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Relatos Ardientes

Fui el regalo de cumpleaños de un matrimonio voyeur

Aquel verano fue el más caluroso que recuerdo, y también el primero que pasé dedicándome a esto. Tenía poca experiencia y un montón de cosas por aprender, pero ya sabía lo suficiente para entender que cada cliente era distinto y que adelantarme a lo que querían era la mitad del trabajo. La cita de esa noche, sin embargo, no la había cerrado yo: la había cerrado ella.

Me lo explicaron en cuanto entré al departamento. Era el cumpleaños de Bruno, un hombre grande, de espalda ancha y mucho vello en el pecho, y su mujer, Carla, le había comprado el regalo que él llevaba años deseando sin atreverse a pedir: pasar la noche con un chico joven mientras ella miraba. Eran una pareja que hacía intercambios desde hacía tiempo, gente con una vida sexual mucho más activa de lo que aparentaban, y aquella era una fantasía compartida. Él, follarme. Ella, disfrutar del espectáculo.

—No te pongas nervioso —me dijo Carla, sirviéndome algo de beber—. Esto es para los dos. Yo solo quiero ver cómo se le ilumina la cara.

El departamento era pequeño y el ventilador del techo no daba abasto. A los pocos minutos ya estábamos los tres sudando, ella incluida, abanicándose con una revista doblada mientras nos observaba desde una silla pegada a la cama.

Empezamos despacio. Carla se sumó al principio, arrodillada entre los dos, pasando la lengua de una verga a la otra como quien no quiere decidirse. Tenía una forma de mirar hacia arriba, hacia su marido, que dejaba claro quién mandaba en esa habitación. Después se levantó, se acomodó en la silla y nos dejó solos. A partir de ahí fue solo público.

***

La verga de Bruno era gruesa, de las que dan ganas de tomarse el tiempo. Hice lo que hago siempre con las que me gustan: me entretuve un buen rato en el glande, jugando con la punta de la lengua, antes de tragarla más adentro. Era de las que no me entraban enteras. Conseguí meterme más o menos la mitad, todo lo que mi garganta toleró aquella noche, y él me dejó marcar el ritmo, con una mano apoyada en mi nuca sin presionar.

—Despacio —murmuró—. No tenemos prisa.

Desde la silla, Carla soltó una risa baja.

—Le encanta hacerse el caballero —dijo—. Espera a que se le pase.

Después me puso a cuatro patas. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí y, de pronto, su lengua recorriéndome de abajo hacia arriba. Lo hacía endemoniadamente bien. Se tomó su tiempo ahí, estimulándome con la boca hasta que se me empezaron a aflojar las rodillas, y yo apretaba las sábanas entre los dedos sin poder estar quieto. Lo oía respirar contra mi piel, lo sentía abrirme con los pulgares, y cada vez que su lengua presionaba el centro se me escapaba un quejido que no podía contener.

—Date vuelta —dijo al rato, con la voz más ronca—. Quiero verte la cara mientras te lo hago.

Me acosté boca arriba. Se puso el condón con una calma que me ponía más nervioso que si hubiera ido al grano, repartió lubricante sin escatimar y empezó a entrar muy despacio. Noté cómo me iba abriendo, esa presión enorme, ese ardor en el límite entre el dolor y otra cosa. Era demasiado. Apreté los dientes, contuve el aire y supe que no iba a aguantar así.

—Espera —le pedí, y estiré la mano hacia la mesa de luz.

Ahí tenía el popper. No me gusta usarlo: me afloja todo, sí, pero después me deja un dolor de cabeza espantoso y a veces me marea, así que solo lo saco cuando la situación lo pide. Una verga muy grande, una doble penetración, un consolador de los que asustan, fisting. Aquella entraba en la categoría. Inhalé, cerré los ojos y esperé.

***

Unos segundos después el cuerpo se me rindió. La presión se transformó en calor, la verga de Bruno entró sin resistencia y, por primera vez en la noche, me sentí completamente lleno. El dolor se fue por donde había venido y dejó el lugar a algo mucho más intenso. No pude evitar empezar a gemir, y dejé de intentarlo.

Él lo notó enseguida. Me agarró del cuello con una mano, no para apretar sino para sostenerme, y subió el ritmo. Yo puse los ojos en blanco y me dejé ir, le entregué el control entero y dejé que aquel hombre tan grande hiciera conmigo lo que quisiera. Me estaba destrozando de la mejor manera posible, con esas embestidas largas que me sacudían entero sobre el colchón.

—Mírenlo —dijo Carla desde la silla, y su voz tenía un temblor nuevo—. Mírate, Bruno, cómo lo tienes.

No sé cuánto duró así. El sudor nos corría a chorros, el ventilador no servía de nada y entre el calor y el esfuerzo los dos empezábamos a quedarnos sin aire. En un momento él se detuvo, se tumbó boca arriba en la cama y me hizo una seña con la barbilla.

—Ahora tú —dijo—. Quiero verte trabajar.

Inhalé otra vez del frasco. Me coloqué encima, busqué su verga con la mano y me dejé caer despacio. Cuando me la metí entera sentí como si me clavaran una estaca al rojo; eché más lubricante, respiré hondo y empecé a moverme. Al principio con cuidado, después cabalgándolo en serio, apoyado en su pecho empapado, con mi propia verga rebotando contra mi abdomen y el suyo a cada bajada.

Bruno gruñía como un animal, las manos clavadas en mis caderas, marcándome el vaivén. Yo lo sentía crecer dentro de mí, latir, y supe que no me faltaba mucho. Me agarré la verga, le di unas cuantas sacudidas al ritmo de las embestidas y me corrí sobre su torso, en chorros que se mezclaron con el sudor que ya lo cubría.

***

Él también estaba al borde, lo sentí en cómo se le tensaba todo el cuerpo debajo del mío. Dejé de montarlo antes de que se viniera. Se quitó el condón a toda prisa, yo me incliné sobre su cara y él se corrió sobre la mía con un gruñido largo que pareció vaciarlo entero. Esa verga me había gustado tanto que, mientras todavía palpitaba y soltaba los últimos hilos, le di unas chupadas más, lentas, hasta dejarla tranquila.

Bruno se desplomó contra la almohada, agotado, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Los dos estábamos bañados en sudor, sin fuerzas para nada. Y entonces Carla, que había sido la espectadora más entregada que me tocó nunca, se levantó de la silla.

Se acercó a mí sin decir palabra y me besó. Después me pasó la lengua por la cara, lamiendo el semen de su marido que todavía me quedaba en la mejilla, sin el menor pudor, como si fuera la parte que más había esperado de toda la noche. Cuando terminó conmigo, se volvió hacia Bruno y lo besó a él también, compartiéndole lo que acababa de recoger.

—Feliz cumpleaños, amor —le dijo contra los labios.

Y los tres nos echamos a reír, exhaustos y satisfechos, pegajosos y sin aliento, en aquella cama que parecía a punto de derretirse de calor.

***

Me quedé un rato más, recuperándome con ellos, bebiendo agua y dejando que el ventilador hiciera lo poco que podía. No había prisa por irse, y eso, en este oficio, no pasa tan seguido. Carla me contó cómo había planeado el regalo durante semanas, cómo había elegido la fecha, cómo le había costado decidirse a buscar a alguien. Bruno la escuchaba con una sonrisa boba, todavía desnudo, todavía sin creérselo del todo.

—No te imaginas lo difícil que es encontrar a la persona indicada —me dijo ella—. La mayoría no entiende que esto es de los dos.

Yo sí lo entendía. Y creo que por eso me llamaron un par de veces más esa temporada. Eran gente buena, divertida, sin dobleces, y el sexo con ellos siempre fue de lo mejor que viví en aquellos meses. Con el tiempo aprendí muchas cosas en este trabajo, pero la primera, la que me enseñaron Bruno y Carla aquella noche de julio, fue que un regalo puede disfrutarse de a tres y que, a veces, quien mira es quien más goza.

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Comentarios (5)

MatiasBsAs

Tremendo relato, no me lo esperaba para nada. Bravo!

Fede1985

Por favor seguí contando, me quedé con ganas de saber cómo terminó todo el asunto.

ElPersaBA

Lo que mas me gustó es cómo lo narrás, se siente que es verdad. Seguí así!

LucianoRX

excelente!!!

Karen_Lectora

¿Y volviste a encontrarte con ellos despues? Me dejaste con la curiosidad...

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