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Relatos Ardientes

El enfermero de Kitgum no cuidaba como los demás

Llegué a Kitgum con una beca de tres meses de la ONG, cargando dos mochilas y un cuaderno lleno de intenciones nobles que iban a durarme exactamente cuatro días. Soy médico general, treinta y seis años, madrileño de nacimiento y cansancio, y creí que un viaje al norte de Uganda me devolvería algo que había perdido entre los turnos infinitos del hospital público. Devolvió otra cosa. Menos limpia. Mucho más honda.

Adisa apareció el segundo día. Era el hombre que se encargaba del pozo comunal, treinta y ocho o cuarenta años, hombros que parecían tallados a hacha y una risa grave que se metía por debajo de la ropa. Me miró como se mira a alguien que ya está decidido aunque sea el último en enterarse. Yo bajé la vista al termómetro que tenía entre los dedos y fingí anotar algo. Cuando levanté la cabeza, Adisa seguía apoyado en el marco de la puerta del dispensario, con la sonrisa más ancha.

Esa misma noche llegué a su cabaña con una excusa ridícula sobre mosquiteros. No hubo mosquiteros. Adisa cerró la puerta con el pie, me empujó contra la pared de barro y me arrancó la camiseta de un tirón.

—Vamos a ver qué trajiste —dijo, y me metió la lengua en la boca con un hambre que me dobló las rodillas.

Me tumbó sobre la estera y me bajó los pantalones sin ceremonias. Yo llevaba tres años sin follar con un tío y se me notaba: temblaba como un flan y ya tenía la polla dura antes de que él terminara de desabrocharse el cinturón. Cuando se bajó los vaqueros, la suya salió disparada, gruesa y oscura, ya rezumando en la punta. Me la puso en la cara sin pedir permiso.

—Abre —ordenó.

Abrí. Me la fue metiendo despacio, midiéndome, calibrando hasta dónde entraba. Sus manos me sujetaron la nuca y empezó a follarme la boca a ritmo lento, mirándome bajar. Se me caía la saliva por la barbilla y a él le brillaban los ojos con eso. Cuando estuve suficientemente empapado me giró y me puso a cuatro patas sobre la estera. Escupió sobre mi culo, frotó la saliva con dos dedos y me abrió con paciencia.

—Tranquilo —dijo—. Despacio.

Mentira. Cuando la cabeza pasó el anillo, la clavó hasta el fondo de un solo empujón. Grité contra el brazo mordido. Me quedé quieto tres, cuatro segundos, sintiéndolo palpitar dentro de mí, y después él empezó a moverse. Me follaba largo y hondo, agarrándome las caderas, tirando de mí hacia atrás cada vez que empujaba. La estera me raspaba las rodillas. El sonido de sus huevos golpeándome el culo llenaba la cabaña. Yo gemía como no había gemido nunca, con la cara aplastada contra el tejido áspero y mi propia polla goteando entre las piernas.

—Así —gruñó—. Este culo blanco quería polla. Se nota.

Me cambió tres veces de postura antes de correrse. Boca arriba con las piernas sobre sus hombros, de lado, otra vez a cuatro patas. Cuando se corrió lo hizo dentro y me llenó con una descarga larga y caliente que me bajó por los muslos cuando salió. Me quedé tirado sobre la estera, jadeando, mientras él se limpiaba con una tela y sonreía.

—Mañana vuelves —dijo. No era una pregunta.

Volví. Volví el día siguiente, y el otro, y el otro. Diez días de repartir medicamentos por la mañana y de mamársela por las noches, con las rodillas sucias y la boca ardiendo. Hasta que la fiebre me tumbó.

***

Fue el agua, seguro. Bebí de un bidón sin hervirlo y a las cuarenta y ocho horas ya estaba doblado sobre mí mismo vomitando bilis fuera de la tienda. Adisa me encontró de madrugada, semiinconsciente, empapado. Me cargó a la camioneta con dos hombres más y me llevó al hospital regional, a dos horas y media por caminos de tierra que me arrancaban gemidos entre delirios.

Desperté a media tarde en una sala compartida, con suero en el brazo y el techo dando vueltas. Infección bacteriana, dijo el médico. Cuatro días internado, mínimo. Cuando la fiebre bajó a treinta y ocho, entró el enfermero de guardia.

Se llamaba Kwame. Veintiocho años, alto y fibroso, con esa belleza sin esfuerzo que tienen algunos a los que la vida les regaló los pómulos. El uniforme azul le marcaba los brazos y le caía por las caderas como si se lo hubieran cosido encima. Me sostuvo la mirada más de lo necesario para cambiar una bolsa de suero.

—Tu amigo te trajo justo a tiempo —dijo con una media sonrisa—. Grande. Fuerte. Te cargaba como a un bebé.

Había algo en el tono. Una insinuación que se colaba entre las palabras sin pedir permiso. Le sostuve la mirada porque estaba demasiado cansado para fingir que no la entendía. Él ensanchó la sonrisa, me acomodó la sábana sobre el pecho y salió meneando las caderas apenas lo justo para que yo lo notara.

Esa noche, a las diez y media, cuando la sala dormía, la cortina de mi cama se corrió despacio. Kwame se agachó a mi lado como quien revisa una vía y me habló pegado al oído.

—Aquí de noche nadie mira —susurró—. Yo sé qué tipo de hombre eres tú. Te vi mirándome.

Su mano bajó por encima de la sábana y se paró justo sobre mi bulto. Apretó. Yo llevaba dos días con erecciones sueltas que no controlaba y ya estaba a medio empalmar antes de que él llegara. Kwame chasqueó la lengua satisfecho, coló la mano bajo el elástico del pantalón del pijama y me agarró la polla directa, piel contra piel. Su mano era ancha, caliente, y sabía exactamente qué hacer.

—Shhh —me tapó la boca con la otra mano—. Los demás dormir. Tú callado.

Me masturbó lento, con la muñeca girando cada dos o tres pases, apretando la base y volviendo a subir. Yo me mordí la palma que él me tenía sobre los labios, empujé las caderas contra su puño y me corrí en menos de tres minutos, sin fuerzas para aguantar más. El semen me chorreó por el vientre. Kwame retiró la mano cubierta y, sin dejar de mirarme, se lamió los dedos uno por uno.

—Blanco sabe distinto —murmuró—. Menos salado. Bueno.

Cerró la cortina y se fue. Yo me quedé temblando bajo la sábana pegajosa, con la polla todavía dura, preguntándome qué demonios estaba haciendo mi vida.

***

Al día siguiente, después del almuerzo, caminé hasta el baño del ala este. Estaba orinando cuando la puerta se cerró detrás de mí y escuché el pestillo. Me giré. Kwame, cruzado de brazos contra la puerta, esa misma sonrisa.

—Quería verte de pie —dijo—. Sin sábana encima.

Terminé de orinar sin dejar de mirarlo. Me lavé las manos. Cuando cerré el grifo, él ya estaba a medio metro. Se arrodilló sin preámbulo, me bajó el pantalón del pijama hasta las rodillas y me miró la polla con la fascinación de quien encuentra algo raro en un mercado.

—Yo nunca chupé polla blanca —dijo—. Ahora sí.

Se la metió entera de una pasada. Tenía experiencia, la lengua le trabajaba alrededor del glande y los labios se sellaban en el tronco. Su otra mano me masajeaba los huevos con firmeza. Me apoyé contra la pared azulejada del baño con las piernas temblando, mirándole la cabeza subir y bajar entre mis muslos. Chupaba entusiasmado, con ese ruido húmedo y obsceno que rebotaba en los azulejos. La saliva le colgaba en hilos y me empapaba las pelotas.

—Voy a correrme —le avisé.

No sacó la boca. Aceleró. Le clavé los dedos en el pelo corto y me vine a chorros dentro de su boca. Kwame tragó todo, se limpió con el dorso de la mano y se levantó relamiéndose.

—Sabes mejor que los locales —dijo—. Más dulce. Mañana te toca dejarte follar. Hoy todavía flojo.

Salió como si tal cosa. Yo tardé cinco minutos en poder caminar.

***

Esa noche, alrededor de la una, entró el doctor. Un hombre de cincuenta y pocos, delgado, con gafas redondas que le resbalaban por la nariz. Se llamaba Okello. Me dijo en voz baja que necesitaba una revisión adicional y me llevó al consultorio del fondo, empujando la puerta hasta que encajó con un golpe seco.

—Túmbese —indicó.

Me acosté en la camilla. Me desabrochó la parte de arriba del pijama, me palpó el abdomen con manos calientes y firmes. Al principio era exploración clínica. Después las manos bajaron. Los dedos rozaron el hueso de la cadera, se quedaron ahí un segundo de más, siguieron bajando. Desató el cordón del pantalón sin mirarme a la cara. Cuando la tela cayó hasta las rodillas, mi polla salió disparada. Ya estaba dura.

—Morfología interesante —murmuró—. Distinta de los pacientes locales.

La agarró como quien examina una arteria. Empezó a mover la mano, lento, metódico, con el pulgar rodeando el glande. Le brillaban los ojos detrás de las gafas.

—Necesito una muestra —dijo—. Para análisis.

Cogió un vasito de plástico del escritorio y siguió masturbándome sin dejar de mirarme. Diez minutos, quizá quince, alternando el ritmo, apretando la base, deteniéndose justo antes de que me viniera, dejándome caer y volviendo a subir. Cuando por fin estuve a punto de reventar, me colocó el vasito bajo el glande. Solté los chorros ahí dentro, gimiendo bajito, mordiéndome el labio para no despertar al hospital entero. El doctor levantó el vaso a la luz de la lámpara, lo examinó como un catador y, sin dejar de mirarme, se lo bebió de un trago. Se lamió los labios.

—Proteínas —dijo—. Bueno para la salud.

Me ayudó a vestirme y me acompañó a la habitación. En el pasillo, entre las luces amarillas de emergencia, tuve la sensación de estar caminando por otro planeta.

***

El tercer día no hubo fiebre. La enfermera me dijo que ya podía ducharme y que Kwame iba a ayudarme. Kwame apareció con una toalla y un jabón, me llevó al baño comunal y cerró la puerta principal con pestillo.

—Desnudo —dijo.

Me quité el pijama. Él se quitó el uniforme sin apuro, colgándolo del gancho, y quedó desnudo delante de mí. El cuerpo era exactamente como lo había imaginado bajo la ropa: los abdominales marcados, los brazos venosos, las piernas largas. Su polla colgaba entre los muslos, gruesa incluso en reposo. Cuando se la agarró y se la sacudió un par de veces, creció y creció hasta apuntar recta hacia arriba, veinte centímetros bien cumplidos, el glande oscuro brillando bajo la luz del tubo fluorescente.

—Hoy te follo —dijo—. Dos días esperé. Hoy ya aguantas.

Abrió el grifo. El agua salió tibia. Me metió bajo el chorro y empezó a enjabonarme como si fuera un ritual. Sus manos me recorrieron el pecho, la espalda, el estómago. Cuando llegó al culo, los dedos se demoraron. Me apretó las nalgas, las separó y me metió un dedo despacio, con el jabón como lubricante. Yo dejé escapar un jadeo largo y él sonrió contra mi cuello.

—Apretado —dijo—. Bueno.

Sacó el dedo, se puso jabón en la mano y se la pasó por la polla. Me giró contra la pared azulejada y me apoyó las palmas en los azulejos. El agua me caía por la espalda. Kwame me abrió las nalgas con los pulgares y me apoyó el glande contra el ojete.

—Respira —dijo—. Va a doler primero.

Empujó. Sentí el ardor subirme por la columna. Me mordí el antebrazo para no gritar. Él fue entrando de a poco, milímetro a milímetro, sin retirarse nunca del todo, dejándome acostumbrar a él. Cuando el glande venció el anillo, gemí largo contra la pared. Kwame se paró un instante, esperando, con los dedos clavados en mis caderas.

—Ya —dijo—. Ahora suave.

Siguió metiéndosela hasta el fondo. Cuando estuvo entero adentro, se quedó pegado a mi espalda, respirándome en la nuca, dejándome sentir cómo latía dentro de mí.

—Perfecto —murmuró—. Caliente. Apretado. Hecho para esto.

Empezó a moverse. Despacio al principio, con embestidas largas que me llegaban al fondo, después más rápido y más hondo, sujetándome de las caderas con los pulgares clavados. El agua caía sobre nosotros y llenaba el baño de un vapor pesado. Yo tenía la frente pegada a los azulejos, la boca abierta, gimiendo cada vez que él salía y volvía a entrar. En algún momento el dolor se transformó en otra cosa. Le empujé el culo hacia atrás, buscándolo, pidiéndole más sin decirlo.

—Ah, ahora sí —se rio bajito en mi oreja—. Ahora ya te gusta.

Me la clavó más rápido, con más rabia, chocándome los muslos contra los suyos. Yo me estaba masturbando contra los azulejos con una mano, resbaladiza por el jabón, y me corrí primero, largo y silencioso, con el semen chorreándome entre los dedos y las piernas temblando. Kwame se corrió veinte segundos después, dentro, con un gruñido ronco pegado a mi cuello. Sentí los chorros calientes llenándome por primera vez en mi vida. Cuando salió, el semen y el agua bajaron juntos por la parte de atrás de mis muslos hacia el desagüe.

Nos secamos en silencio. Kwame me pasó la toalla por la espalda como un enfermero cualquiera y me devolvió al cuarto.

***

Por la tarde apareció Adisa. Grande, sólido, como si fuera de otro mundo. Se sentó en el borde de la cama sin pedir permiso. Al fondo, Kwame ordenaba medicamentos y evitaba mirarnos. Adisa lo señaló con el mentón.

—Él te cuida bien.

—Muy bien —dije, y no me esforcé por esconder la sonrisa.

Adisa soltó una risa breve, grave. Sabía. Claro que sabía. Había una chispa en sus ojos que no estaba antes.

—Hablé con el doctor. Mañana sales.

Asentí. No dije nada.

—Bueno —agregó, poniéndose de pie—. Porque tengo planes para ti cuando vuelvas a la aldea.

—¿Qué tipo de planes?

Sonrió lento. De esas sonrisas que no responden, pero prometen.

—Ya verás.

Salió del cuarto. Kwame lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo y después giró la cabeza y me guiñó un ojo. Yo me recosté sobre la almohada, todavía con el olor del jabón en la piel y el ardor cansado en el culo.

Me quedaban dos meses de beca. Iba a volver a la aldea de Adisa al día siguiente. Iba a volver a Kwame el mes siguiente, cuando tocaran los análisis de control. Y por primera vez en años entendí para qué había cruzado tantos kilómetros.

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Comentarios(7)

LuchoRP

excelente relato, me dejo con ganas de mas!!!

Nico_Baires

Que sorpresa de historia. El escenario me parecio muy original, Uganda... uno no lo espera y eso lo hace todo mas interesante.

FacundoNoc

Buenisimo, sigue asi!

MiguelDV

Me gusto mucho como lo contaste. Se nota que pusiste cuidado en el ambiente, no solo en la accion. Se siente real.

CuentoFan_22

Por favor continua! Quede con ganas de saber que paso despues

Romina_Cba

Me recordo a cuando estuve internada una vez, obvio que no me paso nada parecido jajaja pero la atmosfera del hospital la entendi perfectamente. Muy bueno.

Alejo_rdl

El titulo ya te engancha, tremendo

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