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Relatos Ardientes

La mansión de las colinas donde todo se desató

La fiesta no figuraba en ningún calendario oficial. Era una de esas reuniones que pasan de boca en boca entre la gente del cine para adultos, en una mansión encaramada en lo alto de las colinas, muy por encima de las luces de la ciudad. Las lámparas estaban casi apagadas, la piscina parecía derramarse sobre el valle y la música era tan grave que se sentía en el pecho antes que en los oídos.

Llegué de prestado. Un colega que trabajaba de doble de riesgo en producciones de lujo tenía pase para dos y me coló diciendo que yo era «talento europeo de visita». Nadie hizo más preguntas. En sitios así, una buena historia abre cualquier puerta.

Llevaba una camisa negra ajustada que marcaba el pecho y los hombros, pantalón oscuro y las trenzas recogidas cayéndome por la espalda. Un tatuaje me asomaba por la manga remangada. Noté las miradas desde que crucé la puerta. Allí todos estaban acostumbrados a cuerpos perfectos, pero un tipo moreno de ojos grises, con pinta de venir de otro mundo, siempre despierta curiosidad.

Me serví un whisky solo en la barra improvisada junto al agua. La gente se movía despacio alrededor de la piscina, vasos en la mano, risas a media voz, alguna pareja perdiéndose entre las sombras de los setos. Era la clase de ambiente en el que todo está permitido y nadie pregunta tu nombre real.

Estaba mirando el reflejo de la ciudad temblando sobre el agua cuando sentí que alguien se colocaba a mi lado.

Giré la cabeza y ahí estaba ella. Sienna Cross en persona, una de las actrices más conocidas del ambiente, con un vestido negro cortísimo que dejaba claro que debajo no llevaba nada. El pelo rubio platino suelto, los labios pintados de rojo, una copa de champán en la mano y esa mirada que te desarma en dos segundos. Me sonrió como si me conociera de toda la vida.

—¿Tú eres el español del que dicen que folla como si estuviera librando una guerra? —soltó sin rodeos, con la voz ronca.

Sonreí de medio lado.

—Depende de quién lo cuente.

—Todo el mundo —respondió, y se acercó un poco más. Su perfume caro se mezclaba con el calor de su piel—. Me han dicho que escondes algo serio en ese pantalón.

Bajé la mirada un segundo y la subí otra vez a sus ojos.

—¿Quieres comprobar si los rumores son ciertos?

No contestó con palabras. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia dentro de la casa. Pasamos entre cuerpos medio desnudos, actores que reconocía, directores y algún rostro famoso que fingía no estar mirando. Subimos una escalera de mármol hasta una suite en el ático, con ventanales que abarcaban toda la ciudad encendida.

***

Cerró la puerta, echó el pestillo y se volvió hacia mí.

—Quítate la camisa —ordenó.

Obedecí despacio, botón a botón, dejando que viera el torso y los tatuajes que subían por el brazo hasta el hombro. Ella se mordió el labio. Se acercó, pasó las uñas por mi pecho y bajó hasta el cinturón. La agarré por la cintura, la pegué a mí, y notó al instante lo dura que estaba la cosa contra su vientre.

—Joder —susurró contra mi boca—, no era exageración.

La besé fuerte, mordiéndole el labio, y ella me devolvió el beso con la misma rabia. Sus manos bajaron la cremallera, se metieron dentro y me sacaron la polla, ya goteando. La miró como quien encuentra un trofeo.

—Esto no me entra ni en sueños —dijo riéndose, pero igual se arrodilló.

Abrió la boca todo lo que pudo y se la tragó hasta el fondo en la primera embestida. Sentí cómo se atragantaba, los ojos se le humedecieron, pero no se apartó. Me miraba desde abajo mientras chupaba, con la saliva resbalándole por la barbilla y el vestido subido hasta la cintura. La agarré de las trenzas rubias como si fueran riendas y empecé a follarle la boca sin tregua, entrando hasta el fondo, notando cómo su garganta se cerraba. Ella gemía y se tocaba sin parar entre las piernas.

Cuando estuve a punto de terminar la levanté y la tiré sobre la cama. Le arranqué el vestido de un tirón, literalmente se rasgó por la mitad, y quedó desnuda salvo por los tacones. Le abrí las piernas, me lancé de cabeza y la trabajé con la lengua mientras le metía dos dedos, luego tres, curvándolos contra su punto exacto. Se arqueó, me agarró del pelo y se corrió en menos de un minuto, temblando entera.

No le di descanso. Me puse de rodillas entre sus piernas y empujé despacio al principio, dejando que se abriera para mí. Ella jadeaba y me clavaba las uñas en los antebrazos.

—Despacio, joder… —dijo entre dientes.

No le hice caso. De una sola embestida llegué hasta el fondo y sus paredes me apretaron como un puño. Sienna gritó de verdad, con los ojos en blanco. Empecé a bombear hondo, cada golpe la hacía rebotar, y el sonido de los dos chocando llenaba la habitación. Se corrió otra vez, apretándome tanto que casi termino dentro.

—Cambio —dije, y la giré como a una muñeca hasta dejarla a cuatro patas.

La preparé con la lengua y los dedos, despacio, hasta que empezó a empujar hacia atrás buscándome.

—Por detrás —pidió—. Rómpeme.

Alineé la cabeza contra ese punto estrecho y empujé. Entró centímetro a centímetro, ella gimiendo, yo gruñendo de lo apretado que estaba. Cuando estuve dentro del todo empecé a moverme con la misma intensidad, una mano en su nuca apretándola contra la almohada y la otra repartiendo azotes que le dejaban la piel roja. Se corría una y otra vez, cerrándose alrededor de mí en cada orgasmo.

***

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.

Los dos giramos la cabeza. En el umbral estaba Maddox Stone, otro nombre que cualquiera del ambiente reconocería, en vaqueros y nada más. El cuerpo tatuado, los músculos marcados y un bulto que ya empujaba contra la tela. Nos miró y sonrió con una calma de depredador.

—¿Interrumpo?

Sienna, todavía conmigo clavado en ella, jadeó:

—Ven aquí.

Maddox se quitó los vaqueros de un tirón. Se acercó a la cama y se plantó delante de ella, que abrió la boca y se lo tragó sin usar las manos, mientras yo seguía moviéndome por detrás. Él me clavó la mirada y dijo con esa voz grave:

—Dicen que los españoles folláis como animales. Vamos a verlo.

Me apartó de ella de un tirón, la dejó gimiendo de vacío, y me empujó contra la pared. Se arrodilló y se metió mi polla en la boca hasta el fondo, limpiándola con la lengua. Yo, sorprendido pero cachondo hasta un punto que no me esperaba, le agarré la cabeza y empecé a follarle la boca igual que había hecho con ella. Maddox chupaba como un profesional, sin arcadas, mirándome desde abajo mientras se tocaba.

Sienna se acercó gateando y se puso a su lado. Los dos me lamían a la vez, las lenguas enredándose, las bocas turnándose, sin dejar un centímetro sin atención. Yo gemía como un animal, sujetándolos a los dos del pelo.

Luego Maddox se levantó, me miró, escupió en su mano y me preparó por detrás. No dije ni una palabra. Me giré, apoyé las manos en la pared y abrí las piernas. Él se colocó detrás, empujó y entró de una. Dolor y placer al mismo tiempo, nunca me habían tomado así, pero joder cómo me gustó. Empezó a moverse fuerte, una mano en mi hombro y la otra bajando a masturbarme. Sienna se metió debajo, con la boca abierta, lamiéndome y atendiéndolo a él cada vez que salía.

El ritmo se volvió salvaje. Maddox embestía como si quisiera partirme en dos, yo me la trabajaba con la mano y Sienna se tragaba todo lo que alcanzaba. La habitación olía a sudor, a perfume caro y a alcohol, y por los ventanales seguía entrando el resplandor de la ciudad como si fuéramos el único secreto encendido en toda la colina. Sentí que iba a terminar como nunca.

—Dentro —dije con la voz rota—. Termina dentro de mí.

Maddox gruñó, aceleró, y noté cómo se hinchaba antes de soltarse, pulsación tras pulsación. Eso me llevó al límite. Me corrí con una fuerza que me dejó las piernas flojas, y Sienna intentó tragarlo todo aunque se le escapara por la barbilla.

***

Los tres caímos sobre la cama, jadeando, empapados de sudor. Sienna se subió encima de mí, me besó con sabor a champán y a sexo, y luego besó a Maddox. Nos miramos los tres, riéndonos como si compartiéramos un secreto que no íbamos a contarle a nadie.

—Esto —dijo ella, apoyando la cabeza en mi pecho— solo es el principio de la noche.

Abajo seguía sonando la música grave, la piscina seguía derramándose sobre la ciudad y nadie en aquella fiesta tenía la menor idea de lo que acababa de pasar tres pisos por encima de sus cabezas. Yo había llegado de prestado, sin invitación propia, contando una mentira sobre quién era. Y me iba a marchar, cuando saliera el sol, con la única historia real que jamás me atrevería a contarle a nadie.

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Comentarios (5)

Torino_86

tremendo!!! me quede sin palabras, en serio

Caro_Mendoza

Pense que era inventado pero a medida que lo leia se sentia demasiado real. Hay noches que superan cualquier fantasia, esta sin duda es una de esas

FanaticoRelatos

Por favor una segunda parte!! quiero saber que paso al dia siguiente, no puede quedar asi

RobertoSK

jajaja me recordo a una fiesta de trabajo a la que fui hace un par de años, aunque mi noche fue infinitamente mas aburrida. Excelente relato!

vikingo_sur

¿Y el colega que te llevo se entero de lo que paso esa noche? eso me dejo con la duda jaja

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