El macho que me enseñó a entregarme del todo
Terminé sudado y reventado. El entrenamiento había sido brutal, y creo que lo di todo solo para gestionar los nervios que me apretaban el estómago. Por fin iba a hacerlo, después de tanto tiempo dándole vueltas. En el vestuario me planté frente al espejo y me reconocí: la camiseta gris con manchas oscuras de sudor, el pelo despeinado y empapado, los músculos aún tensos del esfuerzo. Sonreí, fui a la taquilla, cogí mis cosas y me largué sin pasar por la ducha. Era una de las reglas que habíamos pactado.
Pero no me adelanto. Lo primero es lo primero. Hola, soy Bruno, encantado. Tengo veintidós años y soy el capitán del equipo de rugby del barrio. Mido un metro ochenta y siete, moreno de piel, pelo castaño ondulado y rapado por los lados, ojos color miel. Estoy fuerte de tanto deporte, y bastante peludo, cosa que me encanta porque le da un punto extra de hombría a mi cuerpo. Odio depilarme. Manos y pies grandes, piernas trabajadas de correr con el balón, y una polla normal, de unos dieciséis centímetros pero gruesa. Llevo un tatuaje en el hombro derecho con un significado que me guardo para mí.
Con todo esto supondréis que soy uno de esos machos heteros de manual. Nada más lejos. ¡Benditos estereotipos! No voy a negar que mi vida sexual es un secreto, porque salir del armario en un mundo de masculinidad tóxica no es fácil. Pero soy gay y lo tengo clarísimo desde hace años. Follar con tíos es mi pasión.
Siempre he sido activo, pero en la vida hay que probarlo todo. Me ponía muchísimo la idea de que me follaran, aunque solo me lo imaginaba con alguien todavía más macho que yo. Nada de pijos remilgados ni twinks depilados; a esos ya me los follaba yo. En mi culo solo podía entrar un hombre de verdad. Y ahí empieza esto. Por eso iba tan nervioso: por fin iba a pasar.
A Darío lo conocí por una app de contactos y conectamos al instante. Tenía cuarenta y dos años, pero un aspecto cuidado, imponente, de auténtico macho. Estuvimos hablando varios días, le di mi número, guarreamos por teléfono, y hoy por fin habíamos logrado cuadrar para vernos. Medía cerca de dos metros y su polla rozaba los veinte centímetros. Sus manos y sus pies eran aún más grandes que los míos. Si yo era peludo, él lo era más. Llevaba el pelo recogido en una pequeña coleta que me volvía loco, y una barba frondosa. Entre el vello del pecho asomaba un tatuaje que me fascinaba: la huella de un oso. Su voz era grave y varonil; la primera vez que lo escuché por teléfono casi me corro al instante. Era rescatista de montaña, y se le notaba en la forma física. Un guarro dominante, pero a la vez tierno. Compartíamos morbos y fantasías.
De camino a su casa me olisqueé el sobaco y apestaba a sudor. Sonreí. Él me había dicho que le encantaba, igual que a mí, y por eso quedamos sin ducharnos tras entrenar. Qué morbo. Cuando llegué, me abrió la puerta apoyado en el marco, con una camiseta de tirantes y un pantalón corto, sonriendo. Me puso a mil. Crucé el umbral y en cuanto cerró me comió la boca; no con prisa, sino con cariño. Me ofreció algo de beber y nos sentamos a charlar.
Hablamos un buen rato de nuestras vidas, nos conocimos un poco mejor, y la conversación derivó pronto hacia el sexo: gustos, ideas, fantasías. El aire estaba cargado de tensión y de nuestro olor a macho. Se fue acercando, y su aroma se hizo más intenso.
—Ahora, chaval, quiero dominarte. Quiero hacerte mío, que seas mi cachorro —dijo pegando la boca a mi oreja.
—Uf, tío, me pones muchísimo —respondí.
—Lo sé, y tú a mí. No haremos nada que no quieras, pero si te entregas sin límites vas a disfrutar como nunca.
—No te voy a engañar, me da un poco de miedo.
—Pues hagamos una cosa. Tú haces todo lo que yo diga. Si algo no te gusta, aguanta, cuenta cinco segundos, y si aun así no merece la pena, di la palabra «arbusto» y paro en el acto. ¿Te parece?
Yo había leído sobre dominación, e incluso jugaba a dominar a mis ligues, pero nunca me habían dominado a mí. Con semejante tiarrón me molaba la idea, por muy nervioso que estuviera.
—Vale. Sí. Lo hacemos.
Con esas palabras empezó el mejor momento sexual de mi vida. Sonrió, me agarró la cara y la acercó a su sobaco.
—Huele, perra. Solo huele, no lamas. Aspira mi aroma.
Y eso hice. Me empapé del olor de un macho de verdad y mi polla alcanzó una dureza que jamás había sentido. Aspiré más y más, sin querer perderme nada. Me separó y me besó, recorriéndome la boca con la lengua mientras nos íbamos quitando la ropa hasta quedar desnudos. Me tumbó en el sofá y se echó encima, aplastándome con todo su peso, su polla dura contra la mía. El calor afloraba y el sudor intensificaba el aroma que desprendíamos los dos.
Se puso de pie y tiró de mí. Esta vez sí me ordenó lamer su sobaco. Madre mía, qué sabor, qué rico ese hombre. Pasé de un lado al otro mientras él me agarraba las nalgas y me azotaba flojito. Guio mi boca hacia sus pezones, rojos y duros, y me dediqué a chuparlos con ganas. Sus gemidos me tenían a tope. Después me empujó hacia abajo, hasta dejarme de rodillas.
—Ahora ya sabes: a tragar como una buena putita.
Y tragué. Empecé despacio por el glande, descapullándolo bien. Soltó un gemido grave y empujó, metiéndome poco a poco la polla en la boca. Aunque suelo ser activo, mamar me encanta, así que me recreé en aquel rabo enorme que me llenaba entera. Pronto me agarró la cabeza y forzó mis límites. Se me saltaban las lágrimas y contenía las arcadas, pero conseguí alojarla del todo. Lo miré desde abajo y empezó a follarme la boca a máxima potencia.
—Ahí, joder, vaya boca tienes, mamona, sí, sí —decía entre jadeos.
Perdí la noción del tiempo. No sé si fueron cinco minutos o media hora. Me la sacó porque, dijo, todavía tenía mucho reservado para mí.
—¿Sigues queriendo que te use a mi antojo? ¿Te dejas?
Tenía la cabeza inundada de excitación, incapaz de pensar. Lo miré y asentí. «Así me gusta», dijo. Me ayudó a levantarme y volvió a morrearme, más salvaje aún. Luego me llevó hasta una habitación cerrada y me invitó a pasar. Flipé al darle al interruptor.
***
—Esta es mi pequeña mazmorra. No es gran cosa, pero tengo varios juguetes para entretenernos.
—Es perfecto, joder —respondí tras besarle.
Una cama enorme en el centro, con un cabecero de rejilla lleno de esposas. Del techo colgaban cuerdas con más esposas. Luces led, paredes en tonos rojizos a juego con las sábanas, y un armario que luego supe lleno de dildos, plugs y fustas. Era una fantasía hecha realidad, y allí iba a estrenar mi culo.
—¿Te fías de mí? —preguntó agarrándome las nalgas.
—Por supuesto —contesté con seguridad, nervioso pero sincero.
—Recuerda: si algo no te gusta, cuenta cinco segundos, y si aun así quieres parar, di «arbusto». Aunque... —y le brotó una sonrisa pícara—. Voy a amordazarte, así que mejor chasquea los dedos si quieres que pare.
No me dejó replicar. Su boca volvió a la mía y su lengua a explorarme. Mi excitación estaba en un punto insospechado; tenía claro que con un solo roce me correría. Me llevó bajo las cuerdas, me subió los brazos y me esposó las muñecas hacia arriba. Eso me puso todavía más cachondo. Pegó la cara a mi sobaco y empezó a aspirar y lamer mientras los gemidos se me escapaban solos.
—Qué bien hueles, joder —y me besó.
Pasó a mis pezones. Con la boca chupaba y mordía uno, mientras con la mano pellizcaba el otro, y luego cambiaba. Yo gemía pidiendo más, con su mano libre manoseándome y azotándome el culo peludo. Cada parte de mi cuerpo experimentaba un placer que no creía posible. Venía a estrenar el agujero y estaba descubriendo algo mucho más grande.
—¿Te gusta, putita? —dijo yendo hacia el armario, a mi espalda, donde solo lo oía.
—No pensé que pudiera disfrutar tanto —respondí resoplando.
—Claro, chaval, de eso va el sexo. Te voy a reventar el culo, como habíamos quedado, pero antes me gusta jugar. Y veo que a ti también. ¿Quieres probar algo más?
—Por supuesto.
—Pues prepárate.
Con un trapo grueso me vendó los ojos. No veía absolutamente nada. Atado y a ciegas me sentía indefenso, y eso me ponía burrísimo.
—Para disfrutar del sexo hay que estimular cada sentido —susurró—. Ya me has olido y saboreado. Ahora te quito la vista y te bajo el oído. Y llega el tacto. Prepárate. Avísame cuando vayas a correrte, porque aún no quiero que lo hagas.
—No sé si voy a aguantar mucho.
PLAF. Un azote sonoro en el culo que me dolió, pero el escalofrío fue tal que lo que escapó de mi boca no fue un grito sino un gemido.
—He dicho que me avises. ¿Entendido?
—Sí, sí —dije resignado.
Entonces hizo una pausa. Solo oía su respiración y sus pasos rodeándome. De vez en cuando me rozaba: me agarraba la polla, me pellizcaba un pezón, me metía la mano en la raja, me lamía el cuello, me susurraba al oído. Y por fin empezó a pajearme despacio. Mi precum salía a borbotones mientras él lo restregaba arriba y abajo. Cuando no pude más, se lo dije y paró en seco. Me quedé al borde, sin llegar, bufando de puro placer. Me quitó la venda y volvió a comerme la boca con cuidado de no rozarme la polla. Sabía tan bien como yo que de tocarme me correría al instante.
—¿Cómo vas, chaval?
—Está siendo hiperintenso, tío. Nunca había disfrutado tanto.
—Esa es la idea. ¿Seguimos?
—Ni se te ocurra parar ahora.
***
Salió de la habitación sin contestar a dónde iba. Yo seguía atado, tan duro que me dolía. A mi imaginación se le disparó la cabeza. Al poco volvió con una de las zapatillas con las que había entrenado y un par de calcetines.
—Huele, perrita, que con esto he estado entrenando hace nada.
Me plantó la zapatilla en la nariz. Apestaba. Y me puso bien cachondo. Siempre he sido muy de olores en el sexo, pero aquella tarde todo alcanzaba otra dimensión. Se colocó detrás, sin separarme el zapato de la cara, y apoyó la polla dura contra mi agujero sin llegar a entrar. Estaba tranquilo: sabía que era parte del juego. Después tiró la zapatilla y cogió los calcetines.
—Con estos llevo toda la semana entrenando, así que apestan más que nada. ¿Los quieres?
—Sí.
—Hagamos una cosa. Te amordazo con ellos en la boca, y como no podrás hablar, das dos palmadas si quieres parar. ¿Vale?
Me lo pensé. Poco, pero lo pensé. Era un paso más y no sabía si estaba listo. Pero los tíos pensamos con la polla, así que asentí. Me pasó los calcetines húmedos por la cara —otro espasmo brutal— y me los metió en la boca. Luego volvió del armario con cinta y me la selló.
Sacó una fusta. Sin una palabra, me preguntó con la mirada. Sentí escalofríos, pero me rendí de nuevo y asentí. Me azotó fuerte, marcándome un costado de rojo. No podía gritar, solo gemir ahogado contra los calcetines. Así un buen rato, en distintas partes, a ratos más fuerte, a ratos más suave. Sin haberlo previsto había caído en mi primera sesión de BDSM y la estaba disfrutando como un loco. Cada caricia, cada roce, cada azote, cada pellizco: mi cerebro no daba abasto.
Cuando paró, me arrancó la cinta de un tirón, me sacó los calcetines y me besó. «Si te vas a correr, avisa», dijo, y sin darme tiempo se arrodilló y se tragó mi polla entera de una. Gemí como nunca. Apenas aguanté un minuto antes de avisarle. Paró, y otra vez me dejó en el límite, temblando.
***
Me desató las manos y me tumbó en la cama. Nos besamos, un morreo salvaje y tierno a la vez. Mis manos por fin recorrían su polla, sus huevos, su culo, después de tanto tiempo atado. Él me agarraba el pelo, evitando mi polla para no dejarme acabar.
—Yo venía a que me estrenaran el culo y me llevo mucho más —dije riéndome.
—No te preocupes, que mi polla te lo va a reventar igual.
Me llevó la cabeza a su entrepierna y me hizo mamarle un rato; yo ensalivaba bien su tronco para que lubricara mejor. Luego le lamí los huevos entre bufidos suyos. Me apartó, me dejó tumbado y levantó la pierna para pisarme la cara con su pie enorme. Yo lamía, chupaba sus dedos, olía un pie y después el otro, completamente entregado.
Me dio la vuelta y me colocó boca abajo. Apenas tuve tiempo de acomodarme cuando sentí su lengua en el ano. Grité de puro placer. No era la primera vez que me comían el culo, pero aquel tiarrón con su lengua áspera ahí detrás me volvía loco. Notaba su saliva mojarme el vello y el olor de los dos cuerpos en aquel calor.
Metió un dedo, alternándolo con la lengua. Un segundo. Un tercero. Cuando me rozó la próstata se me desataron los gritos. El placer era incontrolable; no me corría, pero no podía parar. Necesitaba su polla dentro y empecé a suplicar.
—Por favor, fóllame, fóllame, ¡fóllame!
—¿Quieres polla, puta?
—¡Fóllame, joder!
—Suplica por mi polla —ordenó.
—Por favor, necesito tu polla dentro, necesito que me empotres y me estrenes el culo.
No se lo pensó dos veces. Acercó la polla a mi agujero y la fue metiendo despacio pero sin parar. Sentí la cabeza abrirse paso, sentí que me partía, dolía un huevo y a la vez era placentero. Cuando la tuvo entera, noté el sudor de su pecho en mi espalda. «Ya está toda», dijo mordiéndome la oreja. Y empezó a bombear, suave primero, acelerando después.
El dolor fue desapareciendo, sustituido por un placer creciente. Sus bufidos de animal me resoplaban en la nuca con cada embestida. Era un macho en celo, y yo también. Me la sacó un momento, me dio la vuelta, me echó las piernas sobre sus hombros y me la clavó sin piedad, arrancándome un gemido enorme.
Me agarró la polla con la mano y empezó a pajearme mientras me follaba. Las sensaciones eran extremas, tan infinitas que apenas aguanté unos minutos. Cada poro me sudaba, el olor a macho me llenaba la nariz, los escalofríos me recorrían entero. Y un orgasmo brutal me sacudió el cuerpo entero, soltando chorros de lefa espesa que me bañaron hasta la cara.
Sentí mi culo contraerse, estrangulándole la polla. Él gemía más fuerte y aceleraba sin parar. Yo estaba reventado pero flotando en una nube. Por fin juntó nuestros cuerpos empapados de sudor y semen y me folló tan fuerte que noté su polla hincharse y un calor inundarme por dentro. Su leche caliente me llenaba mientras ahogaba sus gemidos en un último morreo.
Sacó la polla, se tumbó a mi lado y me sonrió, jadeando. No hablamos en un rato. Yo notaba su leche resbalarme por el ano y me sentía completamente sucio. Era la mejor sensación de mi vida. Miré el reloj: casi tres horas de una sesión que lo había cambiado todo. Me pidió que me quedara y aquella noche dormí con él, que me enseñó nuevos juguetes y más secretos.
***
Pero la historia no acaba ahí. De hecho, os la cuento desde el presente, un año después, mientras mi polla revienta en un orgasmo dentro del culo de un twink al que me estaba follando, regándole el interior con mi leche. La saqué y lo observé: rubio, despeinado, empapado, con las marcas de mis azotes en la piel, las manos atadas al cabecero y los pies al techo. Me sonreía, satisfecho de la follada.
—¿Sabes una cosa que me encanta de ti desde la primera foto? —me preguntó, expuesto del todo.
—Cuéntame —le ordené con una sonrisa.
—El tatuaje de la huella del oso en tu pecho. ¿Significa algo?
—Es una larga historia. Es la marca de mi amo Darío, el que me enseñó todo lo que te he hecho esta tarde y a quien se lo debo todo.
—¿Tu amo?
—Sí, mi amo. Yo te he dominado a ti, pero él me dominó a mí hace mucho. Me lo tatué en señal de pertenencia.
—Ostras, qué morbazo. ¿Y cómo lo conociste?
—Pues... «Terminé sudado y reventado. El entrenamiento había sido brutal, y creo que lo di todo solo para gestionar los nervios...» —empecé a narrar.