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Relatos Ardientes

El desconocido que me folló a oscuras era un colega

Salir de fiesta me pone cachondo, aunque casi nunca termine haciendo nada. Es el ambiente: la música a todo volumen, las parejas que se buscan en la penumbra, las manos que se cuelan por debajo de la ropa cuando creen que nadie mira. Todo eso me deja un calentón que después no sé dónde meter.

Aquella noche había salido con la gente del trabajo. Éramos casi quince, y la verdad es que lo pasamos bien. Mucha cerveza, muchas risas, alguna confidencia de más por culpa del alcohol. Pero nada que rascar en lo otro: pura camaradería de oficina. Como el local quedaba a dos calles de mi piso, hice la bomba de humo de costumbre y me marché sin despedirme de nadie.

Llegué a casa con esa inquietud que no se va sola. El piso estaba en silencio, todavía con el calor pegajoso de la noche de verano colándose por la ventana. Me tiré en el sofá y abrí la aplicación, más por inercia que por esperanza. A esas horas casi nunca queda nada interesante: los mismos perfiles de siempre, las mismas fotos recicladas. Estaba a punto de dejarlo y meterme en la cama cuando me llegó un mensaje.

La foto del perfil eran solo unos pectorales. No estaba enorme, pero se le notaba el cuerpo trabajado, firme. La edad decía treinta y nueve. Y la descripción no dejaba lugar a dudas: «Hetero cachondo. Voy a tu casa, te follo y hasta luego».

Me reí solo. Era justo lo que necesitaba esa noche, sin conversaciones ni nombres ni promesas. Hablamos un rato, lo justo, y le confesé que estaba reventado de sueño. Me prometió que sería rápido. Entonces se me ocurrió proponerle un juego.

—Te dejo la puerta abierta —escribí—. Llegas, no encendemos ninguna luz y me la metes a oscuras. Sin vernos la cara.

No sé por qué me excitaba tanto la idea de no saber quién era.

—Acepto —respondió enseguida—. Prepara ese culo, que voy con la polla ya dura.

Apagué todas las luces, dejé el cerrojo sin echar y me quedé esperando en bóxer sobre la cama, con el corazón golpeándome el pecho. Ya se me marcaba el bulto en la tela, se me estaba escapando la baba de imaginarme a un desconocido entrando a ciegas a follarme. A los pocos minutos oí la puerta, después sus pasos buscando el dormitorio en la oscuridad. No dijo nada. Llegó hasta mí guiándose con las manos, me agarró la nuca y me besó con una brutalidad que me dejó sin aire, metiéndome la lengua hasta la garganta, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme gemir.

Olía a colonia cara y a sudor, una mezcla que se me quedó grabada. Me desnudó tirando de la ropa con prisa, como si llevara horas conteniéndose. Me arrancó el bóxer de un tirón y se lo llevó a la cara, olfateándolo antes de tirarlo al suelo.

—Joder, qué bien hueles a marica caliente —gruñó, y me empujó de la nuca hasta que mi boca chocó con su bragueta.

Le bajé el pantalón a tientas y le saqué la polla. Estaba durísima, gorda, pesada en mi mano, con la punta ya mojada de líquido pre. Me la metí en la boca sin verla, adivinándole el grosor con la lengua, y él me agarró del pelo con las dos manos y empezó a follarme la garganta a su ritmo. Yo intentaba respirar por la nariz mientras me la clavaba hasta el fondo, notando cómo los huevos me golpeaban la barbilla. Se me saltaron las lágrimas, empecé a atragantarme, y él se la sacó un segundo para dejarme tomar aire.

—Eso es, tragátela entera, cabrón. Chúpame los huevos también.

Le obedecí. Le lamí los cojones uno por uno, se los metí en la boca, subí por el tronco con la lengua hasta la punta y volví a engullirle la verga hasta la base. Estuve así un buen rato, mamándosela como si me fuera la vida, mientras él me llamaba puta, marica, chupapollas, todo susurrado con esa voz ronca que me nublaba la cabeza.

Me dio la vuelta de un empujón y se hundió entre mis piernas con la boca, abriéndome despacio, sin ninguna prisa esta vez. Me separó las nalgas con las manos y me clavó la lengua en el culo, pasándomela una y otra vez por el agujero, ensalivándomelo, hundiéndomela dentro. Yo enterré la cara en la almohada para no gritar. Nunca me habían comido el ojete así, con esa hambre. Se puso a chuparlo mientras me metía dos dedos escupidos, girándolos, abriéndomelo a conciencia hasta dejarme temblando y completamente dispuesto. Yo me agarraba al cabecero, conteniendo los jadeos, intentando no hacer ruido en mitad de la noche. Para entonces ya no pensaba en nada que no fuera lo que venía después.

—Te voy a reventar el culo —me anunció al oído—. Y como aprietes, mejor.

Cuando entró, lo hizo de golpe. No hubo titubeos ni tanteos. Me clavó la polla hasta los cojones de una sola embestida y yo mordí la almohada para no soltar un alarido. Era fuerte, mucho más de lo que sugería aquella foto borrosa, y me la tenía gorda, muy gorda; sentí cómo me estiraba por dentro, cómo el ardor iba dando paso a un placer bestial. Empezó a follarme con un ritmo que no daba tregua, sacándola casi entera y volviéndomela a clavar de un golpe seco. Cada embestida me arrancaba un gemido contra la almohada, cada choque de sus caderas contra mis nalgas resonaba en el dormitorio a oscuras. Le pedí que me llevara a la cama del todo y me tiró boca abajo sobre el colchón sin contemplaciones.

Se puso encima de mí, me sujetó las muñecas contra el colchón y con cada golpe de cadera me hundía más en la cama. Yo me agarraba a las sábanas, mordía la tela, intentaba seguirle el ritmo y no podía. El tipo tenía un aguante que no era normal. Me la metía hasta el fondo, la dejaba dentro un instante haciéndome sentir toda la longitud clavada, y volvía a embestir. Me la sacó entera, se escupió en la polla, y me la volvió a hundir de golpe.

—Ponte a cuatro patas, guarro —ordenó.

Levanté el culo para él, apoyé la cara en la almohada y arqueé la espalda. Me agarró de las caderas con las dos manos, clavándome los dedos en la carne, y me empaló otra vez. En esa postura entraba más profundo, y cada envite me sacudía entero. Me daba palmadas en el culo entre embestida y embestida, unos azotes secos que retumbaban en el silencio y me dejaban la piel ardiendo.

—Mira cómo te tragas la polla, marica. Mira cómo te abre el ojete.

Yo no veía nada, todo estaba a oscuras, pero notaba perfectamente cómo me destrozaba. Me llevó la mano a mi propia polla y me obligó a machacármela al ritmo de sus embestidas. Estaba tan cachondo que a los pocos minutos me corrí sobre las sábanas, un chorro largo que me dejó vacío, mientras él seguía follándome sin piedad y notaba cómo se me contraía todo el culo alrededor de su verga.

—Así, aprieta, aprieta, cabrón —gruñó—. Se me pone dura de sentir cómo te aprieta tu culo.

Estuvo dándome candela un buen rato más, sin aflojar, respirando pegado a mi oreja, susurrándome guarradas que me ponían todavía más aunque acabara de correrme. Me cambió de postura otra vez, me puso boca arriba y me subió las piernas a sus hombros. Ahora sí lo tenía encima, notaba su pecho sudado contra mis piernas, su aliento en mi cara, y aunque no le veía la cara sabía que me estaba mirando fijamente mientras me la clavaba una y otra vez. Me agarró del cuello, no apretando, solo sujetándome, y aceleró el ritmo hasta que el cabecero empezó a golpear la pared.

—Me corro —dijo al fin, con la voz quebrada—. Joder, me corro dentro.

—Hazlo dentro —le pedí—. Lléname el culo entero, no te salgas.

Y obedeció. Me la clavó hasta el fondo y la dejó ahí, temblando, mientras yo notaba los latigazos de su polla descargando dentro de mí. Fueron chorros calientes, muchos, uno detrás de otro, y él iba gruñendo pegado a mi cuello con cada uno. Cuando por fin sacó la verga, un hilo de semen me resbaló por la raja del culo hasta las sábanas.

Se quedó tumbado sobre mi espalda, agotado, con la polla todavía chorreando entre mis nalgas, durante un rato largo. Luego se levantó en silencio, recogió su ropa a tientas y se vistió. No me dijo adiós, o si lo dijo, yo ya estaba demasiado adormilado para escucharlo. Oí la puerta y me dormí casi al instante, con el culo palpitando y el semen escurriéndoseme.

***

Me desperté unas horas después y fui al baño a limpiarme un poco. Al volver a la cama, mi pie tropezó con algo en el suelo. Me agaché a mirar y encontré un reloj. Uno grande, plateado, con la correa metálica y un peso considerable en la mano. Bonito. Caro, seguramente.

Lo curioso es que me sonaba de algo. No sabía de qué, pero tenía esa sensación incómoda de haberlo visto antes. Corrí a escribirle por la aplicación para que volviera a buscarlo, pero me había bloqueado. El perfil ya no existía para mí. «Una pena», pensé, mientras me probaba el reloj en la muñeca. Me quedaba enorme. Lo guardé en el cajón de la mesilla y me olvidé del asunto.

***

El lunes volví al trabajo con la cabeza en otra parte. En la pausa del café, los de siempre comentábamos lo bien que había salido la noche del viernes, que teníamos que repetir, que la próxima vez no podía escaquearme tan pronto. Todos estaban de buen humor. Todos menos Bruno.

Bruno no solía hablar mucho conmigo. Era el típico tío atractivo y un poco chulo, grandote, de esos que llenan la sala con solo entrar. Y además era mi supervisor directo, lo que me obligaba a tratarlo siempre con cierta distancia. Esa mañana lo noté raro, ausente, como si arrastrara un mal humor que no encajaba con el resto.

Sin pensarlo demasiado, le pregunté qué le pasaba. Y entonces fue cuando todo se me vino encima.

—He perdido un reloj —dijo, frotándose la cara—. Uno que me regaló mi novia. No tengo ni idea de dónde, y estoy que me subo por las paredes.

Sentí que la sangre se me iba de la cara. Ya sabía de qué me sonaba aquel reloj que descansaba en el cajón de mi mesilla. Era el suyo. Bruno era el desconocido que me había follado a oscuras aquella noche. Mi supervisor. El tío que jugaba a ser tan hetero.

Me quedé en shock, sin saber qué decir. Cualquier movimiento parecía un error. Si abría la boca, me delataba yo también, y encima quedaba al descubierto delante de mi jefe. Pero verlo así, hundido por culpa de un objeto que yo tenía guardado, me removió algo. Estuve dándole vueltas toda la mañana hasta que, después de comer, me decidí a escribirle.

«Bruno, hola. Oye, necesito hablar contigo de una cosa, pero prefiero que sea fuera del trabajo. ¿Podemos vernos luego en la cafetería de la plaza?»

«Claro, sin problema. Espero que esté todo bien», contestó.

Llegamos casi a la vez. Nos sentamos en una mesa del fondo y empecé a hablar como pude, midiendo cada palabra.

—Mira, sé que lo estás pasando mal, y no sé si hago bien contándote esto por todo lo que implica. Pero al verte tan jodido... Tengo tu reloj.

—¿Cómo? —su voz subió de golpe—. ¿Lo tienes tú? ¿Me lo robaste? ¿Cómo lo tienes tú?

Noté que se estaba cabreando, que se ponía a la defensiva.

—Bruno, para. Te estás liando. Lo tengo porque te lo dejaste en mi casa.

La cara le cambió por completo. Se quedó blanco, con la taza a medio camino de la boca. Tardó varios segundos en reaccionar, y cuando lo hizo, bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Joder. Joder, joder. —Se pasó la mano por el pelo, mirando alrededor por si alguien podía oírnos—. Por un lado me alivia, pero no le puedes decir esto a nadie. Prométemelo.

—Te juro que no he hablado con nadie y que no lo voy a hacer —le dije, tranquilo—. Te devuelvo el reloj y hacemos como si nunca hubiera pasado. Ven a mi casa si quieres y te lo doy ahora mismo.

***

Pedimos un taxi y no me dirigió la palabra en todo el camino. Miraba por la ventanilla con la mandíbula apretada, como si todavía estuviera procesando lo que acababa de descubrir. Subimos a mi piso, cerré la puerta y fui directo a la mesilla a buscar el reloj. Se lo puse en la mano y, por fin, vi que los hombros se le destensaban un poco.

Le ofrecí un café y aceptó. Nos sentamos en la cocina, el mismo piso donde unas noches atrás había pasado todo a oscuras, y la situación tenía algo de irreal. Charlamos un rato de cualquier cosa: del trabajo, de la gente de la oficina, de lo absurdo de la casualidad. Poco a poco la tensión se fue diluyendo. Hasta me atreví a hacerle alguna broma, y él se rió por primera vez en toda la tarde.

—Oye, perdona por lo de antes —dijo, mirándome al fin a los ojos—. Me puse a la defensiva como un imbécil.

—Nada, te entiendo. Yo tampoco sabía cómo decirte lo del reloj cuando me di cuenta de que eras tú. No tenías pinta de follar así de bestia —solté, medio en serio medio en broma.

—Ya. Y tú no tenías pinta de ser tan sumiso —respondió, con media sonrisa—. Con los tíos me permito ser todo lo bruto que mi chica no me deja.

—Ya me di cuenta, sí. Pero ninguna queja por mi parte.

—Por la mía tampoco.

El silencio cayó sobre el salón. Uno de esos silencios cargados, eléctricos, en los que sobran las palabras. Me levanté para acompañarlo a la puerta, convencido de que ahí terminaba todo. Pero en cuanto estuvimos cerca, me agarró del brazo y me estampó contra la madera.

—Pues mira —murmuró, pegado a mi boca—, te lo voy a agradecer como se merece.

Me metió la lengua en la boca sin darme tiempo a responder, aplastándome contra la puerta con todo su peso. Notaba su polla, dura otra vez, empujándome la cadera a través del pantalón. Me bajó la cremallera con una mano y me sacó la verga de un tirón, apretándomela con esa palma grande que ya me sabía de memoria.

—Esta vez quiero verte la cara mientras te follo —gruñó—. Quiero ver cómo se te pone cara de puta cuando te la meto.

Me arrastró hasta el sofá, me arrancó la camisa y los pantalones, y se desnudó él también sin dejar de mirarme. Con luz era todavía más bestia. El cuerpo trabajado, el pecho ancho, y esa polla gruesa apuntándome, brillante en la punta. Se sentó en el sofá y me hizo un gesto.

—Chúpamela. Ahora sí, mirándome.

Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca. Le miraba a los ojos mientras se la mamaba, mientras le lamía los huevos, mientras me la clavaba en la garganta agarrándome del pelo. Él sonreía, con esa media sonrisa chulesca de supervisor, disfrutando de verme de rodillas.

—Quién iba a decirlo, ¿eh? El calladito de la oficina, tragándose la polla del jefe.

Me la sacó de la boca, me tiró boca arriba en el sofá y me levantó las piernas hasta apoyármelas en su pecho. Se escupió en la polla, se untó bien, y me la fue metiendo despacio esta vez, mirándome fijamente para ver cómo se me abría la boca a medida que se hundía. Cuando la tuvo dentro entera, empezó a moverse con embestidas largas y profundas, sin apartar la vista de mí ni un segundo.

—Así me gusta, con la carita esa de que te está gustando.

Me la clavaba hasta el fondo y aguantaba dentro, moviendo las caderas en círculo para removerme por dentro. Yo le clavaba las uñas en los brazos, gemía sin contenerme esta vez porque ya no había ningún motivo para callarse. Me follaba con la misma bestialidad de la primera noche pero encima ahora podía verle la cara: la mandíbula apretada, los ojos clavados en los míos, el sudor bajándole por las sienes.

Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas sobre el sofá y volvió a metérmela por detrás, agarrándome del pelo como si fueran riendas. Cada embestida me hacía saltar hacia delante y él me devolvía tirando de mi cabeza hacia atrás. Me pasó la mano por delante, me agarró la polla y me la empezó a masturbar al mismo ritmo que me follaba.

—Córrete, marica. Córrete para tu supervisor.

Y me corrí. Me corrí en su mano y sobre el sofá, gritando esta vez, y él se corrió dentro de mí segundos después, gruñendo pegado a mi nuca, vaciándose por segunda vez en mi culo como si no hubiera pasado ni un día desde la primera.

Cuando salió, se dejó caer a mi lado en el sofá, sudando, sonriendo. Me pasó una mano por la espalda y me miró.

—El reloj ya está devuelto —dijo—. Pero creo que voy a tener que perder alguna cosa más por aquí.

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Comentarios(8)

Tomi_Cba

Que final!! No me lo esperaba para nada jajaja muy bueno

Rodrigo_NQ

Necesito saber que paso el lunes en la oficina, por favor seguila!!

LectNocturno

Lo lei de corrido sin parar. El giro del final es uno de los mejores que recuerdo en este sitio, muy bien construido todo

MatiasVz

La idea de estar a oscuras sin saber quien es... eso solo ya te engancha. El relato aprovecha muy bien esa tension

NocheRoja77

Y el lunes como hicieron?? se saludaron normal o fue raro?? jajaja eso me mata

PabloSch_32

Increible, uno de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

ElChino78

buenisimo!!!

ElCordobes99

Me recuerda a algo que me paso a mi, aunque sin el giro del compañero de trabajo. El anonimato tiene algo muy especial, te libera de una manera distinta

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