque hicimos de todo y lo disfruté de una manera que no creía posible. Pero si tuviera que quedarme con un momento, sería aquella primera madrugada en la puerta de la discoteca, cuando me agarró del cuello y, sin saberlo, me obligó por fin a dejar de mentirme.