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Relatos Ardientes

El primer hombre que me hizo sentir mujer

Mauricio había dicho que no había prisa, y yo no entendí del todo lo que eso significaba hasta que su mano se posó sobre la mía y se quedó ahí, quieta, durante lo que pareció un minuto entero.

—Despacio —repitió—. El placer no es una carrera. Tu primera vez con un hombre no tiene por qué ser un trámite.

Estábamos en el sillón de su sala, frente a una ventana que daba a la avenida. Las luces de los autos pasaban por el techo en intervalos lentos, marcando el ritmo de su respiración. Yo tenía veintiséis años y había hecho el amor con tres mujeres en toda mi vida; con ninguna había sentido lo que sentía en ese momento, sentado al lado de un hombre que me miraba como si supiera algo de mí que yo todavía no me atrevía a nombrar.

Él era un león y yo, una gacela que por fin había dejado de correr.

—¿Estás seguro? —me preguntó.

—Sí —dije, y la voz me salió más firme de lo que esperaba.

Lo había pensado durante meses. Toda mi vida fui el que insistía, el que rogaba, el que seducía, el que descubría cuerpos ajenos en penumbra. Quería, por una vez, ser el insistido, el rogado, el descubierto. Quería saber qué se sentía abrir las piernas en lugar de pedir que las abrieran. Quería entregar las nalgas con la misma naturalidad con la que durante años había pretendido conquistar caderas. La fantasía no era nueva; lo nuevo era haber tomado el teléfono.

Mauricio se inclinó y me besó. Fue el primer beso que le di a otro hombre. Tenía la barba apenas perceptible, y al sentir esa aspereza contra mi labio entendí, sin que nadie me lo explicara, por qué los besos de las mujeres siempre me habían parecido incompletos.

—Antes te pregunté algo —dijo cuando se separó—. Quiero saber si vas a cumplir tu promesa.

Yo recordaba la conversación. Una hora antes, mientras tomábamos vino en su cocina, él me había confesado que era activo, que no le interesaban los roles intercambiables, que necesitaba a alguien que fuera mujer cuando estuviera con él. Yo, sin pensar lo que decía, le había contestado que solo entendía el sexo entre un hombre y una mujer, y que si él iba a ser el hombre, entonces yo tendría que ser la mujer.

Era cierto. No me había dado cuenta hasta esa noche, pero lo era. Llevaba años cargando el secreto sin saber que lo cargaba.

—¿Y bien? —insistió Mauricio.

—Sí —dije—. Cumpliré.

—Entonces vístete como mujer para mí. Y no cualquier mujer —añadió, con una sonrisa apenas inclinada—. Una hermosa. ¿Eres capaz?

Soy capaz de mucho más de lo que te imaginas, pensé, y la frase me asustó tanto que no la dije en voz alta. Pero él la leyó en mis ojos.

—Si es nuestro secreto —murmuré—, quiero hacerlo.

Me puso un dedo sobre los labios.

—Será nuestro secreto. Pero a cambio, vas a ser mi novia. Y cuando estemos solos, no quiero verte nunca más vestido de hombre.

***

Me desnudé despacio en el medio de su sala, sin atreverme a mirarlo. Cuando quedé en calzoncillos, él se acercó y terminó de bajármelos con dos dedos, como si quitara una envoltura.

—Tienes un pene pequeño —dijo, sin crueldad—. Mejor para lo que vamos a hacer.

No me ofendí. Por primera vez en mi vida, esa parte de mi cuerpo dejó de ser una vergüenza para volverse un dato útil. Me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. Se desnudó frente a mí sin ceremonias. Su miembro era todo lo contrario al mío: largo, grueso, depilado, descubierto. Lo miré y supe, en ese instante, que iba a entrar en mí, y que yo iba a dejarlo.

Nos acostamos. Su pecho sobre el mío estaba caliente, casi febril. Cada centímetro de su piel pesaba con una solidez que yo no había sentido nunca antes.

Por un segundo, el viejo yo regresó.

—No puedo —dije—. Soy un hombre.

Mauricio no respondió. Se levantó, abrió el armario y sacó una caja blanca. De adentro extrajo unas sandalias planas, también blancas, con tiras finas que se cruzaban en el empeine. Se sentó a los pies de la cama y me las puso. Atravesó las cintas alrededor de mi tobillo y las anudó con la calma de alguien que ya había hecho ese gesto otras veces.

—Por ahora, con esto basta —dijo.

Y bastó. No supe explicar por qué, pero apenas mis pies se calzaron en esas sandalias, todo lo demás se reordenó. Bajé la mirada y vi mis tobillos delgados, los dedos un poco alargados, las uñas cortas y limpias. Vi unos pies que no parecían de hombre. Pies de mujer joven, de chica que se prepara para salir.

Volvió a la cama y se acostó a mi lado. Empezó a acariciarme los pezones con la yema del dedo medio, dibujando círculos lentos. Yo no sabía que ese punto, en un cuerpo masculino, podía despertar lo que despertó. Cuando me los pellizcó, sin aviso, solté un gemido tan agudo que él se rio bajito.

—Eso es —dijo.

Su lengua bajó hasta uno de los pezones y se quedó ahí, succionando, mordiéndome apenas. La mano libre descendió a mi entrepierna, esquivó mi miembro como si no le interesara y se posó en mis testículos. Me los acarició primero con suavidad, después con presión, y por último apretó. Grité, pero no de dolor: de algo que no sabía nombrar.

Sus dedos se fueron deslizando más atrás. Pasaron por el perineo y llegaron al borde de mi ano. Solo lo rozaba, en círculos, sin entrar. Yo respiraba como si estuviera corriendo cuesta arriba. Habrían pasado cuarenta minutos así, sin penetrarme, solo con su boca en mi pecho y su dedo dibujando la entrada de mi cuerpo.

—Mira qué hermosos se ven tus pies, princesa —dijo, y me levantó las piernas, las apoyó sobre sus hombros y me besó otra vez. Su lengua me llegó hasta el fondo de la boca. Lo abracé desde abajo y, en esa postura, sentí su miembro caliente apoyado contra mi entrada.

Vi mis sandalias blancas sobre sus hombros y me dejé caer del todo. Era una mujer. No era una imitación, no era una broma, no era un disfraz. Era una nena con sandalias nuevas, esperando a que el hombre que la había elegido la hiciera suya.

—Date vuelta —me ordenó.

Lo hice. Me empinó las caderas, me abrió las nalgas con las dos manos y escupió encima. La saliva tibia bajó por la grieta y él la repartió con el pulgar. Después metió el dedo medio. Lo metió hasta el fondo y se quedó ahí, moviéndolo despacio, buscando algo. Cuando lo encontró, el placer subió por mi columna como un alambre eléctrico. Grité, y mi grito sonó femenino, agudo, sin que yo pudiera evitarlo.

—Te dije que ibas a entender —murmuró.

Sacó el dedo. Sentí la punta de su miembro reemplazarlo. Tomó aire, me agarró de los hombros y empujó.

El dolor fue exacto, mecánico, sin metáfora posible. Apreté los dientes y los dedos de los pies, y al apretarlos sentí el cuero de las sandalias contra la piel y la corriente del ventilador acariciándome la planta. Y recordé que ya no tenía por qué tener miedo. Las sandalias eran la prueba: ya era una mujer entera.

***

Mauricio se quedó adentro de mí sin moverse, dejándome acostumbrarme. Yo sentía el latido de su miembro contra mis paredes internas como si tuviera un segundo corazón metido en el cuerpo. Cuando empezó a moverse, lo hizo con la misma paciencia con la que me había puesto las sandalias.

—¿Más? —preguntaba cada tanto.

—Más —contestaba yo.

Cada vez que salía, yo le suplicaba que volviera a entrar, y él volvía con más fuerza y más profundo. Mis gemidos eran un idioma nuevo. Salían sin que yo eligiera el tono, y todos sonaban a mujer. A nena. A una versión de mí que llevaba veintiséis años escondida y por fin tenía un cuarto donde existir.

Sus penetraciones se aceleraron. Su sudor caía sobre mi espalda y yo sentía cada gota como una bendición. Pensé, durante un segundo, en los años que había pasado fingiendo. Las novias, las salidas, los gestos calculados, las erecciones que costaba mantener. Pensé en todas las veces que había confundido la calma con la felicidad. Y supe, sin dramatismo, que ya no iba a volver.

—Dilo —me ordenó Mauricio sin dejar de moverse—. Di lo que eres.

—Soy mujer —dije—. Soy tu novia. Soy una travesti que vivió escondida y no quiere esconderse más. Adoro tu verga. No quiero volver a ser hombre. Quiero usar sandalias siempre, vestidos frescos, maquillarme para ti, arrodillarme cuando me lo pidas. Soy tu nena. Soy tu princesa. Soy tu esclava.

Lo dije a los gritos, con la voz más femenina que pude inventar, y cuanto más lo decía, más cierto se volvía. Las palabras salían de un lugar al que yo nunca había bajado.

Mauricio se vino dentro de mí con un gemido grave. Sentí los chorros calientes inundarme por dentro, y al mismo tiempo, sin haberme tocado el miembro en ningún momento, me corrí yo también. Las sábanas debajo de mí se mancharon. Mi pene apenas tuvo nada que ver con eso: el orgasmo me vino del fondo, de la próstata, de un lugar de mujer que yo no sabía que tenía.

Se desplomó sobre mi espalda. Yo no podía moverme. Sentí su miembro adentro mío encogerse despacio hasta resbalar, y cuando salió, el semen tibio empezó a gotear por mis muslos. Esa sensación —el resto de él escapando de mí al aire— fue casi tan intensa como lo anterior.

—¿Y? —preguntó él al rato, con la voz somnolienta.

—Y no quiero volver a ser hombre nunca —respondí.

Lo dije en serio. Lo digo en serio todavía.

***

Soy Camila. Antes me llamaban con otro nombre, uno que aprendí a no usar cuando estamos solos. Sigo siendo tímida. Casi todos los días salgo a la calle vestido de hombre, voy a la oficina, contesto correos, almuerzo con compañeros que no sospechan nada. Pero por las noches, cuando llego al departamento de Mauricio, abro la caja del armario, me pongo las sandalias blancas y dejo de fingir.

Esto fue, durante mucho tiempo, solo una fantasía mía. Hoy es lo único real que tengo. Si alguien lee esto y reconoce algo de sí, ojalá se anime también. Hay un cuarto esperándolo. Y unas sandalias de su talla.

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Comentarios (5)

LeoCordoba

Que relato tan bien escrito!! Me tuvo enganchado hasta el final sin que me diera cuenta.

Rodrigo_Bcn

La comparacion del leon y la gacela al principio... de esas imagenes que no se olvidan facilmente. Muy buen comienzo

SandroNoche

Hay segunda parte??? Quede con ganas de saber como siguio todo esto

NachoCba22

Me recordo a algo que viví hace muchos años y no lo habia pensado en mucho tiempo. Gracias por traer eso de vuelta con este relato. Muy bueno

FernandoQRo

excelente!!!

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