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Relatos Ardientes

Lo que hicimos cuando mi mejor amiga se durmió

La luz azulada de la pantalla dibujaba sombras largas en el salón del piso de Adrián. Era una de esas noches de viernes en Barcelona que se habían vuelto costumbre: cerveza tibia, una serie que nadie miraba de verdad y la sensación de que el tiempo se estiraba de un modo peligroso.

Sara estaba tumbada en el sofá grande, la cabeza sobre el pecho de Rubén, los pies descalzos apoyados en el reposabrazos. Rubén tenía una mano perdida en el pelo castaño de ella y la otra sobre la lata de cerveza. Parecía cómodo, tranquilo, como parecía siempre.

Adrián estaba en el sillón individual, medio hundido, con las gafas resbaladas hasta la punta de la nariz. Fingía mirar la serie. En realidad, llevaba dos horas contando los latidos de su propio corazón cada vez que Rubén se reía por lo bajo.

El problema no era que Rubén fuese el novio de su mejor amiga. El problema era que Rubén era Rubén: alto, hombros anchos, la barba corta, esa forma de moverse sin prisa, como si supiera que ninguna habitación se le iba a escapar. Un arquitecto de treinta y dos años con una calma que a Adrián le había parecido, al principio, envidiable, y que ahora le parecía casi obscena.

No debería estar pensando esto. Otra vez no.

Sara se estiró, bostezó y se levantó del sofá.

—Chicos, me caigo de sueño. Mañana tengo el turno de las siete —dijo, rascándose la nuca—. Rubén, ¿te quedas un rato o subes?

—Subo en nada —contestó él, sin mirarla del todo—. Voy a acabar la cerveza.

Ella le dio un beso corto en la boca y otro a Adrián en la coronilla, como hacía siempre. La puerta del dormitorio se cerró con un chasquido suave. En el pasillo, el clic del interruptor. Y después, silencio.

Adrián sintió el aire espesarse. Rubén no había vuelto a girar la cara hacia la tele. Lo estaba mirando a él.

—Ven aquí —dijo Rubén, y palmeó el hueco que Sara había dejado en el sofá.

Adrián se rio, incómodo. Intentó que sonara natural.

—Estoy bien aquí, tío.

—Ven aquí —repitió Rubén. La voz más baja, más firme. No era una petición.

Adrián se levantó del sillón como si le pesara el cuerpo el doble. Cruzó los dos metros que los separaban y se sentó en el sofá dejando un espacio prudente. Rubén dejó la cerveza en el suelo y se giró hacia él, un brazo apoyado sobre el respaldo.

—Llevas seis meses sin mirarme a la cara —dijo Rubén—. Y hace dos que ni siquiera contestas los mensajes de Sara para vernos.

—He tenido lío —murmuró Adrián.

—No has tenido lío. Me estás evitando.

Silencio. Adrián notaba las orejas ardiéndole. Rubén se inclinó un poco más.

—Y yo llevo el mismo tiempo pensando en ti todos los putos días —dijo Rubén, muy despacio—. Así que, o me dices que estoy loco y me voy arriba con Sara ahora mismo, o dejamos de fingir.

Adrián levantó la cara. Los ojos de Rubén eran oscuros y firmes, y no había en ellos rastro de duda. La palabra Sara le atravesó el pecho como una aguja. Abrió la boca para decir algo sensato, para decirle que subiera, que se olvidase, que era un error.

—No estás loco —dijo, en cambio.

***

Rubén cerró el espacio entre los dos con una mano en la nuca de Adrián y la boca sobre la suya, dura, sin preguntar más. Sabía a cerveza y a barba mal afeitada. Adrián dejó de pensar. Le agarró la camiseta con las dos manos y lo besó de vuelta, con los dientes, con la lengua, con toda la rabia y el hambre acumuladas durante meses.

Rubén lo empujó de espaldas contra el sofá. Se subió encima, una rodilla entre las piernas de Adrián, y le mordió el labio inferior hasta hacerlo gemir.

—Baja la voz —susurró Rubén contra su boca—. Sara duerme arriba.

—Que se joda —contestó Adrián, y se sorprendió a sí mismo. Nunca había hablado así.

Rubén se rio bajo, ronco, y le mordió el cuello. Adrián sintió que la polla se le tensaba dentro del vaquero antes de que ninguna mano hubiera bajado hasta ahí. Rubén lo notó. Le apretó el bulto por encima de la tela, sin prisa, midiéndole el aliento.

—Estás durísimo —dijo Rubén, con una nota de sorpresa satisfecha—. ¿Cuánto tiempo llevas así?

—Desde la primera vez que te vi en aquella fiesta —confesó Adrián, y cerró los ojos con vergüenza.

—Joder —murmuró Rubén, y le desabrochó el vaquero de un tirón. Le bajó la cremallera con los dientes.

Adrián levantó las caderas para ayudarlo. El vaquero y los bóxers salieron juntos y quedaron enredados en los tobillos. La polla le saltó tiesa contra el estómago, mojada ya en la punta. Rubén se quedó mirándola un segundo, y esa mirada fue casi peor que un mordisco. Después se agachó y se la metió entera en la boca sin previo aviso.

Adrián se mordió el puño para no gritar. La boca de Rubén era caliente, apretada, y bajaba hasta la base sin ninguna dificultad, como si llevara años practicando. Subió despacio, chupando, y volvió a bajar. Adrián sintió que la punta le rozaba el fondo de la garganta. Le puso la mano en la nuca, en el pelo corto, y Rubén gimió alrededor de la polla, un ruido bajo que le vibró en las pelotas.

—Para, para —jadeó Adrián al minuto—. Como sigas así me corro ya.

Rubén sacó la polla de la boca con un chasquido y le sonrió desde ahí abajo, la barbilla brillante.

—Todavía no —dijo—. Levántate.

Se quitó la camiseta él primero, con un solo tirón. Debajo tenía el torso ancho, el pecho cubierto de vello oscuro, una línea de pelo que bajaba directa hasta el vaquero. Adrián se quitó la camiseta también, con manos torpes. Se sentía flaco y pálido al lado de él, y de repente le dio igual.

Rubén se desabrochó el pantalón sin apartar los ojos de Adrián. Cuando la polla le saltó fuera, gruesa y curva hacia arriba, Adrián soltó el aire de golpe. Se puso de rodillas en el suelo sin que se lo pidiera y se la metió en la boca.

Era pesada, salada, y le ocupaba todo el espacio. Adrián lo chupó como si llevara años ensayándolo mentalmente, porque quizá lo había hecho. Se atragantó dos veces y Rubén le acarició el pelo, sin empujar, dejándole marcar el ritmo. Después le agarró la cabeza con las dos manos y lo folló despacio en la boca, hasta que Adrián sintió la baba escurriéndosele por la barbilla y las lágrimas asomándole.

—Joder, qué guapo estás así —murmuró Rubén, mirándolo desde arriba.

Adrián sacó la polla de la boca, resollando, y le lamió las pelotas. Rubén siseó y se agarró al respaldo del sofá.

—Vale, vale —dijo Rubén—. Al sofá. Ponte a cuatro patas.

Adrián obedeció sin pensar. Se subió al sofá, el culo en pompa, los codos hundidos en el cojín donde había estado la cabeza de Sara media hora antes. La idea de eso, en vez de frenarlo, lo puso más caliente.

Rubén rebuscó en el bolsillo del pantalón que había quedado tirado en el suelo y sacó un sobrecito.

—¿Traes condón encima? —preguntó Adrián, aún jadeando—. ¿Ibas preparado, cabrón?

—Iba a decirte lo que sentía esta noche, no importaba cómo acabase —contestó Rubén, rasgándolo con los dientes—. Preferí traerlo por si acaso.

Se puso el condón. Adrián no vio dónde encontró la vaselina, pero de repente sintió dos dedos fríos y resbaladizos en el culo. Rubén los movió despacio, dando círculos, presionando la entrada sin meterlos aún.

—¿Lo has hecho antes? —preguntó, la voz ronca.

—Sí. Con tíos, no como con vosotras.

—Bien —dijo Rubén, y le metió un dedo hasta el fondo.

Adrián gimió contra el cojín. Rubén metió otro poco después, buscando algo, moviéndolos en tijera para abrirlo. Cuando le rozó la próstata, Adrián dio un espasmo y se le escapó un gemido demasiado alto.

—Chssss —le susurró Rubén, con los dedos aún dentro—. Que Sara no duerme tan profundo.

Adrián se mordió el nudillo. Rubén le sacó los dedos, le agarró las caderas con las dos manos y le apoyó la punta de la polla contra el culo. Empujó despacio, milímetro a milímetro. Adrián sintió el estiramiento, la quemazón buena, y respiró por la boca.

—Aguanta —murmuró Rubén, medio dentro—. Aguanta.

—Métemela toda —le pidió Adrián, con la voz rota—. De una vez.

Rubén no se hizo de rogar. Bajó las caderas de golpe y se hundió hasta las pelotas. Adrián soltó un gemido ahogado contra el cojín, medio dolor y medio placer, y notó a Rubén temblar detrás de él, aguantándose.

—Dios —jadeó Rubén—. Aprietas como no te imaginas.

Empezó a moverse. Primero despacio, casi tierno, saliendo entero y volviendo a entrar. Después más rápido, más hondo, marcando el ritmo con las manos en las caderas de Adrián. El sofá crujía. Adrián se agarró al respaldo con los nudillos blancos y empezó a echarle el culo hacia atrás, encontrándose con cada embestida.

—Sí, así —gruñó Rubén—. Fóllatela tú también.

La polla de Adrián colgaba entre sus muslos, chorreando, rozándose contra el cojín cada vez que Rubén empujaba. Rubén se dio cuenta, bajó una mano y se la agarró. Empezó a masturbarlo al mismo ritmo que lo follaba, la palma áspera, apretando la punta cada dos pasadas.

—Voy a correrme —avisó Adrián, jadeando contra el cojín.

—Córrete —le ordenó Rubén, y le clavó otra embestida hasta el fondo—. Córrete para mí.

Adrián se corrió con un gemido que se tragó a duras penas. Notó los chorros calientes contra el cojín, contra la mano de Rubén, contra su propio estómago. El culo se le apretó alrededor de la polla de Rubén, en espasmos, y Rubén gruñó por lo bajo.

—Joder, joder, joder —murmuró Rubén, y aceleró.

Le agarró las caderas con las dos manos y lo folló con embestidas cortas y duras, chocando pelvis contra culo, hasta que soltó un gruñido apretado entre los dientes y se corrió dentro. Adrián sintió la polla latir dentro de él, un pulso caliente incluso a través del condón. Rubén se quedó apoyado sobre su espalda, respirando fuerte, la barba pinchándole el hombro.

***

Se quedaron así un rato. Fuera, un coche pasó por la calle. Arriba, ni un ruido.

—Joder —dijo Adrián, cuando pudo hablar.

—Joder —repitió Rubén.

Salió de él con cuidado. Se anudó el condón y lo tiró en la papelera de al lado del sofá, con la puntería de haberlo hecho muchas veces. Se dejó caer a su lado, en el mismo cojín donde había estado Sara. Adrián se giró sobre el costado y lo miró.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Rubén tardó en contestar. Le pasó el pulgar por el labio, con una ternura que a Adrián le dolió más que todo lo anterior.

—Ahora subo, me acuesto con ella y mañana la miro a la cara —dijo Rubén, muy bajo—. Y tú y yo hablamos el lunes.

—¿Hablamos qué?

—De cómo hacemos esto, o de cómo lo dejamos. Pero no lo decidimos ahora, a las tres de la mañana, con tu corrida todavía en mi mano.

Adrián asintió. Rubén se levantó, se puso el vaquero sin bóxers, la camiseta al revés. Se agachó y le dio un último beso, largo, sin prisa. Después se fue al pasillo, apagó la luz del salón desde el interruptor de la puerta y subió las escaleras descalzo, con la ropa arrugada, hacia la habitación donde su novia dormía sin sospechar nada.

Adrián se quedó tirado en el sofá, en pelotas, con el olor de Rubén todavía en la piel. Se pasó la mano por el pecho y notó su propia corrida secándose. Miró al techo, hacia el dormitorio de arriba, y pensó que había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás. Después pensó que le daba igual.

Cerró los ojos. El lunes estaba lejos, y hasta entonces todavía podía sentirlo dentro.

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Comentarios(7)

GabrielCba

tremendo relato!!! me dejo con ganas de mas

MateoNocturno

Por favor continualo, necesito saber que paso despues jajaja

KaroRosario

Me recordo a situaciones parecidas, esa tension entre dos que se dicen cosas sin decirlas... se siente muy real

Pibe_del_sur

hay segunda parte?? quede colgado al final

SergioCba87

Lo que mas me gusto es como va creciendo la tension entre los dos, muy bien logrado

DarkLector

La mejor parte es cuando uno de los dos se anima a decirlo. Tremenda escena, felicitaciones

juankar_lec

muy buenisimo, espero que sigas escribiendo este tipo de relatos

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