La comida con el amigo de mi macho terminó en cama
Bruno e Iván llegaron poco antes del mediodía. La idea era tomar algo tranquilo antes de sentarse a comer, charlar sin prisa, dejar que el día se acomodara solo. Bruno conocía a Adrián del trabajo desde hacía años, pero era la primera vez que las dos parejas se juntaban en casa, y se notaba esa mezcla de confianza vieja y curiosidad nueva en el aire.
Cuando Karim salió de la cocina a recibirlos, Bruno se quedó con la boca abierta. El muchacho llevaba una túnica blanca de tela finísima, casi transparente con el contraluz, recorrida por bordados dorados que él mismo había cosido. Tenía varias de ese estilo y prefería siempre el blanco y el oro, pero ese día, con el calor que hacía y las horas que iba a pasar entre fogones, se había puesto la más ligera de todas.
Iván se dio cuenta enseguida de cómo lo miraba su hombre. Lejos de molestarle, le gustó ver a su macho babeando por otro chico. Adrián también lo notó, y se limitó a pensar qué cabrón mientras una punzada de orgullo le cruzaba el pecho. Karim era guapísimo y vestido así no había forma de no desearlo.
—Hola, buenas —dijo Bruno, todavía sin recomponerse del todo.
—Buenas… así que este es tu chico —respondió Adrián, señalando a Iván con la barbilla.
—Sí, este es Iván.
—Mucho gusto, Iván.
—Le aseguro que el gusto es mío —contestó Iván, alargando la frase con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Bruno le clavó la mirada. Esa manera de saludar le había sonado a otra cosa, y aprovechó que Adrián se daba la vuelta para llamar a Karim y le susurró al oído a su chico.
—Eso ha sonado de muy puta.
Iván no se inmutó. Se le marcó apenas una sonrisa de lado, como diciendo de eso se trata.
—Bueno, pasad, pasad —cortó Adrián, abriendo la mano hacia el salón—. Este es Karim.
—Encantado de conocer —dijo el muchacho, con ese español suyo de frases recortadas que a todos les hacía gracia.
***
Los tres se sentaron mientras Karim volvía a la cocina con las bebidas. Bruno e Iván habían traído un pack de cervezas, y Karim las metió en la nevera salvo tres que ya tenía frías. Salió con ellas, un cuenco de humus que había preparado él mismo, unos picos de pan y unas zanahorias crudas cortadas en tiras largas.
Empezaron a beber y a picotear. Bruno y Adrián se enredaron en cosas del trabajo, en nombres y anécdotas que no llevaban a ningún lado. A Iván no le interesó demasiado la conversación. Los miraba y pensaba que eran dos machos hablando de lo suyo, que igual hasta estaba estorbando. Se levantó y se fue a la cocina con Karim, por si necesitaba una mano.
En cuanto desapareció, la conversación de los dos mayores cambió de rumbo.
—Oye, tu chico impresiona —dijo Bruno, bajando un poco la voz, aunque no tanto—. Es guapísimo, y con esa ropa… vaya, que te felicito.
—Gracias, pero el tuyo tampoco se queda corto —respondió Adrián—. Tiene unas nalgas que para qué.
—Eres un cabrón. Directo al culo.
—No me jodas. Si tú, nada más llegar, te quedaste con la boca abierta mirando a Karim. Se te notaba el deseo en la cara. Seguro que con ganas de subirle la túnica.
—¿Tanto se me notó? —Bruno se rio, sin negarlo.
—Clarísimo. Pero no me molestó. Sé lo que tengo.
La cosa siguió por ahí, hablando de sus chicos sin cortarse, en voz normal, incluso un poco alta. Desde la cocina los dos jóvenes lo oían todo. Se miraban, se sonreían, y a los dos les gustaba saberse deseados, no solo por sus propios machos sino por el otro. El amigo del marido, lo llamaba Karim.
***
Iván puso la mesa, se sentaron y Karim sirvió. La comida le salió redonda y todos lo dijeron. Después del postre y el café, los dos mayores volvieron al salón a seguir con las cervezas mientras los chicos recogían en un santiamén.
—Karim, ¿habéis terminado? Si es así, venid —llamó Adrián.
—Sí, vamos ya.
Cada uno se sentó al lado de su hombre. Bruno no tardó nada en pasarle el brazo por encima a Iván, deslizarlo por la espalda y empujarlo un poco hacia delante hasta apoyarle la mano abierta sobre una nalga. Karim respondió a su manera, acomodando la cabeza en el hombro de Adrián. Pasó un rato así, en una calma tensa, hasta que Bruno resopló.
—Joder, qué calor está haciendo. Esto no es normal para la época.
—Podéis poneros más cómodos —dijo Adrián, estirándose—. Yo, por lo menos, me voy a quitar la camisa. Aunque, ya puestos, lo mejor es quitarse también los zapatos y el pantalón. Quiero que estéis como en casa. Aquí no valen los formalismos.
En un par de minutos Bruno y Adrián estaban en calzoncillos e Iván en tanga. Karim seguía igual, envuelto en su túnica.
—Karim, ¿tú te vas a quedar así? —preguntó Bruno.
—Túnica no dar nada de calor.
—Te conozco, Karim —dijo Adrián, levantándolo y poniéndolo de pie, de frente a él y de espaldas a los otros dos. Metió las manos por debajo de la tela—. Lo que te da calor es el calzoncillo. A ti, que vienes de donde vienes, te gusta ir suelto por debajo.
Se lo bajó despacio y se lo sacó por los pies. La túnica volvió a caer, pero ahora se adivinaba debajo todo lo que antes tapaba.
—Joder, Karim —se rio Bruno—. Así se te ve mucho mejor.
—Acércate a mi colega, que te vea bien —dijo Adrián, guiñándole un ojo a Bruno antes de dirigirse a los dos—. ¿Sabéis que esa ropa se la diseña y se la cose él mismo?
Karim dio un par de pasos hacia Bruno. En cuanto lo tuvo a tiro, Bruno le dio la vuelta, le puso las manos bajo las axilas y las fue bajando con una lentitud calculada, recorriéndole los costados, las caderas, hasta llegar a los muslos.
—¿Puedo sentármelo encima, Adrián? —preguntó, sin dejar de tocarlo.
—Sí. Y dudo que a Karim le importe.
—Macho decide —murmuró el chico, dejándose caer sobre las piernas de Bruno como si esa fuera la única respuesta posible.
—Lo que no quiero es quedarme yo solo —dijo Adrián, pasándose la mano por el bulto que ya se le marcaba.
A Iván no hubo que decirle nada. Se levantó, se giró y se sentó con cuidado de apoyar las nalgas justo encima de lo que se le había formado a Adrián. Notó la dureza a través de la tela y se acomodó sobre ella con un movimiento lento, buscándola.
***
—Eres tremenda puta, ¿no? —le dijo Adrián al oído, sin molestarse en bajar la voz.
—Sí, joder —respondió Iván, sin pudor—. Siempre me gustaron las pollas y los hombres maduros. Pero el que me ha hecho así de verdad es Bruno. Sabe cómo tratarme. Me da un par de azotes y ya me tiene perdida.
Adrián lo levantó apenas y le soltó dos azotes secos en las nalgas. Le gustó el sonido, le gustó cómo se tensó el chico, y le dio dos más antes de volver a sentárselo encima.
—¿Así te gusta? —le preguntó, con la voz ronca.
—Sí, joder, sí. Ahora puedes hacer conmigo lo que te dé la gana. Si a mi macho no le importa.
—Por supuesto que no —soltó Bruno desde el otro sofá, con Karim encima—. ¡Dale caña, colega!
Adrián volvió a levantarlo, y esta vez al bajarlo lo hizo buscando entrar. Al principio no atinó, pero Iván se la cogió con la mano, apartó con un dedo la tira de la tanga y se la llevó él mismo al sitio, sentándose de una vez, sin pausas. Estaba acostumbrado a la dureza de su hombre, e incluso le gustaba el punzón del primer envión. Esta vez más todavía: era la segunda de la tarde, y otra bien grande. Y su macho lo estaba mirando, dándole el gusto de verlo comportarse como lo que era.
—Creo que te toca servir tú al amigo de tu marido, ¿no? —le dijo Bruno a Karim.
—Lo que marido ordene. Yo ser suya.
—Ábrete, Karim. Complácelo —pidió Adrián, sin dejar de moverse bajo Iván.
Karim simplemente se levantó la túnica y la sostuvo en alto por detrás con una mano. Con la otra buscó a Bruno y se fue bajando despacio hasta que no quedó fuera más que la base. Soltó un suspiro largo y dejó la cabeza caer hacia atrás.
***
Hasta ese momento todo había ido en paralelo, cada pareja a lo suyo salvo por los azotes a Iván. Pero los dos mayores sabían, casi por instinto, que sus chicos disfrutarían el doble con dos hombres a la vez.
—Puta, espera aquí un poco —dijo Adrián, sacándosela a Iván.
Se levantó, fue hacia Karim y se la metió en la boca sin avisar. El chico no se lo esperaba, pero se sintió en la gloria: una por detrás y otra por delante, las manos de los dos hombres en su pelo y en sus caderas. Adrián no se conformaba con la boca, y Karim lo sabía bien; en nada la tenía encajada hasta el fondo. Estuvieron así un rato largo, hasta que el chico empezó a ahogarse.
—Adrián, hay que dejar respirar a tu chico —dijo Bruno—. Vamos a por el mío, que mira la cara que tiene. Lo conozco. No aguanta más.
—Vale. ¿Te lo follas tú o me lo follo yo otra vez?
—Siéntate ahí —propuso Bruno—. Que se ponga a cuatro patas, te la mame a ti y yo se la clavo por detrás. Ya has visto cómo es. Le va a encantar. Y luego cambiamos.
Iván no necesitó más. Se colocó a cuatro patas entre los dos, la boca para Adrián, las caderas para Bruno, y se dejó hacer con esa entrega que solo aparecía cuando se sabía mirado. Karim, mientras tanto, no podía con lo que veía. Se tumbó, subió las rodillas casi hasta los hombros y empezó a abrirse con los dedos, uno, dos, tres, sin dejar de mirar a Adrián. Le gustaba ver a su hombre dándole a otro chico.
Ya estaban todos al límite. Bruno se levantó, dejando a Adrián con Iván, y fue hacia Karim. Lo encontró en esa misma postura, abierto y esperando, y se agachó a comerle un rato antes de cogerle los pies, ponérselos sobre los hombros y entrar entero de una vez. Karim gimió sin un gramo de contención, con la voz quebrada, como si toda su compostura hubiera salido volando por la ventana.
***
—Adrián, ¿qué te parece si terminamos como Dios manda? —dijo Bruno, sin frenar el ritmo.
—Me parece perfecto. Yo ya no aguanto —respondió Adrián—. Los dos al centro, en el suelo, una cara al lado de la otra y la boca bien abierta.
—Si os queréis tocar, os tocáis —añadió Bruno—. Pero no os corréis hasta que lo hagamos nosotros.
Los dos chicos no tardaron ni un segundo en colocarse en el suelo, hombro con hombro, la mirada hacia arriba. Era la primera vez para ambos con un segundo hombre, y los dos lo querían. Mientras esperaban, empezaron a tocarse, atentos a cada movimiento de los mayores, que se masturbaban de pie sobre ellos.
Bruno fue el primero en avisar.
—Joder… me corro… ¡me corro ya!
Lo que soltó cayó sobre una cara y otra, y fue el detonante para que Adrián, antes de que Bruno terminara, se vaciara también.
—Yo también… ¡ahí va! —jadeó Adrián.
Fue suficiente estímulo. Iván fue el primero en correrse, y casi sin pausa lo siguió Karim, los dos con la cara y la boca empapadas, jadeando en el suelo mientras los mayores los miraban desde arriba, recuperando el aliento.
Después se quedaron un rato así, en silencio, repartidos por la alfombra y el sofá, con el calor de la tarde todavía pegado a la piel. Iván buscó la mano de Bruno y la apretó. Karim, sin levantarse del todo, le pasó a Adrián la túnica blanca para que se limpiara, y los cuatro acabaron riéndose, ya sin etiquetas, ya sin formalismos, exactamente como Adrián había prometido al principio de la tarde.