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Relatos Ardientes

Lo que pasó tras el entrenamiento me cambió

Nunca fui de andar contando mi vida en páginas como esta, pero necesito soltar lo que me lleva pasando desde hace unas semanas. ¿Sabéis lo que es que tu manera de verte se venga abajo por una tontería? Pues eso me ocurrió desde que acompañé a mi chica de compras un viernes cualquiera. Y ya no tengo claro ni quién soy, ni qué hacer con mi vida, ni cómo frenar el vicio que se me ha metido dentro desde entonces.

Me llamo Adrián, tengo veintitrés años y estoy terminando teleco. Entre lo que me deja mi novia y los exámenes, los fines de semana juego al fútbol con un equipo de la facultad. Hasta hace nada me consideraba un tío del montón: hetero, de cervezas con los colegas y de ver un buen partido cuando tocaba. No tengo nada contra nadie, conste. Pero siempre fui de chicas, de deporte y de cosas que se supone que van con eso. Al menos hasta aquella noche.

El lío empezó por culpa de mi novia. La boda de su prima caía en un par de semanas y me anunció que tenía que comprarse un vestido. El viernes. Justo el día de mi entrenamiento. ¿Conocéis lo del gato de Schrödinger? Pues yo igual: tenía que estar en dos sitios a la vez por narices.

Eso sí, el outlet donde quería el dichoso vestido cerraba a las diez, así que había margen. Salía rápido del campo a las siete, la recogía, llegábamos sobre las ocho, ella compraba, íbamos a su casa y la noche terminaba como yo quería. El problema era uno solo: no me daba tiempo a ducharme después de entrenar.

En el fondo lo sabía. A ella le gusta que vaya limpio para esas cosas. Pero pensé que un poco de sudor no era para tanto, que tampoco hacía falta que me comiera nada, solo que me dejara hacerle yo a ella. Demasiado bonito para ser verdad. En cuanto se sentó en el coche, por encima de la colonia y el desodorante, me lo soltó clarísimo:

—Hueles a tigre, cariño.

Es lo que tiene salir corriendo de un campo de fútbol para ir de tiendas. A mí mi propio olor no me molesta tanto. Vale que dicen que los pies me cantan cuando llevo náuticos sin calcetines. Pero el olor de mi sudor, el de después del partido, no me desagrada. Cosa que las novias no entienden. Le encanta que sea un tío grande y peludo de uno ochenta y ocho, pero no el aroma a hombre que viene con el lote.

Por eso siempre les tuve algo de envidia a los dos que me metieron en todo esto: Bruno y Dani, dos del equipo. A esos dos los llamábamos los cerdos porque a veces se iban sin pasar por la ducha. Como no se les conocía novia, suponía que se la traía floja. Para ligar ya se arreglaban, pero ir limpios todo el tiempo no entraba en sus planes. Entre lo chulos y lo despreocupados que eran, los veía como tíos libres, sin ataduras. Así que cuando me los crucé en el aparcamiento del outlet con mi novia al lado, me chocó verlos ponerse blancos como la pared.

—Pero bueno, ¿qué hacéis aquí? ¿Para esto salís pronto del entreno, para venir de compras? —dije medio riéndome, dándoles una palmada en la espalda.

—Nada, tío, aquí, dando una vuelta, ja —contestó Dani, el más rubio y bajito de los dos. Si el diccionario necesitara un audio para «risa nerviosa», sería la suya.

—¿Hay plan y no me he enterado? —seguí pinchándolos. Si hubiera sabido lo que venía, igual me callo. O igual no. La verdad es que no.

—Hemos venido a por unas chavalas, ¿verdad, Dani? —saltó Bruno, de mi altura pero menos fornido y con menos pelo, salvo en las piernas—. Tú ya tienes aquí a tu dama, déjanos a nosotros divertirnos un rato.

Mientras intentábamos cortar la conversación, porque las dos parejas teníamos prisa, empecé a notar que algo no encajaba. Dani estaba tenso, y aunque Bruno trataba de quitarle hierro, había algo que los avergonzaba. ¿Qué pasaba con esas chavalas? ¿A qué venían entonces?

***

Le di vueltas a esa tontería mientras mi novia se probaba el vestido. Cuando por fin lo compró y salimos al coche, llegó la confirmación de lo que me temía por su lado: que esa noche no le apetecía, que mejor otro día, que estaba cansada.

Mi gozo en un pozo. La dejé en su casa y volví a coger el coche. ¿Plan para la noche? Una paja en mi habitación con los cascos a todo volumen. Pero, empalmado como estaba, no podía dejar de pensar en una cosa: ¿por qué se pusieron tan raros Bruno y Dani al verme? Y se me clavó una idea: se iban de putas. Siempre pensé que eso era de desesperados, pero estaba muy caliente, y una profesional no me iba a rechazar por no haberme duchado. Total, mejor parado que esos dos. Así que, con la cabeza en otro sitio, mandé el mensaje.

«Ey, ¿seguís con esas "chavalas"?». No sé ni por qué lo escribí así. Se lo solté a Bruno tal cual. Y, para mi perdición, respondió: «Deja de ser fisgón, listillo». Seguro que a esos dos se la estaban comiendo y yo aquí, a dos velas. Insistí: «Venga, pásame la ubicación, que estoy a mil y ya sé que no son chavalas normales». Su respuesta fue rápida: «Anda, idiota, no des la lata». Saqué la artillería pesada: «Por favor, tío, estoy cachondísimo, necesito ir. No cuento nada, te lo juro, pero pásame la ubi».

Eso pareció tocar la tecla. «Vaya, no me lo esperaba de ti. ¿Estás cien por cien seguro?». «Sí». Y al fin llegó lo que mis cojones pedían: «Vale, pero te voy a pedir garantías». En lugar de una dirección, un escueto: «Nos vemos en la entrada de los restaurantes, y trae la bolsa del entrenamiento».

¿A qué venía tanto secretismo? ¿Tanto les jodía que se supiera? ¿Y por qué la ropa de fútbol? Algo me olía raro, y al llegar la actitud de Bruno me lo confirmó. Me recibió con un «no sabía que a ti también te iban estas cosas», y su cara cuando le contesté «mientras haya con quién pasarlo bien, me conformo» fue primero de susto y luego de risa. Cuando le pregunté qué pasaba, el muy cabrón soltó un plan que todavía me la pone dura cuando lo recuerdo.

—Te pedí garantías, así que escucha lo que hay que hacer si quieres una buena mamada, ¿vale? Te vendo los ojos con la camiseta del equipo y te pones los calzoncillos, el pantalón corto y los calcetines, también de la equipación. Te siento en una silla, empiezan a comértela y te hago una foto. La borro en cuanto tenga claro que no vas a contar nada de lo que pase esta noche, ¿estamos?

Estaba como una cabra. ¿Una foto? ¿Y con los ojos vendados? Ni de coña, tenía que irme de allí. Pero la tenía durísima, joder. Y, al fin y al cabo, era buen tío, no creía que se la fuera a enseñar a mi chica. No aguantaba más.

—Está bien. Pero la borras, hijo de puta.

—Tranquilo, solo quería saber lo caliente que estabas.

***

Me tapó los ojos y me llevó a un sitio donde por fin pude cambiarme. Me pareció oír a Dani cerca, pero a ciegas no estaba seguro. Como pude me puse la ropa del equipo, Bruno me sentó en la silla y dijo:

—Venga, ponte a chupar.

Nunca me la habían comido así. Nunca. Era una mamada de verdad, nada que ver con las de mi novia, que siempre se atragantaba con mis veinte centímetros. Yo quería follarme una boca, y aquella se la tragaba entera sin quejarse. Busqué su cabeza con la mano y noté algo: ¿pelo corto? Me gustan las chicas con ese rollo rebelde, así que me dejé llevar con más ganas. Madre mía, qué buena era.

Quería que siguiera, pero entonces oí el flash y la voz de Bruno.

—Suelta ya la polla. Ahora lámele los huevos.

No sé, me daba morbo, pero si estaban pagando por aquello tampoco me parecía del todo bien. Quería seguir, aunque con cierto respeto, sin pasarme. La boca obedeció y bajó a lamerme. Y ahí empezó a fallar algo. Ya no estaba tan cómodo.

—Ahora bájale por la pierna. Ya.

¿Por la pierna? ¿Hasta mis calcetines sudados? Aquello se pasaba de la raya. Y mientras la boca bajaba, caí en la cuenta: si este tío le hace esto a una chica, conmigo y con la foto puede hacer lo que quiera. Cuando llegó a mi zapatilla y oí «huele», me harté. Grité que basta y me arranqué la venda. Y lo que vi me dejó sin palabras.

***

A mis pies no había ninguna profesional obligada a estar ahí. Era un chaval joven, de unos veinte años, delgado, con algo de vello en el pecho, masturbándose como un poseído mientras me olía las zapatillas. Y enfrente, en otras dos sillas, mis compañeros de equipo, pelándosela mientras me miraban con cara de vicio, escupiéndose en la mano, con los calcetines de fútbol puestos y los calzoncillos por los tobillos. Todo en una zapatería cerrada, con las luces a medio gas.

—¿Qué? ¿Qué tal la mamada? —dijo Bruno.

—Tío, estoy flipando. ¿Qué coño es esto?

—Vicio, guarreo entre tíos, y un chaval al que le pone que le huelan los calcetines. ¿Te mola?

¿Que si me molaba? ¿Que si me molaba que aquel desconocido, que acababa de hacerme una de las mejores mamadas de mi vida, me oliera las zapatillas recorriendo mi cuarenta y cinco? ¿Ver a mis compañeros tocándose con los calcetines a medio poner? ¿O me molaba estar haciendo, por una vez, algo que jamás imaginé que haría? No lo sé. Lo único que sé es que la tenía mucho más dura que en el coche. Y mi cara debió de bastarles para entender que aquello no había hecho más que empezar.

Mis colegas se levantaron, se bajaron del todo los calzoncillos y guiaron al chaval hacia sus pelotas sudadas, pasándolo de uno a otro. Yo empecé a tocármela despacio, como ellos antes, porque si no me corría en segundos. Mil ideas me cruzaban la cabeza, pero solo acerté a preguntar una cosa: desde cuándo.

—¿Desde cuándo qué? ¿Desde cuándo somos unos cerdos, desde cuándo nos la pelamos juntos, desde cuándo guarreamos con tíos, o desde cuándo este nos come las bolas? —contestó Bruno.

—Lo de pelárnosla, desde el instituto, ¿no? —añadió Dani.

Como yo los seguía mirando entre el morbo y la incredulidad, Bruno empezó por lo último.

—Con este empezó todo un día que vine a comprarme unas zapatillas nuevas —y mientras lo decía se sentaba otra vez y le ponía el pie en la cara—. El chaval me atendía, vi que se fijaba en mis pies y decidí probar.

Dani, que no quería quedarse quieto, se agachó y empezó a comerle el culo al dependiente, que gimió con la boca llena del pie de mi compañero.

—Así que le dije a Dani de volver con la equipación sucia y sin ducharnos, a probarnos zapatillas a última hora —siguió Bruno.

Yo estaba cada vez más caliente y necesitaba meterla en algún sitio.

—¿Y qué? ¿Le gustó?

—Claro que sí —respondió Dani levantando la cabeza—, se le notaba durísimo al tío.

Acto seguido lo incorporó, le levantó las caderas y empezó a follárselo a saco. Bruno necesitaba una boca para su polla, así que cambió el pie por su rabo, parecido al mío, y entre los dos le follaron el culo y la boca a la vez como condenados. Yo no podía parar de tocarme. Como siguiera así, me corría enseguida. Entonces Dani me miró.

—Es una pena que esa polla se quede sin usar.

—Cierto. ¿Te apetece, Adrián? —dijo Bruno.

El corazón me iba a mil. Entre la mirada viciosa del chaval, que me observaba de reojo mientras se la comía a Bruno, el rabo de Dani entrando y saliendo, y la invitación, me levanté como poseído. Yo, el hetero que se moría por las chicas, ahora al borde del colapso por el culo de un desconocido que me había olido los pies y que parecía dispuesto a hacerlo siempre. Me coloqué detrás de él. Como no me movía, fue Dani quien guio mi polla con la mano hacia su culo y me empujó por la espalda para que entrara. Empecé a metérsela mientras el chaval gemía con el rabo de Bruno en la boca, y yo me ponía más vicioso a cada embestida.

Quería más, y cuanto más a fondo entraba, más bajaba la mano de Dani por mi espalda. Se la metí entera, empecé a bombear, y de repente algo me devolvió a la realidad: el muy cabrón me estaba tocando el culo. Y no, joder, yo no era de esos.

***

Aparté a Dani, salí del chaval y retrocedí a pillar mi ropa para largarme de allí cagando leches. Pero Bruno se lanzó sobre mí para impedirlo. Intenté quitármelo de encima y acabamos los dos en el suelo. Entre los tres me inmovilizaron y me hicieron lo más cerdo que había vivido hasta entonces. El dependiente se sentó sobre mi pecho, Dani me levantó las piernas y Bruno se puso a comerme el culo como un animal.

Mi culo peludo. Por donde no había entrado nada nunca. Mentiría si dijera que sentir su lengua ahí no fue lo más bestia que había hecho en mi vida. Que notar a mi compañero de equipo, el chulo del vestuario, disfrutando de mi culo sudado no me llevó al límite. O que no me corrí sin tocarme mientras el dependiente se la meneaba y Dani empezaba a comerme los pies. Pero lo hice. Vaya si lo hice. Y fue la corrida más salvaje de mi vida.

No sé si debería contar cómo el chaval se tragó lo que solté. O cómo aquella leche pasó luego de boca en boca entre los tres. Quizá aquello me poseyó y fue lo que hizo que terminara follándome al dependiente, que dejara a esos tres comerme los pies, las axilas y el culo a placer, y que acabara yo chupándoles las pollas sudadas a mis colegas mientras el chaval les lamía los huevos, hasta que se corrieron en mi boca. Lo cierto es que, cuando salí de allí, algo había cambiado en mí. Y estas semanas no he podido pensar en otra cosa.

***

Dejé de ir a los entrenos para no cruzarme con ellos. Intenté hacer vida normal, seguir quedando con mis amigos y con mi chica. Pero ya no era igual. Cuando veía a mis colegas con pantalón corto y las piernas peludas, se me ponía dura. Cuando presumían en la facultad de haberse follado a tal o cual, yo me imaginaba a mis compañeros sudando, moviéndose, follando. Hasta en casa, con mis hermanos en calzoncillos, me daba un latigazo en la entrepierna.

El vicio me está poseyendo y no consigo frenarlo. Encima me he metido en páginas como esta para pelármela de madrugada como un mono cuando ya no puedo más. He llegado tarde a clase tres días. Esto no puede seguir así. Pensé que contándolo se me iría el morbo y volvería a la normalidad. Pero, no sé, dándole vueltas… ¿de verdad está tan mal?

Vale, son las tres de la mañana, estoy desnudo y empalmado del montón de pajas que llevo. Pero quizá lo que tengo que hacer es dejarme de tonterías y empezar a disfrutar. No he dejado de pasarlo bien con mis colegas hablando de chicas, ni de hacer deporte, ni de salir. Simplemente he descubierto que tampoco está tan mal oler a tigre de vez en cuando. Que puedes pasarlo de lujo con otros tíos cuando no hay nada mejor a mano. Y que se me pone más dura que nunca pensando en lo de aquel viernes.

Sí, creo que ha estado bien escribirlo. No solo por la paja que me voy a pegar ahora, sino porque mañana hay entrenamiento y empieza a ser hora de volver. Necesito sudar y empezar a explorar esto. Me ha poseído el vicio, y qué coño, no quiero que pare. Tendré que dejar a mi chica, sí, pero al menos ahora habrá un trío de cerdos en el equipo. Decidido: soy un vicioso, me han convertido en uno. Y ahora os dejo, que la tengo a mil y voy a necesitar las dos manos.

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Comentarios (5)

NicoDeRosario

tremendo relato!! quiero mas de esto

Gaston_Vte

Por favor necesito la segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues. No podes dejarlo asi!

SebaMdq

Me recordo a algo que vivi en el gimnasio hace años jaja, estas cosas pasan mas de lo que la gente cree

LectorCurioso88

Muy bien escrito, se nota que quien escribe sabe transmitir emociones. Sigue publicando!

RaulMdq

Le vas a dar continuacion? Me dejo muy intrigado el final

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