Lo que pasó en casa de Octavio aquel mediodía
Pasé tres días esperando que mi abogado me devolviera la llamada. No volvió a aparecer y yo tampoco insistí. Estaba cansado de la casa vacía y de pensar siempre en lo mismo, así que una tarde me metí en una página de contactos sin ninguna intención clara, solo por hacer algo con las manos.
Ahí encontré el perfil de Octavio. Era una foto a contraluz que mostraba el contorno de un torso ancho y nada más. El mensaje vino corto: «Si te animas, vente hoy. Almuerzo y conversación. Lo demás se verá». Me dio una dirección por el lado del puerto, en una zona que no conocía bien.
Salí sin pensarlo demasiado. Tomé un taxi y bajé frente a una casa de tres pisos, fachada blanca y un portón grande de madera maciza. Toqué el timbre y abrió él mismo.
Era alto, moreno, hombros como vigas, la piel todavía con olor a jabón. Aparentaba unos cincuenta años, pero llevaba el cuerpo como un hombre veinte años menor.
—Pasa, ya está la mesa puesta —dijo, sin sonreír del todo.
Adentro la casa olía a guiso y a maderas viejas. Me llevó a un comedor amplio, con un ventanal que daba a un patio interior lleno de plantas. Había preparado arroz con pollo, una ensalada de palta y una botella de vino tinto barato esperando en la mesa.
Mientras comíamos le conté más de lo que pensaba contar: lo del abogado, lo de mi última pareja, cómo había llegado hasta este punto en el que ya no sabía qué hacer con mis tardes. Le adorné un par de cosas para no parecer tan perdido. Él escuchaba con la mandíbula apoyada en el puño, los ojos fijos en mí.
—Yo alquilo cuartos en los pisos de arriba —dijo en algún momento—. Vivo solo. Mi madre viene a verme los domingos. Lo demás de la casa es mío.
Cuando terminamos de comer me hizo una seña hacia el sofá del salón.
—Espérame ahí. Me cambio y vengo.
Me senté. El cuero estaba gastado y olía a tabaco viejo. Encendí el televisor con el control sin saber qué buscaba. Pasaron quizás cuatro minutos.
Salió del cuarto desnudo.
No quiero exagerar, pero nunca había visto algo así fuera de una pantalla. La pieza le colgaba pesada entre los muslos, gruesa como un antebrazo en reposo, los testículos enormes, la piel oscura y pulida. Caminaba con la calma de quien sabe lo que carga. Se paró delante de mí, dejándome los ojos a la altura de su ombligo.
—¿Te vas a aguantar esto, mi amor? —preguntó.
Tragué saliva.
—Sí —dije, sin saber muy bien qué estaba aceptando.
Se inclinó y me besó en los labios, despacio. Olía a pasta dental y a algo más profundo, almizclado, casi animal.
—Muchos vienen, ven esto y se asustan. Salen por donde entraron. ¿Tú no?
—No —repetí.
Me desnudó él mismo, con paciencia, prenda por prenda. Me bajó primero el pantalón, después la ropa interior, mirándome como si estuviera desarmando un paquete delicado. Me dejó la ropa doblada sobre el brazo del sofá. Luego me obligó a abrir las piernas con una mano firme en la rodilla, metió dos dedos bajo mis nalgas y me levantó de un tirón, cargándome contra su pecho como si no pesara nada. Sentí la rudeza de su fuerza, el calor que salía de él, el bulto enorme de su verga pegándome en el vientre, y ese contacto me dejó sin aire. Me llevó por un pasillo hasta su cuarto, apretándome con una facilidad obscena.
La cama era enorme, tendida con sábanas blancas. Frente a ella había un espejo grande apoyado contra la pared, en el suelo, ligeramente inclinado.
—Te quiero ver —dijo cuando me dejó sobre el colchón.
***
Subió encima de mí y me hizo abrir la boca con una mano metida en mi nuca. Solo el glande me cabía. Lo intentaba, lo juro, pero apenas avanzaba un dedo más allá del filo de los dientes me daba arcadas. Él no se enojó. Me acariciaba el pelo, despacio, como a un niño al que se le enseña a comer solo, pero la polla seguía ahí, húmeda, abriéndome la garganta a empujones cortos. La punta me rozaba la lengua, sabía a sal, a piel, a sudor limpio. Cuando conseguí relajar un poco la mandíbula, me la metió más profundo, y el aire se me quedó atorado en el pecho. Noté la presión contra mi lengua, el peso espeso de la carne, el pulso de la vena latiendo en la boca.
—Tu boca no es muy grande, amor —dijo casi con ternura—. Pero sirve.
Me dio la vuelta. Hundió la cara entre mis nalgas y me lamió desde abajo, lentamente, con la lengua plana, abriéndome con paciencia, separando la piel con la boca. Me agarró las caderas y me acercó hacia él hasta que sentí su respiración caliente en el culo. Primero fue un lamido amplio, húmedo, insistente; después me empujó la lengua contra la entrada y me hizo temblar entero. El espejo me devolvía la imagen de mi propia vergüenza: el cuerpo tenso, las piernas abiertas, él arrodillado entre ellas como si estuviera probando una comida. Un dedo entró después, despacio, untado en saliva, y el dolor me hizo arquear la espalda. Luego el segundo me abrió todavía más y sentí la presión seca, el tirón interno, la carne resistiéndose.
—Tienes que estar abierta, mi amor, si no, esto no va a entrar.
Me golpeaba la entrada con la punta, una y otra vez, tanteando la puerta cerrada con una brutalidad que me hacía apretar los dientes. El glande me rozaba por fuera, ancho, caliente, cada toque dejándome una corriente de pánico y deseo. Mi cabeza me decía: levántate, vístete, sal. Pero mi cuerpo no quería obedecerme.
—¿Qué te pasa, estás nervioso? —dijo, no enojado, no exactamente.
Conseguí girarme bajo su peso.
—Déjame a mí —le pedí—. Échate.
Se echó. La pieza apuntando al techo, dura, latiéndole sola, enorme, con el prepucio tenso y brillante. Me subí encima, lo agarré con las dos manos y empecé a bajar despacio. Sentí cómo me partía por dentro. No es metáfora. El glande entró primero con una presión insoportable, abriéndome como una cuña. Me detuve, respirando a tirones, y él me sostuvo la cintura mientras yo temblaba sobre su cuerpo. Seguí bajando un poco más y el dolor me arrancó un gemido ahogado; la carne me ardía, me quemaba, me desgarraba en una línea caliente. A cada centímetro mi culo se estiraba, se cerraba y volvía a ceder, y yo lloraba sin sollozos, con la cara torcida, agarrándome a su pecho sudado mientras él murmuraba que así, así, que no me detuviera.
Cada milímetro era un peldaño que me iba reventando algo. Aguantaba la respiración, lloraba en silencio mientras me hundía un poco más, un poco más. Octavio tenía las manos en mi cintura, pero no presionaba; dejaba que yo eligiera el ritmo. Eso fue casi peor: que la elección estuviera en mí y aun así no pudiera parar. Cuando llegó al fondo, sentí el pubis chocando contra mi culo y una sacudida seca que me recorrió la espalda. Quedé clavado ahí, lleno, con la respiración rota y su verga palpitando dentro, viva, tensa, rozándome las paredes por dentro.
Empezó a moverse cuando yo estaba ya sentado entero sobre él. Despacio al principio. Yo respiraba por la boca, los ojos cerrados, las piernas temblándome como si me hubieran metido frío en los huesos. Él levantaba apenas la cadera y volvía a hundirse, sacando y metiendo la polla con un sonido húmedo, pegajoso, de piel castigada. Cada vaivén abría un poco más ese ardor insoportable, hasta que el dolor empezó a mezclarse con un placer sucio, profundo, imposible de nombrar sin vergüenza. Después se aceleró. Me agarró las nalgas con ambas manos, las separó, y me reventó a empujones cortos y poderosos que hacían saltar la cama. Yo sentía su respiración en la nuca, el choque de sus muslos contra los míos, el sudor resbalándome por el pecho y cayendo al colchón.
Cada empuje me arrancaba un quejido que yo trataba de tragarme. No grites, no grites, no grites, me repetía sin saber a quién quería ocultárselo. Pero la verdad es que ya estaba roto, abierto, empapado de sudor y saliva, con la columna arqueada y los dedos clavados en las sábanas. Octavio me metía y me sacaba con una violencia controlada, como si midiera cuánto podía aguantarme antes de quebrarme del todo. Su glande me frotaba el interior, rozando el mismo punto una y otra vez, y el calor empezó a subir desde el abdomen hasta la garganta como un incendio.
Se vino dentro. Lo sentí caliente, mucho, como si me hubieran abierto un grifo en las entrañas. La corrida me llenó el culo a pulsos espesos, violentos, y cada espasmo suyo me obligaba a abrirme más. Y rugió. Rugió igual que un toro al que le abren la puerta de la manga, con todo el cuerpo, las venas del cuello hinchadas, los dientes apretados. Yo seguía sentado sobre él mientras su semen me tapaba por dentro, rebalsando en la base de la verga, pegajoso y ardiente, mezclado con el sudor que nos caía de ambos.
***
—No te levantes —me dijo después, todavía dentro de mí.
Me cargó así, ensartado, con la pieza adentro, y me puso en cuatro al pie de la cama. Yo le pedía que no, que ya no, que por favor. Sentía cómo la polla se deslizaba al acomodarme, saliendo apenas y volviendo a entrar, y ese roce me hizo gemir con rabia y alivio al mismo tiempo. Me abrió las nalgas con una mano y me dio palmadas en la nalga, fuerte, con la mano abierta. Sonaban como tablas chocando contra otras tablas. Volvió a entrarme de golpe, más hondo, y me dejó sin aire. La cama crujía detrás de mí, el espejo me devolvía su cuerpo enorme pegado al mío, su vientre contra mi espalda, sus caderas golpeando una y otra vez. Volvió a venirse. Esa segunda vez ya no supe distinguir el dolor del calor; solo sentí otro chorro espeso llenándome, resbalando entre mis muslos cuando se retiró a medias, dejando hilos blancos y rojizos que cayeron al suelo.
Cuando salió, el semen se derramó al piso en chorros gruesos. Lo escuché reírse bajito, satisfecho.
—Mira cómo te dejé. Así me gusta verte.
Me llevé la mano hacia atrás y me toqué el borde. Cuando me miré los dedos había sangre mezclada con su humedad. Levanté la vista y nuestros ojos se cruzaron en el espejo. No supe qué cara puse, pero a él la encontró graciosa. Me trajo una toalla.
—Báñate, mi amor. Tibia, no caliente. Te va a arder.
El agua del baño me supo a algo nuevo. Me apoyé en los azulejos un rato largo, dejándomela caer por la nuca, sintiendo el escozor entre las nalgas, el interior sensible y abierto, como si todavía tuviera su verga adentro. El jabón me picó en la piel y me hizo cerrar los ojos; me llevé la mano al culo con cuidado, separé apenas las nalgas y sentí la humedad mezclada con su semen, con un hilo de sangre que se iba por el desagüe. No había ternura en eso, solo una verdad física y brutal que me dejó temblando.
Cuando volví al cuarto, él ya estaba dormido boca arriba, con un brazo sobre la frente. Me eché a su lado, con cuidado. Me pasó el brazo libre por debajo y me atrajo, apretándome contra su pecho. Su pieza seguía dura a medias, pesada sobre el muslo, y cada vez que se movía me rozaba el vientre con una insistencia tibia. Me quedé dormido sintiendo todavía algo grande latiéndome dentro, aunque ya no estuviera.
***
Me despertó a eso de las siete de la tarde, sacudiéndome el hombro.
—Vamos a la sala. La comida ya está lista.
Busqué la ropa por reflejo. No estaba donde la habíamos dejado.
—La metí a la lavadora, mi amor. Tu olor estaba en todo. Ya casi se seca. Mientras tanto te quiero ver así.
Caminé detrás de él por el pasillo, intentando esconder el cuerpo aunque sabía que no había manera. Él iba delante, con la pieza moviéndose a cada paso, indiferente, como un péndulo lento.
—¿Cómo lo aguantaste? —me preguntó por encima del hombro, divertido—. La verdad, no creí que pudieras.
No supe qué contestarle. Cené sentado al borde de la silla, casi de costado. Había preparado una sopa con fideos finos y un pescado a la plancha. Comimos viendo una película antigua de terror en una pantalla pequeña apoyada en el aparador. Él me tenía agarrado por la cintura con un brazo. Yo apenas tocaba la comida.
—Hoy te quedas a dormir conmigo —dijo, sin pedírmelo en realidad.
Asentí.
Cuando terminó la película volvió a cargarme. Esta vez al filo de la cama, otra vez. No fue tan largo como la primera. Quizás se compadeció, quizás solo estaba más cansado. Volvió a meterla despacio primero, luego más hondo, y me hizo arquearme mientras me sujetaba por las caderas. La fricción era tan intensa que terminé jadeando contra la almohada. Volvió a venirse dentro. Volvió a salir leche con sangre cuando se retiró.
Trajo él mismo el trapo y me limpió esta vez, sin comentarios graciosos. Me decía cosas mientras me limpiaba, palabras pequeñas, te amo, qué rico estás, qué bien me la pones. Yo sentía latido propio en una parte de mí que no sabía que podía latir sola. Me dejó acostarme boca arriba, con las piernas todavía abiertas, el culo ardiendo, y se acomodó encima un rato, frotando la verga contra mi muslo hasta que se ablandó del todo.
Dormimos los dos, esa vez de frente, sus brazos rodeándome la espalda, mis piernas encajadas entre las suyas. Si me movía, me dolía. Si no me movía, me dolía igual. Pero ya no quería irme.
***
A la mañana siguiente me despertó el sol entrando por la ventana del cuarto. Octavio dormía aún, con un ronquido apenas, la boca abierta. Me vestí en silencio. La ropa olía a suavizante y a una casa que no era mía.
Le dejé el celular sobre la mesa de noche y me senté en el filo de la cama. Le toqué la mejilla con la punta de los dedos. Abrió un ojo.
—Vuelves —dijo. No era una pregunta.
—Vuelvo.
Me levanté antes de pensarlo más. En la puerta me detuvo un segundo: me volvió a besar en los labios, despacio, otra vez con calma, como si lo de la noche no hubiera pasado y volviéramos a estar empezando algo. Cerró sin decir nada más.
Caminé hasta la avenida buscando un taxi. Cada paso me lo recordaba: una pequeña descarga eléctrica entre las piernas, una vibración baja en la espalda. El abogado seguía sin llamar. Y yo, por primera vez en semanas, había dejado de esperarlo.