Mi casero me enseñó a obedecer de rodillas
Limpiar mi propio rastro de su suelo fue, quizás, lo más degradante que había hecho en toda mi vida. Y lo peor era que apenas estábamos empezando.
Volví de la cocina desnudo, con un trapo de microfibra amarillo en la mano que parecía absurdamente alegre en aquel salón de diseño oscuro y minimalista. Marco no se había movido ni un centímetro. Seguía de pie junto a la columna, con los brazos cruzados, mirando las tres gotas de mi propio fluido sobre el mármol negro con la misma expresión con la que uno mira un insecto aplastado.
—De rodillas —ordenó cuando llegué a su altura.
Obedecí al instante. El frío de la piedra me mordió las espinillas. Me incliné hacia adelante y froté el trapo contra el suelo pulido, borrando la prueba de mi falta de control. El movimiento del brazo hizo que se me contrajeran los pectorales y, para mi vergüenza, sentí cómo mi polla oscilaba pesada entre los muslos, dura y exigente sin que yo se lo hubiera pedido.
—Limpio —murmuré, sin levantar la vista, mirando mi reflejo borroso en la piedra.
—No te levantes —la voz de Marco me clavó al sitio—. Gatea.
—¿Qué?
—He dicho que gatees. Hasta el sofá. Si te comportas como un animal que no controla lo que suelta, voy a tratarte como tal.
Mi orgullo tuvo un último espasmo de resistencia. Esto es ridículo. Soy un hombre adulto. Pero entonces miré hacia el sofá de cuero negro, en el centro de la sala. Marco caminó hasta él con paso firme y se sentó, abriendo las piernas de par en par, dejando a la vista la bragueta que ya empezaba a marcarse otra vez.
El deseo me golpeó en el estómago como un puño cerrado. La humillación de cruzar su salón a cuatro patas no me frenaba; era gasolina.
Bajé las manos al suelo. Avancé.
Sentí el roce de las rodillas contra el mármol, el balanceo de mis genitales colgando libres, la indefensión de tener el trasero expuesto al aire. Me sentía grotesco y, al mismo tiempo, extrañamente poderoso. Era el centro de su atención. Su mirada me pesaba en la espalda como una mano real.
A medio camino me detuve un segundo, sin querer. Pensé en la primera vez que llamé a su puerta, hacía apenas unas semanas, con el contrato de alquiler en la mano y la cabeza llena de excusas por el retraso del pago. Entonces era otro hombre. Uno que daba la mano con firmeza, que miraba a los ojos, que jamás se habría imaginado a sí mismo cruzando un salón a cuatro patas para llegar más rápido a la entrepierna de otro. No reconocía a aquel hombre. Y descubrir que no lo echaba de menos fue lo que más me asustó de todo.
Llegué hasta sus pies y me detuve, respirando con dificultad. Desde ahí abajo, Marco parecía un gigante. Sus zapatos negros, impecables, brillaban a unos centímetros de mi cara. Olían a betún y a cuero nuevo, y por un instante absurdo me entraron ganas de bajar la cabeza y rozarlos con la mejilla, solo para ver qué hacía él.
—Siéntate sobre los talones —indicó—. Espalda recta. Manos detrás.
Me acomodé como pude. El corazón me latía en la garganta. Marco se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, invadiendo mi espacio con ese olor a madera y almizcle que se había convertido en mi droga particular.
—Tienes una boca preciosa, Darío —dijo en voz baja, pasándome el pulgar por el labio inferior, tirando de él hacia abajo para dejar mis dientes a la vista—. Pero es una boca indisciplinada. Gimes demasiado. Pides demasiado. Y tu polla… —bajó la mirada hacia mi erección, que latía contra mi propio abdomen—. Tu polla se adelanta. Llora antes de tiempo.
Retiró la mano de golpe y se desabrochó el cinturón con un movimiento seco.
—Vamos a corregir eso. Hoy no vas a chupar. Hoy te van a usar.
Se sacó la polla. Ya estaba dura, oscura, con las venas marcadas. No me dio tiempo a prepararme. Me agarró del pelo, en la nuca, con la fuerza justa para arrancarme un siseo de dolor, y tiró de mi cabeza hacia atrás para alinearme la garganta.
—Abre.
Abrí la boca.
Esta vez no hubo nada lento. Marco se levantó un poco del sofá y embistió hacia adelante. Su polla entró como un ariete. Pasó los labios, rozó los dientes, aplastó la lengua y chocó de lleno contra el fondo de mi garganta.
Se me abrieron los ojos de par en par. Saltó el pánico instintivo de la asfixia. Intenté retroceder, pero la mano en mi nuca era un tornillo de banco. Me sostuvo allí, clavado en su entrepierna, mientras empujaba de nuevo y forzaba la entrada hacia el esófago.
Era demasiado grande. Demasiado profundo.
Sentí cómo la garganta se me estiraba más allá de lo que creía posible. La textura caliente y rugosa de su polla invadía cada milímetro de mi sensibilidad. No podía respirar. Tenía la nariz aplastada contra su vello, oliendo su aroma concentrado, espeso, sucio.
Marco empezó a moverse.
No era hacer el amor. No era ni siquiera sexo oral. Me estaba follando la boca de forma brutal. Usaba mi cara como si fuera carne sin nombre, entrando y saliendo con un ritmo de castigo, sin que le importaran mis arcadas ni las lágrimas que empezaron a correrme por las sienes.
—Eso es… —gruñó desde arriba—. Trágatela entera. Acepta tu lugar.
Los sonidos eran húmedos, viscerales. La saliva se me escurría por la barbilla. Cada vez que él se retiraba un poco, yo boqueaba desesperado buscando aire, solo para volver a quedar lleno un segundo después con una violencia que, contra toda lógica, me encantaba.
Me dolía la mandíbula. Me ardía la garganta. Y entonces, en mitad de todo, algo cambió.
En plena asfixia, con el cerebro privado de oxígeno y saturado de endorfinas, hizo clic. Dejé de luchar.
La sensación de estar por completo a su merced, de que mi propia respiración dependiera de su voluntad, me provocó una erección tan dura que dolía. Dejé de intentar apartarme.
Mis manos, que habían estado apretándome los muslos de pura tensión, se movieron solas. Subieron y se aferraron a las caderas de Marco. Apreté la tela cara con los dedos sudados, no para alejarlo, sino para tirar de él hacia mí.
Quería más. Quería que me ahogara. Quería que me borrara.
Marco notó el cambio. Se detuvo un segundo, con la polla enterrada hasta el fondo, sintiendo cómo yo intentaba tragar alrededor de ella en lugar de expulsarla.
—Mmm… —vibró su voz por encima de mí—. Así que te gusta duro, ¿eh? Te gusta que te rompan.
Soltó una risa oscura, jadeante, y aceleró.
Ahora era una embestida salvaje. Su pelvis chocaba contra mi cara con un golpe sordo de carne contra carne. Yo estaba mareado, drogado de deseo y de falta de aire. Mi mundo entero se había reducido a esa polla: el sabor salado, el grosor que no me cabía, el calor que irradiaba dentro de mí.
Sentí cómo se me contraía todo por dentro, aunque nadie me tocara. Mi entrada trasera se apretaba y se abría vacía, pulsando, pidiendo que también la llenaran.
—Me voy a correr —avisó Marco, con la voz tensa, rota—. No te atrevas a escupir. No cierres la garganta. Ábrete, maldita sea.
Me sujetó el pelo con las dos manos, inmovilizándome la cabeza por completo.
Dio tres estocadas finales, profundas, brutales, que me hicieron ver las estrellas. En la última se quedó dentro, presionando contra el fondo de mi garganta.
Sentí el espasmo de su polla contra mi lengua. Y luego, el torrente.
El semen salió disparado con fuerza, caliente, espeso y amargo. Me inundó la garganta. El reflejo de tragar se me disparó por pura supervivencia. Tragué. Tragué una vez, dos, tres. Era mucho. Sentía el líquido bajándome caliente por el esófago, llenándome el estómago, marcándome por dentro.
Marco se quedó unos segundos más, temblando un poco, ordeñándose hasta la última gota dentro de mí mientras yo seguía succionando débilmente, aturdido, con los ojos en blanco.
Por fin se retiró despacio.
La salida de su polla dejó una sensación de vacío frío. Un hilo espeso de saliva y semen me cayó de los labios y me manchó el pecho desnudo. Tosí, un sonido áspero y húmedo, intentando recuperar el aliento. Me sentía destrozado, usado y, a la vez, eufórico.
Me dejé caer hacia atrás, sentándome en el suelo, apoyando las manos detrás para no desplomarme. Tenía la cara empapada de lágrimas, sudor y fluidos. Debía de parecer un desastre.
Marco se arregló la ropa con una calma que desesperaba. Se subió la cremallera, se ajustó el cinturón y se pasó una mano por el pelo, recuperando su compostura perfecta en cuestión de segundos. Después me miró.
Yo le sostuve la mirada desde el suelo, con la boca hinchada y roja, el pecho subiendo y bajando a toda velocidad. No había vergüenza en mis ojos. Había necesidad. Me pasé la lengua por los labios, saboreando los restos, y volví a tragar.
Marco sonrió. Esta vez no fue una sonrisa cruel, sino de aprobación. La sonrisa de un dueño satisfecho.
Se acercó, se agachó frente a mí y me dio un par de palmaditas en la mejilla, suaves pero firmes, como se le hacen a un perro que acaba de aprender un truco nuevo.
—Buen chico —susurró—. Has tragado como un campeón.
Se puso de pie y caminó hacia la salida del salón, dándome la espalda.
—Límpiate la cara y descansa, Darío. Vas a necesitar energía —dijo sin girarse—. Has pasado la prueba de la boca. Estás listo para lo que viene.
Me quedé solo en mitad de aquel salón frío, con el trapo amarillo todavía a mi lado y el sabor de él aún en la garganta. Debería haber sentido humillación. Debería haberme vestido, haber recogido mis cosas y haber salido por la puerta para no volver jamás.
En lugar de eso, me llevé los dedos a los labios y cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sabía exactamente cuál era mi lugar. Y por primera vez en mucho tiempo, no quería estar en ningún otro.