Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El trío con el amigo gay de mi marido en el puerto

Me llamo Camila y todavía me sorprende contar esto en voz alta. Con Matías llevamos juntos desde que éramos un par de novios sin un peso, y siempre tuvimos una complicidad que nos permitió hablar de cualquier cosa sin vergüenza. Lo que pasó aquella noche en el puerto fue, sin duda, una de las experiencias más intensas que vivimos como pareja. La cuento tal cual la recuerdo, porque hay cosas que es mejor no adornar.

Era verano y habíamos bajado a la costa a pasar unos días. Matías me propuso usar una de esas tardes para juntarnos con Rodrigo, un viejo compañero de la secundaria al que no veía hacía años. Por lo que me había contado, Rodrigo era abiertamente gay, así que no se me había cruzado por la cabeza ninguna fantasía entre los tres. Para mí era, simplemente, un reencuentro de amigos.

Salimos del hostal donde nos quedábamos, aunque no sin antes perder un buen rato en la cama. Matías bajó entre mis piernas y me hizo acabar con la lengua hasta que le inundé la boca; era la segunda vez que terminaba esa mañana, porque al despertar lo había cabalgado hasta vaciarlo dentro de mí. Salimos a la calle todavía tibios, con esa sonrisa boba de quien acaba de coger rico.

El bar quedaba en una de esas cuestas empinadas del puerto, llenas de murales y de música saliendo por las ventanas. Cuando vi a Rodrigo me llevé una sorpresa: era guapo, más alto que mi marido, con una calvicie incipiente que llevaba con seguridad y unos rasgos varoniles que para nada delataban sus gustos. Nos dimos un abrazo largo y me cayó bien al instante.

Mientras él pedía la primera ronda, yo recordé algo. Apenas un par de noches atrás, en una de esas conversaciones de cama que se vuelven calientes sin querer, Matías me había confesado su primera experiencia con un hombre. Y el protagonista de esa historia era, justamente, Rodrigo. Me lo contó con un detalle que delataba que todavía lo recordaba con cariño.

***

La historia tenía dos partes. La primera se remontaba a una toma del liceo donde estudiaban. En esos años, en el país era común que los estudiantes ocuparan sus colegios para exigir que el Estado garantizara educación gratuita y de calidad, que dejara de tratarse como una mercancía. Esa vena idealista de Matías fue una de las primeras cosas que me enamoró de él, y la conserva hasta hoy.

Aquella noche dormían dentro de una sala de clases, cada uno en su saco, rodeados de no más de cinco compañeros. Matías sintió cómo, poco a poco, Rodrigo se fue acercando. Empezó con caricias suaves sobre su pecho. Él, con apenas dieciséis años, no sabía qué hacer; era un territorio completamente desconocido. No reaccionó, dejó que la calentura decidiera por él y esperó a que esa mano fuera bajando, despacio, con cuidado de no despertar a nadie.

La mano llegó a su entrepierna por encima del pantalón. Matías ya estaba duro de tanta caricia certera. Cuando Rodrigo le sacó el pene y empezó a recorrerlo, mi marido sintió que dejaba atrás algo de su inocencia. Lo movía de arriba abajo, descubriéndole el glande, dibujando círculos lentos sobre la punta mientras lo sostenía firme con la otra mano. Esa fue su primera vez con un hombre, y me la contó como si todavía pudiera sentirla.

La segunda parte fue menos sexual, pero igual de intensa. Ya en último año, en una junta en casa de otro compañero, los dos quedaron solos en el patio frente a una fogata. Rodrigo se giró y le plantó un beso con lengua, sujetándolo firme desde la nuca. Matías me contó lo raro y excitante que fue sentir el roce del bigote áspero. No encontró mejor respuesta que bajar la mano y palpar, por primera vez, la dureza de su amigo sobre la tela. Terminaron contra la pared más cercana, moviendo las caderas, sintiéndose enteros.

Mientras Rodrigo nos servía la cerveza en el bar, yo no podía dejar de pensar que ese hombre alto y simpático había sido el primero en tocar a mi marido. Sentí cómo me mojé los calzones de golpe. En ese instante decidí que estaba dispuesta a cualquier cosa que la noche quisiera ofrecernos.

***

Nos sentamos los tres, yo y Rodrigo a cada lado de Matías. La conversación fluyó enseguida; era de esas personas alegres y sabias con las que da gusto compartir. Pedimos otra ronda, hicimos el primer salud de la noche y, al rato, llegaron un primo suyo y dos amigos más, así que la mesa se llenó.

Matías andaba con algo de hierba encima, costumbre de universitarios de esos años. Entre la cerveza y un par de pitadas, ya estábamos más sueltos y desinhibidos que de costumbre. La mesa se fue partiendo en grupitos, con conversaciones que iban y venían sin demasiado sentido, y nadie prestaba mucha atención a nadie.

Fue ahí cuando empecé a notar algo. Cada vez que mi marido se levantaba al baño, Rodrigo desaparecía detrás de él un minuto después. Volvían por separado, con cara de nada, sin que el resto se diera cuenta. Pero yo sí. Yo sabía perfectamente que esas idas tan oportunas no eran solo por la cerveza.

No tardé en confirmarlo. Matías volvió a acomodarse a mi lado, bebió un par de sorbos tranquilo y se quedó mirándome con la cara colorada. Entonces me confesó al oído que en el baño se habían tocado, que se habían dado una paja rápida y fugaz parados frente a los urinarios, así, con todo el riesgo de que entrara cualquiera. Me sorprendió la osadía, pero más me sorprendió lo mucho que me gustó escucharlo.

Mi marido me tenía abrazada en una especie de sillón hamaca medio escondido del resto. Rodrigo se sentó detrás de él. Al rato sentí las manos de Matías subiendo por mi torso hasta abarcarme los pechos con las dos. Yo estaba anonadada, no daba crédito. Y entonces vi las manos de Rodrigo rodeando la cintura de mi marido, cada una recorriendo ese torso que tanto me gustaba.

Estábamos los tres bastante idos. Volví a sentir manos en mis pechos, pero estas eran distintas: más firmes, con otra presión, nada que ver con la forma prolija de mi hombre. Miré y vi que eran las de Rodrigo, guiadas por las de Matías, que las sostenía sobre mí para que las sintiera bien. Casi se me escapa un gemido ahí, en medio de toda esa gente.

Matías hacía que las manos de su amigo dibujaran círculos sobre mí, y eso me prendió por completo. Al principio Rodrigo intentó retirarse, supongo que por nervios, pero mi marido lo sostuvo con firmeza, dejándole claro que yo no era ningún impedimento. Al contrario. El trío recién empezaba a tomar forma, y yo ya lo estaba deseando con todo.

***

Entre idas y vueltas, mi marido se perdió un par de veces más con su amigo, con la excusa de ir preparando las camas para pasar la noche. Las excusas claramente no eran para mí, que ya había sido tocada por Rodrigo y lo único que quería era estar acostada con los dos de una vez.

Cuando por fin nos fuimos a la pieza, Matías le pidió que se sacara ropa para «dormir más cómodo». Rodrigo quedó en calzoncillos y se acostó a su lado. Yo estaba completamente expectante. No pasó mucho hasta que vi que ya se tocaban los penes el uno al otro, sin disimulo.

Reponiéndome del impacto inicial, decidí que lo mejor era sumarme. Empecé a terminar de desvestir a Matías, le bajé los bóxer y, sin que dijéramos nada, encontré la ayuda inmediata de Rodrigo. Entre los dos lo dejamos desnudo en cuestión de segundos.

Empezamos a besarlo de forma casi simétrica, cada uno por un lado del cuerpo, bajando despacio. Matías estaba boca arriba y nosotros recorríamos cada centímetro de su piel con los labios. Creo que ambos sabíamos perfectamente adónde íbamos a llegar. Cuando alcancé su pene fui la primera en agarrarlo, y enseguida Rodrigo se acomodó a la misma altura para besarlo conmigo, los dos a la vez.

Los besos no tardaron en convertirse en lamidas. Me metí su pene entero en la boca y Rodrigo no demoró en imitarme. Estaba compartiendo a mi marido con su amigo, y la sensación era riquísima: dos hombres, dos penes con los cuales jugar en mi primer trío. Nos turnábamos las mamadas, y a veces nuestras bocas se encontraban en la punta, jugando con las lenguas, peleándonos por el mismo glande sin querer soltarlo.

Bajé hacia sus testículos para lamerlos mientras Rodrigo seguía arriba. Lo sentía cada vez más caliente, hasta que decidió mostrar de verdad lo que le gustaba: a punta de besos y mordiscos recorrió los glúteos de Matías hasta llegar a su entrada, dejando un caminito brillante de saliva. Mi marido, que nunca había vivido algo así, no podía reprimir los gemidos mientras esa lengua entraba y salía de él.

Yo aproveché para tomar su pene en la boca otra vez, mientras Rodrigo se encargaba por detrás. Y entonces, justo cuando empezaba a sentirme un poco dejada de lado, los dos se volcaron hacia mí. Sentí la lengua de Rodrigo jugando en mi clítoris, y por muy gay declarado que fuera, sabía perfectamente lo que hacía ahí abajo. Matías se puso en cuclillas sobre mi cara y yo retomé lo que su amigo había empezado, lamiéndole la entrada mientras él miraba, desde el mejor ángulo posible, cómo me comían.

No recuerdo con exactitud quién me penetró primero, pero sí recuerdo estar cabalgando a uno mientras el otro se masturbaba a mi lado, mirándome con la respiración entrecortada. Rodrigo no aguantaba tanto como mi marido; un par de veces lo vi limpiándose con papel, agotado, mientras yo seguía disfrutando como nunca. Cambiamos de posiciones varias veces. En un momento estuve en cuatro, penetrada por Matías y con el pene de Rodrigo en la boca, jugando con su glande, fantaseando con quitarle a besos todos los gustos que tuviera por los hombres, aunque en el fondo me calentaba justo lo contrario.

***

Esa fue una noche completamente loca. Ni siquiera consideramos que había más gente en la casa, durmiendo a pocos metros, que probablemente nos escuchaba todo. Estábamos tan idos y tan calientes que no se nos pasó por la cabeza hasta el día siguiente, ya entrada la mañana.

Y al despertar empezamos de nuevo. Rodrigo me agarraba un pecho casi con brusquedad mientras Matías miraba atento, dándose una paja lenta. Tengo grabada a fuego la imagen: yo penetrada por mi marido en misionero, fundidos en un beso donde nuestras lenguas hacían realidad una fantasía que nunca habíamos puesto en palabras, esperando con ansias que el tercer pene se acercara a nuestras bocas. Primero me lo metí yo; Matías aceleró las embestidas y, por un momento, los tres dejamos de ser dos historias separadas para convertirnos en una sola.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Fantasma_X

tremendo giro!! no me lo esperaba para nada. Se nota que es real, tiene esos detalles que uno no inventaria

MonicaLec

Que situacion tan intensa... me quede sin palabras al final. Por favor continua la historia, quede con muchas ganas de saber que paso despues!!

NoviaDeNadie27

lo lei de un tiron sin pausar. esas confesiones que empiezan tranquilas y de repente explotan son las mejores. Muy bien narrado

Curioso_Noc

¿Como reaccionaste al dia siguiente? esa parte me dejo pensando. Muy buena historia, se agradece la sinceridad

RamonBaires

jajaja el titulo ya lo dice todo y aun asi te sorprende como termina. Tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.