La sorpresa que mi amo me guardaba en la mesilla
Esa tarde Damián tenía otros planes para mí, aunque yo no lo supe hasta que ya era tarde. Apenas crucé el umbral del piso, antes incluso de soltar la mochila, me agarró del cuello del polo y me plantó dos bofetadas secas, una en cada mejilla, lo justo para que el ruido quedara colgando en el pasillo.
—Quítate las zapatillas, los calcetines y todo lo demás —dijo sin mirarme—. Y a la habitación, caminando como me gusta a mí.
Le obedecí sin abrir la boca. Me desnudé en el recibidor, doblé la ropa contra el zócalo y caminé hacia el dormitorio meneando el culo, sintiendo cómo sus ojos me seguían desde atrás. Cuando llegué, él ya tenía la fusta cruzada sobre la colcha y el latiguillo de tiras colgando del cabecero. La paleta de cuero con los remaches metálicos —la que más me dolía y la que más le pedía— descansaba sobre la mesilla.
—Bocabajo —ordenó—. Brazos por debajo de la almohada, la cara hacia la pared. No quiero que me veas.
Me tumbé tal y como me lo decía. La sábana fría contra el pecho me sacó un escalofrío, y notar la almohada apretándome los antebrazos me dio una sensación rara, de estar atado sin estarlo. Esa fue la postura. Y entonces empezó el castigo de verdad.
Damián fue alternando los tres instrumentos sin orden aparente. Latiguillo en los muslos, fusta en la curva baja de las nalgas, paleta justo en el centro. Volvía a empezar. Latiguillo en la espalda alta, fusta atravesada sobre los riñones, paleta de nuevo. Parecía que no iba a parar nunca, y eso era exactamente lo que yo quería.
Lo agradable de estar bocabajo es que el cuerpo se rinde solo.
Con cada zurra mi cadera se hundía un poco más en el colchón, y cada golpe me llegaba más limpio, sin la tensión de tener que aguantar el equilibrio. Disfrutaba sobre todo cuando la paleta caía: ese mordisco profundo, casi quirúrgico, de los remaches metálicos contra la carne. Mi cabeza masoquista y mi resistencia al dolor son la combinación que él aprendió a explotar muy bien.
***
En algún momento Damián paró. Yo no lo vi, porque mi cara seguía vuelta hacia el otro lado, pero oí cómo abría un cajón, cómo desenroscaba la tapa del lubricante y cómo respiraba más fuerte. Pensé que sería el lubricante de siempre. No lo era.
—Quieto —dijo.
Sentí algo frío entre las nalgas, una presión redonda y mucho más gruesa que cualquier dedo. Antes de que pudiera preguntar nada, empujó. Fuerte. De golpe. Mi cuerpo se arqueó hacia arriba y solté un grito ahogado contra la almohada.
—Aaayy, ¿qué cojones me has hecho? —dije casi sin aire—. Me duele muchísimo.
—Un plug nuevo —contestó él, tan tranquilo—. Bien gordo. Lo compré esta semana y me reservé el estreno para hoy.
—Cabrón… ni siquiera me lo enseñaste antes.
—No, quería que fuera una sorpresa. Para un masoca como tú pensé que te haría ilusión.
—Y me la hace —admití apretando los dientes—. Es como si me estuvieras desvirgando otra vez. A otro nivel.
—Pues no te acomodes —dijo, y noté que recogía la paleta del borde de la cama—. Ahora te voy a seguir pegando con el culo así, lleno. Vas a sentir cómo ese trasto vibra por dentro cada vez que caiga la madera.
—Eres lo que necesito —murmuré—. No habría podido encontrar a nadie mejor para mí.
—El especial eres tú, no yo. Cállate y aguanta.
***
Y aguanté. Volvió a la zurra con más rabia que antes, con los tres juguetes, pero sobre todo con la paleta, porque ya sabía que esa era la que yo le pedía con la mirada. Yo gritaba —menos de lo que gritaría cualquiera en mi sitio, pero gritaba— y al mismo tiempo me arqueaba contra el colchón, y cada arqueo me recordaba que tenía el plug dentro, llenándome de un modo en el que mi cuerpo no había estado lleno nunca.
Después de un rato largo, Damián se quedó quieto. Le oí jadear. Sabía qué venía a continuación porque su respiración cambia cuando ya no aguanta más.
—Tengo la polla a punto de reventar —dijo—. Esta vez no me corro en tu culo. Esta vez te voy a follar la garganta hasta sacarte la leche por la nariz.
—Como mi amo quiera —contesté, y noté cómo se me escapaba una sonrisa contra la sábana.
Apartó la almohada de un manotazo, la tiró al suelo y se sentó a horcajadas sobre la cabecera, recostado contra el respaldar, con mi cabeza encajada entre sus muslos. Me agarró del pelo, fuerte, y me llevó primero los testículos a la boca. Me hizo lamerlos despacio, mover la lengua donde él decía, sin dejarme respirar bien.
Luego me metió la polla. Me dejó mamar dos o tres segundos —tiempo de pesarla en la lengua, de notar su grosor en el paladar— y de un tirón me la clavó hasta el fondo. La cabeza pasó la úvula y se encajó en mi garganta como un tapón. Me ahogué. Solté un borbotón de baba que le mojó los cojones y empezó a formarse un pequeño charco sobre el colchón, justo bajo mi mandíbula.
—Así me gusta —decía—. Cogerte de la cabeza y moverte a mi antojo, como si fueras un muñeco de trapo. Cojones, no he disfrutado con nadie como contigo.
—Aaaag.
—Traga, marica, no me digas que soy el macho ideal para ti y luego te me ahogues. Abre esa garganta y aguanta.
—Aaaag.
—Ya está. Ya viene. Te aviso porque cargo a tope… toma… toma leche, puta, toda para ti.
Recibí un chorro larguísimo directo al esófago. Damián, al ver mi cara morada, sacó la polla a tiempo y yo empecé a toser sin parar. Tosía leche, tosía baba, y al respirar dos chorretes me salieron por las fosas nasales. Quedé con la cara contra la sábana, jadeando, sin saber si reírme o llorar.
—Si te vieras —dijo él entre risas—. Mira, mírate en el espejo del armario. Tienes los ojos rojos y la leche saliéndote por la nariz y por la boca.
—Ya me imagino —contesté con la voz hecha trizas—. Pero te aseguro que tragué muchísima. Me la inyectaste casi directa al estómago.
—¿Y tú? ¿No te corres?
—Macho —dije sonriendo de medio lado—, ya me corrí.
—¿Cómo?
—Sin tocármela apenas. Ya sabes que a veces me corro así, solo con tu polla dentro del culo, sin manos. Esta vez fue justo cuando me tiraste del pelo y me la clavaste hasta el fondo. La irrupción en la garganta, el plug llenándome el culo, los tirones del pelo… me pasé la mano dos veces y se me fue. Espontáneo. No necesité más.
—Joder, eso me pone más que cualquier cosa —dijo, y se inclinó a darme un mordisco en el hombro—. Llegaste a mí ya muy masoca, pero cada vez eres un marica mejor.
***
—Quiero ser lo que tú quieras —murmuré—. Eres como mi medicina. Necesito esto cada cierto tiempo para estar a gusto. Cuanto más bruto me tratas, mejor me siento. Y lo de hoy me ha encantado: estar bocabajo, relajado, sin pensar en aguantar de pie… concentrado solo en los golpes, uno detrás de otro… y luego el plug, sentir el culo a reventar y a la vez la zurra cayendo. Cojones.
—¿No te das cuenta de que aún lo tienes dentro? —dijo Damián, y noté que se le dibujaba esa sonrisa de vicio que se le pone cuando va a apretar más.
Tanteé con la mano hacia atrás. Era verdad. El plug seguía clavado, encajado contra mi esfínter.
—Sí… pero si mi amo me lo metió, mi amo es quien me lo saca. Yo no me lo sacaría sin que me lo ordenaras.
—Buena respuesta —contestó—. Y por eso te lo voy a sacar yo. Despacio. Muy despacio. Quiero que vuelvas a sentir cómo se te abre el ojete en la parte gorda, ahora que ya no estás caliente. El dolor en frío es otra cosa.
—Ya me dolió un mundo al meterlo —protesté—. Fue como desvirgarme otra vez.
—Pues prepárate para repetirlo en sentido contrario.
Empezó a tirar. Despacio, como había prometido. Yo notaba cómo el grosor avanzaba milímetro a milímetro y cómo mi cuerpo cedía a regañadientes, abriéndose más y más, hasta el punto en que ya no podía abrirse más sin desgarrarse.
—Damián, por favor, más rápido —pedí—. Más rápido, por favor.
—No, nene. Naciste para sufrir de todas las maneras, y esta es una más. Tranquilo. Despacio.
—Ay, ay, ay —gemí, mordiendo la sábana.
—Mira cómo se te abre el ojete —decía él, fascinado—. Quiero ver el momento exacto en que pase la parte más gorda y de golpe se te vuelva a cerrar. Quédate quieto. Quédate quieto.
El instante en que el grosor máximo cruzó la frontera me arrancó un alarido que no pude controlar. Después, el alivio: el plug entero fuera, mi esfínter cerrándose con un latido visible, y un vacío extraño donde antes había una presión que ya sentía mía.
—¿Ves? —dijo Damián, satisfecho—. Ya está afuera. No era para tanto.
—¡Cómo me habrá quedado el culo después de eso!
—¿Quieres verlo? Espera, te hago una foto. Mira.
Me pasó el móvil. Tardé un par de segundos en reconocer lo que veía: mi propio agujero, todavía entreabierto, los bordes hinchados, casi morados, sobresaliendo como si la carne no hubiera vuelto a su sitio.
—¿Ese es mi culo? Joder, mi amo, si todavía está abierto. Y mira esos bordes… engrosados, oscuros…
—¿Y cómo querías que te quedara con esto, marica? —dijo él, mostrándome el plug—. ¿Ves el grosor en esta zona?
—Cojones, sí. Es que ni me dejaste mirarlo antes de metérmelo. No sabía qué me estabas haciendo. Pero te voy a decir una cosa —añadí incorporándome con esfuerzo, todavía dolorido—: quiero que sigas por ese camino. Cada vez más grande. Cada vez más duro. Cada vez más roto.
—Ese es mi chico —contestó, y me besó en la frente con una dulzura que, después de todo lo demás, no me esperaba.