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Relatos Ardientes

El actor invitado me eligió y vino a mi piso

En aquella escuela siempre tenías la sensación de que alguien te observaba desde un rincón sin nombre. No me refiero a los profesores ni a los compañeros que medían cada respiración tuya en silencio, sino a una especie de presencia que parecía pertenecer al edificio mismo. Yo había llegado decidido a no distraerme con nada que no fuera el trabajo, pero pronto entendí que allí dentro el talento no era lo único que se movía bajo la superficie.

Los rumores aparecían y desaparecían en el mismo pasillo, casi siempre con el mismo desenlace: el director. Nadie decía su nombre completo, nadie lo señalaba abiertamente, y aun así parecía estar detrás de cada conversación en la que alguien bajaba la voz al doblar una esquina.

La primera vez que Adrián me habló de aquello, me miró como quien ya sabe algo que el otro todavía no ha descubierto. Y fue entonces cuando empecé a sospechar que, debajo de las clases y los ejercicios, había una red moviéndose en silencio, convirtiendo cada gesto en una pieza dentro de una partida que aún no entendía.

Una de las mejores costumbres de la escuela era que cada cierto tiempo recibíamos a exalumnos consagrados para una clase magistral. Esa semana tocaba Bruno Vargas. Actor con tres series detrás, una de ellas todavía en emisión, fotografiado más veces de las que él mismo recordaba. Para muchos, una referencia profesional; para mí, un caramelo. Que estaba bueno el cabrón no iba a fingirlo.

La mañana de su llegada se respiraba distinta antes incluso de que él pisara el edificio. Las mochilas se arrastraban por el suelo, los cafés terminaban a medias en los alféizares, y en los baños se escuchaban más cremalleras de lo habitual. Yo entré en la sala de movimiento con esa lucidez seca que aparece cuando sé que cada gesto va a contar el doble.

El espacio era amplio, con ventanales altos y una luz blanca que se derramaba sobre el suelo de madera. Bruno estaba apoyado contra una columna, escuchando a una de las profesoras con media sonrisa. Lo primero que pensé fue que no imponía como Rafael, el coordinador de interpretación, pero tenía algo más resbaladizo y más perverso: una facilidad natural para volver íntimo el aire alrededor de su cuerpo. La camiseta clara se le pegaba lo justo al pecho como para dejar adivinar el trabajo que había debajo.

Estaba mirándonos a todos cuando sus ojos llegaron hasta mí y se quedaron allí, breves pero claros. No los aparté. Él tampoco. Después sonrió, muy poco, casi como si aquel gesto no fuera para nadie más en la sala.

La sesión empezó con una explicación sobre presencia, peso y escucha corporal, pero yo apenas atendía al contenido; me interesaba el tono con que lo decía. Habló de no moverse como si el cuerpo fuera una idea aislada, de sostener el contacto sin convertirlo en defensa, de entender que la escena sucede muchas veces en ese espacio mínimo en que una respiración cambia por culpa de otra. Y mientras lo decía caminaba entre nosotros con una concentración que resultaba aún más perturbadora.

Cuando llegó el momento de trabajar por parejas, me señaló con una naturalidad limpia.

—Tú conmigo.

Al principio el ejercicio parecía sencillo. Desplazar el peso, sostener el eje del otro, acompañar el movimiento sin invadirlo, dejar que el cuerpo entendiera poco a poco el ritmo ajeno. Bruno se acercó con una lentitud nada casual, puso las manos sobre mis antebrazos para colocarme, y ese gesto, impecablemente técnico en cualquier otro contexto, se volvió otra cosa por la forma en que lo sostuvo unos segundos más de los necesarios.

—Relaja un poco —murmuró, sin romperme la mirada—. Estás demasiado preparado, y eso a veces es peligroso.

Las palabras me entraron por dentro como brasas. Empezamos a movernos. Un paso adelante, uno atrás, un giro corto, una corrección en la inclinación. Él llevaba el peso de la secuencia y yo intentaba mantener la respiración estable, aunque el verdadero problema no era el esfuerzo, sino lo que me iba diciendo al oído con esa voz baja.

—No te pongas tan duro todavía —susurró al notar la tensión en mis brazos.

La frase fue tan descarada que por un instante pensé que había oído mal. La sonrisa mínima con que la acompañó me dejó claro que no. Me limité a sostenerle la mirada y seguimos. En uno de los desplazamientos su pecho quedó a un suspiro del mío y, mientras me corregía la altura de los hombros, dejó la mano abierta sobre mi espalda.

—No huyas cuando me acerco —dijo en mi oído—. Si te apartas tan rápido, parece que no sabes sostener el contacto. Y tienes pinta de aguantar más.

Sentí el aire de su voz debajo de la oreja y una ola de calor me subió por el cuello. Alrededor nuestro se había formado una intimidad casi obscena protegida por la coartada del trabajo. Él lo sabía, y siguió jugando. Sus manos subieron a mis hombros, bajaron otra vez, dejaron el pulgar quieto a la altura de la ingle.

—Respira. Si contienes el aire, todo se vuelve flojo. Y lo interesante empieza cuando algo se endurece.

El siguiente giro fue todavía más lento. Al corregirme la cadera, su cuerpo se acercó tanto que sentí el calor de su respiración en la mandíbula.

—Tienes una espalda de esas que invitan a quedarse un rato tocándolas.

Ahí sí tuve que esforzarme para no perder el ritmo. Él lo notó y se permitió otro susurro todavía más nítido.

—No sabes lo que provoca verte moverte así. Si pudieras mirarte desde fuera, entenderías por qué cuesta apartarse.

Ya no había manera de fingir que seguíamos hablando del ejercicio. El pulso se me disparó y entonces llegó el remate.

—Ese latido sí me interesa. Lo bueno es cuando algo empieza a calentarse y no sabes muy bien cómo pararlo.

La clase terminó sin que yo tuviera idea clara de cuánto había durado. Sentía el cuerpo tan encendido que cualquier movimiento parecía delatarme. Bruno, en cambio, estaba perfectamente sereno. Habló con un par de compañeros, respondió con amabilidad, y se acercó hasta donde yo recogía mis cosas.

—Antes has comentado que estabas trabajando una escena por tu cuenta.

Le dije que sí, que tenía una grabación y que me vendría bien una opinión profesional. Cualquier excusa me habría valido a esas alturas, pero al menos esa estaba relacionada con lo que nos había unido. Él asintió muy despacio, con un interés que no necesitaba interpretación.

—Enséñamela.

Y la escena también, pensé.

***

Fuimos caminando hasta mi piso. Hablamos de la escuela, de profesores que exigían más de la cuenta, de la diferencia entre actuar para una cámara y para una sala llena. A veces él callaba y me miraba; otras sonreía. Yo iba con las manos en los bolsillos para no caer en el gesto ridículo de tocarme el cuello o la nuca cada dos pasos.

Mi habitación era pequeña, ordenada, todavía demasiado nueva. Encendí el portátil y durante unos segundos fingimos que habíamos subido para eso. La escena empezó a reproducirse en la pantalla: yo mismo, un poco más flaco, un poco menos hecho, sosteniendo un monólogo difícil.

Bruno se quedó detrás de mí, inclinado primero sobre el respaldo de la silla y cada vez más cerca después. Comentó un gesto, señaló un cambio de respiración, dijo que en ciertos momentos se notaba demasiado esfuerzo por no entregarlo todo. Y fue esa palabra, entregarlo, dicha tan cerca de mi oído en la penumbra de la habitación, la que terminó de romper la poca distancia que quedaba entre nosotros.

Cerré el portátil. El cuarto se volvió todavía más silencioso. Me puse de pie y quedamos frente a frente. Avancé primero, muy despacio, sintiendo el calor de su respiración, y rocé su boca con la mía de una forma casi exploratoria, como si quisiera comprobar que todo lo acumulado durante la tarde tenía una salida real.

La tuvo. El segundo roce ya no fue un tanteo. En cuanto su boca respondió, blanda y segura a la vez, el beso se abrió de una forma que ardía más con cada segundo. Su lengua encontró la mía sin prisa, profundizando poco a poco, y yo le sujeté la nuca con una mano, tirando lo justo para sentir mejor el calor de su boca, el leve temblor de su respiración volviéndose más honda.

Todo lo demás había desaparecido: la escuela, la beca, la prudencia. Cuando me separé para tomar aire, no me alejé del todo. Mi boca encontró casi por instinto la línea de su mandíbula. Bajé despacio hacia el cuello, rozando con los labios la piel caliente hasta detenerme debajo de la oreja. Allí sentí cómo se le alteraba la respiración y cómo la mano se le cerraba sobre mi cintura con una fuerza nueva. No hice nada brusco; me limité a demorarlo, a dejar que el calor de mi boca se apoyara en ese punto exacto. Después subí muy lento al borde de la oreja, rozándolo con la lengua antes de volver a su boca.

El siguiente beso fue más sincero en su hambre, más salvaje, con nuestras lenguas casi fuera de las bocas. Le mordí los labios mientras frotábamos los cuerpos. Sus manos buscaron entre mis piernas y se aferraron a mi polla por encima del pantalón. Mis dedos hicieron lo mismo y encontraron un bulto enorme, duro como una piedra. Cuando me soltó la boca por un segundo, pude ver de cerca que sus ojos eran de un azul oscuro y que esos labios carnosos eran solo la antesala de algo mucho mejor.

Apenas tuve tiempo de pensarlo. Bruno se agachó, me bajó el pantalón hasta media pierna y empezó a lamerme por encima del calzoncillo, despacio, dejando que la tela se empapara con su saliva y se pegara a la forma de mi polla. Aquella espera me estaba volviendo loco. Al fin tiró del elástico, me liberó de golpe, y se metió mi nabo en la boca con un gesto que demostraba todas las horas de cámara que tenía encima.

Pasaba la lengua por el glande, jugando, para de pronto tragárselo entero. Su cabeza se hundía contra mi pelvis mientras con la mano libre me masajeaba los huevos. Estuvo unos segundos succionando la punta a un ritmo frenético, y volvió a metérsela hasta el fondo de golpe. Le daban pequeñas arcadas que soportaba con un placer evidente. Se la sacaba empapada, la masturbaba con la mano húmeda, y mi cuerpo se estremecía a cada pasada. Cuando se dio cuenta de que estaba a punto de correrme, levantó la vista desde abajo y, con una sonrisa de puro vicio, soltó:

—¿Sabes? Tienes una polla perfecta para follarme el culo.

***

Cuando quise reaccionar, ya tenía el preservativo puesto y le estaba lubricando el culo a aquel rubio. Intentaba dilatar despacio con los dedos, pero estaba apretadísimo. El cabrón tenía un culo redondo, sin un solo pelo, y mientras lo preparaba él no dejaba de pajearme con una mano por encima del hombro.

Aquella delicadeza pareció no gustarle. Me apartó la mano y me imploró.

—Deja de hacerme sufrir y fóllame ya.

Empecé a metérsela despacio para no hacerle daño, pero él se saltó esa parte. Empujó la cadera hacia atrás y se la clavó él mismo de golpe. La sorpresa se transformó en placer al sentir el calor que aquel agujero apretado emanaba. Traspasado el primer tramo, oí cómo gemía y eso me animó a seguir con un mete y saca controlado, agarrándole la cintura con las dos manos para deslizar su ano por mi polla a un ritmo sincronizado.

No me importaron los vecinos ni nada. El mundo pareció detenerse. Solo existíamos él y yo, encajados el uno en el otro como si llevásemos toda la tarde ensayando esa postura.

No sé cuánto tiempo estuve penetrándolo. Cada embestida me resultaba más fácil. Estaba cada vez más dilatado, el interior caliente y resbaladizo, y yo no podía dejar de follármelo. Era puro vicio. En un momento determinado lo vi tocarse a sí mismo con un ritmo casi compulsivo, y eso terminó de soltarme la mano. Empecé a penetrarlo más bruscamente. El sonido de nuestras pieles chocando se mezclaba con los jadeos y con los gritos contenidos.

Bruno se corrió brutalmente, apretándose contra mí. Yo salí enseguida, me arranqué el condón y terminé corriéndome sobre su espalda, viendo cómo se deslizaba por la curva de su columna. Después nos miramos cómplices y sonreímos. Volvimos a besarnos con la respiración entrecortada, sintiendo todavía la humedad de las bocas. Con papel limpiamos lo que se podía limpiar; lo demás se iba a quedar instalado en la habitación durante días.

***

Cuando el silencio volvió a apoderarse del cuarto y el aire empezó a enfriarse, nos quedamos un momento sin hablar, respirando aún con el ritmo alterado, como si el cuerpo necesitara tiempo para reconocerse a sí mismo. Bruno se apoyó contra la pared con esa calma que parecía acompañarlo siempre, y durante unos segundos se limitó a observarme con media sonrisa que no terminaba de ser cómoda ni del todo tranquila.

Fue entonces cuando dijo aquello.

No lo soltó de golpe ni con dramatismo. Lo hizo casi como quien comparte un secreto que no está seguro de si debería haber guardado un poco más.

—No eres el primero —murmuró, mirando hacia un punto indefinido de la habitación—. Ni creo que vayas a ser el último. Te lo digo porque me caes bien.

No entendí a qué se refería hasta que añadió, después de un silencio que se volvió incómodo sin necesidad de palabras:

—El director también sabe jugar a esto. Y juega peligrosamente con la gente. Ten cuidado con él. Y si llegas a conocerlo, haz lo que te pida.

La frase cayó despacio, pesada, como si hubiera estado esperando el momento exacto para salir. No sonó como una broma ni como una provocación. Sonó como una advertencia.

Levanté la mirada hacia él, intentando encontrar en su expresión alguna pista que me ayudara a saber si hablaba en serio o si simplemente estaba disfrutando del desconcierto que acababa de sembrar. No encontré ninguna.

Cuando me despedí aquella noche y bajé a la calle, el frío me golpeó con una claridad incómoda, pero no fue suficiente para disipar la sensación que se había quedado instalada en mi cabeza. Mientras caminaba sin rumbo, me pregunté quién era el director, qué hacía y por qué nadie en la escuela me había dicho todavía su nombre.

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Comentarios (5)

sergio_noc

Que relatazo, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

TensionFan

La tension del momento en que lo elige... me tuvo en ascuas desde el principio. Increible como lo describis.

GastonK

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos

LoboSur_74

Me recordo a algo que me pasó hace años en un taller de teatro. Esas situaciones donde no sabes si es parte del ejercicio o ya pasó a ser otra cosa... muy bien captado.

FedeFG

Una pregunta, ¿es autobiografico o es ficcion? Porque se siente demasiado real para ser inventado jaja

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