El camionero que me convirtió en masajista gay
Tengo treinta y cuatro años y, hasta donde recuerdo, siempre supe que adentro mío vivía un gay promiscuo esperando que le abrieran la puerta. No es algo que me cause culpa ni vergüenza. Es, más bien, una parte de mí que aprendí a domesticar a fuerza de rutinas: gimnasio dos veces al día, cinco horas en una consultora de marketing, alquileres prolijos y noches discretas. Plata no me falta. Lo que me faltaba, hasta hace un tiempo, era una manera limpia y elegante de tocar cuerpos ajenos sin pedir permiso para nada.
Empecé a estudiar masajes por puro pretexto. Hice el curso convencional, después uno de descontracturantes deportivos, más tarde ayurveda y, finalmente, una especialización en masaje tántrico que terminó de convencerme de que había encontrado mi vocación. La verdad es que no me interesaba la curación ni la relajación profunda. Me interesaba apoyar las manos sobre una espalda desconocida y sentir cómo se rendían los músculos. Me excitaba el poder. Me excitaba que un hombre tirado boca abajo confiara en mí lo suficiente como para cerrar los ojos.
Alquilé un monoambiente luminoso a tres cuadras de mi casa. Lo decoré con cuidado: madera oscura, paredes color crema, un difusor con esencias de bergamota y sándalo, una camilla profesional, sábanas blancas siempre impecables. Lo quería moderno y sensual al mismo tiempo, sin caer en lo obvio. Subí avisos en una página reconocida del rubro y esperé. El primer mensaje me llegó un martes por la noche.
—Hola, ¿cuánto cobrás el masaje?
—Hola, ¿qué estás buscando? ¿Descontracturante, relajante, tántrico?
—Descontracturante. Soy camionero de larga distancia, vivo con la espalda hecha mierda. Lo del tántrico supongo que es con una paja incluida. Eso lo decido en el momento, ¿se puede?
Le pasé la tarifa, coordinamos para el jueves a las cuatro de la tarde y me quedé varias noches imaginando cómo iba a ser. No sabía nada de él: ni cara, ni edad, ni voz. Sólo que manejaba un camión y que era directo. Esa franqueza ya me había gustado.
El jueves abrí la puerta del consultorio yo mismo, después de pasar veinte minutos prendiendo el difusor, ordenando las toallas y revisando que no quedara nada fuera de lugar. Cuando subió por la escalera y se asomó por la puerta, supe que la espera había valido la pena. Ramiro tenía unos cuarenta y siete años, una sonrisa generosa y los ojos achinados por las arrugas de quien se ríe seguido. Era corpulento, de esa clase de hombres que ocupan el marco entero de una puerta sin pretenderlo. Me extendió la mano con la fuerza calculada de alguien acostumbrado a no romper lo que toca.
—Pasá, ponete cómodo. Te dejo un toallón blanco sobre la camilla. Sacate la ropa, te acostás boca abajo y avisame cuando estés listo.
Salí del ambiente como hacen los profesionales, cerré la puerta del baño detrás de mí y me obligué a respirar hondo. Cuando volví, lo encontré boca abajo, con el toallón cubriéndole apenas la mitad inferior. Lo había mirado el tiempo justo. Tenía la espalda ancha, los hombros marcados por años de manejar volantes pesados, la cintura todavía firme y una panza tibia, redonda, hermosa. El vello le crecía en la justa medida: un poco en el pecho, una línea oscura por el abdomen, los hombros lampiños. En la espalda, ni un pelo. Como si la naturaleza hubiera decidido hacerme un regalo.
—Voy a empezar por los pies y subo. Si en algún momento algo te molesta o querés que cambie la presión, avisame.
—Dale, vos guiá.
Le sostuve el tobillo derecho con las dos manos y empecé. Sus pantorrillas eran macizas, los músculos densos y resistentes. Trabajé los muslos hasta el límite del toallón y noté que tenía la piel calentita, como si recién hubiera salido de la ducha. Probablemente sí. Lo imaginé enjabonándose mientras pensaba en este momento y se me secó la boca. Subí por la espalda baja, amasé los lumbares, encontré los nudos en los dorsales y los fui deshaciendo con el peso de mi cuerpo. Ramiro respiraba cada vez más hondo. No gemía. Suspiraba, que es otra cosa, más íntima.
—¿Te animás a que trabaje los glúteos? Es zona clave para descontracturar la cadera de un camionero.
—Lo que vos digas. Yo me dejo.
Le retiré el toallón con un movimiento limpio, sin dramatismo. Tenía la cola firme, con esa caída suave que tienen los hombres grandes que cuidan las piernas. Me unté las manos con un poco más de aceite y empecé con movimientos circulares. Cada vez que las palmas se abrían en círculo, las nalgas se separaban apenas y yo alcanzaba a ver el agujero, prolijo, oscuro, esperando. Empecé a rozarlo con el pulpejo del pulgar, como sin querer, primero una vez, después otra. La tercera fue intencional y él no se movió. La cuarta hizo que aspirara aire de golpe y dejara escapar un gemido bajísimo, ronco, que me clavó la pija al pantalón.
Seguí. Subí por la espalda otra vez, no quería que pensara que sólo iba a lo obvio. Trabajé los trapecios, los romboides, las cervicales. Pero el aire del cuarto ya había cambiado. Olía a aceite tibio y a algo más. Cuando empecé a masajearle el cuello, Ramiro dejó caer un brazo fuera de la camilla y, con la mano abierta, me rozó la pierna por encima del pantalón. Yo llevaba un lino blanco, holgado, sin nada debajo. Suelo no usar ropa interior cuando trabajo. Esa noche, menos.
—¿Puedo? —preguntó, sin levantar la cabeza.
—Podés.
Le giré despacio la cabeza para que mirara hacia donde yo estaba parado y me bajé el lino hasta los muslos. Mi pija salió ya dura, brillante en la punta. Ramiro la tomó con la mano izquierda y empezó a sobármela con una técnica que delataba experiencia: la base apretada, la cabeza acariciada con el pulgar, el ritmo creciendo de a poco. Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, había acercado la cadera lo suficiente como para apoyársela a la altura de la boca.
Le pasé la punta por los labios, despacio, sin meter, como pintándoselos. Él los mantuvo cerrados los primeros diez segundos, sólo para hacerse desear. Después abrió y me chupó la cabeza con una suavidad que no había visto venir. No fue golosa. Fue concentrada. La sostenía con la mano izquierda y trabajaba la punta con la lengua mientras me clavaba los ojos en los míos, midiendo cada reacción.
Tuve que separarme. Si seguía, acababa en treinta segundos y eso no era lo que quería ofrecerle. Le ayudé a darse vuelta sobre la camilla y, cuando lo tuve boca arriba, vi por primera vez lo que escondía entre las piernas. La tenía gruesa, no demasiado larga, con una cabeza ancha y dos pelotas pesadas que se le acomodaban contra los muslos. Estaba a media asta, esperando. Le envolví la base con el puño y empecé a pajearlo despacio, mirándolo a la cara, leyendo qué le gustaba. Cuando aceleraba, él entrecerraba los ojos. Cuando aflojaba, los abría y sonreía.
—Chupámela —pidió.
Me lo dijo con una amabilidad tan formal que casi me reí. Pero obedecí. Me incliné sobre la camilla, le agarré la base con una mano y me la metí en la boca. Salada, con sabor a jabón blanco y a calor de hombre. Empecé con la cabeza, después fui bajando, midiendo hasta dónde podía sin atragantarme. Él me había vuelto a tomar la pija y me masturbaba al mismo ritmo que yo le chupaba. Coordinaba mejor que cualquier amante que hubiera tenido antes.
Sentí que no iba a aguantar. Solté su pija, me alejé un paso para recomponerme y volví con otra estrategia. Mientras seguía pajeándolo con la mano derecha, hundí la izquierda en el frasco de aceite y le pasé un dedo entre las nalgas. Encontré el agujero, ya un poco abierto por los movimientos circulares de antes, y empujé. Entró sin resistencia hasta la primera articulación. Ramiro arqueó la espalda contra la camilla y dejó escapar un quejido grave que vibró en toda la habitación.
—Así, así, dale —susurró.
Metí un segundo dedo. Busqué adentro, despacio, hasta que toqué algo blando que lo hizo respingar. Lo masajeé desde ahí, con paciencia, mientras la mano derecha le marcaba el ritmo a la pija. A los veinte segundos me avisó, con voz entrecortada, que estaba por acabar. Le dije que yo también. Lo dije porque era cierto: él no había dejado de pajearme con la otra mano ni un instante.
Mi plan era esquivarle la boca y descargar sobre su panza, dejándole una marca tibia entre el ombligo y el pecho. El suyo era otro. Cuando intenté correr la cadera, me apretó la cintura con la mano libre, me sostuvo en el lugar y abrió la boca. Empezó a chuparme con una urgencia que no había mostrado antes y entendí, demasiado tarde, que no iba a permitirme decidir nada. Me corrí adentro de su garganta con un grito que me sorprendió incluso a mí. Sentí cada latido descargando ahí, contra su lengua, mientras él tragaba sin soltar.
Al mismo tiempo, su pija explotó en mi puño. La leche le cayó en chorros gruesos sobre la panza, sobre el vello del abdomen, sobre mi muñeca. Saqué los dedos despacio de su agujero y me quedé mirándolo respirar, agitado, sonriente, con los ojos cerrados.
—La puta madre —dijo cuando recuperó el aire—. Hacía años que no acababa así.
***
Le ofrecí ducha. Aceptó. Mientras él se metía bajo el agua, yo cambié las sábanas, ventilé el ambiente y me lavé las manos hasta los codos. Cuando salió, vestido otra vez con su jean y su remera de algodón gastada, me pagó el doble de lo que habíamos acordado y me preguntó si tenía disponibilidad para el martes siguiente.
—Y de paso, si querés que avise a alguien más, traigo a un compañero de la empresa que está peor que yo de la espalda.
Sonreí. Le dije que sí a todo.
Esa noche, después de cenar, me senté en la cocina con una copa de vino y entendí que mis estudios habían dado frutos en una dirección que ni los profesores se imaginaban. Ramiro fue el primero. Le siguieron muchos otros: empresarios de paso, gimnastas con lesiones que necesitaban algo más que kinesiología, hombres casados que se permitían un jueves al mes, viajantes que cruzaban la ciudad y buscaban una hora de paz con extras. Con el tiempo dejé de tomar pacientes generales. Hoy atiendo solamente a interesados específicos, a fantasías concretas, a deseos que se animan a pedirse en un mensaje seco y directo.
De cada uno de ellos guardo una historia. Algunas las voy a ir contando. La de Ramiro me la guardo entera porque fue la primera y porque, todavía hoy, cada vez que entra al consultorio yo siento que vuelvo a ser ese pibe de treinta y cuatro años que abría la puerta de su propio deseo por primera vez.