Mi primera vez con un desconocido del cerro
Tengo treinta y dos años ahora, pero todavía me acuerdo de aquella noche como si hubiera pasado la semana pasada. Tenía diecinueve y acababa de llegar a la capital con una mochila vieja, dos camisas y la dirección de mi tío anotada en un papel arrugado. Vengo de un pueblo del norte, de esos donde todos se conocen y nadie se atreve a ser distinto. Mi padre vivía borracho la mayor parte del tiempo, así que tomé la plata del cajón de mi abuela y me subí al primer bus que pasó.
Mi tío Eulogio no esperaba mi llegada. Cuando le toqué la puerta a las seis de la mañana, abrió en calzoncillos y se quedó mirándome como si fuera un fantasma. Le mentí. Le dije que mi padre me había mandado, que estaba todo arreglado. Me dejó pasar a cambio de ayudarlo con la tienda los fines de semana.
A los pocos días ya estaba trabajando en una fábrica de envases de plástico cerca del río. El sueldo era una miseria, pero comía caliente dos veces al día y aprendí a manejar la prensa térmica sin perder los dedos. En esa fábrica conocí a Maximiliano, un muchacho dos años mayor que yo que entraba en el turno de la tarde. Todos le decían Maxi. Una noche, mientras esperábamos el colectivo bajo la lluvia, me ofreció compartir su pieza alquilada. La pagaríamos al medio. Acepté antes de que terminara la frase.
La pieza era pequeña, con una sola ventana que daba a un patio de tendederos. Las paredes estaban manchadas de humedad y por la noche se escuchaban las ratas correr en el techo. Maxi y yo dormíamos en colchones separados, uno frente al otro. Él tenía novia, una chica del barrio que pasaba los domingos. Yo no tenía a nadie. Yo no sabía a quién quería tener.
Una tarde, volviendo del trabajo, me senté en el último asiento del colectivo. Alguien había dejado una revista debajo del banco, doblada, casi pisada. La levanté pensando que era una de esas revistas de chismes. Cuando la abrí, casi se me cae al piso.
Eran hombres con hombres. Fotografías a página completa, sin disimulo. Pollas enormes desapareciendo dentro del culo de otros tipos. Bocas abiertas, manos que apretaban nalgas, cuerpos enredados como si fueran una sola cosa. Sentí el calor subiéndome por las orejas. Cerré la revista de golpe y la metí debajo de mi campera, mirando a los costados para ver si alguien se había dado cuenta.
Esa noche, mientras Maxi roncaba en su colchón, me encerré en el baño con la revista. Era la primera vez que me masturbaba viendo algo así. Me corrí en menos de dos minutos sobre la pileta, temblando, con la garganta apretada para no hacer ruido. Después me lavé las manos tres veces y me quedé mirándome al espejo, sin reconocerme del todo.
¿Qué soy?
Durante semanas guardé la revista entre las hojas de un libro viejo de matemáticas. La sacaba cuando Maxi salía a ver a la novia, los domingos. Pero después de un tiempo las fotos ya no me alcanzaban. Quería ver movimiento, quería escuchar voces, quería confirmar que lo que sentía no era un invento mío.
Fue así como un sábado, después de cobrar la quincena, terminé en un cibercafé del centro. Había leído en algún foro que en ciertas cabinas se podía entrar a páginas para adultos sin que nadie te dijera nada. Pagué dos horas. La cabina tenía una cortina negra y el monitor era viejo, con la pantalla amarillenta, pero los videos andaban sin cortes.
Me masturbé tres veces seguidas. La tercera me dolían las manos. Antes de irme, abrí un chat. Puse mi edad, puse que era nuevo, puse que no sabía mucho. En menos de diez minutos me respondieron quince mensajes. La mayoría los borré sin leer. Pero uno me llamó la atención.
Se hacía llamar Octavio. Decía que era versátil, aunque yo no entendía bien qué quería decir eso. Me explicó que algunas veces le gustaba dar y otras recibir, que iba a depender de cómo se diera la noche. Me mandó una foto de espaldas, mostrando un culo trabajado, redondo, y otra de su miembro sobre una toalla blanca. Era grueso, mucho más grande que el mío. Sentí miedo y atracción al mismo tiempo.
Me preguntó dónde vivía. Me dijo que él tenía una casa solo, lejos del centro, en uno de esos cerros que aparecen apenas dejás la avenida principal. Quedamos para el sábado siguiente. Me pasó la dirección y un croquis hecho a mano que tuve que pedirle que me explicara dos veces.
***
Llegué a las nueve de la noche. El colectivo me dejó al pie del cerro, en una parada que era apenas un poste oxidado. De ahí en adelante todo era subida. Las calles dejaban de tener nombre. Las casas estaban una al lado de la otra, pegadas, con perros que ladraban detrás de los portones. Caminé veinte minutos siguiendo el croquis, sudando bajo la campera a pesar del fresco de la noche.
La casa de Octavio era la última. Una construcción de un solo piso, pintada de un color que alguna vez fue celeste y ahora estaba desteñido. La luz del porche se encendió antes de que yo tocara la puerta.
—Pasá —dijo él, abriendo apenas. Me miró de arriba abajo—. ¿Seguro que tenés diecinueve?
—Tengo el documento —le dije, sacándolo del bolsillo del pantalón.
Lo revisó debajo de la luz amarilla del living. Era un hombre cuarentón, fornido, con una barba canosa de tres días. Llevaba una remera blanca ajustada y un pantalón corto. Me llegaban olores a desinfectante y a algo dulce que después entendí que era incienso.
—Está bien —dijo, devolviéndome el documento—. Es que parecés más chico. Vení, te muestro la casa.
No había mucho que mostrar. Una cocina chica, un comedor con una mesa de madera, un baño con un cilindro lleno de agua porque la presión del cerro no daba para más, y una habitación con una cama matrimonial cubierta por una colcha vieja. Me senté en el borde de la cama. Me empezaron a temblar las rodillas.
—Subiste un trecho largo —comentó él, parado en el marco de la puerta—. Estás sudado. Yo también. No se puede coger sudados. Vamos al baño.
Antes de que pudiera responder, ya se estaba sacando la remera en el pasillo. Lo seguí. En el baño había una sola bombita colgando del techo y el cilindro estaba lleno hasta el borde. Octavio se quitó el pantalón y la ropa interior sin darme la espalda. Me quedé mirándolo, paralizado.
Su pinga colgaba pesada entre las piernas, gruesa y venosa, incluso sin estar dura. Pensé en darme la vuelta y salir corriendo. Pensé en la subida del cerro, en las calles sin nombre, en los perros, en el colectivo que no pasaba después de las once. Me quedé.
—No te asustes —dijo, como leyéndome la mente—. Todos empezamos mirando. Sacate la ropa.
Me desnudé despacio, escondiendo lo que podía con las manos. Mi miembro chico, retraído por el frío y por los nervios, no se parecía en nada al suyo. Octavio sonrió sin malicia.
—No importa el tamaño —dijo—. Importa otra cosa.
Nos bañamos uno al lado del otro, usando un tarro de plástico para mojarnos. Él me echó agua por la espalda y dejó la mano apoyada en mi cintura más tiempo del necesario. Mientras me enjabonaba, me tocó el culo con las dos manos, evaluándome como quien revisa una fruta antes de comprarla.
—Tenés el culo duro —dijo en voz baja—. Lindo culo.
Se me erizó la piel entera. No supe si era el agua fría o lo que él acababa de decir.
Volvimos a la habitación con los cuerpos todavía húmedos. Octavio se sentó al borde de la cama y me llevó la mano hasta su miembro. Lo apretó con los dedos míos.
—Necesito tu pinga —me dijo, mirándome a los ojos—. Cogeme.
Me nublé. La cabeza me zumbaba. Quería que se me parara, quería estar a la altura, pero después de la masturbación de la tarde y de todos los nervios acumulados, mi cuerpo no respondía. Octavio se dio cuenta enseguida.
—¿Qué pasa? —preguntó, con una voz un poco más dura—. O me cogés vos o te cojo yo. Estás acá para algo.
Bajó la cabeza hasta mi entrepierna e intentó despertarme con la boca. Sentí su lengua tibia, su saliva, la presión de sus labios. Cerré los ojos. Algo se empezó a mover, pero no lo suficiente.
—Te masturbaste hoy —dijo, levantando la cabeza—. Te huele a leche.
Asentí, avergonzado. Él se quedó en silencio un momento. Después se acercó a mi cara, me dio un beso en la boca que no esperaba, un beso lento, casi tierno, y mientras me sostenía la nuca con una mano me dijo:
—Entonces vas a tener que mamármela vos.
Asentí. No tenía otra salida y, en el fondo, ya no quería tenerla. Me arrodillé frente a él. Su miembro estaba a mi altura, palpitante, oscurecido por las venas. Lo tomé con la mano izquierda y me lo metí en la boca como había visto hacer en los videos. Octavio puso la mano en mi cabeza, sin empujar.
—Despacio —murmuró—. No tenés apuro.
Era la primera vez que tenía algo así en la boca. Me ahogué dos veces. Aprendí a respirar por la nariz. Aprendí a sostener la base con la mano. Empezó a gustarme. Empezó a gustarme mucho.
***
Cuando me levantó del piso, ya no me preguntó nada. Me empujó suavemente contra la cama, boca abajo. Me llenó el culo de saliva con la lengua, intentando aflojarme. Sentía su barba canosa raspándome los muslos. Cuando metió el primer dedo, me retorcí.
—Tranquilo —dijo—. Te voy a coger con amor.
Se levantó y fue a la cocina. Volvió con una botella plástica de aceite de girasol. Vertió un chorro frío sobre mi espalda baja y lo bajó con la palma hasta el medio de las nalgas. Después se untó él. Sentí el contacto, primero suave, después firme. Su miembro me golpeaba la abertura sin entrar todavía. Me besaba la nuca. Me decía cosas al oído que ya no recuerdo.
Y entonces, sin aviso, me la metió entera.
El grito me salió desde el fondo del pecho. Sentí que algo se partía, una rajadura caliente que me subía por la columna. Empecé a llorar contra la almohada. Le pedí que la sacara, que la sacara por favor, que no podía. Él no la sacó. Se quedó quieto, encima de mí, su peso completo sobre mi espalda, su respiración pesada contra mi oreja.
—Aguantá —me dijo—. No me muevo. Aguantá un poquito.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizás dos minutos, quizás diez. El dolor se quedó, pero algo a su alrededor empezó a aflojarse. Cuando él se movió por primera vez, despacito, le clavé las uñas en el antebrazo. Cuando se movió por segunda vez, le di permiso con un gemido bajo.
Octavio agarró ritmo. Cada embestida me hacía empujar la cara contra la almohada. Le aguantaba la pinga adentro a fuerza de respirar. Me decía que iba a venirse, que aguantara un poco más, que faltaba poco. Yo solo quería que terminara. Y al mismo tiempo no quería que terminara nunca.
Cuando se vino, sentí el calor por dentro, denso, líquido. Apretó los dedos contra mis caderas y se quedó así, hundido, hasta que su miembro se ablandó solo. Cuando salió, fue como si me arrancaran algo. Me toqué entre las nalgas con dos dedos. Cuando los retiré, estaban manchados de rojo.
—Es normal —me dijo, mientras se limpiaba con la sábana—. La primera vez siempre así. Tranquilo.
Me dio un vaso de agua. Me ayudó a sentarme en el borde de la cama. Me pasó la mano por la espalda como si me consolara después de una caída. Hacia la medianoche nos bañamos de nuevo, los dos juntos, en silencio. Yo apenas podía caminar.
—Quedate —me dijo—. A esta hora no baja ningún colectivo. Mañana te llevo hasta la avenida.
Dormimos en la misma cama. Él me abrazó por la espalda hasta que se quedó dormido. Yo tardé más. Miré el techo durante mucho rato, escuchando los perros del cerro, sintiendo el ardor entre las piernas, intentando entender qué era lo que acababa de pasar.
A las siete de la mañana preparó café y huevos revueltos. Me sirvió un plato como si fuéramos viejos conocidos. Nos despedimos en la puerta. Me dijo que lo llamara cuando quisiera, que él estaba ahí. Le prometí que sí. No volví nunca.
Pero algo cambió en mí esa noche, algo que ya no se podía deshacer. Caminé el cerro hacia abajo despacio, agarrándome de las paredes de las casas. En la parada del colectivo me senté en el cordón y respiré hondo. Tenía el culo destrozado, la cabeza hecha un lío y, por primera vez en mucho tiempo, una sensación parecida a la claridad. Sabía lo que era. Sabía lo que quería. Y aunque todavía me iba a llevar años entenderlo del todo, esa noche en lo alto del cerro fue el primer escalón de un camino que ya no iba a dejar de subir.