El universitario que me pilló espiándolo desde la ventana
Acababa de llegar a casa después de una jornada eterna en la oficina. A mis veintiséis años había conseguido cierta estabilidad, lo justo para permitirme el lujo absurdo de una casa pequeña en una calle tranquila. No era grande ni elegante, pero era mía, solo mía, y esa sensación de tener un territorio propio era lo que hacía posible mi pequeño ritual de cada tarde.
Si me cruzaras por la calle, probablemente pasarías de largo sin fijarte. Estatura media, cuerpo corriente, nada que destacar. Quizá lo único distinto fuera lo que escondía bajo la ropa, pero eso casi nadie llegaba a comprobarlo. Esa falta de rasgos memorables me venía bien: un hombre que nadie recuerda es un hombre que puede observar sin ser observado. Y observar es lo que mejor se me da.
Porque eso es lo que soy. Un mirón. Disfruto viendo a hombres jóvenes tocarse a solas, entregados a un placer que creen privado. No me interesa verlos follar con otros, no busco eso. Los quiero para mí, quiero ser el único testigo, el único que se queda con esa imagen. Es una forma de posesión que no necesita contacto.
Esa tarde, sin embargo, había estado a punto de perderme la función. El tren venía con retraso, como siempre, y mi trayecto de media hora se había estirado hasta casi noventa minutos. Un martirio. Cuando por fin abrí la puerta de casa y miré el móvil, marcaba las siete y media. Justo a tiempo. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Con calma, me fui quitando la corbata, la chaqueta, la camisa. Me gustaba hacerlo despacio, como si me preparara para algo importante, porque lo era. Me quedé un momento frente al espejo del dormitorio, recorriendo con la mirada la fina línea de vello que bajaba desde mi ombligo, dándome a mí mismo un anticipo del espectáculo que venía. Después me desabroché el pantalón y lo dejé caer.
En ropa interior, me acerqué a la ventana de mi cuarto. Daba a un patio interior de calle poco transitada, y desde fuera solo se veía la parte superior de mi cuerpo, nunca más. Era el ángulo perfecto. Apoyé los antebrazos en el alféizar y esperé.
Diez minutos. Una sonrisa tonta se me dibujó en la cara cuando lo vi aparecer al otro lado, en su habitación iluminada. Ahí estaba. Para mí.
Se llama Adrián. Aparenta unos veinte años. Me lo he cruzado alguna vez en el gimnasio del barrio, lo suficiente para saber que es universitario, heterosexual hasta la médula, guapo de una forma casi insultante. Y, lo más importante de todo, puntual como un reloj a una cita de la que no tiene la menor idea.
Él no sabe que cada tarde quedamos. Yo lo miro desde mi ventana, con cuidado, calculando para que jamás levante la vista hacia mi lado. El ritual siempre es el mismo. Cierra la puerta de su cuarto con pestillo. Se deja caer en la silla del escritorio. Enciende el portátil y se toma su tiempo. Esa tarde tardó menos de lo habitual en arrancar, y eso me gustó: significaba que quería disfrutarlo con calma.
***
A los pocos minutos encontró lo que buscaba. Puso el vídeo a un volumen medio, lo justo para que, en el silencio del patio, me llegara apenas el eco de los gemidos que después serían los suyos. Empezó por la sudadera, que se quitó despreocupado, ajeno por completo a que tenía un admirador a unos metros. Debajo llevaba una camiseta negra ajustada que le marcaba cada músculo en desarrollo.
Entonces hizo algo que me encanta. Tensó los brazos y se miró a sí mismo con una sonrisa de orgullo, satisfecho de lo que el gimnasio había esculpido en él. Yo, en cambio, lo miraba con algo parecido a la devoción. Me mordí el labio para no soltar ni un sonido. Todavía no era el momento de tocarme. Había que esperar a que la verdadera función empezara.
Después de aquel acto de autocomplacencia, se deshizo del pantalón. Esa tarde llevaba unos vaqueros anchos que me molestaban, porque tapaban lo que más me gustaba: unas piernas torneadas por horas de ejercicio. Lo sabía bien. Dos horas mínimo cada tarde puliendo ese cuerpo. Cuando por fin se quitó el pantalón, quedó en calzoncillos, una pieza azul eléctrico que marcaba a la perfección un bulto redondo, perfecto, igual que el culo que tantas veces había imaginado.
Y entonces ocurrió la magia. Se los bajó. Pero, como siempre, ya estaba sentado, privándome de lo único que de verdad deseaba: verlo de pie, completamente desnudo. ¿Cómo será? Me había hecho mis cálculos a lo largo de las semanas, basándome en cómo cerraba la mano y en el recorrido que hacía. Para mí debía rondar los diecisiete centímetros, y grueso. El chaval tenía pinta de no parar de ligar, aunque por fortuna nunca traía a nadie a casa. Si lo hiciera, me vería obligado a buscarme otro.
Empezó despacio, y yo fui a la par, imitando un ritmo que ya me sabía de memoria. Cada cierto rato se escupía en la mano y repartía la saliva con generosidad. Jugaba con la punta, la frotaba con cuidado, y los gemidos iban subiendo de tono, en un crescendo lento que me volvía loco mientras yo ahogaba los míos contra el dorso de la mano para no acelerar mi propio final.
***
Esa tarde, sin embargo, hizo algo nuevo. En mitad del placer, subió las piernas a la mesa y dejó el culo asomado al borde de la silla. Frené en seco mi propia mano, expectante. Acercó los dedos a su entrada, tímido al principio, tanteando. Abrí bien los ojos. No quería perderme ni un detalle.
Empezó con movimientos circulares, despacio, hasta que metió el primer dedo. Con cada empuje el ritmo de la otra mano se aceleraba, y los gemidos dejaron de ser suaves para convertirse en algo más agudo, más descontrolado. Había encontrado su punto exacto, y yo fui el único testigo de ese descubrimiento. La sensación de privilegio me apretó el pecho casi tanto como el deseo.
Cuando se corrió, no fue precisamente discreto. La espalda se le arqueó, el dedo se le hundió todavía más, y eso pareció multiplicar lo que sentía. Conté uno, dos, tres tirones que terminaron en el pelo, en el torso, en la mesa. Ante esa imagen, yo me dejé ir por fin, en silencio, mordiéndome la lengua. Después me retiré rápido de la ventana, me limpié, me duché y volví a mi vida normal. O eso creía.
***
A la mañana siguiente me levanté temprano. Desayuné, me duché, recogí mis cosas y salí. Pero al abrir la puerta, algo en el felpudo me detuvo. Una nota doblada. Miré a ambos lados del rellano. A las siete de la mañana estaba vacío, como era de esperar. La cogí, la desdoblé, y la cara relajada que traía se me congeló en algo muy parecido al pánico.
«¿Disfrutaste del espectáculo de ayer, pervertido?»
Las manos me temblaban. Era imposible. No había podido verme, repasé mentalmente cada segundo de la tarde anterior y no encontré ningún momento en el que me hubiera descubierto. ¿Cómo lo sabía? Me guardé la nota en el bolsillo como quien esconde una prueba y me fui a trabajar con el estómago cerrado.
Ese día salía antes que de costumbre, así que de camino a casa me desvié al gimnasio, más por costumbre que por ganas. Necesitaba descargar la tensión que llevaba pegada al cuerpo desde el amanecer. Craso error.
Allí estaba él. Adrián. Con su sonrisa de siempre. Solo que cuando me vio entrar, esa sonrisa cambió. Se volvió algo distinto, una mueca tranquila y afilada que decía sin palabras «te tengo». Se acercó sin prisa, consciente de cada paso, y se inclinó hacia mi oído.
—Mejor hablamos con calma —murmuró—. En el vestuario.
Lo seguí temblando, incapaz de hacer otra cosa. Miraba su espalda ancha, su forma de moverse, esa seguridad que ahora me resultaba aterradora. El vestuario estaba vacío a esa hora. Se colocó a un palmo de mí, tan cerca que sentí el calor que desprendía, y habló bajo, despacio, helándome la sangre.
—Seguro que te preguntas cómo lo sé —dijo—. Te pillé hace unos días, justo cuando estaba a lo mío. Me di cuenta de que te encanta mirarme. Podría llamar a la policía ahora mismo, ¿sabes? Pero no voy a hacerlo.
Tragué saliva. No me salía la voz.
—A cambio de mi silencio —continuó, sin apartar los ojos de los míos—, vas a venir a mi casa cada tarde. Me vas a adorar. Vas a ver cómo disfruto, igual que hacías desde tu ventana. Con una diferencia.
Hizo una pausa calculada, disfrutando de mi pánico tanto como yo había disfrutado de su placer.
—Tú no vas a poder correrte —terminó—. Ni una sola vez. ¿Qué me dices? ¿Aceptas?
Lo miré, con la boca seca y el corazón golpeándome las costillas. Durante semanas yo había creído que él me pertenecía, que era mío en el secreto de mi ventana. Y resultaba que el cazador llevaba todo ese tiempo siendo, en realidad, la presa. La parte de mí que debería haber salido corriendo de aquel vestuario se quedó clavada en el sitio. Porque la otra parte, la que mandaba de verdad, ya había decidido la respuesta mucho antes de que él terminara la pregunta.