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Relatos Ardientes

Mi primera noche gay en casa de mis anfitriones

Llegué al norte en plena ola de calor, sudado, cansado y con esa sensación rara de estar fuera de sitio antes incluso de bajar la maleta del coche. La dirección me llevó a una calle señorial, de edificios altos, balcones de hierro y portales de otra época. Cuando vi la fachada, pensé que me había equivocado: por el precio que había pagado esperaba algo sencillo, no aquel piso enorme en una zona demasiado elegante para mi presupuesto.

Llamé al telefonillo y una voz masculina, joven y tranquila, respondió casi al instante. Me identifiqué y el zumbido de la puerta sonó como una invitación a otro mundo. Subí con la mochila al hombro, empapado de calor, y al entrar me encontré un vestíbulo pequeño que desembocaba en un salón inmenso separado por una puerta acristalada con vidrieras de colores.

Allí me esperaba uno de los dueños.

Llevaba una bata ligera abierta sobre un bañador mínimo, como si no tuviera ninguna necesidad de fingir pudor en su propia casa. Era guapo, muy cuidado, con esa clase de belleza masculina que uno mira un segundo de más aunque no quiera reconocerlo. Sonrió, me tendió la mano y me hizo pasar con una naturalidad que me desarmó.

—Tú debes de ser Darío —dijo—. Pasa, te estábamos esperando. Mi marido sigue en la ducha. Yo soy Mauro.

Me ofreció una cerveza antes de que pudiera dejar bien la maleta. Acepté, más por desconcierto que por sed, y me senté con él en aquel salón impecable que olía a madera, colonia cara y aire fresco. Hablamos con facilidad: de mi viaje, de su ciudad, del sur del que yo venía y del negocio audiovisual que llevaban entre los dos. Todo en esa casa respiraba dinero, gusto y una seguridad tranquila que a mí me impresionó bastante más de lo que quise admitir.

No tardó en aparecer el otro.

Salió del pasillo con un kimono oscuro, el pelo mojado y una expresión más serena, casi más contenida que la de Mauro. Tendría algunos años menos que yo, pero bastantes más que su marido. Moreno, atractivo sin esfuerzo, con esa masculinidad sobria que pesa más que la exhibición. Se presentó como Iván, me estrechó la mano, tomó otra cerveza y se sentó a mi lado como si yo no fuera un desconocido recién llegado, sino alguien a quien ya hubieran decidido aceptar.

Con tres cervezas encima y media jornada de carretera en el cuerpo, empecé a relajarme demasiado rápido. Iván me enseñó la habitación: cama grande con dosel, cuadros abstractos, armario enorme y un balcón a una calle viva y ruidosa. Era mucho mejor de lo que esperaba.

—Ponte cómodo —dijo—. Nosotros saldremos un rato. Solo tenemos un baño, así que si ves la puerta cerrada, ya sabes.

Cuando me quedé solo, deshice la maleta, me duché y me puse el albornoz blanco que habían dejado para mí. Luego me tiré en la cama con el teléfono y, por simple curiosidad, busqué otra vez el anuncio del alquiler. Fue ahí cuando vi el detalle que había pasado por alto. En letras discretas, pero clarísimas: «gay friendly».

Me reí solo.

No por rechazo. Más bien por la ironía de haber acabado allí sin darme cuenta. La verdad es que el tema siempre me había dado curiosidad. Nunca había estado con un hombre, nunca me había considerado gay, pero tampoco era tan ingenuo como para fingir que ciertas ideas no me encendían algo por dentro. Había morbo, eso seguro. Morbo y una libertad nueva que me venía rondando desde hacía tiempo: esa sensación de que ya no me apetecía pasarme la vida reprimiendo lo que me excitaba.

Le escribí entonces a la mujer con la que llevaba semanas jugando a distancia. Era mayor que yo, descarada, inteligente y obscena sin vergüenza. Habíamos quedado en vernos en esa ciudad, aunque aquella misma noche me avisó de que no podría. Eso sí, no tardó en compensarlo.

—Esta noche te quiero por vídeo —me escribió—. Prepárate la polla.

Solté una carcajada. Ella era así.

Al rato llegó una foto suya abriéndose el coño con dos dedos, húmedo y rosado, el clítoris hinchado, los labios brillantes. Debajo escribió: —Hazme caso y enséñame algo que no me haya enseñado nadie.

Justo entonces oí la puerta de la casa. Mis anfitriones regresaban.

Me cambié, busqué algo menos llamativo que mi ropa de viaje y salí a dar una vuelta. La noche estaba viva, las calles llenas, los bares desbordados. Entré en un par de sitios, comí algo de pie y, después de varios giros, acabé cruzándome con Mauro e Iván. Iban impecables, sonrientes, con esa euforia suave de quien lleva encima varias copas y una velada fácil.

—Qué casualidad —dijo Mauro—. Ven con nosotros. Aún vamos a tomar algo más.

Los seguí.

Con ellos me sentí raro y cómodo al mismo tiempo. Conocían a media ciudad, saludaban a todo el mundo, se reían mucho, bebían sin perder el estilo. Yo, a su lado, parecía un turista despistado, pero no me hicieron sentir inferior ni un segundo. Al contrario: me metieron en la conversación, me presentaron a sus amigos, me empujaron sin darse cuenta hacia una complicidad extraña y rápida.

Terminamos de madrugada en el salón del piso, hundidos los tres en aquel sofá enorme, con vasos a medio terminar y la lengua ya más suelta que al principio. Hablábamos de cine, viajes, política, relaciones. Mi teléfono vibró sobre la mesa y los dos miraron por puro reflejo. Yo también. Era ella.

—¿Listo para una buena mamada virtual? Por ahora.

Mi risa debió de decirlo todo, porque Mauro alzó una ceja.

—Eso no parece un mensaje de trabajo.

No sé si fue el alcohol, la confianza o el ambiente, pero les enseñé la pantalla. Ellos se miraron y luego me miraron a mí con una mezcla de diversión y hambre de cotilleo. Les conté, sin entrar en demasiado detalle, que tenía una aventura a distancia con una mujer madura y bastante guarra, y que una de las razones de mi viaje era verla.

—Nuestro inquilino esconde cosas —murmuró Iván.

—Contéstale —dijo Mauro—. Ahora ya queremos saber cómo sigue.

Le respondí delante de ellos. Ella me mandó enseguida otra foto, todavía más explícita, con los dedos separándose la vulva y un texto corto: —Méteme lo que quieras.

Mauro soltó un silbido.

—Coño. Ni a mí me hablan así tan rápido.

—A mí sí —dijo Iván, seco, y los dos se echaron a reír.

Seguimos comentando los mensajes, cada vez con menos filtros. Había algo indecente en enseñarles aquella conversación, y a la vez algo excitante en sentirme observado mientras ella me calentaba desde la pantalla. Cuando me escribió pidiéndome que me tocara y le enseñara el prepucio, Mauro apoyó el codo en el respaldo del sofá y me sostuvo la mirada.

—Si quieres intimidad, te dejamos solo.

Lo dijo con cortesía, pero en su voz había otra cosa. Una puerta entreabierta. Una espera.

—No hace falta —respondí.

Los tres nos quedamos callados un segundo.

Entonces vibró otra vez el teléfono. Esta vez era una instrucción absurda, sucia y concreta. Quería que me metiera algo por la punta de la polla y se lo enseñara por vídeo. Contesté que estaba loca. Ella insistió. Mauro me preguntó qué pasaba y, como si ya hubiera cruzado una línea de la que no pensaba volver, se lo dije también.

Iván negó con la cabeza, divertido.

—Eso sí que no lo hagas borracho.

—A menos que quieras acabar en urgencias —añadió Mauro.

Nos reímos. Pero la excitación ya estaba instalada en el aire como una capa cálida y espesa. Me levanté con el teléfono en la mano diciendo que iba al cuarto un momento. Nadie me detuvo. Tampoco nadie apartó los ojos de mí mientras me iba.

En la habitación me senté en la cama, abrí el vídeo y seguí jugando con ella. Me bajé el albornoz, saqué la polla ya dura y empecé a masturbarme despacio para que lo viera. Ella gemía desde el otro lado, dándome órdenes cada vez más sucias. Que abriera bien el prepucio. Que escupiera en la punta. Que me tocara los huevos. Que metiera un dedo en el culo mientras la imaginaba arrodillada delante de mí.

Hice casi todo.

Estaba rojo, caliente, empalmado hasta doler, y aun así no me corrí. Quería aguantar. Quería estirar esa excitación extraña que me había dejado el salón, las miradas de ellos, el tono con que Mauro había dicho que no hacía falta intimidad.

Cuando salí al pasillo para ir al baño por lubricante, vi la puerta de su dormitorio abierta.

Me quedé clavado.

Los dos estaban desnudos sobre la cama. Mauro, de rodillas, mamando la polla de Iván con movimientos lentos de cabeza, una mano apretándole el muslo y la otra masajeándole los huevos. Iván estaba recostado contra el cabecero, respirando hondo, con la cabeza hacia atrás, pero al verme en la puerta bajó la vista y me sostuvo la mirada sin soltar un solo gesto de alarma.

Al contrario. Sonrió.

Esa sonrisa me desarmó por completo.

Mauro se apartó la polla de la boca y giró hacia mí con los labios brillantes de saliva. No dijo «pasa», pero no hacía falta. Yo seguía en el umbral con la polla durísima bajo el albornoz abierto, temblando más por la adrenalina que por el miedo.

—Si te quedas mirando —dijo Iván con voz ronca—, termina de entrar.

Entré.

El corazón me iba a golpes. Podría haberme dado media vuelta. No lo hice. Me acerqué a la cama y Mauro me agarró del albornoz por la cintura, me lo abrió del todo y me miró la polla con un hambre descarado.

—Así que esa era la urgencia —murmuró.

Me la rodeó con la mano y empezó a acariciármela desde la base hasta la punta, despacio, como si quisiera medir mi reacción centímetro a centímetro. Yo solté el aire con un gemido torpe. La tenía sensible de tanto jugar por vídeo, y aquel contacto masculino, directo, seguro, me pegó una descarga instantánea en el vientre.

—Relájate —dijo Iván—. Si no quieres, no haces nada.

Asentí, aunque lo que menos quería en ese momento era salir corriendo.

Mauro se inclinó y me pasó la lengua por la punta. Solo eso bastó para doblarme un poco las rodillas. Luego me la metió en la boca sin ceremonia, tragando despacio, con una técnica tan buena que tuve que apoyar una mano en su hombro para no perder el equilibrio. Me succionaba con hambre, pero sin prisa, jugando con la lengua en el frenillo, sacándola, lamiéndola, volviéndola a meter hasta casi la garganta.

—Joder —se me escapó—. Joder.

Iván se levantó de la cama y se puso detrás de mí. Noté sus manos en mi pecho, abiertas, fuertes, deslizándose por mi torso sudado. Me pellizcó los pezones lo justo para hacerme jadear y luego me besó el cuello, lento, casi tierno, en contraste con la mamada brutal que me estaba dando Mauro.

—Míranos —me dijo al oído.

Levanté la vista y vi a Mauro tragándome media polla, mirándome desde abajo, pajeándose la suya al mismo tiempo. La escena era tan obscena que me temblaron las piernas. Yo, que había llegado allí creyéndome espectador, estaba en medio, duro como una piedra, a punto de correrme en la cara de un hombre al que conocía desde hacía unas horas.

Saqué la polla un segundo para no estallar, pero Mauro me agarró de la cadera y volvió a metérsela en la boca. Iván me acarició el vientre, bajó la mano y me sobó los huevos por debajo, pesados, tensos.

—Córrete si quieres —susurró—. No pasa nada.

No aguanté más.

Me corrí con un gemido que salió más alto de lo que pretendía. Mauro se tragó parte y dejó que el resto le salpicara la boca y la barbilla. La imagen fue tan sucia y tan perfecta que casi me habría corrido otra vez solo de verla. Iván le agarró la cara, lo besó en la boca y le lamió mi semen de los labios. Yo me quedé mirando, aturdido, excitado y rendido.

—Ven a la cama —dijo Mauro.

Me senté entre ellos todavía jadeando. La polla se me fue bajando unos segundos, pero no del todo. Ver a dos hombres besándose al lado de mi muslo, tocándose sin pudor, compartiendo saliva y deseo delante de mí, me la devolvió antes de lo que creía posible.

Iván se puso a cuatro patas sobre la cama y giró la cabeza para mirarme. Mauro le abrió las nalgas y yo vi su culo perfectamente dispuesto, el ano húmedo por la saliva y el lubricante que ya le había extendido con los dedos. Sentí un golpe seco de excitación en el pecho.

—¿Quieres probar? —preguntó Mauro.

Yo no sabía si podía. No sabía si quería solo mirar o meterme del todo. Pero mi polla, otra vez dura, contestó antes que yo.

Mauro me puso un condón con manos expertas, me untó más lubricante y me colocó de rodillas detrás de Iván. Me agarró la polla y me la guió hasta la entrada de su culo. El aro cedió poco a poco, caliente y apretado. La sensación al entrar fue extraña, intensa, adictiva de inmediato: resistencia primero, luego un deslizamiento denso que me hizo soltar un gruñido involuntario.

—Despacio —dijo Iván—. Entra bien.

Empujé otra vez. Se la metí un poco más. Luego toda.

Noté cómo me rodeaba por dentro, cómo ese anillo apretado me exprimía la polla con una presión distinta a cualquier coño que hubiera probado. Mauro me miraba fascinado, acariciando la espalda de su marido, pendiente de mí y de él al mismo tiempo. Cuando empecé a moverme, primero torpe y luego con más confianza, Iván soltó un gemido ronco y apoyó la frente en la almohada.

—Así —murmuró—. Así, sí.

Yo lo follaba sin creerme del todo lo que estaba haciendo. Cada embestida me hundía más en el morbo. La visión de su culo tragándome, el ruido húmedo del lubricante, la mano de Mauro apretándome la cintura y luego bajando para acariciarme los huevos, para tocarme el culo, para meter un dedo en mi ano mientras yo penetraba a su marido... todo me fue llevando a un punto de pura animalidad.

—Joder, qué apretado —dije entre dientes.

Mauro sonrió.

—Te está gustando demasiado para ser la primera vez.

Y tenía razón. Me estaba gustando demasiado.

Seguí embistiendo, cada vez más rápido. Iván empezó a echar el culo hacia atrás, marcándome el ritmo, y yo me dejé llevar. Mauro se arrodilló a mi lado y me besó, metiéndome la lengua mientras yo seguía dentro de su marido. Aquel beso sí me descolocó por completo. No fue un roce accidental ni una prueba. Fue un beso de verdad, húmedo, abierto, con su aliento mezclado con el mío y una mano agarrándome la nuca para que no me apartara.

Gemí dentro de su boca. Me corrí por segunda vez mucho más deprisa de lo que habría querido, descargando dentro del condón con espasmos fuertes, clavado al culo de Iván, casi sin aire. Me quedé quieto unos segundos hasta que pude salir de él.

Las piernas me temblaban.

Mauro me empujó con suavidad hacia la cama.

—Ahora tú.

Ahí sí sentí un golpe de nervios real. Miré a los dos. Ellos me miraban sin prisa, sin burlas, con una seguridad casi obscena. Yo llevaba años fantaseando con cosas que jamás había verbalizado, pero una cosa era imaginar un dedo, un juguete, una idea sucia al masturbarme, y otra muy distinta era abrir el culo para una polla de verdad.

—No sé si voy a poder —admití.

—Podrás si dejas de pensar —dijo Iván.

Me hicieron tumbarme de lado primero. Mauro me besó mientras Iván me separaba las nalgas y me extendía lubricante en la entrada del ano con dos dedos lentos y firmes. El primer contacto me hizo tensarme. El segundo me arrancó un suspiro. Cuando me metió un dedo entero, apreté por reflejo.

—Relaja —murmuró Mauro junto a mi boca—. Respira y afloja.

Lo hice. El dedo entró más. Luego un segundo. La sensación no era de placer limpio, al menos no al principio. Era presión, invasión, calor, una incomodidad excitante que me tenía el corazón acelerado y la polla medio despierta otra vez. Iván trabajó mi culo con paciencia, abriendo, lubricando, entrando y saliendo hasta que el cuerpo empezó a ceder por sí solo.

Entonces cambió los dedos por la polla.

Noté la punta caliente empujando mi entrada y me agarré a la sábana. Mauro me sostuvo la cara con una mano y me besó mientras Iván insistía despacio, sin forzar de golpe. Primero ardió un poco. Luego se abrió. Luego entró más, hasta que sentí de verdad que una polla me estaba follando el culo y ya no había vuelta atrás.

Solté un sonido raro, mezcla de queja y gemido.

—Ya está —dijo Iván con la voz más ronca que antes—. Ya la tienes dentro.

Me quedé inmóvil, respirando hondo, tratando de entender lo que mi cuerpo sentía. No era el placer directo de una mamada ni el alivio de correrse. Era otra cosa. Una sensación profunda, sucia, mental. La excitación estaba en saberme abierto, tomado, empujado desde atrás por un hombre mientras otro me acariciaba el pecho y me besaba el cuello.

Cuando Iván empezó a moverse, despacio primero, luego con más seguridad, mi cabeza se fue a otro sitio. Cada embestida me sacudía el vientre. Yo mismo eché el culo hacia atrás sin pensarlo, buscándolo. Quería más. Quería sentirlo mejor. Quería perderle el miedo del todo.

—Eso es —dijo Mauro, excitado al verme—. Muévete para él.

Lo hice.

Apoyé una rodilla, luego otra, y acabé a cuatro patas sin que nadie me obligara. Iván me agarró de las caderas y empezó a darme más fuerte. Ahí sí salió la parte más cruda de todo. El sonido de sus huevos golpeándome, el lubricante corriendo, mi propio jadeo convertido en gruñidos cortos, la mano de Mauro pajeándome al ritmo de cada embestida mientras me llamaba guarro al oído, mientras me mordía el hombro, mientras me decía que mirara cómo me estaban usando y lo mucho que me estaba gustando.

Y me gustaba.

Me gustaba tanto que me daba rabia no haberlo probado antes.

Iván me follaba con fuerza, pero sin perder el control. Cada vez que mi cuerpo se tensaba demasiado aflojaba un poco, y en cuanto volvía a soltarme me embestía otra vez más hondo. Yo empecé a contraer el ano por puro instinto, y él soltó un gemido grave que me encendió todavía más.

—Joder, no hagas eso si no quieres que me corra ya.

Hice exactamente eso otra vez.

Mauro se rio y me apretó la polla, ya completamente dura, con la mano llena de lubricante. Me la masturbaba rápido, sin dejar de mirar cómo su marido me abría el culo a embestidas. Yo estaba fuera de mí. Entre las dos sensaciones, la polla y el culo, la vergüenza y el morbo, el placer y la pura suciedad de la escena, me corrí una tercera vez con un gemido ahogado contra la almohada, manchando la sábana mientras Iván seguía dentro de mí.

Mi orgasmo lo empujó al suyo.

Me dio tres embestidas más, duras, profundas, y salió para colocarse sobre Mauro, que ya estaba tumbado boca arriba esperando. Sin quitarse el condón, se la metió de una sola vez y empezó a follárselo delante de mí. Mauro abrió las piernas, echó la cabeza atrás y soltó una risita jadeante que terminó en un gemido largo cuando Iván le entró hasta el fondo.

Yo me quedé medio incorporado, exhausto, mirándolos.

Verlos follar entre ellos después de haber pasado por mí fue casi tan excitante como participar. Había intimidad real en sus cuerpos, una costumbre erótica afinada con los años. Mauro le acariciaba la espalda, luego las nalgas, luego le agarró la cara para besarlo mientras recibía cada embestida. Iván aumentó el ritmo, la cama golpeó la pared y ambos terminaron casi al mismo tiempo: Mauro corriéndose sobre su vientre, Iván vaciándose dentro del condón con un gruñido sordo.

El silencio posterior me zumbó en los oídos.

Los dos se dejaron caer unos segundos, respirando, y luego giraron hacia mí con sonrisas cansadas.

—Esto, desde luego, no iba incluido en el alquiler —dijo Mauro.

Me reí, todavía temblando.

—Pues menos mal.

Fuimos los tres al baño. La ducha compartida fue otro tipo de intimidad, menos brutal y más lenta. Nos enjabonamos unos a otros, me lavaron el semen seco del vientre, el lubricante de los muslos, y yo los besé a ambos en la boca sin sentir ya ninguna barrera extraña. No era amor, ni falta que hacía. Era deseo satisfecho, complicidad y una confianza rarísima nacida en una sola noche.

—Mañana trabajamos —dijo Iván, secándose el pelo—. Intenta no enamorarte.

—Ni cobrar suplemento —añadió Mauro.

Volvimos al pasillo entre risas y cada uno fue hacia su cama. Yo entré en mi cuarto molido, con el culo sensible, el cuerpo drenado y la cabeza ardiendo. Entonces me acordé del teléfono.

Tenía varios mensajes de ella, cada vez más impacientes.

Le contesté sin demasiada esperanza: —Perdona. Me lié.

La respuesta llegó en segundos.

—Más te vale estar en urgencias.

Miré la pantalla y sonreí como un idiota antes de escribir la verdad, o al menos la parte esencial.

—No. Acabo de mamar dos pollas, me he corrido en la cara de uno, me he follado a otro y me han reventado el culo. ¿Te vale como excusa?

Tardó menos de medio minuto en responder.

—Hijo de puta. ¿Y no grabaste nada?

Me tumbé desnudo sobre la cama, aún notando en el cuerpo cada mano, cada boca, cada embestida de aquella noche absurda e inesperada. Le mandé una foto mala, rápida, de mi culo enrojecido como pude frente al espejo. Después seguimos escribiéndonos casi una hora más, ella cachonda, yo todavía en una nube, mientras me daba cuenta de algo muy simple.

No había cambiado de acera por error.

Había cruzado porque me dio la gana. Y porque, en el fondo, llevaba mucho tiempo queriendo saber qué había al otro lado.

Y sí: me había gustado.

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Comentarios(7)

NicolasR_ok

increible!! me dejo sin palabras

GusRodrigz

cuando sigue???

LeituraLibre

me recordo a una situacion parecida que me paso hace años, jaja una cosa lleva a la otra. bien escrito

AndresMZA

Y siguieron en contacto despues de esa noche? Me quedo con ganas de saber que paso despues

SombraLenta

me gusto como describiste esa tension al principio, sin saber bien lo que ibas a hacer. Se siente genuino

Valentina_Rdz

Que buena escritura, se nota que lo viviste de verdad. Espero la continuacion!

PablitoCba

jajaja me imagine la cara que pusiste cuando te diste cuenta de con quien habia alquilado... demasiado bueno

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