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Relatos Ardientes

Tres días con el capitán, lejos de todas las cámaras

El polvo claro del camino se levantaba como una estela detrás del viejo descapotable. Bruno conducía con una mano en el volante de madera y la otra en la palanca de cambios, disfrutando de un coche que exigía atención. A su lado, Tomás llevaba las gafas de sol puestas y la cabeza apoyada en el respaldo de cuero, mirando cómo las hileras de viñedos desfilaban sobre las colinas secas del sur.

Por primera vez en seis años, el teléfono de Tomás estaba en la guantera. No había escaletas, no había alertas de última hora, no había notificaciones. Solo el viento caliente y el ronroneo del motor.

El sistema de audio emitió el aviso de un mensaje. Era Elsa, la jefa de redacción.

—Ponlo —dijo Bruno, mirando de reojo la pantalla—. A ver qué quiere.

Tomás pulsó el botón. La voz de Elsa llenó el habitáculo, nítida y cargada de la ironía que era su marca.

«Hola, fugitivos. Reportando desde la redacción, que sin vosotros parece un velorio. Os pido una sola cosa: apagad los teléfonos, bebed del vino bueno y, por lo que más queráis, haced algo que no sea hablar de deporte. Como vea una foto vuestra colgada en algún sitio, os despido a los dos. Disfrutad, par de inconscientes.»

Tomás soltó una carcajada limpia, de esas que solo le salían lejos de la redacción.

—Es única —dijo, cogiendo el teléfono para contestar—. Le voy a decir que aquí el único que medita es el motor de este trasto.

—Espera, contesto yo —dijo Bruno, estirando la mano sin apartar la vista del camino.

—Ni hablar, que tú grabando audios eres un soso, capitán. Deja al profesional.

—¡Que me lo des! —Bruno rió, y aprovechando un tramo recto le arrebató el móvil entre forcejeos de manos y roces de piel que ya empezaban a quemar—. Escucha y aprende.

Pulsó el icono del micrófono con una sonrisa traviesa que le quitaba diez años de encima.

—Elsa, estamos llegando a una vieja casa de piedra perdida entre dos pueblos. No hay tele, no hay internet y, lo más importante, no hay ropa. Mañana tendré que correr quince kilómetros entre las viñas para que el preparador no me mate, pero hoy solo pienso correr por la piel de este que llevo al lado. Un beso, jefaza. Tenednos envidia.

Soltó el botón y lanzó el teléfono de nuevo a la guantera. Tomás lo miraba con una mezcla de asombro y ternura. Ver a Bruno así, reclamando su espacio, presumiendo de su encierro voluntario con él, era algo que todavía le parecía un milagro después de tanto tiempo en las sombras.

—«No hay ropa», ¿eh? —repitió Tomás, arqueando una ceja—. Te estás volviendo un poeta.

—No es poesía —respondió Bruno, frenando frente a un portón de madera envejecida por el sol—. Es una declaración de intenciones. Hemos llegado.

***

La casa no era una casa: era una fortaleza de calma. Los muros de piedra tosca, de casi un metro de grosor, mantenían dentro un aire fresco que olía a cera y a siglos. El eco de sus pasos sobre el suelo de barro cocido subrayaba el aislamiento. Estaban a kilómetros de la persona más cercana.

Tomás recorría con los dedos los muebles de madera noble, maravillado por la luz que entraba por las ventanas estrechas, pero sentía el peso de la mirada de Bruno clavada en la nuca. Se giró y se encontró con sus ojos. No era la mirada del deportista concentrado ni la del amante juguetón del coche. Era algo primario, un fuego que parecía querer devorarlo antes siquiera de tocarlo.

—Ven conmigo —dijo Bruno. Su voz había bajado dos tonos.

Lo guió hacia un patio trasero oculto por muros y enredaderas. Allí, encastrada en el suelo como una piedra en bruto, una alberca de granito contenía un agua tan quieta que parecía un bloque de cristal. El sol de la tarde empezaba a caer y teñía el horizonte de naranja.

—Fuera el polvo del camino —dijo Bruno, deteniéndose al borde del agua.

Tomás dejó que una sonrisa lenta bailara en sus labios.

—¿El polvo…? —preguntó, dejando la palabra suspendida entre los dos.

—El polvo —reafirmó Bruno, y por la forma en que sus dedos fueron directos al botón de su pantalón quedó claro que no hablaba de la tierra del camino.

Se desnudaron con una urgencia que no admitía delicadezas. La ropa quedó esparcida sobre la piedra, un rastro de civilización del que se despojaban. Bajo la luz dorada, el cuerpo de Bruno era imponente, una arquitectura de músculo y piel curtida. Tomás, más estilizado pero firme, se dejó admirar mientras el deseo le erizaba el vello de los brazos.

Entraron juntos en el agua. El contraste del frescor del manantial contra la piel caliente los hizo jadear. Sin esperar a que el agua se calmara, Bruno lo atrajo hacia el borde y lo acorraló contra la piedra rugosa.

—Aquí no nos ve nadie —gruñó antes de estrellar sus labios contra los de Tomás.

Fue un beso de urgencia acumulada, una colisión de lenguas y dientes. Bruno lo subió al borde de granito, obligándolo a abrir las piernas mientras él permanecía de pie en el agua, encajado entre sus muslos. Sus manos grandes y húmedas recorrían el cuerpo del periodista con una posesividad que reclamaba cada centímetro.

—Te voy a follar hasta que olvides cómo te llamas —susurró contra su cuello, antes de bajar la boca a un pezón y succionarlo con una fuerza que hizo que Tomás arqueara la espalda.

—No hables —jadeó, buscando de nuevo su boca—. Hazlo. Hazlo ya.

Bruno no se hizo esperar. Buscó el frasco de lubricante que había dejado a propósito en el borde y, tras prepararlo con dedos rápidos que lo hicieron retorcerse, se posicionó. Le elevó los muslos sobre los hombros, exponiéndolo entero a la luz del atardecer.

—Mírame —ordenó, con los brazos en tensión—. Mira lo que es la verdad.

Y se hundió en él de un solo golpe, profundo, un impacto que hizo saltar el agua sobre los bordes. Tomás soltó un alarido seco que se perdió en el valle, una mezcla del ardor inicial y del placer de sentir por fin a Bruno llenándolo sin reservas.

—Joder, estás tan apretado que me vas a matar —gruñó Bruno, enterrando la cara en el hueco de su hombro.

Empezó a moverse con una violencia rítmica, las manos aferradas a los muslos del periodista con tal fuerza que los dedos se hundían en la carne. Cada embestida era un martillazo, un recordatorio de quién mandaba en aquel cuerpo. Tomás se mecía al ritmo del castigo, sintiendo cómo cada empuje le arrancaba destellos detrás de los párpados.

—Dilo —jadeó Bruno, retirándose casi por completo para volver a entrar—. Di que aquí no hay ningún periodista. Solo estás tú, queriendo que te reviente.

Tomás soltó una carcajada rota, mitad delirio, mitad deseo, agarrándose a los antebrazos del deportista.

—Soy tuyo… y tú eres un puto animal —le escupió, buscando sus labios para un beso salvaje—. No te detengas. Lléname del todo. Rómpeme.

Bruno respondió aumentando la velocidad, los cuerpos chocando con un sonido húmedo que resonaba contra los muros. Sacó una mano del agua y la llevó al cuello de Tomás, apretando lo justo para que tuviera que buscar el aire con la boca abierta.

—Seis años queriendo hacer esto sin pedir permiso a nadie —susurró, cambiando el tono a una ternura casi dolorosa—. Follarte así, a plena luz del día. Mírame.

Tomás abrió los ojos, empañados por el clímax que se acercaba, y vio la cara de Bruno transfigurada, con las venas de las sienes marcadas y una expresión de devoción absoluta. Era el ídolo de miles, pero en ese instante no era más que un hombre poseyendo lo único que le importaba en el mundo.

Bruno no dio tregua. Lo giró contra la piedra y volvió a penetrarlo desde atrás, mientras una mano bajaba a masturbarlo y la otra le sujetaba el pecho, sintiendo el corazón desbocado.

—Eres mío —le rugió al oído—. Por dentro y por fuera.

—Córrete dentro —jadeó Tomás, aferrándose a su cuello con las fuerzas que le quedaban—. Que no quede nada.

El placer le subió por la columna como una descarga. Su semen saltó contra la piedra mientras Bruno, con la respiración de un animal herido, se hundía una última vez hasta la raíz y se vaciaba dentro de él con un gemido grave. Se quedaron anclados el uno al otro, mientras el agua recuperaba lentamente su calma y el sol terminaba de esconderse tras las colinas.

—Ya está —susurró Bruno contra su sien, abrazándolo bajo el agua—. Ya eres mío a plena luz del día.

***

La noche había caído con una densidad aterciopelada. Habían trasladado unos cojines de lino al jardín, junto a una mesa baja iluminada solo por un par de velas gruesas que luchaban contra la brisa. El aroma del queso curado, el pan de costra dura y el aceite se mezclaba con el de las enredaderas.

Bruno, vestido solo con un pantalón de lino desabrochado, servía un tinto de la zona con una parsimonia casi ritual.

—Este vino necesita respirar —dijo, haciendo girar la copa—. Es como la gente de aquí: duro al principio, pero si le das tiempo, te cuenta toda su vida.

Bruno soltó una risa baja. Su mirada cayó sobre un libro manoseado que Tomás había dejado entre los cojines.

—«El amante de Lady Chatterley» —leyó, arqueando una ceja—. ¿No es la del guardabosques que se lía con la señora de la casa?

Tomás se incorporó, genuinamente sorprendido.

—Vaya con el armario de metro noventa, que hasta sabe de literatura. Sí, es esa. Pero no va solo de eso. Va del descubrimiento de que la vida solo tiene sentido a través de la verdad del cuerpo.

Bruno se quedó en silencio, saboreando el vino y las palabras. Se acercó, le quitó el libro de las manos y lo dejó en el suelo.

—Eso no es solo sexo —dijo, clavando sus ojos en los de Tomás con una voz de terciopelo—. Es decir que tu parte más animal, la que no sabe mentir, ya ha elegido dueño.

Se inclinó sobre él, atrapándolo entre sus brazos y los cojines.

—Es un amor bruto, indestructible —murmuró Tomás, rodeándole el cuello—. De esos que queman el resto del mundo para que solo quede la verdad.

***

La luz de la mañana entró en la habitación no como una intrusa, sino como una caricia de color ocre. Tomás fue el primero en abrir los ojos. Se quedó inmóvil, sintiendo el peso reconfortante del brazo de Bruno cruzado sobre su pecho y el calor de las sábanas de lino, que aún guardaban el rastro de la noche.

Se giró con cuidado y se quedó observándolo. Sin el escudo de la capitanía, sin la tensión de los entrenamientos, Bruno parecía casi vulnerable. Tomás estiró la mano y recorrió con la punta de los dedos la línea de su mandíbula, maravillado de nuevo por la realidad de estar allí.

Bajaron a desayunar al patio, descalzos, con el café inundando el aire. Pero bajo esa paz flotaba la mochila que habían traído de casa: seis años de silencios, de medias verdades, de ver la vida del otro a través de pantallas.

—Hoy toca hablar, ¿no? —dijo Bruno de pronto, mirando hacia los viñedos—. Me lo prometiste.

Caminaron despacio entre las viñas, dejando que el crujido de la tierra seca fuera el metrónomo de una conversación que llevaba años queriendo salir.

—La primera vez fue lejos de casa, con un chaval del equipo rival —dijo Bruno, rompiendo el silencio sin preámbulos—. Fue rápido, sucio y cargado de una culpa que no me quitaba ni con agua hirviendo. Me asusté tanto que decidí que aquello sería solo una pulsión. Un error de juventud.

Tomás lo escuchaba apoyado en un murete, observando cómo apretaba los nudillos hasta dejarlos blancos.

—Estos años ha habido otros, y otras —continuó Bruno, bajando la mirada—. Nombres que no recuerdo, caras que borraba al salir de la habitación del hotel. Buscaba en ellos lo que no me atrevía a pedirte a ti, porque tú eras real, y lo real me aterraba. Usaba mi atracción por las mujeres como un escudo, como prueba de que podía seguir siendo el capitán que todos esperaban.

—Yo te veía en esas fotos —dijo al fin, con una voz que era un hilo de melancolía—. Y cada portada me convencía de que lo nuestro era solo un accidente en tu vida perfecta. Me dolía cada minuto que pasaba sabiendo que estábamos tirando a la basura los mejores años por tu miedo a ser quien eres.

Bruno levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, no de rabia, sino de un cansancio que por fin encontraba descanso.

—Perdóname. Por cada vez que te hice sentir que eras mi secreto sucio. Por los seis años que te robé y me robé.

Tomás le tomó la mano, entrelazando los dedos.

—Hemos perdido mucho tiempo, Bruno. Seis años de noches que pudieron ser nuestras.

—Ni un minuto más —sentenció él, y esta vez su voz recuperó la firmeza del hombre que ha tomado una decisión irrevocable—. A partir de hoy no hay más sombras. No hay más «otras» ni más «otros» para tapar lo que siento. Se acabó el juego de espejos.

Siguieron caminando, ahora más juntos, los hombros rozándose. El camino era largo, pero por primera vez el destino estaba claro.

***

Aquella última noche, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía saltar chispas cada vez que sus manos se rozaban. Habían vuelto al salón, flanqueado por dos enormes espejos de marco antiguo que enfrentaban sus reflejos creando un túnel infinito.

Tomás estaba apoyado contra la madera de uno de ellos, mirando cómo Bruno se acercaba con la determinación de quien ya no tiene que esconderse. Bruno le rodeó la cintura y lo atrajo contra el cristal, obligándolo a mirar su propio reflejo mientras le desabrochaba la camisa.

—Todavía me debes una respuesta —susurró Tomás, sintiendo el aliento caliente en la oreja—. ¿Qué hizo «clic» aquella tarde? ¿Por qué me buscaste para forzar una segunda entrevista?

—Fue tu voz —confesó Bruno, y su mirada en el espejo se volvió febril—. Después de haberte tratado como a un perro en la primera, recordé todo lo que me soltaste. Nadie me había plantado cara así. No era solo lo que dijiste, sino cómo lo decías. Había una mezcla de asco y fascinación en tu tono que me puso tan duro que dolió. Pensé en ti el resto del día sin parar.

Pegó su cuerpo al del periodista, presionando su erección contra la base de su espalda.

—Me di cuenta de que eras el único que no me tenía miedo. Quería follarme al periodista para callar al hombre. Pero cuando te tuve delante, supe que estaba perdido. Ya no quería solo tu cuerpo. Quería que me siguieras mirando así para siempre.

Lo giró para tenerlo de frente y se arrodilló sobre el suelo de barro con la agilidad de un atleta. Le bajó los pantalones despacio, dejando expuesta su erección a la luz de las velas.

—Mírate —ordenó, señalando el espejo de enfrente—. No apartes la vista. Quiero que veas cómo el capitán se pone a tus pies.

Tomás obedeció, con la respiración entrecortada. En el reflejo vio la imagen que cualquier fotógrafo habría vendido por una fortuna: el ídolo de miles rodeando con sus manos grandes la base de su miembro. Bruno empezó lamiendo la punta con una parsimonia cruel, recorriéndola con la lengua hasta que el periodista soltó un quejido que hizo vibrar el cristal.

Entonces abrió la boca y lo tomó por completo. Tomás jadeó al sentir el calor húmedo y la succión experta. En el espejo veía la cabeza de Bruno moviéndose rítmica, devorándolo con un hambre que rozaba lo obsceno, hundiendo la cara hasta sentir cada centímetro en la garganta.

—No te corras todavía —dijo Bruno, retirándose un segundo, con los labios brillando—. He esperado seis años para esto. Te voy a abrir frente a este espejo para que veas que no hay un solo rincón de tu cuerpo que no me pertenezca.

Se puso en pie, lo giró de nuevo hacia el cristal y le apoyó las palmas contra el espejo empañado por su propio aliento. El contraste del vidrio frío en el pecho y el calor de Bruno buscando su entrada fue una descarga. Lo preparó de nuevo, sin prisa, mordiéndole la nuca, antes de hundirse despacio hasta el fondo.

—Mira lo que me hiciste aquella tarde y lo que me sigues haciendo —le rugió al oído, empezando a moverse.

—Córrete para mí —le ordenó, acelerando hasta que el sonido de los cuerpos chocando fue lo único que quedó en la sala—. Ahora.

Tomás estalló contra el espejo con un gemido largo, y Bruno lo siguió un instante después, vaciándose en él con la frente apoyada entre sus omóplatos. Se quedaron así, encajados, respirando, mientras los dos reflejos se multiplicaban hasta el infinito en aquel túnel de cristal.

—Mañana volvemos al mundo —murmuró Tomás, con la mejilla pegada al vidrio—. Mañana habrá que encender otra vez los teléfonos.

Bruno le besó el hombro y lo giró para mirarlo a los ojos. La luz de las velas, ya consumidas a la mitad, le daba un aire de estatua tallada en bronce.

—No habrá más armarios —respondió, limpiándole la mejilla con el pulgar—. El mundo no tiene por qué saberlo aún. Pero esta noche el espejo ha dicho la verdad. Y nosotros vamos a seguir aquí, Tomás. A partir de ahora, la verdad es el único plan.

Tomás asintió, sintiendo cómo un nudo que llevaba años apretándole la garganta terminaba de deshacerse. Fuera, sobre las viñas, las primeras estrellas empezaban a asomar, y por una vez el silencio no era una condena, sino un refugio.

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Comentarios (5)

DiegoMdq

Tremendo relato, me dejo sin palabras. Ojalá sigan subiendo mas así!

Rodrigo_H

Por favor hacé una segunda parte, necesito saber cómo les fue después de esos tres días.

NocheReader_22

Me encanto la idea de apagar los telefonos y perderse del mundo. Algo que todos deberiamos hacer de vez en cuando jaja. Muy bien escrito.

lector_curioso99

Cuantos años llevan juntos en la historia? pregunto porque el detalle de los seis años me parecio muy realista, le da peso a todo lo que sigue.

Mastil77

Buenisimo, tiene ese sabor a tension emocional que no ves seguido por aca. Se nota que hay algo mas que simple aventura detras de todo esto.

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