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Relatos Ardientes

Mi confesión en el barrio de sexo de pago

No voy a fingir que llegué a ese barrio arrastrado por la desgracia. Fui porque quería meterme en ese mundo y porque el sexo me tiraba más fuerte que cualquier otra cosa. Trabajaba todo el día, dormía poco, cobraba lo justo y me dejaba una buena parte del dinero en clubes, cuartos de alquiler y cuerpos que estaban allí para cobrarme por lo que yo no sabía pedir de otra manera.

Mi primera vez con una mujer fue con una prostituta madura llamada Maira, una rubia teñida de carne abundante, tetas enormes y una risa gastada por el tabaco. Yo era un adulto torpe, caliente y nervioso, y apenas pude mantenerme dentro de ella unos segundos antes de correrme. Fue rápido, casi ridículo, pero también revelador. Salí de aquella habitación mareado, con el pulso disparado y la sensación de que se me había abierto una puerta que ya no iba a poder cerrar.

Después vino todo lo demás.

Dejé la habitación que compartía con otros obreros y me mudé a un estudio miserable entre el taller y la zona de bares donde trabajaban putas, travestis, hombres que buscaban hombres y toda clase de gente que vivía del deseo ajeno. Allí empecé a hacerme conocido no por guapo ni por valiente, sino por útil. Cargaba cajas, limpiaba barras, reponía botellas, hacía recados y nunca hacía preguntas.

Eso me abrió más puertas que el dinero.

En dos clubes ya me dejaban entrar aunque no consumiera de inmediato. En uno me dejaban barrer al cierre y en otro me daban de beber si ayudaba a subir cajas al almacén. Las trabajadoras me trataban bien porque yo no iba de listo ni de salvador. Ellas sabían que yo iba caliente, sí, pero también que era discreto, que pagaba cuando tocaba y que no armaba escándalos.

Con el tiempo descubrí que mi deseo no iba en una sola dirección. Me excitaban las mujeres, claro, pero también las travestis altas, maquilladas y descaradas, y algunos hombres maduros que no escondían lo que querían. No me importaban demasiado las etiquetas. Lo que me importaba era la mezcla de cuerpos, la sensación de estar permitido por un rato en un sitio donde todo se negociaba con billetes, alcohol, sudor y necesidad.

Yo pensaba en sexo mientras trabajaba. Pensaba en tetas cuando apretaba tuercas. Pensaba en pollas cuando limpiaba vasos. Pensaba en coños, culos, bocas y corridas mientras caminaba a casa con las manos oliendo a grasa y lejía. Mi rutina era simple: trabajar, cobrar, volver al barrio, dejar que me vaciaran la cartera y, si había suerte, también la cabeza.

La noche que de verdad me cambió todo fue un domingo al amanecer, cuando el club ya olía a final de fiesta. La música estaba baja, las luces encendidas a medias y el suelo pegajoso de alcohol. Yo estaba rellenando las neveras detrás de la barra cuando entró un hombre corpulento, bien vestido, con la corbata floja y esa seguridad sucia de quien sabe que puede comprar lo que le apetezca.

En la sala quedaban pocas personas. Una era Nerea, una prostituta de más de cuarenta, morena, pechugona, con una cara dura y una lengua afilada que me había manoseado más de una vez mientras yo limpiaba vasos. La otra era Lara, una trans rubia alta, de hombros elegantes, piernas infinitas y una mirada tan fría como calculadora. Yo llevaba semanas mirándola de reojo, fascinado por la manera en que caminaba y por el bulto firme que se le marcaba a veces bajo los vestidos ajustados.

El cliente las miró a las dos y luego me miró a mí.

—Quiero una habitación grande —dijo—. Y quiero que este se quede.

Señaló hacia mi pecho como si eligiera otra botella.

Nerea soltó una carcajada. Lara sonrió apenas, ladeando la cabeza. Yo seguí con una caja de cerveza en las manos, fingiendo que no había oído bien.

—¿Para qué lo quieres? —preguntó Nerea.

—Para mirar primero —respondió él—. Y si se anima, para participar.

Noté el calor subiéndome por el cuello. Debí negarme. Pude decir que estaba trabajando, que no era profesional, que no iba con hombres. No dije nada. Nunca fui bueno negándome cuando el deseo venía mezclado con dinero y curiosidad.

Lara se me acercó despacio y me quitó la caja de las manos.

—Te paga bien, cariño —me dijo al oído—. Solo tienes que estar y obedecer.

La forma en que dijo «obedecer» me aflojó las piernas.

Subimos los cuatro. El hombre pagó por adelantado la habitación grande y dejó claro que quería tiempo, espectáculo y libertad. Yo iba detrás, callado, con el corazón golpeándome las costillas. Al entrar vi el cuarto como si nunca hubiera visto uno igual: cama ancha, sillón de vinilo, espejos manchados, una luz roja cansada y olor a perfume barato mezclado con semen viejo.

—Tú siéntate ahí —ordenó el cliente, señalando el sillón.

Me senté. Nerea empezó a desabrocharse la blusa con una lentitud casi teatral, dejando salir sus tetas pesadas del sostén negro. Lara se quitó el abrigo y quedó con un vestido ceñido que le dibujaba cada curva. El hombre se aflojó el cinturón mientras las miraba con hambre. Yo tragaba saliva, quieto, con la polla ya dura dentro del pantalón.

—Míralas bien —me dijo él sin apartar la vista—. Te pago por mirar, así que mira.

Nerea se subió a la cama a gatas y movió el culo en dirección a nosotros. Lara se colocó frente a ella y la besó con una seguridad que me dejó clavado. Se metieron la lengua sin prisa, una mano en las tetas de Nerea, la otra bajando por sus muslos abiertos. El hombre se masturbaba de pie, respirando fuerte, y yo no podía apartar los ojos.

Lara metió la mano entre las piernas de Nerea y empezó a frotarla por encima de las bragas.

—Está mojada —dijo, mirándome a mí, no a él—. Ven a comprobarlo si quieres.

No me moví. El cliente soltó una risa corta.

—Todavía no. Que aprenda mirando.

Nerea se quitó las bragas y abrió más las piernas. Lara se arrodilló entre sus muslos y le hundió la cara en el coño con decisión. El sonido fue húmedo, directo, obsceno. Nerea soltó un gemido ronco y le agarró el pelo. Yo podía ver la lengua de Lara entrando y saliendo, subiendo hasta el clítoris, bajando otra vez, lamiendo como si aquello fuera suyo. El hombre se acercó a la cama y sacó la polla: gruesa, venosa, pesada. Nerea la agarró con una mano mientras Lara seguía comiéndosela por abajo.

—Acércate —me ordenó él.

Me levanté y di dos pasos. Él me puso una mano en la nuca, no con violencia todavía, pero sí con intención. Me obligó a mirar de cerca cómo su polla desaparecía en la boca de Nerea mientras Lara la lamía por debajo, turnándose entre el coño de una y la verga del otro. Yo respiraba por la boca, mareado de excitación.

—Tócale las tetas —dijo Nerea, mirándome entre chupada y chupada.

Obedecí. Le agarré una teta llena, pesada, caliente. El pezón estaba duro. Ella gimió y me guio la mano hasta el otro pecho. Lara levantó la vista hacia mí y sonrió con la boca brillante. Luego me cogió la muñeca y me llevó los dedos hasta el coño abierto de Nerea.

—Mételos —susurró.

Le metí dos dedos y casi me corrí ahí mismo al sentir lo caliente y mojada que estaba. Nerea abrió más las piernas. El hombre jadeó, excitado por la escena. Lara se puso de pie frente a mí y empezó a bajarse la cremallera del vestido despacio. No llevaba nada debajo. Su cuerpo era compacto, trabajado, sensual, y entre sus muslos apareció una polla preciosa, tiesa y gruesa, perfectamente depilada, balanceándose hacia mí.

Se me secó la boca.

—Ahora abre —me dijo.

No sé si obedecí por deseo, por vergüenza o por la imposibilidad de salir ya de aquello. Abrí la boca y Lara me agarró del mentón. Me pasó la punta por los labios, manchándome de lubricante y sabor salado, y luego me la metió despacio. Yo la recibí torpemente, con los ojos clavados en su pelvis, mientras el cliente seguía follándose la boca de Nerea.

Lara no me dejó acomodarme demasiado. Empezó a marcar el ritmo con la cadera, primero corto, luego más profundo. Sentí su polla golpeándome la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas. Ella me acarició el pelo con una mano.

—Eso es, guapo. Chúpala bien. Relájate.

El cuarto se llenó de respiraciones ásperas, gemidos y el ruido húmedo de las bocas trabajando. Yo estaba de rodillas ya, mamando aquella polla mientras con una mano seguía metiendo dedos en el coño de Nerea. El cliente me miraba con una sonrisa animal. En algún momento me sacó la mano de entre las piernas de ella y me la llevó a su polla.

—Ahora a mí también —dijo.

Me apartaron de Lara lo justo para hacer sitio. Quedé entre los dos, casi sin aire, con la polla de Lara en una mano y la del cliente delante de la cara. La lamí. Era más gruesa, más agresiva. Él me la hundió en la boca sin delicadeza, sujetándome de la cabeza. Sentí la presión, el olor, el peso. Mis gemidos se perdían con la verga dentro, pero no me aparté. Al contrario: cuanto más me usaban, más me ponía.

Nerea se incorporó en la cama y me agarró por la barbilla.

—Mírate —dijo—. Tan macho por el barrio, y aquí tragando polla como un desesperado.

La humillación me atravesó como un latigazo de placer. Bajé más la cabeza y lo chupé mejor. El cliente empezó a follarme la boca a golpes cortos y secos. Lara se puso detrás de mí y me acarició el culo por encima del pantalón.

—Está temblando —dijo divertida.

—Pues ábranlo —respondió el cliente.

Ahí fue cuando todo pasó de ser un espectáculo a convertirse en otra cosa. Me hicieron ponerme de pie, tambaleando. Lara me desabrochó el pantalón y lo bajó junto con la ropa interior. Mi polla salió tiesa, goteando. Nerea la agarró de inmediato y empezó a pajearme con la experiencia de quien sabe cuánto apretar y cuánto aflojar. Yo solté un quejido vergonzoso.

—A la cama —ordenó el hombre.

Me empujaron hacia el colchón. Quedé inclinado, con las manos apoyadas y el culo expuesto. Sentí la mano de Lara abriéndome las nalgas, luego un dedo lubricado entrando despacio. Me tensé entero.

—Respira —me dijo—. Si te cierras, duele más.

Otro dedo. Después un tercero. Supe en ese momento que deseaba aquello desde antes de admitirlo. Me ardía, sí, pero al mismo tiempo mi polla latía con fuerza entre los dedos expertos de Nerea. Ella me escupió en la punta y siguió masturbándome mientras besaba mis huevos.

—Míralo cómo gotea —se burló—. Le está encantando.

El cliente se colocó detrás de mí. Sentí la punta gruesa empujando en mi entrada ya abierta por los dedos de Lara. El primer empuje me arrancó un gemido ahogado. No entró de golpe; presionó, retrocedió, volvió a empujar. Quemaba. Me agarré a la sábana con tanta fuerza que casi la arranqué.

—Eso, así —dijo Lara a mi lado—. Déjalo entrar.

Cuando al fin me metió media polla sentí que me abría por dentro de una manera brutal y obscena. Jadeé, con saliva colgando del labio. Nerea no dejó de pajearme ni un segundo. El hombre avanzó más, centímetro a centímetro, hasta clavármela entera. Entonces sí grité. Un grito corto, ronco, avergonzado y excitado al mismo tiempo.

Él se quedó quieto un momento, respirándome en la nuca.

—Mira qué bien te la tragas por detrás —murmuró.

Y empezó a moverse.

Las primeras embestidas fueron pesadas, lentas, como si quisiera sentir cómo lo apretaba. Cada vez que salía casi hasta la punta y volvía a entrar, yo notaba el golpe subiéndome por la barriga hasta la garganta. Lara se colocó delante de mí y me ofreció su polla otra vez. La tomé en la boca casi por reflejo. Quedé así, empalado por detrás y mamando por delante, con Nerea abajo chupándome los huevos y acariciándome el culo mojado de saliva y lubricante.

No había escapatoria ni la quería.

El cliente fue ganando ritmo. Sus caderas empezaron a golpearme más fuerte, más seguido, haciendo crujir la cama. Me usaba de verdad, sin ternura, y eso me volvió loco. Cada embestida me sacudía la mandíbula contra la pelvis de Lara. Yo babeaba, tosía, volvía a abrir la boca y seguía chupando. Nerea me lamió la punta de la polla y luego me la engulló entera de una vez. Casi me corro al sentir la presión caliente de su garganta mientras me penetraban sin descanso.

—No te corras todavía —ordenó el cliente, agarrándome de la cintura.

No sé cómo aguanté. Mi cuerpo entero estaba al borde. Lara me retiró la polla de la boca y me besó, dejándome saborearla. Luego me escupió en los labios y volvió a meterme dos dedos junto con la polla del cliente en cada salida, empujando más lubricante, más suciedad, más placer. Yo gemía sin ninguna dignidad.

Me hicieron cambiar de postura. El hombre se tumbó boca arriba y me sentaron encima de él, de espaldas, guiándome para empalarme otra vez en su polla. Sentirla entrar de esa manera, con mi propio peso, fue aún más intenso. Bajé despacio, temblando, hasta tenerla toda dentro. Nerea se abrió de piernas a mi lado y empezó a masturbarse viéndome rebotar sobre aquella verga. Lara se puso frente a mí y me agarró la polla para pajearme al ritmo de mis subidas y bajadas.

—Eso es —me decía—. Fóllatelo tú también.

Y lo hice. Empecé a moverme con desesperación, subiendo y bajando sobre él, ya sin fingir ninguna resistencia. El cliente me agarraba de las caderas y me hacía caer con más fuerza. Sus huevos golpeaban mi culo. Su polla me encontraba por dentro un punto que me hacía ver luces. Nerea se metió dos dedos en el coño y gemía mirándome, mientras Lara me ordeñaba la polla con la mano y me metía su lengua en la boca cada vez que me inclinaba hacia delante.

La mezcla era demasiado. Sentía dolor, placer, vergüenza y una calma rara, como si por fin estuviera haciendo exactamente aquello para lo que había pasado meses fantaseando en silencio.

—Quiero corrérmelo dentro —dijo el hombre entre jadeos.

—Hazlo —respondió Lara—. Mira cómo lo está pidiendo ese culo.

Yo debería haber dicho algo. En cambio me levanté un poco y volví a dejarme caer hasta el fondo, buscando más. Eso bastó. El cliente me clavó los dedos en las caderas y me la metió hasta el tope con tres embestidas secas. En la última se quedó enterrado dentro y empezó a correrse. Lo sentí claramente: los pulsos calientes, espesos, descargándose en mi interior mientras gemía como un animal bajo mi cuerpo.

Ese calor me desató por completo. Lara aceleró la mano en mi polla y Nerea me chupó un pezón, mordiéndolo. Me corrí con un espasmo violento sobre el vientre del cliente y la mano de Lara, manchándolos a ambos. No fue una corrida elegante ni contenida; fue larga, torpe, casi dolorosa, con las piernas temblándome y la boca abierta sin aire.

Pensé que todo había terminado, pero no.

El cliente me apartó con suavidad cansada, satisfecho. Lara me volvió a poner a cuatro patas en la cama. Yo estaba abierto, sensible, todavía con semen dentro. Cuando sentí la punta de su polla buscando mi entrada gemí por anticipado. Entró más fácil que el otro, más despacio, pero igual de hondo. La diferencia fue el control. Lara sabía exactamente cómo moverse para hacerme temblar sin romperme.

—Ahora relájate para mí —susurró.

Sus embestidas fueron largas, profundas, acompañadas por caricias en mi espalda y mi nuca. Nerea se acomodó frente a mí con las piernas abiertas y me llevó la cara a su coño.

—Ya que te están follando, trabaja —me dijo.

Le hundí la lengua entre los labios hinchados y la saboreé con hambre. Ella estaba empapada. Lamerla mientras Lara me follaba desde atrás fue otra forma de perder el control. El vaivén me empujaba la cara contra su coño, obligándome a comerla más a fondo, a meter la lengua, a chuparle el clítoris, a gemir contra su carne cada vez que la polla de Lara me rozaba por dentro ese punto que ya tenía ardiendo.

Nerea me agarró del pelo y se corrió en mi boca temblando, apretándome la cara entre los muslos. Yo seguí lamiendo mientras ella se sacudía. Detrás de mí, Lara aumentó el ritmo, ya sin suavidad. Las palmadas de sus caderas contra mis nalgas resonaban en la habitación. El cliente, recuperado, se masturbaba en el sillón mirando cómo me usaban otra vez.

—Qué puto espectáculo —murmuró.

Lara me cogió de la garganta con una mano y me levantó un poco del colchón. Con la otra me agarró la polla, todavía medio dura, y empezó a pajearme rápido.

—Quiero sentirte correr otra vez —dijo cerca de mi oído.

La combinación me destrozó. Seguía lamiendo a Nerea, seguía tragando sus gemidos, mientras Lara me follaba con fuerza y me estrujaba la polla. No duré mucho. Mi segundo orgasmo llegó más seco, más sensible, arrancándome un gemido quebrado. Me corrí sobre las sábanas y la muñeca de Lara. Ella no se detuvo hasta que se puso rígida detrás de mí y me vació otra corrida dentro, caliente y abundante.

Quedamos los tres jadeando, pegados de sudor. El cliente se acercó, me levantó la cara y me dio unos golpecitos en la mejilla, satisfecho.

—Valiste cada billete —dijo.

Yo me eché de lado, dolorido, con el culo palpitando y el cuerpo flojo. Nerea se tumbó a mi espalda y me abrazó como si aquello fuera lo más normal del mundo. Lara fue al baño, volvió con una toalla y me limpió un poco entre las piernas. No hubo romanticismo, pero sí una intimidad rara, nacida del uso compartido y del cansancio.

Nos quedamos un rato en silencio. La luz roja seguía encendida. El amanecer ya clareaba por la rendija de la persiana. Yo tenía semen dentro, saliva seca en la barbilla y la sensación de haber cruzado una línea de la que no pensaba regresar.

Cuando bajamos al bar, el local estaba casi vacío. El cliente se fue primero. Nerea encendió un cigarrillo. Lara me miró mientras yo intentaba caminar sin que se notara demasiado la molestia.

—Ya no vas a venir solo a mirar —dijo.

Tenía razón.

Después de aquella madrugada seguí trabajando, haciendo recados y frecuentando los mismos clubes. Pero ya no era únicamente el hombre que pagaba. A veces me pagaban a mí por quedarme, por chupar una polla, por dejar que me tocaran, por hacer de tercero en alguna habitación o por servir de cuerpo dócil para clientes que no querían a un profesional sino a alguien corriente, callado y masculino.

Descubrí que me excitaba ser deseado de esa manera. Me gustaba que me buscaran por útil, por resistente, por discreto. No siempre recibía placer, pero incluso cuando solo daba, salía encendido. Había algo adictivo en dejarse usar cuando una parte de uno lleva años queriéndolo en secreto.

No diré que todo fue limpio ni bonito. Hubo noches turbias, dolorosas, excesivas. Hubo mañanas de vergüenza, olor a alcohol y decisiones discutibles. Pero también hubo una verdad imposible de disfrazar: en aquel barrio encontré una versión de mí mismo que no conocía, una que no pedía permiso para excitarse con una mujer madura, con una trans dominante, con un hombre brutal o con los tres a la vez.

Y si esta es una confesión, que lo sea completa: nunca me sentí tan vivo como aquellas noches en que trabajaba hasta caer rendido y luego subía una escalera detrás de desconocidos dispuestos a pagar por mi cuerpo. Algunos querían mi boca. Otros mi culo. Otros solo querían que mirara mientras se corrían. Más de una vez empecé como espectador y acabé abierto, arrodillado o cubierto de semen.

No me enorgullezco ni me arrepiento. Lo recuerdo con el cuerpo.

Todavía hoy, cuando paso cerca de un club al amanecer y huelo la mezcla de desinfectante, humo viejo y perfume barato, se me endurece la polla. Y me basta cerrar los ojos para volver a aquella habitación grande: la cama crujiendo, Nerea gimiendo, Lara empujándome la polla en la boca, el cliente abriéndome por detrás, y yo descubriendo al fin que el deseo, cuando se paga o se cobra, sigue siendo deseo igual de crudo, igual de hambriento, igual de mío.

Para quienes leen desde zona norte: trans en Tigre, con fotos reales.

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Comentarios(7)

Laucha76

increible, de lo mejor que lei en esta categoria!!!

MarcoBaires

Por favor una segunda parte, quedo demasiado corto para todo lo que prometia el comienzo

FedeRioja

Me recordo a una situacion parecida que viví de viaje, esas noches no se olvidan jaja

ElenaVzla

Como llegaste a ese lugar exactamente? espero que cuentes mas de esa noche

dulce_mirada

Se nota que es una experiencia real, eso lo hace mucho mas interesante que los inventados. Muy buen relato!

Claudio_Mdz

Sigueeee!!! necesito la continuacion ya

LectorBonaerense

Me gustan estas confesiones, se leen como si fueran de un diario personal. Segui asi!

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