El novio de mi mejor amiga me esperaba solo en el bar
Adrián me escribió a las seis y cuarto de un domingo. Yo estaba tirado en el sofá con la casa a oscuras, evitando el mundo y sobre todo evitándolo a él. Llevábamos semanas sin cruzar más de dos frases. Desde aquella noche en la cocina, cuando apoyó la frente contra la mía mientras Camila dormía en el cuarto de al lado, habíamos vuelto a la coreografía de siempre: el mejor amigo de ella y el novio de mi mejor amiga. Distantes, correctos, mudos.
El mensaje decía que Camila estaba cenando con su prima. Que él estaba solo. Que había un bar nuevo cerca del parque y que servían una cerveza artesanal muy buena. Ni una palabra de trabajo, ni una excusa profesional. Cerré los ojos y respiré hondo. Sabía lo que era. Sabía que él sabía que yo lo sabía.
—¿Qué estamos haciendo, Adrián? —le escribí.
—No lo sé —contestó al segundo—. Pero vení. Necesito dejar de ser el tranquilo, aunque sea por una hora.
Me duché sin pensarlo demasiado. Me puse la camisa negra que sabía que me quedaba bien y salí sin cerrar la ventana. Iba caminando hacia allá con las manos metidas en los bolsillos y el pulso latiéndome en la garganta, sintiendo por primera vez en meses que me estaba moviendo hacia algo en lugar de huir.
El bar era pequeño, con luces bajas y una barra de madera oscura. Adrián estaba en la última mesa del fondo, contra la pared. Se había cambiado también. Camisa gris, dos botones abiertos, el pelo mojado como si acabara de salir de la ducha. Levantó la vista cuando entré y no sonrió. Esa fue la primera confesión.
—Pediste sin mí —dije, señalando la cerveza a medio tomar.
—Necesitaba una para animarme —contestó.
Me senté frente a él. Nos miramos a través de la mesa sin hablar durante unos segundos, y el silencio no era incómodo. Era el silencio de dos hombres que habían pasado meses conteniendo lo mismo y por fin habían decidido que iban a soltarlo. Sentí la rodilla de él rozar la mía debajo de la mesa. Esa vez no la retiró. Yo tampoco.
—Camila vuelve tarde —dijo él, girando el vaso entre los dedos—. Después de la cena se queda en casa de la prima. No aviso a nadie de nada.
—Adrián.
—Sé lo que estoy diciendo, Sebastián.
Me llevé la cerveza a la boca sin apartar los ojos de los suyos. La espalda me quedó pegada al respaldo de cuero. Terminamos las cervezas rápido, sin mirar a nadie más. Pagó él con un billete que dejó en la mesa sin esperar el vuelto. Salimos a la calle uno detrás del otro. Su casa quedaba a tres cuadras. Caminamos sin tocarnos, sin decirnos nada, y cada paso era una decisión que ya estaba tomada.
Subimos por la escalera para no cruzarnos con nadie en el ascensor. En el descansillo del tercer piso Adrián se detuvo un segundo con la llave en la mano.
—Si entramos, no puedo volver atrás —dijo, sin mirarme.
—No entramos si querés volver atrás.
Metió la llave. Empujó la puerta. Me hizo pasar primero.
***
Adentro, el departamento olía a él. A su colonia, a su ropa recién lavada, a la vida que compartía con ella. Cerró la puerta con el pie y me agarró de la nuca antes de que pudiera darme la vuelta. Me besó contra el marco del pasillo, con la boca abierta desde el primer segundo, sin timidez y sin ensayo. Meses de aguantarse le habían dejado el beso listo.
Le mordí el labio inferior y él gimió corto, un sonido ronco que le salió de la garganta. Sentí la presión de su verga contra mi cadera, dura ya, delatándolo entero. Le metí la mano por debajo de la camisa y le arañé la espalda mientras seguía comiéndole la boca. Adrián olía a jabón caro y a nervios, y esa mezcla me estaba matando.
—Al cuarto —dijo, sin dejar de besarme—. No acá.
—Al cuarto no. Ahí duerme ella.
Se rio con la respiración cortada. Me arrastró al sofá del living. Me empujó de espaldas y se me montó encima, con las rodillas a cada lado de mis caderas, y esa vez fui yo el que le arrancó la camisa gris de un tirón. Los botones saltaron por el piso. No le importó.
Adrián tenía el pecho firme, con vello oscuro que le bajaba hasta el ombligo. Le pasé la lengua por el pezón izquierdo y él soltó otro gemido, apretándome la cabeza contra su pecho. Le bajé la mano por el vientre, le desabroché el cinturón, le abrí el botón del pantalón. Estaba tan dura que la tela le hacía un bulto obsceno.
—Mostrame —le dije, mirándolo desde abajo—. Quiero verte.
Se paró frente al sofá y se bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento. La polla se le salió erecta, gruesa, con la punta ya mojada de líquido preseminal. Nunca había pensado en él así con imágenes concretas, pero ahora las tenía delante y no me alcanzaba con mirarlo.
Me deslicé al piso, de rodillas entre sus muslos, y le pasé la lengua desde la base hasta la punta sin apuro. Él se agarró de mi pelo y jadeó. Le abrí la boca y me la metí toda, hasta que sentí la cabeza chocarme el fondo del paladar. Le chupé la polla despacio, con las dos manos apoyadas en sus muslos, sintiendo cómo temblaba cada vez que le apretaba los huevos con la palma.
—Mierda, Sebastián —dijo, y la voz se le rompió—. Así no vas a durar. Así no voy a durar.
Lo solté con un sonido húmedo. Me limpié la boca con el dorso de la mano y me levanté. Lo di vuelta y lo empujé de espaldas contra el respaldo del sofá. Le pegué la boca al cuello, le mordí el hombro, le agarré la verga con la mano derecha mientras con la izquierda le abría el culo.
—Nunca lo hiciste con un tipo —le dije contra la oreja, no como pregunta.
—Nunca —dijo, y tembló entero cuando le pasé el dedo por la entrada.
—Yo sí. Confiá.
Lo llevé de la mano al dormitorio de invitados, el único cuarto donde ella no dormía. Lo puse en cuatro sobre el edredón. Me saqué la ropa yo también, rápido, sin ceremonia. Me arrodillé detrás de él, con las piernas abiertas y el culo levantado hacia mí. Le pasé la lengua entre las nalgas primero, con la boca abierta, y él soltó un grito ahogado y arqueó la espalda contra mi cara.
—Puta madre —susurró—. Puta madre, Sebastián.
Lo comí ahí durante minutos, empapándolo, ablandándolo, mientras él se retorcía y me apretaba la nuca con una mano por encima del hombro. Le metí el pulgar mojado, despacio, y sentí cómo cedía. Después un dedo. Después dos. Adrián gemía sin control, con la cara enterrada en el brazo doblado, la polla goteando contra el edredón.
—¿Estás listo?
—Sí —dijo, casi sin voz—. Sí, cogeme de una vez.
Alcancé mis pantalones tirados en el piso, saqué un preservativo de la billetera, me lo puse mientras lo miraba ahí, ofrecido, con las piernas separadas y el culo brillante de saliva. Le escupí encima, me lubriqué la verga con lo que me quedaba de él en los dedos, y le apoyé la punta contra la entrada.
Empujé de a poco. Sentí la resistencia, el calor cerrándose alrededor mío, la manera en que se abría a la fuerza para dejarme entrar. Adrián soltó un gemido largo, con los ojos cerrados, y yo aguanté hasta enterrarle la polla hasta el fondo. Me quedé quieto un segundo. Le apoyé la mano en la espalda, entre los omoplatos.
—Respirá. Te doy un segundo.
—No —jadeó—. Cogeme. No pares.
Empecé a moverme. Primero lento, midiéndole el cuerpo, sintiendo cómo se relajaba a cada embestida. Después más fuerte, agarrándole las caderas con las dos manos, cogiéndolo con el ritmo que el cuerpo me pedía. Adrián gemía a cada golpe, con la boca apoyada en el antebrazo, y decía mi nombre entre dientes cada vez que le entraba hasta el fondo.
—Más fuerte —me pidió—. Que no lo pueda pensar.
Le agarré del pelo con una mano y le tiré la cabeza para atrás. Empecé a cogérmelo con toda la fuerza que tenía, cada embestida un golpe seco contra sus nalgas, el sonido llenando la habitación. Él se dejaba, con el culo levantado, la espalda arqueada, aceptando todo. Los muelles del colchón crujían debajo de nosotros.
Lo puse boca arriba. Le levanté las piernas y me las apoyé sobre los hombros. Quería verle la cara. Quería que supiera que era yo el que se lo estaba cogiendo, que no era una fantasía en la ducha, que era Sebastián el que le estaba metiendo la polla mientras Camila cenaba a diez cuadras.
Volví a entrar de una embestida y él gritó. Me clavó las uñas en los hombros. Le agarré la verga con la mano y empecé a masturbarlo al ritmo de las cogidas, con la palma bien mojada, apretándole la cabeza cada vez que subía. Adrián tenía la boca abierta, la respiración hecha pedazos, los ojos fijos en los míos como si tuviera miedo de que si los cerraba yo desaparecía.
—Me voy a correr —dijo, y le vi el momento exacto en que el cuerpo empezó a temblarle desde adentro.
—Corrámonos juntos.
Le aceleré la mano en la polla y le aceleré las embestidas al mismo tiempo. Él se corrió primero, con un gemido largo que le salió de las tripas, y sentí la corrida caliente pegándole en el vientre y en el pecho, chorreándome los dedos. El culo se le apretó alrededor de mi verga y eso me arrastró a mí. Enterré la cara en su cuello y me corrí adentro con dos, tres embestidas finales, gimiéndole al oído mientras el orgasmo me sacudía entero.
Me quedé apoyado sobre él, con la respiración destrozada, sintiendo el latido del corazón de Adrián contra el mío. Él me pasó la mano por el pelo despacio, en silencio. No había apuro por moverse.
Salí de a poco. Le besé la boca, todavía blanda del orgasmo, y él me devolvió el beso sin abrir los ojos. Me saqué el preservativo, lo até y lo dejé en la papelera del baño de invitados. Cuando volví, seguía tirado en la cama, mirando el techo.
—Camila —dijo, después de un rato largo.
—Ya sé —dije—. Ya sé.
Me acosté a su lado, en la cama de invitados, con una pierna entre las suyas. Le pasé el brazo por el pecho, sobre la marca que le había dejado su propia corrida ya seca. Afuera se oía la calle del domingo a la noche, el ruido de los autos, alguien riéndose lejos.
—Vamos a hacerlo otra vez —dijo él, sin preguntar.
—Sí —dije yo—. Vamos a hacerlo otra vez.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé taxi boys en Recoleta.




