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Relatos Ardientes

Le puse los cuernos a mi novio y él lo pidió

Antes de estar con Mateo tuve otro novio al que le puse los cuernos y no me arrepentí ni un minuto. Podría inventar excusas sobre el desgaste, sobre que ya no cogíamos como antes, sobre lo que quieras, pero la verdad es más sencilla: me apeteció y lo hice. Cuando empecé con Mateo se lo conté todo de entrada. Le dejé claro que no iba a estar en una relación cerrada del todo. Él lo aceptó con una sola condición: que no perdiera el interés en él por andar con otros.

Los primeros meses ni siquiera hacía falta pensar en nadie más. Me llenaba entero. Su cariño, su forma de mirarme, su polla a demanda cada vez que me daba la gana. Fueron meses de descubrirnos, de probar posturas nuevas, de vivir en una burbuja tibia y feliz, aprendiendo cada rincón del cuerpo del otro. Con el tiempo, sin embargo, la burbuja empezó a apretarme. Yo siempre quiero más.

No sabría explicar de dónde me viene lo infiel. Tiene que ver con romper los esquemas, con no aceptar los patrones que nos venden como moralmente correctos. Puede que el porno haya ayudado a fijar la imagen en mi cabeza. Miraba vídeos de parejas mientras me tocaba y siempre me imaginaba en el papel del que se comía la polla del intruso mientras el otro miraba, con la cara roja, cachondo y humillado a partes iguales. El activo del vídeo me daba igual, era un instrumento. Lo que me ponía era ella, o él, y el cornudo.

Aunque ya lo habíamos hablado, decidí no lanzarme directamente a follarme a otro. Preferí ir metiéndole la idea a Mateo poco a poco, hasta que dejara de ser un tabú y se volviera un deseo compartido. Se la pajeaba mientras le contaba mis fantasías con pelos y señales. Se la chupaba mientras le describía cómo me apetecía tragarme otra polla. Le hacía correrse imaginando mi boca llena de la leche de otro, una leche que quizá, con suerte, él pudiera limpiarme después. La polla no engaña nunca: la tenía dura como una piedra. Mis fantasías se estaban convirtiendo también en las suyas.

Como me aprovechaba siempre de él, no me costó mucho conseguir la luz verde. Consentirme era su prioridad y sabía perfectamente que yo no iba a parar hasta salirme con la mía. Cuando algo se me mete entre ceja y ceja, no descanso. Pero era importante que estuviéramos los dos en la misma sintonía, que los dos quisiéramos dar el paso. Había un riesgo real que a él le asustaba y a mí, jugar en ese filo sabiendo que estaba a punto de saltarme la última regla, me ponía cachondísimo.

Recuerdo perfectamente cuál fue el punto de inflexión. Estábamos en la cama, él abrazado a mi espalda, yo con el móvil en la mano. Llevaba semanas usando una app de citas y hablando con tíos. Más de uno me había gustado, pero nunca cerraba nada. Empezaba a sospechar que estaba evitando quedar porque en el fondo me faltaban huevos. Hablaba, coqueteaba, me pajeaba después o me follaba a Mateo, y ahí se quedaba todo. La fantasía no terminaba de aterrizar en la realidad.

Hasta que apareció Rubén. No tenía excusa para decirle que no. Era maduro, con tripita, con el pecho lleno de pelo negro. Me hablaba con una amabilidad rara, como midiendo cada palabra para no espantarme, y de pronto soltaba una guarrada calculada. Me preguntó por mi pareja, porque en mi perfil ponía que estaba en una relación abierta. «Ahora todo el mundo dice que la tiene abierta, nunca sabes quién miente», me escribió. Le contesté que en mi caso era verdad, que Mateo estaba a mi lado en ese momento. «¿Y a él le pone?», tanteó. Yo lo estaba esperando y subí la apuesta: «A él le pone todo lo que me ponga a mí».

Al leer eso, Mateo me apretó el brazo con más fuerza. Estaba leyendo la conversación por encima de mi hombro. Normalmente no miraba, pero esa noche yo quería que mirara. Me gustaba enseñarle que no tenía nada que esconderle. Notaba su polla dura clavada contra mi pierna. Sabía que le jodía que yo diera detalles suyos a un desconocido, y sabía también que la humillación de no poder protestar lo estaba poniendo aún más. La charla con Rubén subió de tono y le ordené a Mateo, en voz baja, que me chupara la polla mientras yo seguía escribiendo. Se metió bajo la sábana sin decir una palabra.

Rubén siguió tirando del hilo. Que si ya lo había hecho antes, que si a mi novio le iba a doler. Fui sincero: nunca, y ni yo sabía cómo iba a reaccionar Mateo del todo, pero cada vez que se lo planteaba me decía que quería que no me cortara en nada. Rubén perdió la amabilidad de golpe. Estaba tan duro como yo, se le notaba en los mensajes, quería correrse. Empezó a hablar de follarme la boca hasta llenármela de babas, de acabar en mi cara, de dejarme pringado como una zorra. Yo le contesté que era mi sitio favorito, que le encantaría grabármelo así para enseñárselo al cornudo cuando volviera a casa. Cuando me llamó zorra por escrito no aguanté más y me corrí dentro de la boca de Mateo. Le dije a Rubén que se pajeara pensando en mí, pero que se guardara la leche entera para cuando yo fuera a sacársela en persona.

Mateo me lamió los últimos restos y volvió a subir a abrazarme. Yo me giré, le pegué el culo a su polla dura y apagué la luz. Me dormí relajado, sabiendo que él se iba a quedar despierto un buen rato, dándole vueltas a lo que había pasado y sobre todo a lo que iba a pasar.

***

No volvimos a hablar del asunto hasta la tarde en que había quedado. Le dije a Mateo que quería que me acompañara. No a la casa, claro. Cerca. Quería saberlo abajo, en el portal, mientras yo estaba arriba con otro. Me arreglé para la cita como si fuera una fiesta. Le pedí que me ayudara a elegir camisa. Él no tenía la más mínima idea de moda ni yo necesitaba consejo, solo quería que me viera medio desnudo delante del espejo, oliéndome la colonia mientras me vestía para otro tío. Fuimos caminando de la mano por la calle, hablando de tonterías, como cualquier pareja de un martes cualquiera. En el portal me planté delante de él y nos besamos casi un minuto entero. Le dije al oído que le quería, que estuviera atento al móvil y que no se alejara.

Rubén me abrió la puerta en camiseta blanca y pantalones cortos. Sudaba un poco en el nacimiento del pelo. Yo estaba nervioso, era la primera vez que le ponía los cuernos a alguien con permiso, y encima con un tío al que apenas conocía. Cuando lo vi mirarme de arriba abajo, con los ojos clavados en mi boca y luego en el bulto de mi pantalón, se me pasó el miedo de golpe. Sabía perfectamente qué estaba pensando. Le había gustado lo que veía, lo tenía cachondo, y a un tío cachondo lo manejo yo con los ojos cerrados. Entré, recorrí el salón sin pedir permiso, miré las fotos enmarcadas de la estantería. Me preguntó cómo me llamaba y le contesté que no había ido a hacer amigos, que se sentara en el sofá.

Se sentó. Me acerqué despacio, desabotonándome la camisa botón a botón, no fuera a mancharse. Me subí encima de sus muslos a horcajadas, estiré la espalda, dejé que sus manos se colaran por mis costados. Bajé la cara hasta la suya, le acaricié la barba, lo miré a los ojos. Temblaba de deseo y también un poco de miedo, esa mirada vulnerable que ponen algunos hombres justo antes de que les digas exactamente lo que van a hacer. Lo besé en la boca. Su lengua entró tímida, se fue soltando, terminó lamiéndome como si llevara meses sin comer. Me mordió el labio y me aparté, apoyando las manos en su pecho velludo. Le ofrecí el cuello. Me lo devoró y me arrancó los primeros gemidos, que exageré un poquito, lo justo para que me atacara como una bestia.

La tenía dura, la notaba clarísima contra la tela del pantalón corto. A eso había ido y no lo hice esperar más. Me arrodillé en el suelo entre sus piernas y le bajé el pantalón hasta las rodillas. Cuando le saqué la polla la primera reacción fue de decepción. No se parecía a las fotos. Más corta de lo normal, para nada gorda, y con una curva evidente hacia la derecha. Le metí la nariz entre los huevos, le pegué un lametón lento a la bolsa y aspiré. Al menos olía como tenía que oler: a hombre sudado con ganas.

La decepción duró poco. El activo, como decía antes, era lo de menos. En mi cabeza estaba Mateo todo el rato, sentado en un banco de la calle o dando vueltas por la manzana, imaginando lo que le estaba haciendo yo a otro. Sabía que estaría preocupado por si me pasaba algo, avergonzado por estar cachondo, ansioso por volver a verme. Ese era el motor de mi calentura de verdad. La polla que tenía en la boca era la excusa. Aun así, quería hacerlo bien, y me tocó fácil, porque pocas cosas me gustan más en el mundo que comerme una polla. Puse cara de hambriento, junté saliva en la boca y la escupí sobre el glande. La fui repartiendo con la lengua hasta recogerla otra vez con los labios y me tragué la cabeza entera, apretándola contra el paladar. Ahora era él el que gemía. Empecé a mamársela de arriba abajo, lenta, profunda, aprovechando que no me costaba nada tragarla entera. Se la sacaba y volvía a metérmela hasta la garganta, con la mirada clavada en la suya.

La solté y me colgaba un hilo de baba del labio hasta la punta de su polla. La agarré por la base y con la saliva de sobra empecé a pajeársela mientras me restregaba la cabeza por la mejilla, por el bigote, por la boca abierta. De vez en cuando le escupía otra vez encima, para que no faltara nunca lubricante.

—¿La chupo bien? —le solté, con mi mejor cara de niño bueno.

—Joder, de maravilla.

—¿Mejor que tu mujer?

—Eres un cabrón.

Lo dijo con sorpresa, casi con miedo, pero ya lo tenía agarrado por la polla y a punto de correrse, se le hinchaba en la mano. Lo de la mujer no lo sabía a ciencia cierta. Había visto retratos en el salón, un par de fotos de boda, y lo había atado sin mucho esfuerzo. Tampoco hacía falta ser un lince para deducir que lo suyo no era ninguna pareja abierta y que ella no tenía ni idea de que él andaba en Grindr.

—Soy el cabrón que te va a sacar toda la leche —le contesté, apretando la mano.

Volví a metérmela en la boca, esta vez alternando ritmos. Rápida y babosa, luego despacio y apretando la garganta contra el glande. Lo tenía justo donde yo quería. No iba a aguantar mucho más. Volví a pensar en Mateo, en su polla dura debajo del pantalón allá abajo en la calle, en cómo me habría gustado que estuviera arrodillado a mi lado, con la boca abierta, esperando la leche que me estaba ganando yo.

La saqué de la boca de golpe y le dije que se pajeara sobre mi cara. Empezó a hacerlo a toda velocidad, casi con rabia. Yo le lamía el frenillo sin apartar la vista de la cara que ponía. Ahora parecía un salvaje, muy distinto del tipo tímido que me había abierto la puerta y se había dejado comer la polla sin apenas moverse. Me agarró de la cabeza con las dos manos, como si en mis planes hubiera estado moverme.

—Esto seguro que no lo haces con tu mujer.

—Cállate ya, puta zorra.

Y en cuanto lo dijo se corrió sobre mi cara. Cinco chorros, generosos, más líquidos que espesos. Uno me cayó en el ojo, dos en la mejilla y el bigote, y el último aterrizó justo en la boca abierta. Me la metí entera para limpiarle la polla con la lengua y exprimirle las últimas gotas. Al principio seguía sujetándome la cabeza como si aún fuera a echarme yo para atrás, pero a medida que se le iba yendo la fuerza me soltó y se dejó caer contra el respaldo, con los ojos cerrados y la boca abierta.

Yo me levanté. Me dolían las rodillas, la leche me escurría por la cara. Normalmente me gusta tragarla, pero en ese momento no me apetecía compartir con él ese detalle. Saqué un pañuelo del bolsillo, me limpié bien y lo dejé caer al suelo, delante de él. Me abroché la camisa en silencio, escuchándolo respirar como si acabara de correr una maratón. Se levantó a acompañarme a la puerta. Sabía perfectamente que no quería hablar ni que me quedara un minuto más. Era ese tipo de activo superansioso hasta que se corre, y que después solo quiere borrar de la memoria lo que acaba de hacer. A mí me daba igual. Iba contento, había hecho exactamente lo que había ido a hacer, y encima sin nada que ocultar cuando saliera. Sentí un poco de pena por él y sobre todo por su mujer. De ella no sabía nada, pero estando con un tío así estaba condenada a estar insatisfecha.

Salí a la calle sonriendo. Rubén no había dado la talla. Prometía mucho por chat y en persona se había quedado en poco: polla corta, corrida rápida, cero resistencia. Solo en la corrida había estado a la altura. Aun así, me había pasado bien. No me había vuelto a correr yo porque eso lo reservaba para más tarde, con Mateo. Mi primera vez poniendo los cuernos había sido un éxito y sabía que iba a repetir. Quizá terminaría buscando un follamigo fijo, alguien con quien no fuera todo tan express.

Abajo, apoyado en un coche, me esperaba Mateo. Lo vi y me lancé a besarlo con la cara todavía oliendo a otra polla y la boca con regusto a leche ajena. Me dijo que me quería solo con la mirada, con los ojos algo brillantes. Lo había pasado mal y a la vez estaba orgulloso de mí. Con una mano bajé a su pantalón y lo noté durísimo, casi doloroso. Le mordí la oreja y le susurré que fuéramos a casa cagando leches, que tenía que contárselo todo con pelos y señales, y que esa noche era él quien se iba a llevar mi corrida en la boca.

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Comentarios(7)

ChicoBA_99

increible, nunca habia leido algo así en esta categoría. Que situacion tan morbosa, muy bueno!!

NochesBA

Por favor continuación!!! quede con muchas ganas de saber que paso cuando volvio. Excelente relato

ElectoR_Mx

Me encanto como lo contaron, se siente que es real sin ser burdo. Sigan así!

CuriosoLector77

El novio estuvo esperando cerca todo ese tiempo? que tensión, me imagino los nervios que deben haber sentido los dos

JuandeNoche

Tremendo relato. La dinámica entre los dos es lo que mas me llamo la atención, se nota que hay mucha confianza

RobertoZeta

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años. Muy bien narrado

SolMarina

buenísimo!!! espero mas relatos de este tipo

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