El balcón del crucero fue solo el comienzo
A partir de aquella primavera, la amistad entre las dos parejas se volvió costumbre. Las cenas se repetían casi cada semana, casi siempre en el piso de Andrés y Karim, aunque de vez en cuando cruzaban el rellano hasta el otro apartamento, donde Iván se encargaba de la cocina y Marcos descorchaba el vino. Eran cuatro hombres que se habían encontrado tarde y que, por eso mismo, no perdían el tiempo en formalidades.
Por un trabajo que salió mejor de lo previsto, Iván cobró una prima inesperada. En lugar de guardarla, se le metió en la cabeza darles una sorpresa a los dos mayores. Habló a solas con Karim, que llevaba años con una tienda en el centro, y le propuso reservar un crucero. Karim no solo aceptó: insistió en poner la mitad, porque el negocio iba viento en popa y aquello le hacía ilusión.
Los dos cómplices coordinaron las vacaciones sin soltar prenda. A Karim le bastó con avisar a sus empleados para que se ocuparan de la tienda esos días. Andrés, que conducía un camión de reparto, solo tuvo que no comprometerse a cargar mercancía para esas fechas. Marcos e Iván pidieron los días sin dar explicaciones.
Iván y Karim se pasaron una tarde entera mirando la web del barco. Cayeron en la cuenta de que, en vez de dos camarotes pequeños, salía mejor una suite con terraza para los cuatro. No había manera de reservar así por internet, de modo que llamaron por teléfono y, entre regateos, consiguieron además un paquete con bebidas incluidas.
Llegó el día. Para Marcos y Andrés, aquello eran unas vacaciones normales: vuelo a Málaga y, desde allí, un coche de alquiler para recorrer los pueblos y las playas de la costa. Marcos había sugerido reservar el coche en el propio aeropuerto, pero Iván le quitó la idea de la cabeza.
—Encontré un sitio que sale mucho más barato, está cerca del puerto —dijo, sin levantar la vista del móvil.
Marcos se encogió de hombros y lo dejó pasar.
Aterrizaron a media mañana. Mientras esperaban las maletas en la cinta, Iván se escabulló un momento y habló con un taxista. Le pidió que los llevara a la terminal de cruceros de cierta compañía y que, por favor, no soltara ni una palabra: era una sorpresa para dos de ellos. El hombre asintió con una sonrisa de complicidad.
Cuando el taxi entró en la zona portuaria, Andrés empezó a removerse en el asiento, mirando las grúas y los contenedores con el ceño fruncido.
—Oiga, me parece que por aquí no es —dijo, inclinándose hacia el conductor.
—Déjalo, al bajarnos te cuento —le contestó Iván, conteniendo la risa.
Los dejaron justo donde ya se había formado una fila de pasajeros esperando para abordar. Andrés y Marcos bajaron del coche todavía desorientados, con las maletas en la mano.
—A ver, que nos vamos de crucero —anunció Iván, abriendo los brazos.
—¿Cómo? —Marcos miró a su pareja y luego a Karim—. ¿Y tú lo sabías?
—Sí, yo saber —respondió Karim con su acento cantarín—. Reservamos entre los dos. Es regalo nuestro.
Marcos y Andrés se miraron sin terminar de creérselo. Marcos no se aguantó: agarró a Iván por la cintura y lo levantó del suelo como si no pesara nada. Andrés, más contenido, abrazó a Karim y le plantó un beso sonoro en la mejilla.
—Cuando pasaba con el camión por delante del puerto, miraba estos barcos con ganas —confesó Andrés, todavía con la voz tomada—. Pero los veía como algo poco menos que imposible.
—Yo tampoco me imaginé nunca subiendo a uno —añadió Marcos.
La gente alrededor los oía sin entender del todo. Algunos cuchicheaban: «mira esos chicos, lo que han hecho por los suyos». Otros miraban de reojo a Karim, que pese a los vaqueros llevaba una camisa de corte muy del norte de África, y suponían que sería un joven acogido por una familia española. No iban del todo desencaminados: Karim había llegado al país hacía años y lo habían recibido con los brazos abiertos.
***
Al subir a bordo y buscar el número del camarote, Marcos y Andrés se llevaron la segunda sorpresa: no era un camarote cualquiera, sino una suite con terraza privada. Una cama enorme, un salón pequeño y una puerta corredera que daba al balcón, frente a un mar que ya empezaba a moverse bajo el sol. Los dos mayores se quedaron de pie en mitad de la habitación, sin saber dónde dejar las maletas.
—Bueno —dijo Marcos, frotándose la nuca y mirando a Andrés con una sonrisa torcida—, esto habrá que compensarlo, ¿no te parece?
—Y ahora mismo —contestó Andrés, echando ya el pestillo de la puerta—. Nos queda tiempo de sobra antes de la cena.
Iván y Karim ni siquiera intentaron disimular las ganas. Iván fue el primero en quitarse la camiseta, y Marcos lo empujó contra el colchón con una mano abierta sobre el pecho. Le bajó los vaqueros de un tirón, le separó las piernas y se tomó su tiempo en mirarlo antes de tocarlo, hasta que Iván empezó a moverse impaciente bajo sus manos. Solo entonces se inclinó, lo preparó despacio con la lengua y los dedos, y lo penetró cuando ya lo tenía suplicando.
A un metro, sobre la misma cama, Andrés hacía lo propio con Karim: lo tenía boca arriba, las rodillas contra el pecho, entrando con un ritmo seco que arrancaba al árabe quejidos que no se molestaba en disimular. La suite olía a sudor y a sal, y el cabecero golpeaba contra la pared al compás de los dos.
Fue en mitad de aquello cuando a Andrés se le encendió una idea. Se había fijado, al entrar, en que los balcones tenían unos paneles laterales opacos que separaban una suite de la otra. Desde fuera, desde la cubierta o desde otro camarote, era casi imposible que los vieran.
—Ponte esto y nada debajo —le dijo a Karim, tendiéndole una túnica ligera de las que el árabe usaba para dormir—. Sal al balcón, apoya los codos en la barandilla y espérame ahí. Enseguida voy.
Karim lo hizo sin rechistar. Cruzó la corredera, se inclinó sobre la barandilla y dejó que la brisa le levantara el bajo de la túnica. El mar se extendía hasta el horizonte, todavía con el puerto a la espalda. Andrés salió detrás, le subió la tela hasta la cintura y lo penetró de una sola embestida, hasta el fondo, sin más aviso.
—¿Te gusta cómo se ve el mar desde aquí? —le preguntó al oído, agarrándolo de las caderas.
—Sí, mucho —jadeó Karim, los nudillos blancos sobre la barandilla—. Nunca haber visto mar más guapo.
—Será por algo, ¿no crees?
—No creo nada. Lo sé.
El balanceo lento del barco se sumaba al de Andrés, y Karim tuvo que morderse el antebrazo para no llamar la atención de algún pasajero despistado. La túnica se le pegaba a la espalda húmeda. Andrés lo embistió hasta que sintió que no aguantaría mucho más, y entonces lo arrastró de vuelta al interior.
***
Dentro, la escena había cambiado de postura pero no de intensidad. Karim se montó a horcajadas sobre Andrés, que se había dejado caer de espaldas en la cama, y empezó a cabalgarlo marcando él mismo el ritmo, las manos apoyadas en el pecho del otro. Muy cerca, Iván estaba a cuatro patas sobre Marcos, mamándosela mientras este, sentado contra el cabecero, le azotaba las nalgas con la palma abierta. Cada palmada dejaba una marca rosada y arrancaba a Iván un gruñido ahogado que vibraba alrededor de la polla de Marcos.
Se corrieron casi a la vez, primero los de arriba y luego los de abajo, en una maraña de piernas y sábanas revueltas. No les dio tiempo a lavarse como es debido —la hora de la cena se les echaba encima—, así que se adecentaron como pudieron y bajaron al restaurante. Los dos jóvenes aún notaban algo escurriéndoseles cuando se sentaron a la mesa, y cruzaban miradas de complicidad cada vez que se removían en la silla.
—Karim —dijo Iván por lo bajo, jugando con el tenedor—, todavía no hemos dormido ni la primera noche y ya siento que el dinero del crucero está más que recuperado.
—Sí —contestó Karim, conteniendo la risa—. No sé tú, pero yo tener el culo tan abierto que me puse un poco de papel entre las nalgas.
—¡Qué par de putas estáis hechas! —soltó Marcos en voz baja, divertido—. Pero el coste de este crucero os lo vamos a cobrar a diario. ¿No te parece, Andrés?
—Por supuesto que sí —asintió Andrés, sirviéndose vino—. Si ahora lo tienen abierto, ya verán a la vuelta.
—No hay dinero mejor gastado —murmuró Karim, mirando su plato con una sonrisa—. Yo querer el culo así, roto, abierto.
—Estoy contigo —apuntó Iván—. Además, con las pollas que tienen, se lo merecen.
—Y las corridas que sueltan, que asombran —remató Karim, ya sin disimular.
—Mejor nos dedicamos a cenar, ¿no os parece? —los cortó Marcos, alzando una ceja—. Tenemos toda la semana por delante para lo demás.
—Sí, para todo —dijo Iván con picardía, recostándose en la silla—. Pero sobre todo para una cosa.
Andrés miró a Marcos por encima de la copa y meneó la cabeza con una media sonrisa.
—No tienen remedio —dijo—. Aunque buena parte de la culpa es nuestra.