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Relatos Ardientes

El perfil sin cara del novio de mi mejor amigo

Bastián tenía treinta y dos años y una cama demasiado grande para dormir solo. Cada noche, tumbado bocarriba con la luz azul del móvil quemándole los ojos, deslizaba el pulgar por perfiles ajenos buscando algo que no sabía nombrar. No era solo coger. Podría haberse conformado con eso —tenía cara, cuerpo y ganas—, pero le tiraba otra cosa: la chispa. Una conexión que le durase más que una noche.

Su perfil en la aplicación era una provocación deliberada. Sin foto. Solo una descripción corta: un metro ochenta, moreno, versátil, sin dramas. Los mensajes que recibía eran pocos, casi todos de curiosos que preguntaban lo mismo. A él no le importaba. Prefería cazar antes que ser cazado, mover ficha él, elegir a quién escribía.

Cansado de ver siempre los mismos perfiles del barrio, esa noche cambió el radio de búsqueda y se metió a curiosear en otro distrito, uno al otro lado del río. Y ahí, en una de sus pasadas, se topó con lo que jamás esperó. Le había escrito «hola» a un tipo sin foto de perfil, uno que había puesto en la bio «discreto, sin planes raros». El otro respondió a los pocos minutos y, tras un intercambio breve de tonterías, le mandó una foto por privado.

Bastián se quedó mirando la pantalla sin respirar. Era Rubén. Su mejor amigo. El novio, desde hacía más de un año, de Mateo.

Y Mateo, había que decirlo, era el hombre por el que Bastián se hacía la paja desde antes de que empezaran a salir. Alto, moreno, con una boca gruesa que había besado en sueños más veces de las que quería reconocer. Nunca lo había tocado. Nunca le había dicho nada. Rubén era su mejor amigo desde el instituto, y hay líneas que uno respeta.

La foto lo dejó descolocado, con un nudo en el estómago que no sabía si era rabia, morbo o esperanza. ¿Habría terminado Rubén con Mateo sin decírselo? Imposible. Rubén se lo habría contado la misma tarde entre cervezas. Entonces Rubén estaba engañando a Mateo. Y esa idea, tan sucia, tan clara, le calentó de golpe la sangre. Porque si Rubén follaba fuera, Mateo tarde o temprano se enteraría. Y ahí, en ese hueco, se abría una puerta.

No tenía foto de sí mismo colgada, así que decidió jugar. Bajó de Google la primera imagen de un chico atractivo que le pareció el tipo de Rubén —moreno, gimnasio, sonrisa insolente— y la mandó por privado. Rubén respondió al instante, con un gráfico «joder qué guapo». Bastián sonrió contra la almohada. Conocía a su amigo mejor que el propio Mateo.

Los mensajes se calentaron rápido. Rubén escribía sin miedo. Le decía que quería mamársela hasta el fondo, que quería que le follaran hasta perder el sentido, que llevaba días buscando una polla gruesa que lo pusiera de rodillas. Cosas que Bastián nunca le había oído en las conversaciones borrachas de bar y que, seguro, Mateo tampoco. Le pidió más fotos. Bastián, cada vez más metido en el papel, mandaba imágenes que iba encontrando en foros y en carpetas viejas. Rubén le devolvía las suyas propias: el pecho lampiño, la barriga marcada, la polla gruesa y curvada asomando por encima del calzoncillo bajado a media pierna. En una se veía un tatuaje nuevo, un ala pequeña en la ingle. Un tatuaje que Bastián no le conocía y que, seguro, Mateo tampoco.

Se le puso dura antes de darse cuenta. Bastián se bajó los calzoncillos hasta las rodillas sin dejar de mirar la última foto: Rubén de rodillas ante un espejo, con la polla en la mano y una mueca de placer que a él, en un año y medio de cenas de pareja, nunca le había visto. Se escupió en la palma y empezó a hacerse la paja con los ojos clavados en la pantalla. Estaba cachondo por lo turbio del asunto, por saber lo que estaba haciendo, por imaginarse a Rubén follándose a un desconocido inventado sin sospechar de quién venía la trampa. Se corrió sobre el vientre con un jadeo corto, con la mano izquierda apretando el móvil y la derecha llena de leche caliente. Se limpió con la camiseta y siguió escribiéndole como si nada. Un cabrón le respondía a otro cabrón.

Cuando cerró el chat esa madrugada tenía material de sobra. Capturas, fotos, mensajes explícitos. Todo lo necesario para dinamitar la relación de su mejor amigo.

***

Compró un móvil de prepago al día siguiente. No podía arriesgarse a que Mateo relacionara el número con nadie de su entorno. Le mandó un mensaje escueto, seco: «Tu novio te está engañando. Aquí tienes las pruebas». Y le adjuntó las fotos, las capturas y el tatuaje que Mateo iba a reconocer al segundo.

Mateo no le contestó al desconocido. Al día siguiente, Rubén llegó a casa de Bastián con los ojos rojos y una botella de tequila mediada. Se había acabado. Mateo lo había echado sin darle la oportunidad de mentir. Bastián lo escuchó, le llenó el vaso, le pasó el brazo por los hombros y fingió una sorpresa que estaba muy lejos de sentir.

Se tomó una semana para no parecer un buitre. Una semana entera preguntándose si le decía o no a Mateo lo que sentía. Al final ganó la calentura. Se convenció de que tenía derecho a intentarlo: al fin y al cabo, Rubén había jugado sucio, y él no iba a esperar a que otro se le adelantara. Sabía que había gente ya rondando a Mateo en la app; lo veía conectado a horas raras.

Quedaron a tomar algo un jueves por la noche. Mateo llegó con vaqueros y una camisa negra, la mandíbula tensa, la mirada limpia. Bastián no supo por dónde empezar. Se lo soltó entre dos cervezas, con la voz más baja de lo que quería. Le dijo que llevaba mucho tiempo pensando en él. Que la ruptura era la excusa perfecta y también la peor de todas. Que si le decía que no, no volvía a mencionarlo.

Mateo lo miró un rato largo. Le puso la mano sobre la mano, con cariño, como se le pone la mano a alguien a quien no vas a follar.

—No siento eso por ti, Bastián. Nunca lo he sentido.

Y le sonrió con pena, y Bastián se rio para no llorar, y pidió otra cerveza que no supo a nada.

***

Salió del bar con la garganta cerrada y una calentura de la hostia. Abrió la app en la calle, apoyado en la fachada. El primer mensaje que respondió fue el de un tipo del centro que llevaba semanas dándole caña sin resultado: un rubio grande, treinta y siete, con foto de perfil sin cara pero un cuerpo trabajado y un cuello ancho. Le escribió cuatro palabras: «¿Sigues despierto? Voy». El otro contestó con una dirección y un «date prisa».

El portal olía a lavavajillas. Subió en el ascensor mirándose los zapatos, sin querer pensar. Le abrió un hombre en calzoncillos negros, con una toalla al hombro y el pelo húmedo, más alto de lo que parecía en las fotos. Se llamaba Nico. No hubo casi conversación. Nico le puso una mano en la nuca y lo besó nada más cruzar el umbral, con una lengua ancha y salada que sabía a whisky. Bastián le agarró el paquete por encima de la ropa y notó que se le ponía dura a la vez que la suya.

—No he venido a hablar —dijo Bastián, con la voz ronca.

—Menos mal —contestó el otro.

Lo empujó de espaldas contra la pared del pasillo y le desabrochó los vaqueros de un tirón. Bastián levantó los brazos y dejó que le sacara la camiseta. Nico le mordió el cuello mientras le bajaba los calzoncillos hasta las rodillas. Sintió la mano grande cerrarse en la polla, con una firmeza que le arrancó un jadeo. Le movió el prepucio despacio, arriba y abajo, hasta ponerlo empapado. Bastián le hundió los dedos en el pelo y lo obligó a bajar.

Nico se arrodilló sin protestar y se la metió entera en la boca, hasta el fondo. Bastián soltó una palabrota contra el techo. La lengua del otro le rodeaba la punta, se enroscaba, subía y bajaba con un ritmo que sabía exactamente lo que hacía. Le acariciaba los cojones con una mano y con la otra le apretaba la cadera para inmovilizarlo. Bastián empezó a empujarle la boca despacio. Nico se dejó, con los ojos hacia arriba, mirándolo, aceptándolo hasta la garganta con cada embestida. Cuando Bastián sintió que iba a correrse demasiado pronto, tiró de él hacia arriba por el pelo y lo besó otra vez, saboreándose a sí mismo en su boca.

—Al dormitorio —dijo, jadeando—. Boca abajo.

Caminaron a trompicones. Nico se dejó caer bocabajo en la cama y le pasó un bote de lubricante y un condón por encima del hombro. Bastián se rio sin ganas, dejó el preservativo sobre la mesita y se echó lubricante en los dedos. Le abrió las nalgas con las dos manos, apartó la vista un segundo para no perder la cabeza, y luego enterró la cara entre ellas. Le pasó la lengua entera de abajo arriba y Nico gritó contra la almohada. Le abrió con los pulgares y se puso a comerle el culo con hambre, hundiendo la lengua, sacándola, chupándole el borde, sin prisa, escuchándolo maldecir. Le metió un dedo primero, luego dos, moviéndolos en círculos, buscando el ángulo. Nico se apretó contra las sábanas, con la polla dura contra el colchón y un gemido largo saliéndole del pecho.

—Fóllame ya —le dijo—. No me hagas esperar.

Bastián se puso el condón con las manos que le temblaban, se apoyó en las rodillas y se la metió de una embestida hasta el fondo. Nico gritó contra la almohada. Empezó despacio, dándole tiempo a acomodarse, y enseguida cogió un ritmo firme, con las manos cerradas en las caderas del otro, tirando de él contra su pelvis. La cama crujía. La habitación olía a sexo y a sudor. Bastián dejó de pensar en Mateo, dejó de pensar en Rubén, dejó de pensar en la app y en los mensajes anónimos. Solo quedaba el culo de aquel desconocido apretándole la polla, el cuerpo grande temblando debajo del suyo, y una furia que necesitaba sacarse de encima a golpes de cadera.

Le dio una palmada en la nalga derecha, y otra, y otra, hasta dejársela roja. Nico gemía cada vez más alto. Le agarró un puñado de pelo y le tiró la cabeza hacia atrás para susurrarle al oído.

—¿Así te gusta, cabrón?

—Así, así, más fuerte.

Lo hizo girarse. Nico se puso boca arriba, con las piernas abiertas y los talones sobre los hombros de Bastián. Volvió a metérsela y esta vez lo folló mirándolo a los ojos, con la boca abierta y una mano sobre el pecho ancho del otro. Nico se hacía la paja a la vez, con la cabeza tirada hacia atrás y la garganta expuesta. Bastián notó que se acercaba. Bajó el ritmo, se aguantó, aceleró de golpe. Nico se corrió primero, con un gruñido bajo, salpicándose la barriga de leche caliente y densa. El culo se le apretó alrededor de la polla de Bastián como un puño, y Bastián se dejó llevar. Se corrió con la cara enterrada en el cuello del otro, con los dientes clavados en el hombro, con la mente por fin en blanco.

Se quedaron un rato tumbados, respirando. No hubo cariño. No lo necesitaba ninguno de los dos. Bastián se levantó, se vistió despacio, se pasó la mano por el pelo revuelto y salió del piso sin darle a Nico el placer de una despedida larga. En el ascensor se miró al espejo y vio a un tío recién follado, con los labios hinchados y los ojos vacíos, que ya no pensaba en Mateo. Al menos durante media hora.

***

Pasaron los meses. Bastián siguió con su vida, siguió con la app, siguió abriendo perfiles como quien pasa cartas de un mazo gastado. Cambió de barrio, cambió de gimnasio, cambió los domingos de café con Rubén por domingos de cine solo. A Mateo lo veía de refilón en Instagram, siempre sonriente, siempre con alguien nuevo colgado del brazo. Sabía que se había echado novio otra vez. Un tipo llamado Fer, guapo, formal, con pinta de tener las cosas claras.

Una noche cualquiera, con dos cañas de más y la cama demasiado grande otra vez, Bastián abrió la app y empezó a deslizar. Un perfil sin foto de perfil, mismo formato de siempre, discreción y sin dramas. Le escribió «hola». El otro contestó rápido, mandó un privado, mandó una foto y un mensaje que decía «¿cuál es tu rol?».

Era Fer. El nuevo novio de Mateo.

Bastián se quedó mirando la pantalla y, esta vez, ni siquiera se rio. Cerró la aplicación, apagó el móvil y lo dejó bocabajo en la mesita. Se quedó mucho rato despierto, mirando el techo. Aprendió esa noche, de la manera más sucia que hay, que a Mateo no le engañaban los novios porque los novios fueran malos. Le engañaban porque la gente engaña. Y que él, que había sido el buitre y el mensajero anónimo y el desconocido follado en un piso ajeno, no era mejor ni peor que cualquiera de los otros. Solo estaba, como el resto, arañando lo que podía en una app donde nadie tenía cara.

Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes masculinos en Recoleta, con fotos reales.

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Comentarios(7)

VictorK19

buenisimo!!!

LectorNocturno7

Que situacion tan comprometida jaja, me dejo pensando un buen rato despues de leerlo. Muy bien narrado

Gonza_mendoza

no lo vi venir para nada, el giro es increible. Necesito continuacion ya!!

Nico_fdz

Me puse en el lugar de Bastian y no se que habria hecho yo jajaja. Excelente relato

ElTorino_RG

la tension desde el principio es brutal, se te va el tiempo leyendo y de repente se acabo. Muy bueno

RafaLector

me recordo a algo que me paso hace tiempo con alguien conocido, esa sensacion de reconocer a quien no deberias es muy particular... muy real todo

Tomas_nk

el morbo de esa situacion tan delicada esta muy bien capturado. gracias por compartir

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