Lo que sentí al reencontrar a mi amigo del instituto
Toni odiaba hacer la compra los sábados por las mismas razones por las que odiaba las procesiones, los mercadillos navideños y cualquier evento que implicara más de tres personas por metro cuadrado: demasiada gente haciendo demasiadas cosas estúpidas al mismo tiempo.
El súper del sábado era un campo de batalla. Señoras con carritos que conducían como si acabaran de sacarse el carnet en una tómbola, parejas hipsters bloqueando el pasillo de los superalimentos mientras debatían si el aguacate ecológico justificaba hipotecar el futuro de sus nietos, y jubilados que aprovechaban la excursión semanal para ponerse al día con los vecinos justo delante de la nevera de los yogures.
Y ahí estaba él, a sus cuarenta y ocho años, empujando un carrito que chirriaba como si tuviera artritis, con una cesta que contenía pan, cerveza y esa tristeza existencial de las raciones para uno que los supermercados empaquetan con tanto esmero que parecen gritar «¡este tío come solo!».
Pero lo peor, lo verdaderamente traumático, era el pasillo de los vinos. El pasillo donde los hombres iban a morir de vergüenza ajena, porque todos —absolutamente todos— fingían que sabían de vinos cuando en realidad elegían las botellas con el método científico del «ni muy caro ni muy barato, que luego me lo bebo viendo series en calzoncillos».
Toni tomó una botella al azar. Doce euros. Sonaba a precio de adulto responsable que paga impuestos y separa la basura.
«Notas de vainilla y roble con final largo y persistente. Lo único persistente va a ser mi resaca de mañana, pero vale.»
Y entonces, justo cuando tenía su momento zen de aceptación consumista, alguien apareció al otro lado de la estantería. Alto. Delgado. Pelo negro hasta los hombros cayendo liso como si el universo hubiera contratado a un estilista solo para él.
Toni alzó la vista. Y el estómago le dio un vuelco que habría impresionado a un gimnasta olímpico.
«No. Joder. No puede ser.»
Pero era. Adrià. Adrià Vendrell. Adrià «me-largué-a-la-capital-a-estudiar-cosas-con-muchas-letras» Vendrell. Ahí estaba, en el puto supermercado, comprando vino como un mortal cualquiera. Aunque, claro, incluso así lo hacía con clase: camisa negra de manga larga con los dos primeros botones desabrochados, vaqueros oscuros que le quedaban como si un sastre italiano hubiera llorado al hacérselos, y unas canas plateadas en las sienes tan injustamente atractivas que deberían estar prohibidas por la Convención de Ginebra.
«¿Por qué pienso que es injusto que esté tan bueno? Las luces fluorescentes me están friendo las neuronas. O quizá estoy teniendo un derrame. Sí, eso debe ser.»
Adrià alzó la mirada. Sus ojos oscuros, casi negros, se clavaron en él con la precisión de un francotirador.
—¿Toni?
«Mierda. Me ha visto. Está sonriendo. Di algo. Cualquier cosa. Pero que no suene a completo imbécil. Por favor, cerebro, colabora por una vez en tu vida.»
—¡Adrià! —la voz le salió demasiado aguda, como un adolescente al que le cambia la voz en mitad de un examen oral—. Tío, hacía... ¿cuánto? ¿Treinta años?
—Algo así —Adrià sonrió con esa sonrisa leve de siempre, como si supiera un chiste secreto del universo y se guardara el remate para el momento perfecto.
Se acercó con esa forma de moverse que Toni recordaba a la perfección: deliberada, sin prisa, como si el espacio se ajustara a él en lugar de al revés.
—Estás... igual —mintió Toni, porque era lo que se decía en estos casos.
—Tú también.
«Mentira piadosa nivel dios. Yo estoy calvo como una bola de billar, con barriga cervecera que desafía la gravedad, y sudo solo de estar de pie. Él parece salido de una película de vampiros de autor.»
Se dieron la mano. Y ahí fue cuando Toni notó que Adrià tenía manos de pianista: dedos largos, frescos a pesar del calor infernal del súper, firmes pero no agresivos. Un cosquilleo estúpido le subió por el brazo como una corriente eléctrica mal aislada.
«Son solo manos. Manos normales. Deja de pensar en las manos. DEJA. DE. PENSAR. EN. LAS. MANOS.»
—¿Vives aquí? —preguntó Toni—. Pensaba que estabas fuera haciendo cosas importantes.
—Estuve. Volví hace seis meses. Doy clase en un instituto. Literatura.
—Buena memoria la mía, ¿eh?
—Buena memoria —repitió Adrià.
Silencio incómodo. Del tipo que te hace consciente de cada ruido: el carrito chirriante del pasillo tres, el niño llorando en congelados, tu propio corazón latiendo como un bombo de comparsa. Toni se frotó la barba, un tic nervioso que había desarrollado para disimular la papada. Adrià observó el gesto y su sonrisa se amplió un milímetro, lo cual en su lenguaje corporal equivalía a una carcajada.
—¿Y tú? ¿Sigues aquí? —preguntó.
—Nunca me fui. Trabajo en informática, teletrabajo. Vivo en el centro. Solo... ya sabes. La vida.
—¿Sigues viendo a gente del instituto?
—Solo a Bruna. ¿Te acuerdas de ella?
Y ahí pasó algo. Casi imperceptible, pero Toni lo captó: un brillo en los ojos de Adrià, una tensión en los labios, como si el nombre de Bruna hubiera activado un interruptor en algún lugar de su cerebro perfectamente organizado.
—Bruna —repitió Adrià, saboreando el nombre como un vino caro—. La rockera del pelo negro.
—Sigue igual. Más, si cabe. Tiene un bar, el Ruido Blanco, en el puerto. Voy mucho.
«Voy cada martes y jueves como un reloj suizo. Es patético, pero la cerveza es barata y nadie me pregunta por qué sigo soltero.»
Otro silencio, pero este pedía a gritos ser rellenado. Toni sintió la necesidad visceral de llenar el vacío, como siempre.
«Invítalo. ¿Por qué? Porque hace treinta años era inalcanzable y misterioso y ahora está aquí comprando vino como un humano. Porque quizá esto es una señal del universo. O un tumor cerebral.»
—Oye, si quieres... —se rascó la nuca—. Este jueves Bruna cierra tarde y a veces nos quedamos tomando algo. Podrías venir. Seguro que le hace ilusión verte.
Adrià lo miró fijamente, como si lo estuviera diseccionando.
—Me encantaría —dijo al fin, y su voz sonó genuina, lo cual era casi peor—. ¿El jueves? ¿El día siete?
—Sí. Sobre las ocho.
—Perfecto.
Adrià agarró una botella sin mirar la etiqueta, sin dudar. Veintitrés euros. Claro.
«Porque es de los que saben de vinos. Y de libros. Y probablemente de filosofía existencial y de la filmografía completa de algún director sueco. Cabrón.»
—Nos vemos el jueves entonces.
—Sí. Genial. El jueves. A las ocho. En el bar. El Ruido Blanco. En el puerto.
«Ya lo has dicho todo dos veces. Cierra el pico, Toni. CIERRA. EL. PICO.»
Adrià le dedicó una última mirada y se alejó por el pasillo con un andar que parecía coreografiado por el mismísimo universo, el pelo negro balanceándose con cada paso. Toni se quedó plantado, mirando las botellas sin verlas, el corazón desbocado para un tío de cuarenta y ocho años que acababa de tener una conversación normal con un conocido del instituto.
Agarró el primer tetrabrik que encontró —tres euros con veinte, sabor «tinto genérico»— y prácticamente corrió hacia las cajas.
—La dieta mediterránea —murmuró a la cajera cuando pasó su compra: pan, cerveza y vino de tetrabrik. La cajera no se rio. Nadie se reía nunca de sus chistes. Nunca.
***
El Ruido Blanco ocupaba un antiguo almacén de naranjas, a cinco minutos del paseo marítimo. La fachada conservaba los azulejos desconchados de los años cincuenta, pero el neón violeta con el nombre del local delataba que dentro el tiempo se había detenido en otra década. Las paredes de ladrillo visto estaban tapizadas con carteles originales de conciertos —no reproducciones, los auténticos, con esquinas dobladas y manchas de cerveza de décadas pasadas—. Olía a cerveza derramada hace años, madera vieja impregnada de historias y un toque fantasma de tabaco que ninguna ley había conseguido eliminar.
Toni llegó temprano. Como siempre. Bruna estaba tras la barra, secando vasos con un trapo que había conocido tiempos mejores. Llevaba una falda de cuero negro ajustada que marcaba sus caderas generosas sin pedir disculpas, botas moteras con hebillas tintineantes y una camiseta negra ceñida. Su pelo negro caía liso hasta media espalda. Tenía cincuenta años y no le importaba una mierda quién lo supiera.
—Llegas pronto —dijo sin levantar la vista—. ¿Nervioso?
—No —mintió Toni, sentándose en su taburete habitual.
—Mentiroso. Te pusiste como un tomate cuando lo mencionaste el otro día.
—No me puse rojo.
—Casi tanto como aquella vez que te pregunté si te habías masturbado pensando en mí.
—¡Eso fue hace un año y estabas borracha!
—Y tú no respondiste —sonrió, maliciosa—. Lo cual fue respuesta suficiente.
Toni bebió cerveza para no contestar.
—¿Cómo está Adrià? —preguntó ella.
—Igual. Más pálido. Pelo largo. Parece un vampiro de película indie.
—¿Vampiro sexy o vampiro aterrador?
«Sexy. Definitivamente sexy. No lo digas en voz alta.»
—Normal —murmuró.
—Ajá. O sea, vampiro sexy.
La puerta se abrió con el tintineo de la campanilla. Adrià entró como si flotara, vestido de negro pero con una variación: camisa color burdeos con los dos primeros botones sueltos, vaqueros negros ajustados, botas que brillaban levemente. Traía una botella de vino envuelta en papel de regalo.
—Adrià —Bruna salió de detrás de la barra y se abrazaron. Un abrazo largo, de esos que significan algo más que cortesía. Toni observó, sintiendo una punzada extraña en el pecho.
«¿Celos? No seas ridículo. ¿Celos de qué? ¿De quién?»
—Treinta años —dijo Bruna, separándose—. Estás...
—¿Viejo? —Adrià sonrió.
—Iba a decir guapo, pero vale, viejo también.
Adrià se sentó en el taburete junto a Toni. De cerca olía a algo amaderado, sutil, caro, probablemente con un nombre francés imposible de pronunciar. Bruna descorchó la botella con movimientos expertos y sirvió tres copas que brillaban como rubíes bajo las luces violetas.
—Por los reencuentros —brindó.
El vino era bueno. Demasiado bueno. Sabía a frutas rojas y especias, con ese final largo que los entendidos mencionaban en las etiquetas y que Toni siempre había creído un cuento.
—¿Os acordáis de aquel concierto al que nos colamos? —preguntó Toni, animándose.
—Saltamos la valla del fondo —sonrió Adrià—. Y acabamos en primera fila porque todo el mundo estaba demasiado borracho para protestar.
—Fue increíble.
—¿Ibais juntos a conciertos? —preguntó Bruna, intrigada—. ¿Erais amigos?
—Conocidos —dijo Toni, inseguro.
—Amigos —corrigió Adrià, mirándolo directamente—. Éramos amigos.
«¿Lo éramos? Quizá sí. Quizá más que eso.»
El vino desaparecía rápido. Bruna puso otro disco, esa música que los chavales de ahora no sabían apreciar, y el ambiente se relajó. Toni notó que sus hombros se destensaban.
«Está bien. Esto está bien. Solo tres viejos amigos bebiendo. Normal. Todo normal.»
Pero entonces la mano de Adrià rozó la suya al alcanzar la copa. Un roce accidental. Probablemente. Y no la retiró: se quedó ahí, sus dedos a milímetros, el calor de su piel atravesando el espacio mínimo.
«Lo está haciendo a propósito. ¿O no? Si lo miro se dará cuenta. ¿De qué? De nada. No hay nada.»
—¿Y tu vida amorosa, Adrià? —preguntó Bruna, directa como un puñetazo.
—Ruptura reciente. Mi pareja quería matrimonio, hijos, casa en las afueras. Yo quería otra cosa. Libertad. No fingir quién soy para encajar en el guion de otro.
—¿Pareja? —soltó Toni antes de poder detenerse—. ¿Hombre o mujer?
«Idiota. ¿Por qué has preguntado eso?»
Adrià lo miró sin pestañear.
—Hombre. Dídac. Vivimos juntos dos años. Aunque antes he estado con mujeres también.
Lo dijo con la misma naturalidad de quien dice «me gusta el café». Toni sintió que algo se movía en su pecho, incómodo y excitante a la vez.
«Bisexual. Vale. Eso... eso es. Información. Solo información.»
—¡Guay! —murmuró, elocuente como un diccionario roto.
—¿Te sorprende? —una ceja arqueada.
—No. Sí. No sé. Me da igual. Es... guay.
—A mí me parece perfecto —dijo Bruna—. Más opciones para todos. Yo solo tíos, aunque he fantaseado con mujeres. ¿Y tú, calvo?
«Mierda. Mierda. Mierda.»
—Yo... mujeres. Solo mujeres. Es lo que hay, ¿no?
Adrià no dijo nada. Solo lo miró con esa mirada que parecía leer libros enteros en tu cerebro.
***
Con la segunda botella Bruna se levantó al tocadiscos. Sonó una intro de guitarra que parecía pura alegría destilada.
—Bailemos —dijo de repente.
—Yo no bailo —protestó Toni.
—Mentira. Te vi bailar en la fiesta de graduación.
Adrià se levantó y le tendió la mano, esos dedos largos que Toni no podía dejar de mirar.
—Vamos.
«No puedo decir que no a esa mano. A esos dedos. A esa sonrisa.»
Se unió a ellos, sintiéndose ridículo y vivo al mismo tiempo. Bruna se puso entre los dos, riendo, sus caderas rozando a Toni y su espalda a Adrià, la falda de cuero crujiendo suavemente. Luego los agarró a ambos por las camisetas y los acercó más, hasta que los tres quedaron casi abrazados, moviéndose despacio. Toni sentía el pecho de Bruna contra el suyo y la cadera de Adrià rozándole el costado, y pensó que quizá así era como se sentía estar vivo.
«Quiero más. No sé qué quiero. Pero quiero más.»
La canción terminó. Se quedaron así un momento más de lo necesario, respirando el mismo aire. Luego Bruna se separó, riendo nerviosa.
—La puta. Hace calor aquí.
Adrià volvió a su taburete como si acabara de tomar un café tranquilo. Bruna se apoyó en la barra y miró a Toni con esos ojos que prometían problemas.
—¿Sabes qué creo? Que deberías llevar falda de cuero. Como yo. Tienes buenas piernas. Peludas, sí, pero fuertes.
Toni casi escupió el vino.
—Estás muy borracha.
—Borracha pero con razón. ¿Verdad, Adrià?
Adrià miró las piernas de Toni, evaluándolas abiertamente.
—Podría funcionar.
Bruna desapareció en la trastienda y volvió con una segunda falda de cuero negro, más grande, claramente de hombre, con tachuelas en los laterales.
—¡Mira lo que encontré! De cuando mi ex tuvo su crisis de los cuarenta. Pruébatela. Solo para ver.
—No me jodas.
—¿O es que tienes miedo? —murmuró Adrià, suave, peligroso. Se había levantado y estaba muy cerca. Demasiado cerca. Invadiendo su espacio de forma deliberada—. No creo que seas aburrido. Creo que tienes miedo de no serlo.
Toni tragó saliva.
«Está muy cerca. Huele a vino y a esa colonia cara. Y a algo más. A deseo. A peligro.»
—¿Y si te la pones solo para nosotros? —dijo Bruna, pasándose las manos por su propia falda—. Aquí. Sin fotos, sin testigos. Solo para ver cómo te queda. Cómo te sientes.
«Cómo me siento. ¿Y si me siento bien? ¿Qué significa eso? ¿Qué dice de mí?»
Toni miró la falda. El cuero brillaba bajo las luces violetas como una promesa o una amenaza.
«Es solo una falda. Es solo ropa. No significa nada. ¿Verdad?»
—Si lo hago... ¿prometéis no reíros?
—Palabra de honor —dijo Bruna, seria por primera vez en horas.
—Palabra —repitió Adrià.
Toni agarró la falda. El cuero frío y suave contra sus dedos.
«Estoy loco. Completamente loco. Pero ya estoy aquí. Qué cojones.»
—Vale. Pero cierro el bar y vamos a tu casa, Bruna. No me la pongo aquí como un puto stripper.
Bruna aplaudió, genuinamente feliz, su propia falda crujiendo con el movimiento.
—¡Trato!
Adrià sonrió, esa sonrisa que prometía cosas que Toni no se atrevía a imaginar.
—Esto va a ser muy interesante.
«Interesante. Sí. O desastroso. O algo completamente diferente.»
***
El piso de Bruna estaba dos calles más arriba, un ático de techos altos con vigas de madera vista, una lámpara de terciopelo rojo en el salón y un sofá enorme lleno de cojines que olían a incienso barato. Ella tiró el bolso, encendió una vela y puso otro disco en el tocadiscos que tenía en la esquina, algo lento, sucio, de bajo grave y voz rota.
—Baño al fondo —le dijo a Toni, empujándole la falda contra el pecho—. Cámbiate. Sin excusas.
Toni entró en el baño con las manos temblando como si le hubieran chutado tres cafés. Se miró en el espejo. Calvo, con barba canosa, barriga que ya no cabía en el cinturón. El tipo del espejo tenía cuarenta y ocho años y la cara de quien no había follado en dieciocho meses.
Se bajó los vaqueros. Se quedó en calzoncillos y camiseta. Agarró la falda de cuero, la enrolló hasta encontrar la cintura, se la subió por las piernas peludas. El forro era liso, resbaladizo, frío en los muslos. Se abrochó los corchetes.
«Joder. Me queda. Me queda bien.»
La falda le caía justo por encima de la rodilla. El cuero le abrazaba las caderas y le dejaba las piernas expuestas de una forma que nunca había sentido. Notó el aire moviéndose entre sus muslos y una descarga extraña, indecente, le subió por la columna.
Abrió la puerta antes de que le fallara el valor.
Bruna soltó un silbido largo. Adrià, sentado en el sofá con las piernas cruzadas y la copa de vino en la mano, se enderezó despacio, y Toni vio cómo se le oscurecía la mirada de una manera que no dejaba dudas.
—Hostia puta —dijo Bruna—. Estás para follarte, calvo.
—No jodas.
—En serio —Adrià dejó la copa en la mesa sin apartar los ojos de él—. Ven aquí.
Y ese «ven aquí» no era una sugerencia. Era una orden envuelta en terciopelo, pronunciada por un tío que sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Toni caminó hasta el sofá porque las piernas se movieron solas. Bruna se sentó en el reposabrazos con la falda arremangada hasta medio muslo, y Adrià estiró la mano y le agarró la muñeca a Toni.
—Siéntate.
Se sentó. Entre los dos. Muslo con muslo con muslo. La respiración se le había puesto rara, superficial, como si le faltara el aire y le sobrara al mismo tiempo. Sintió los dedos de Adrià subir por su brazo, lentos, hasta el cuello. Sintió la mano de Bruna caer sobre su rodilla y colarse bajo el borde del cuero.
—Toni —susurró Adrià, muy cerca de la oreja—. ¿Quieres que pare?
«No. No. Por favor no.»
—No —dijo en voz alta, ronco.
Adrià le giró la cara con dos dedos bajo la barbilla y lo besó. Sin prisa. Con lengua. Y Toni descubrió a los cuarenta y ocho años que besar a un hombre sabía a vino tinto y a algo salado y ardiente, y que la barba raspando la suya no le daba asco: le ponía la polla dura tan rápido que le dolió contra la tela del calzoncillo.
Bruna se rio bajito y le mordió la oreja del otro lado.
—Está empalmado. Mira cómo abulta la falda.
—Cállate —jadeó Toni.
—No —dijo ella, y le metió la mano por debajo del cuero, buscó el elástico del calzoncillo y le agarró la verga entera con la mano fría—. La tienes gorda, cabrón. ¿Por qué no me lo habías contado?
Adrià se rio contra su boca sin dejar de besarlo, y Toni sintió otra mano —los dedos largos de pianista— subiéndole la camiseta, buscándole un pezón, pellizcándoselo. Se le escapó un gemido idiota, agudo, y los otros dos se rieron a la vez.
—Se corre en dos minutos —dijo Bruna, meneándosela con la muñeca.
—Espera —Adrià le apartó la mano con delicadeza—. No así.
Se levantó. Se quitó la camisa burdeos botón a botón como si fuera un puto ritual, y debajo apareció un torso pálido, delgado, de piel lisa. Se desabrochó los vaqueros. Se los bajó junto con los bóxers de una vez. Y ahí quedó plantado, con la polla dura apuntando adelante, larga y estrecha, la punta brillante ya de líquido.
Toni se quedó mirándola como un idiota. Nunca había visto otra polla de cerca. Nunca. Y ahora estaba a un metro, palpitando, y la boca se le llenó de saliva.
—Mámasela —dijo Bruna al oído, empujándole la nuca hacia adelante—. Venga, hazlo. Sé que quieres.
—Bruna, joder...
—No, tiene razón —Adrià le pasó los dedos por la calva, despacio, y le agarró de la nuca—. Quieres. Se te nota. Abre la boca, Toni.
Y Toni, arrodillado en el borde del sofá con la falda de cuero subida por los muslos, abrió la boca. Adrià le empujó la verga entre los labios sin prisa, hasta la mitad, y Toni sintió el peso, la sal, el sabor a piel caliente, y descubrió que le gustaba. Le gustaba mucho. Le chupó como pudo, torpe, con demasiada saliva, y Adrià gimió por primera vez esa noche, un sonido bajo desde el fondo de la garganta.
—Joder, Toni. Chúpamela así. Aprieta los labios. Sí. Sí, así.
Bruna se había desnudado detrás de él. Sintió sus tetas grandes chocar contra su espalda, los pezones duros clavándose entre los omóplatos. Le levantó la falda de cuero por detrás, le bajó los calzoncillos de un tirón hasta las rodillas y le dio un azote fuerte en el culo.
—Este culo peludo es mío —dijo—. Sigue mamándole a él y yo me ocupo de ti por detrás.
Toni gimió con la polla de Adrià aún en la boca. Bruna le abrió los muslos con la rodilla, se pegó a su espalda, le metió los dedos por delante y le agarró la verga. Empezó a meneársela mientras con la otra mano le arañaba el pecho. Toni no sabía dónde meter la cabeza: adelante, la polla que se metía cada vez más profunda; atrás, las tetas de Bruna aplastadas contra él y su mano puñeteándolo con ritmo lento y sucio.
—Voy a correrme —jadeó Adrià, sujetándole la cabeza con las dos manos ahora—. Trágatelo. Trágatelo todo, Toni.
Y se corrió. Un chorro caliente, espeso, salado, que le llenó la boca de golpe. Toni tragó por instinto, tragó lo que pudo, y el resto le resbaló por la barba y le cayó en la falda de cuero brillándole sobre el muslo. Adrià sacó la polla despacio, todavía dura, y le pasó el pulgar por el labio inferior recogiendo el semen que se le escapaba.
—Buen chico —murmuró—. Muy buen chico.
Y Toni, que llevaba treinta años tragando cerveza en barras solitarias, pensó que jamás en su vida le habían dicho dos palabras que le pusieran tan duro.
Bruna se rio detrás. Le soltó la polla y se tumbó de espaldas en el sofá, abriendo las piernas de par en par. Sin bragas. Con la falda de cuero subida hasta la cintura y el coño depilado brillante y abierto bajo la luz roja de la lámpara.
—Ahora tú, calvo. Con la falda puesta. Fóllame así, con el cuero puesto. Quiero notarlo rozándome.
Toni se subió al sofá aún atontado. Adrià, detrás, le ayudó a colocarse, le agarró la polla y se la guio directo al coño de Bruna. Toni empujó y entró de un golpe y Bruna soltó un gemido gutural clavándole las uñas en los hombros.
—Joder, joder, joder... está apretadísima —jadeó Toni.
—Follame fuerte —Bruna le rodeó la cintura con las piernas, las botas moteras rozándole la falda—. Rómpeme, calvo, dale.
Y Toni le dio. La embistió con toda la rabia acumulada de dieciocho meses sin follar, con el sabor de la polla de Adrià todavía en la boca, con el cuero de la falda restregándose entre sus muslos y golpeando contra los de ella con cada bombeo. El sofá crujía. Bruna gritaba obscenidades sin filtro —dame, joder, más, más, así, más fuerte cabrón—. Sus tetas rebotaban con cada envite y Toni bajó la cabeza y le chupó un pezón mientras seguía moviendo las caderas.
Y entonces sintió a Adrià detrás.
Sintió sus manos abrirle las nalgas por debajo de la falda. Sintió algo frío —¿saliva?, ¿aceite?, no lo sabía— resbalarle por el culo, y luego un dedo largo, firme, entrando despacio.
—Espera... espera... —jadeó, pero el dedo ya estaba dentro y le tocó algo que le hizo ver luces.
—¿Sigo? —preguntó Adrià al oído, la voz baja, ronca.
—...sigue.
Entró otro dedo. Toni gimió como no había gemido nunca, y siguió follándose a Bruna, ahora con el ritmo marcado por Adrià, que le empujaba por detrás cada vez que él quería sacar la polla. Estaba atrapado entre los dos. Bruna debajo, arqueándose, corriéndose ya —joder me corro me corro, apretando el coño alrededor de su verga como un puño—; Adrià detrás, metiéndole los dedos hasta el fondo, susurrándole guarradas en la oreja.
—Mírate. Con la falda puesta. Follándote a Bruna. Con mis dedos en el culo. Y te encanta, Toni. Te encanta, cabrón.
—Me encanta —jadeó, sin fuerzas para mentir—. Me encanta, joder.
—Córrete dentro de ella. Vamos. Lléname el coño mientras te tengo así.
Y Toni se corrió. Se corrió con un rugido que probablemente oyeron los vecinos, con el cuero de la falda pegado al cuerpo por el sudor, con los dedos de Adrià clavados en el culo hasta el fondo y el coño de Bruna ordeñándole la polla con contracciones bruscas. Se vació entero. Una corrida larga, densa, que llevaba años acumulada.
Se derrumbó sobre Bruna, sin aliento. Adrià se dejó caer al otro lado, respirando fuerte, con el pelo negro pegado a la frente. Los tres quedaron amontonados en el sofá, sudorosos, oliendo a sexo, a cuero, a vino y a algo nuevo que Toni todavía no sabía nombrar.
Bruna se rio primero. Una carcajada ronca, feliz.
—Bueno. La falda te queda de puta madre, calvo.
Adrià estiró el brazo por encima de Toni y le acarició el pelo a Bruna. Luego bajó la mano y le acarició la mejilla a él, con esa lentitud deliberada de todos sus gestos.
—Te dije que iba a ser interesante.
Toni cerró los ojos. Sentía la corrida ajena resbalándole por la barba, la propia goteándole por el muslo de cuero, dos cuerpos calientes apretados contra él y una certeza absoluta atravesándole el pecho: mañana, cuando amaneciera y volviera a ser un tío calvo de cuarenta y ocho años empujando un carrito chirriante por el súper, ya no iba a ser el mismo.
«Ya no soy el mismo. Y no pienso volver a serlo.»
(Continuará...)