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Relatos Ardientes

Lo que fui a buscar al área de camioneros

El bar de la estación de servicio olía a lo que huelen todos esos templos de carretera un viernes por la noche: a fritanga recalentada, a café quemado, a ambientador de pino barato peleando contra el tufo de los baños y, por encima de todo, a hombre. Era una atmósfera densa, casi masticable, donde el humo de los puros formaba una neblina azulada que flotaba a media altura, separando las cabezas de los cuerpos.

En la mesa del fondo, la pegada al ventanal que daba al aparcamiento de camiones, Eladio y Cosme terminaban de rematar una cena capaz de tumbar a cualquier hombre de ciudad acostumbrado a platos más modestos. Delante de ellos quedaban los restos del naufragio: fuentes de barro con los bordes manchados de salsa seca, huesos roídos hasta el tuétano y un par de cestas de pan vacías.

Eladio, con la camisa de cuadros abierta hasta el tercer botón, exhibía la panza como un trofeo. La piel, enrojecida por la digestión y el alcohol, le brillaba de sudor bajo el fluorescente. Se pasó la mano por la barba canosa, soltó un eructo cavernoso que hizo temblar la copa y gruñó:

—Me cago en la madre del cocinero… Esas guindillas picaban como demonios. Me va a arder el culo hasta llegar al sur.

Cosme se rió con esa risa suya seca, de hiena. Tenía los ojos inyectados en sangre, dos canicas oscuras flotando en un mar de vino y orujo. Se había aflojado el cinturón sin disimulo, dejando que la barriga tensa empujara la tela del vaquero.

—Eso es que te haces viejo, Eladín —le picó, golpeando la mesa con un dedo grueso como una morcilla—. Antes te comías las guindillas a puñados y luego te tirabas a lo que se moviera sin pedir bicarbonato.

—¿Viejo yo? —Eladio agarró la botella de coñac que el camarero, cómplice, les había dejado en la mesa—. Viejo es el viento y sigue soplando, cabrón. Lo que pasa es que tú tienes el estómago forrado de chapa.

Se sirvió un chorro generoso. Llevaban así dos horas, y ahora estaban en esa fase de la borrachera en la que el mundo se vuelve lento, los bordes se difuminan y la decencia se queda en la puerta, olvidada como un paraguas en día de sol. Estaban calientes, y no solo por el alcohol, sino por esa energía bruta y acumulada de días en la ruta, de dormir mal y comer peor.

Fue entonces cuando lo vieron.

En la barra, a diez metros de la mesa, había un chico. No pegaba ni con cola en aquel antro de camioneros y viajantes. Tendría unos veintipocos, delgado con esa delgadez fibrosa de gimnasio caro, no de cargar cajas. Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban el culo respingón y una cazadora brillante de nylon que parecía más un complemento de moda que un abrigo de verdad. El pelo castaño, corto por los lados, brillaba de cera bajo los focos. Tomaba un café con leche mirando el móvil con cara de aburrimiento.

—Mira eso, Cosme —murmuró Eladio, señalando con la barbilla, sin disimulo—. ¿Qué hace un pajarito así en este nido de buitres?

Cosme se giró en la silla, haciendo crujir la madera, y se pasó la lengua por los dientes.

—Hostia… Parece que se ha perdido yendo a los garitos de moda. Si se tira un pedo le revientan las costuras del pantalón.

El chico, ajeno en apariencia a que dos depredadores de cien kilos lo estaban tasando como a una res en feria, dio un sorbito a su café. Tenía facciones finas, los labios algo más gruesos de lo normal y una nuez que subía y bajaba al tragar.

Eladio sintió un calor repentino en la entrepierna, un latigazo que no tenía nada que ver con la mala digestión. El alcohol le había soltado los frenos, y la visión de aquella carne fresca en mitad de su territorio le despertó el instinto más sucio.

—Tiene cara de vicioso. Y culo de niña —dijo, bajando la voz a un ronroneo—. De esos que van de finos pero luego les gusta que les den candela. ¿Has visto cómo agarra la taza? Con dos deditos…

—Seguro que agarra otras cosas con más ganas —rió Cosme—. ¿Tú crees que viaja solo? Porque si viaja solo, es una imprudencia. En estas carreteras hay mucho lobo suelto.

Se miraron. No hizo falta decir nada más. Esa complicidad de años compartiendo cabina y secretos inconfesables brilló en sus ojos vidriosos.

El chico pagó, dejó unas monedas en la barra y se ajustó la cazadora. Al girarse para salir, sus ojos se cruzaron un instante con los de Eladio. El camionero no apartó la mirada; al contrario, le sostuvo el gesto con una intensidad brutal, recorriéndolo de arriba abajo con una lascivia que era casi un insulto. El chaval parpadeó, bajó la cabeza y aceleró el paso hacia la puerta tras dedicarle una sonrisa retraída.

—Se va, Lalo —dijo Cosme, limpiándose la comisura con el dorso de la mano peluda.

—Pues vámonos. Que ya hemos cenado y ahora toca el postre.

***

El aire de la noche fue una bofetada de hielo al salir. Hacía un frío que cortaba los labios, pero ellos iban tan cocidos que apenas lo notaron. El aparcamiento estaba oscuro, iluminado solo por farolas anaranjadas que proyectaban sombras largas. Los motores de algunos frigoríficos zumbaban en la lejanía, un ronquido mecánico constante.

Vieron al chico caminando rápido hacia un utilitario rojo aparcado en la zona más alejada, donde la luz apenas llegaba. Iba encogido por el frío, frotándose los brazos. Eladio y Cosme se sonrieron con una sonrisa de lobos borrachos y caminaron hacia él, no corriendo, sino con ese paso pesado de quien sabe que la presa no tiene escapatoria.

—¡Eh, guapito! —gritó Cosme. Su voz retumbó en el silencio del aparcamiento.

El chico se sobresaltó. Ya tenía la mano en la manilla de su coche. Se giró y vio a aquellas dos moles acercándose.

—¿Ti… tienen hora? —balbuceó, intentando mantener la compostura, aunque la voz le tembló.

Eladio llegó a su altura y le plantó una mano en el techo del coche, bloqueándole el paso. Olía a tabaco negro, a alcohol barato y a sudor agrio. Era un muro de carne y mala leche.

—La hora de que los niños estén en la cama —dijo, inclinándose hasta que su aliento de bar le golpeó la cara—. ¿Qué haces tú por aquí tan solito, muñeca?

—Déjenme en paz, por favor —el chico tiró de la puerta, pero Cosme, que había rodeado el coche, la cerró de una patada con un estruendo metálico.

—No seas maleducado, chaval —gruñó Cosme, acercando su cara a la de aquel corderito—. Mi amigo te ha hecho una pregunta.

El joven tragó saliva, acorralado entre el coche frío y dos cuerpos hirviendo de alcohol y testosterona.

—Me voy a casa. Apartaos.

—Uy, qué genio —se burló Eladio, agarrándole la barbilla con los dedos callosos, apretando lo justo para hacer daño—. Tienes la piel suavecita. Seguro que usas muchas cremas, ¿eh? ¿Es eso lo que buscas en un bar de camioneros?

El chico intentó dar un paso lateral para huir, pero Eladio fue más rápido. A pesar de la borrachera y los kilos, tenía reflejos de quien ha peleado en muchos bares. Lo agarró del brazo, le estrujó el bíceps y tiró de él hasta que su cuerpo chocó contra aquella panza dura.

—Tú no vas a ninguna parte —le susurró al oído, con un tono que heló al muchacho—. Nos has estado poniendo ojitos en el bar. Lo he visto yo.

—¡Yo no he hecho nada! ¡Soltadme! —gritó el chico, empujando un pecho que era como una pared de granito.

—Shhhh… calladito estás más guapo —dijo Cosme, retorciéndole el otro brazo a la espalda—. Como sigas gritando, te metemos en la cabina y te enteras.

La amenaza fue tan cruda que el chico se quedó paralizado. O al menos, eso fue lo que creyeron oler aquellos dos.

Porque bajo esa parálisis fingida, bajo los temblores ensayados de cervatillo deslumbrado por los faros, el corazón del chico no bombeaba pánico, sino una euforia negra y espesa. Mientras notaba los dedos de Cosme clavándose como cepos de acero, su propia polla, comprimida en los calzoncillos de marca, dio un respingo doloroso, dura como el mármol.

Dios… son enormes.

No había casualidad en aquel encuentro, ni error de cálculo, aunque sí mucha imprudencia. Llevaba una hora paseándose por la barra, moviendo el culo lo justo, lanzando miradas furtivas de «no me mires» que gritaban «cómeme», buscando exactamente esto. Buscaba la roña, el sudor y el aliento de doce horas de ruta, la barriga cervecera y las manos ásperas que no saben pedir permiso. Estaba harto de los chicos de su edad, depilados, perfumados y respetuosos. Quería machos de verdad, de los que huelen a tabaco negro y gasoil, de los que te rompen antes de usarte.

Su resistencia era puro teatro, el guion necesario para que aquellos dos se crecieran. Sabía que hombres así, brutos y básicos como piedras de campo, necesitaban sentir la resistencia para que se les despertara el instinto de caza. Si se hubiera ofrecido, le habrían escupido. Pero al resistirse, los convertía en dueños de la situación.

Llevadme ya al camión y reventadme, suplicaba por dentro, mientras por fuera repetía un «¡soltadme!» poco convincente, lo justo para mantener la ilusión. Estaba cumpliendo su fantasía dorada: ser el juguete roto en un aparcamiento oscuro, a manos de hombres que podrían ser su padre. Había salido a pescar un pez gordo y se había encontrado con dos tiburones hambrientos. Dos. Iban a ser dos.

***

Lo arrastraron los cincuenta metros que los separaban del camión de Eladio, una bestia de acero llena de polvo y grasa. Entre los dos lo izaron a la cabina como un saco de patatas y cerraron la puerta. El silencio del exterior desapareció de golpe. Allí dentro olía a humanidad rancia, a tabaco acumulado durante años en la tapicería, a gasoil y, ahora, al perfume caro del chico.

Eladio subió al asiento del conductor resoplando, ocupando todo el espacio con su corpulencia. Cosme se metió por el lado del acompañante y empujó al chico hacia el centro, sobre la nevera que había entre los asientos, obligándole a quedarse ahí encogido, rodeado.

—Bueno, princesa —dijo Eladio, encendiendo la luz interior. La bombilla amarilla creó sombras duras en las caras de los camioneros, máscaras grotescas—. Ya estamos en casa.

El jovencito miraba de uno a otro, temblando. Pero no de miedo, como les hacía creer, sino de pura excitación.

—Por favor… tengo dinero, si queréis…

Cosme soltó una carcajada que retumbó en la cabina y le dio una palmada seca en el muslo.

—¿Dinero? ¿Tú te crees que somos putas? Aquí las putas trabajan por amor al arte. Y tú tienes cara de ser muy trabajadora.

Eladio se arrellanó, abriendo las piernas todo lo que daba el espacio. Se desabrochó el pantalón con torpeza y se bajó la cremallera. Metió la mano en unos calzoncillos grises gastados y se sacó la polla, gorda y pesada, descansando sobre el muslo peludo como un animal dormido. Olía fuerte, a sudor de entrepierna tras diez horas de conducción.

—Mírala —dijo, señalándola con la cabeza—. Está dormida. Y todo por tu culpa, por hacerme pasar frío ahí fuera. Vas a despertarla tú.

El chico desvió la mirada, fingiéndose asqueado y aterrorizado a la vez. Pero por dentro se relamía: no había imaginado un miembro de semejante calibre. Bajo su máscara de espanto, la excitación le galopaba en el pecho, aunque un velo de recelo empezó a enturbiarle el gusto. Quizás, pensó con un escalofrío, se había precipitado demasiado tentando a la suerte.

—¡Mírala, cojones! —bramó Eladio, agarrándole la nuca con una mano que parecía una garra—. ¿Te da asco un hombre de verdad? ¿Prefieres a tus amiguitos del gimnasio?

Tiró de la cabeza del chico hacia su regazo.

—Venga, ponte a trabajar. Y hazlo con ganas, que me la limpies con esa lengüita fina que tienes.

El chico se resistió un momento, pero el camionero le dio un apretón en el cuello que le cortó la respiración. Con lágrimas en los ojos, fingiendo ser vencido por la fuerza bruta y el hedor a macho que lo envolvía, abrió la boca. Eladio no esperó: empujó las caderas hacia arriba y se la metió hasta el fondo, provocándole una arcada inmediata.

—Eso es… —gruñó, echando la cabeza contra el reposacabezas—. Joder, qué calorcito. Cosme, este tiene la boca caliente como un horno.

Su compañero miraba con avidez, dándose tirones a su propio miembro para animarlo.

—Deja algo para los pobres —dijo con voz pastosa—. Cuando acabes con el jefe, vienes aquí.

El chico movía la cabeza rítmicamente, dejándose forzar por la mano en la nuca. El sabor era horrible: agrio, salado, intenso… delicioso. La polla del cincuentón empezó a crecer en su boca, engrosándose hasta llenarle la cavidad y golpearle la campanilla. La cabina se llenó de sonidos húmedos de succión, mezclados con la respiración pesada de los dos hombres. El vaho empezaba a condensarse en los cristales, aislando aquel pequeño infierno del resto del mundo.

Mientras mamaba, e irónicamente, el joven sintió una punzada de terror al confirmar que su plan funcionaba. Había logrado su objetivo, pero la realidad pesaba más que la fantasía. Aquella escena que había alimentado en su imaginación se deshacía, transformándose ante la presencia física de esos dos machos en algo mucho más oscuro y degenerado.

***

—Pásamelo de una vez, Lalo —gruñó Cosme, impaciente, con su miembro ya erecto alcanzándole el ombligo—. Que se me va a enfriar el motor.

Eladio liberó la presa y el chico se apartó, tosiendo, con un hilo de baba colgándole de la barbilla. Cosme lo agarró de las solapas de la cazadora y tiró con violencia; el sonido de una costura reventando se mezcló con el gemido del muchacho. Le arrancó la prenda y la tiró al suelo, sobre las alfombrillas llenas de barro seco y colillas.

El chico se quedó en su camiseta blanca, que ahora parecía ridículamente fina entre aquellos dos osos. Cosme lo arrastró hasta su lado de la cabina y lo empujó de rodillas al hueco entre sus piernas. Terminó de bajarse los pantalones de un tirón y le puso la mano en la nuca.

—Venga, a currar.

El chico, con la mandíbula dolorida de la sesión anterior, abrió la boca. Cosme se la metió de golpe, con un gruñido animal, golpeándose la coronilla contra el techo de la cabina. Mientras tanto, Eladio se recostó en su asiento, empalmado, y encendió un cigarro. Le ponía cachondo ver a su compañero mamado por aquel pijo de ciudad. Había algo profundamente sucio y satisfactorio en degradar a alguien que, en cualquier otra situación, les habría mirado por encima del hombro.

El chaval quedó en pompa, con los vaqueros tensos sobre las nalgas. Eladio se incorporó, mirando aquel trasero endiabladamente femenino.

—Tiene un buen pandero, sí señor —asintió, dando una calada—. Pero esos pantalones me están poniendo nervioso. Hay que quitárselos.

Le agarró la cinturilla, le bajó los vaqueros y dejó al aire unos bóxer negros de marca que contrastaban con la ropa interior desgastada de los camioneros.

—Mira esto, Cosme. Estos gayumbos cuestan más que la cena que nos hemos metido.

—Pues rómpeselos, que nos enseñe el ojete de una vez.

Envalentonado por el alcohol, Eladio sacó la navaja multiusos que siempre llevaba encima, cortó el elástico y pegó un tirón seco. La tela cedió con un sonido rasgado. El chico soltó un alarido ahogado, con la polla de Cosme todavía en la boca, y se vio el culo al aire, blanco y suave, expuesto en medio de aquella cabina sórdida.

Eladio se quedó mirando aquellas nalgas inmaculadas y pasó la mano callosa, áspera como una lija, por una de ellas. El chico se estremeció.

—Suave… parece terciopelo, el jodío —murmuró, fascinado—. Esto va a entrar como cuchillo en mantequilla.

***

No buscó lubricante. No había cremas ni aceites allí: solo saliva, alcohol y sudor. Escupió un gargajo espeso directamente sobre el culo del chico.

—¡No! ¡Qué asco! —gritó el muchacho, separando la boca un segundo.

Pero por dentro, su esfínter dio un vuelco de anticipación. En el fondo gozaba con aquella falta de higiene, con la ausencia de lubricantes asépticos. Odiaba el olor a fresa de las farmacias; él quería eso: la realidad sucia, la saliva espesa y el alcohol barato. Quería ser tratado como un agujero de carretera, y aquel escupitajo era la confirmación de que su deseo se cumpliría con creces.

Y, sin embargo, la realidad le golpeaba ahora con una brutalidad insoportable. Aquellos hombres lo superaban en fuerza y ferocidad. En ese instante habría pagado cualquier precio por huir, anhelando la seguridad de un mal polvo con un chico de su edad. El miedo empezó a devorar su excitación.

—¡Espera! ¡Por favor! —gimoteó, girando la cabeza con los ojos llenos de lágrimas—. Al menos… al menos ponte un condón, ¿no? ¡No me lo hagas a pelo!

La carcajada de Eladio fue tan estruendosa que hizo vibrar el volante.

—¿Un condón? ¿Tú te crees que yo voy a envolver mi polla en plástico para metértela? ¡Ni hablar!

—El plástico es para envolver el bocadillo —sentenció Cosme—. Aquí se folla a pelo, como los hombres de antes.

—Olvídate de gomas —gruñó Eladio, empujando con el pulgar el esfínter mojado de saliva—. A mí me gusta sentir el calor sin barreras. Agárrate a las piernas de Cosme, que esto va a doler.

El chico sollozó, un sonido roto que esta vez los hombres interpretaron correctamente, de puro terror.

—Por favor… no me hagáis esto… solo paré a tomar un café o me dormía al volante… —en un último acto de desesperación, intentó borrar su rastro de deseo con una mentira torpe, fingiéndose un viajero fortuito atrapado por el azar.

Los dos camioneros estallaron en carcajadas crueles.

—¿Que no eres marica? Pues tienes una boca muy viciosa para no serlo —rió Cosme.

—¡Allá voy! —avisó Eladio.

Y sin más miramientos, apoyó el glande contra el esfínter del chico y empujó con todo el peso de su cuerpo, clavándose lentamente como una estaca en tierra dura. El grito del muchacho fue desgarrador, un alarido agudo que se ahogó contra los muslos de Cosme.

—¡Joder, cómo aprieta! —bufó Eladio, con la cara congestionada—. ¡Relaja el culo o te lo parto!

Le dio una palmada sonora en la nalga, dejando la marca roja de cinco dedos, y empujó de nuevo, rompiendo la resistencia, entrando a la fuerza centímetro a centímetro. El chico se sintió empalado, paralizado, con la vista nublándose y el oxígeno convertido en un lujo: tenía la polla de Cosme bloqueándole la garganta mientras Eladio sellaba el otro extremo. Entre los dos, en una pinza de carne y sudor, le robaban el aliento de forma literal. En ese instante, la epifanía le golpeó con más fuerza que el dolor: ya no deseaba aquello. Lo que en su cabeza había sido una fantasía húmeda y emocionante se había revelado como una pesadilla de realismo sucio.

Y entonces Eladio empezó a moverse. El coñac y el vino le habían nublado la coordinación, convirtiendo sus movimientos en embestidas erráticas y pesadas. No buscaba el placer del chico, ni siquiera su colaboración: solo buscaba vaciarse, usar aquel agujero como quien usa unas bragas robadas. Su pie resbaló en la alfombrilla grasienta y, para no perder el equilibrio, clavó las caderas con un golpe seco, violento y terriblemente mal calibrado.

El chico sintió un crac silencioso en su interior, seguido de un dolor agudo, como si le hubieran metido una cuchilla.

—¡¡Aaaah!! —el grito fue real. No hubo teatro, ni morbo, ni sumisión fingida. Fue el alarido de alguien a quien acaban de romper por dentro—. ¡Para, animal! ¡Me haces daño de verdad!

Pero Eladio interpretó aquella resistencia como un espasmo de placer, o peor, como un reto a su hombría.

—¿Te duele, nenaza? ¡Pues te jodes! ¡Haberlo pensado antes de venir a calentar pollas! —y siguió embistiendo, ajeno al dolor del chaval, disfrutando precisamente de esa estrechez agónica que el muchacho ya no podía soportar.

Por suerte para el chico, a Eladio le quedaba poco. Rugió con un sonido gutural, dio la última embestida —esa que no pide permiso, la que busca el fondo del saco— y el chico sintió cómo aquel hombre enorme se vaciaba dentro de él en oleadas calientes y espesas. Eladio se quedó allí, estático, pesando como una losa sobre la espalda del joven, respirando como un fuelle roto.

—Joder… qué a gusto me he quedado —resopló.

***

—¡Quita de ahí, que me toca! —la voz de Cosme sonó imperiosa. Tenía la polla morada, palpitante, tan dura que le dolía. Agarró a Eladio por los hombros y tiró de él—. ¡Saca eso ya!

Eladio se retiró lentamente. El sonido de su miembro saliendo fue obsceno, un ploc húmedo. El agujero del muchacho quedó enrojecido, dilatado, rezumando un fluido rosado. El chico se dejó caer sobre el asiento, temblando como si tuviera fiebre.

—Por favor… dejadme ir ya… —sollozó, con un hilo de voz—. Me duele… me habéis roto…

Los hombres ni lo escucharon. Cosme lo agarró del brazo y lo arrastró a una de las literas de detrás, un cubículo angosto lleno de revistas viejas y una manta que olía a tabaco negro.

—Ponte a cuatro patas —ordenó, dándole una palmada en el trasero que sonó como un disparo.

El chico, llorando en silencio, obedeció mecánicamente; el instinto de supervivencia le decía que resistirse solo le traería más dolor. Cosme se escupió en la mano, se frotó la polla y se colocó en posición. A diferencia de Eladio, no tuvo paciencia torpe: entró de una estocada, seco, brutal, hasta el fondo. El chico gritó, un grito que se le quebró en la garganta.

—¡Joder, qué apretado! —gruñó Cosme, apretando los dientes.

Empezó a moverse con un ritmo frenético, espasmódico, de martillo pilón. El cuerpo del chico se sacudía hacia delante y hacia atrás con cada embestida, la cabeza golpeando contra la pared acolchada.

—¿Te gusta, eh? ¡Dime que eres mi puta! —le gritaba al oído, agarrándole del pelo y arqueándole la espalda.

—¡Sí…! ¡Soy… soy tu puta…! —gimió el chico, desesperado por acabar con aquello, diciendo lo que querían oír.

Aquello fue gasolina para el fuego. Cosme aceleró, con los testículos golpeándole el perineo con un sonido húmedo, hasta que tensó toda la espalda.

—¡Me corro, joder! —avisó, y se descargó con una violencia sísmica, vaciándose en oleadas, mordiendo la piel del cuello del chico para dejar su marca. El muchacho notó cómo el líquido caliente lo llenaba de nuevo, mezclándose con lo que Eladio había dejado, convertido en un receptáculo humano para el desahogo de aquellos dos.

Cosme se retiró con un suspiro largo. El chico se desplomó sobre el colchón, inerte como un muñeco de trapo, solo su espalda subiendo y bajando con una respiración entrecortada.

***

—Se acabó la fiesta —le dijo Cosme un rato después, dándole un golpecito en la pierna con la puntera de la bota—. Venga, vístete y largo de aquí.

El muchacho se incorporó lentamente, con movimientos torpes y dolorosos. Tenía la cara manchada de lágrimas secas, los ojos rojos como brasas. Buscó su ropa a tientas: encontró los vaqueros arrugados, la camiseta sucia. Se vistió como pudo, las manos temblando tanto que apenas podía subir la cremallera. No se puso los calzoncillos; estaban hechos jirones en el suelo.

—Toma —dijo Cosme, tirándole la cazadora a la cara—. Y no te quejes, que te llevas un recuerdo de calidad.

El chico se abrazó a sí mismo para contener el dolor que le irradiaba desde el bajo vientre hasta el alma. Comprendió que su fantasía, alimentada por vídeos y deseos mal medidos, le había cegado ante el peligro real. Provocar a esos camioneros ebrios había sido un error fatal: cambió sensatez por morbo y ahora pagaba el precio de su propia temeridad.

Bajó los escalones del camión con dificultad, sintiendo un dolor punzante con cada movimiento, las piernas a punto de ceder. Sus pies tocaron la grava. El silencio de la noche era abrumador.

—¡Eh! —le llamó Cosme desde arriba, asomado por la puerta con la camisa abierta y esa sonrisa de medio lado de chulo que no se arrepiente de nada—. La próxima vez que vayas a un bar de camioneros, procura no ir provocando. Que luego pasa lo que pasa.

Cerró la puerta de un portazo seco. El sonido metálico resonó en el aparcamiento vacío como la tapa de un ataúd. El chico se quedó allí, solo en la oscuridad, viendo cómo la luz de la cabina se apagaba.

Cojeando, arrastrando los pies, caminó hacia su coche. Se sentía sucio y vacío, lleno a la vez de una inmundicia que no se quitaría con jabón. Apoyó la frente contra el cristal frío. Sabía que había jugado con fuego buscando un calor que terminó por devorarlo; se había quemado, sí, pero bajo el dolor de la piel abrasada empezaba a germinar algo distinto. Lo asumiría. Con el tiempo, sospechaba, el horror de aquella noche se desvanecería, dejando paso a imágenes de aquellos dos hombres que ya no invocarían pesadillas, sino sueños húmedos que le harían despertar empalmado en el silencio, reclamando de nuevo el fuego que hoy le hería.

Dentro del camión, los ronquidos de los dos camioneros, profundos y rítmicos, se unieron al zumbido de los motores frigoríficos del aparcamiento. El mundo seguía girando, brutal e indiferente, como siempre.

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Comentarios (6)

ChicoNocturno99

Tremendo!!! me dejó sin palabras

ElSolitarioLect

Muy bien contado, se siente autentico. Seguí así!

Nico_BsAs

jajaja lo del olor a gasoil me mató de risa, qué gran detalle para arrancar el relato

RenatoFdz

De los mejores de esta categoría que leí últimamente. Saludos desde Córdoba

NachoCriollo

¿Va a haber continuacion? Quedé enganchado con el personaje

curiosito77

corto pero intenso, me gustó mucho

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