El aroma de sus calcetines me confesó lo que sentía
Cuando entré a la agencia de marketing donde acababan de contratarme, Adrián fue el primero en acercarse a saludarme. Me cayó bien al instante: ojos color miel, una sonrisa torcida y esa facilidad para conversar que tienen las personas que nunca dudan de sí mismas. A los tres días de trabajar juntos ya había descubierto dos cosas: que era heterosexual y que estaba casado con una mujer llamada Lorena, con quien tenía un hijo de cuatro años. Nada de eso importó. Encajamos como si nos conociéramos de toda la vida.
Salimos a tomar cervezas cada par de semanas, conocí a Lorena y al niño en una parrilla familiar, y un par de meses más tarde él conoció a Diego, el chico con el que empecé a salir entonces. Esas amistades cómodas, sin agenda, son una rareza después de los treinta. Yo apreciaba la suya como se aprecia un buen sillón: por la naturalidad con la que se ajustaba a mí.
Dos años después, Adrián aceptó un puesto en una agencia de Rosario y se mudó con la familia. Lo extrañé, aunque seguimos chateando casi a diario. Comentábamos partidos, hablábamos de trabajo, nos mandábamos audios largos sobre nada. Nuestra amistad se ajustó a la distancia sin perder nada esencial.
Un mediodía cualquiera me escribió pidiéndome que revisara el programa de un congreso de publicistas en Mendoza. Tres días, ponentes interesantes, presupuesto razonable. Coincidíamos los dos. Acordamos compartir habitación para abaratar el viaje y, sin pensarlo demasiado, le dije que yo me encargaba de la reserva porque mi vuelo aterrizaba antes.
Mi avión llegó cuatro horas antes que el suyo. El hotel estaba a quince minutos del aeropuerto, una construcción modesta de cinco pisos con jardín interno. Cuando la recepcionista me preguntó si prefería dos camas individuales o una matrimonial, todavía traía las maletas a los pies y la pregunta me agarró desprevenido. En los seis años que llevábamos siendo amigos jamás había pensado en Adrián de manera sexual. No era mi tipo, o eso me había repetido siempre, y nunca había leído ninguna señal por su parte que sugiriera otra cosa.
—Matrimonial —dije, antes incluso de saber por qué.
Si pregunta, le digo que era la única disponible.
Subí a la habitación, deshice mi maleta y bajé a comer un sándwich al bar del hotel. Cuando volví, Adrián ya estaba en el cuarto, sentado al borde de la cama, mirando el celular. Me abrazó con la efusividad de siempre, comentó que se moría de hambre y salimos a caminar el centro. Nunca preguntó por la cama. Ni un comentario, ni una broma, nada. Eso me tranquilizó y a la vez me dejó un malestar nuevo en el estómago, como si una puerta que yo había abierto sin querer se hubiera quedado entornada.
Pasamos la tarde recorriendo la ciudad, después subimos a terminar pendientes de oficina cada uno con su laptop sobre la cama. Cuando dieron las diez, Adrián cerró la suya, se desperezó y dijo que se duchaba primero. Entró al baño con la ropa para dormir colgada del brazo y cerró la puerta sin pestillo.
Salió quince minutos después en ropa interior. Un brief negro que se le ceñía a la cadera como si lo hubieran cosido a su cuerpo. El pelo todavía mojado, gotas que le caían por los hombros, y esa expresión de quien acaba de descargar la jornada bajo el agua caliente. Me obligué a no mirarlo más de la cuenta. Fingí leer un mail.
***
No fue una iluminación. Fue una corriente. Le había visto el torso mil veces en la pileta del club, en la playa, en los días en que el aire acondicionado de la oficina se rompía y todos andábamos en remera. Pero esa noche, en esa habitación de hotel, mirándolo de pie con el brief negro y la barba goteando, sentí que el aire cambiaba de temperatura. Medía un poco más que yo, cerca del metro setenta y cinco, piel blanca quemada por el sol del verano, los brazos cubiertos de tatuajes geométricos que le subían hasta el hombro. La panza redondeada que él detestaba y que a mí, por primera vez, me pareció algo que daban ganas de morder. Y el bulto, no enorme pero claramente delineado bajo el algodón, dejaba adivinar el largo de la polla, el peso de los huevos, la forma exacta del glande apretado contra la tela.
—¿Qué? —me preguntó, sentándose en su lado de la cama.
—Nada. Pensaba en el panel de mañana.
Se rio sin mirarme y prendió la televisión. Estiró las piernas sobre el cubrecama, cruzó la derecha sobre la izquierda y se acomodó contra la cabecera. Yo tenía el portátil sobre las rodillas y fingía releer un brief de cliente que me sabía de memoria. La luz azul de la pantalla parpadeaba en su rodilla, y mis ojos, traicioneros, bajaron despacio: pantorrillas firmes, vello oscuro, el tobillo delgado, y el pie. El pie cruzado, suspendido en el aire, con dedos largos y proporcionados, las uñas cortas y limpias. Nunca me habían llamado la atención los pies de nadie. Y sin embargo me sorprendí pensando cómo se sentiría pasarle la lengua por la planta, desde el talón hasta el dedo gordo, sin prisa, escuchando cómo se le aceleraba la respiración, sintiendo cómo la polla se le iba hinchando bajo el brief mientras yo le chupaba cada dedo como si fuera una verga chiquita.
Pero qué carajo me está pasando.
Cerré la laptop con más fuerza de la necesaria y anuncié que me iba a duchar.
***
El baño olía a su champú y a vapor. Su toalla húmeda estaba tirada sobre el bidet, los pelos cortos de la barba salpicados por todo el lavabo, y sus zapatillas en una esquina, una caída sobre la otra. Típico de él. De cada una sobresalía la lengüeta blanca de un calcetín usado, doblado sobre sí mismo. Me arrodillé sin pensarlo y saqué uno.
Era de algodón blanco con dibujitos de cactus verdes diminutos. Estaba un poco endurecido en la planta, todavía tibio, ligeramente húmedo. Sin saber por qué, sin decidirlo, me lo acerqué a la cara. El olor me golpeó: intenso, a sudor de día entero, a cuero de zapatilla, a cuerpo de hombre que había caminado kilómetros sin que el aire ventilara nada. Tendría que haberlo soltado. En lugar de eso, inhalé hondo, con la boca entreabierta, dejando que el olor a macho me entrara por la nariz y por la garganta al mismo tiempo.
La erección me llegó antes de procesar lo que estaba haciendo. La polla se me puso dura de golpe contra la cremallera, palpitando, hinchada, mojando el bóxer de líquido preseminal en cuestión de segundos. Me erguí, cerré la puerta con pestillo, abrí la ducha al máximo para que el ruido del agua tapara cualquier cosa, y me bajé el pantalón y el bóxer con una urgencia que llevaba años sin sentir. La verga se me salió tiesa, roja en la punta, con una gota gruesa colgando del glande.
Apoyé la espalda contra los azulejos fríos. Tomé el segundo calcetín, también blanco, también acartonado, y lo envolví alrededor de mi mano derecha, apretándolo bien contra la palma para que la tela sudada quedara pegada a la polla. Con la izquierda me llevé el primero a la nariz. Inhalé profundo, lento, dejando que ese olor a hombre se me metiera hasta el fondo. Y empecé a moverme.
Despacio al principio. La tela áspera, áspera por el sudor seco de Adrián, me raspaba el glande de una manera que normalmente me habría sacado de la masturbación. Esa noche me empujaba. Cada pasada del calcetín por la corona hacía que se me escapara un espasmo, que se me contrajeran los huevos, que el líquido preseminal se me escurriera por los dedos. Me la agarré con toda la mano, envolviendo la polla en el algodón sucio, y empecé a bombearme de arriba abajo, apretando fuerte, sintiendo cómo la tela endurecida por el sudor me rozaba las venas hinchadas del tronco.
Cerré los ojos. Imaginé que Adrián abría la puerta y se quedaba en el umbral, mirándome, con la sonrisa torcida, viéndome cascármela con su calcetín pegado a la cara. Imaginé que entraba sin decir nada, se bajaba el brief negro y dejaba caer al aire una polla gorda, más gruesa que larga, con la piel del prepucio replegada y el glande brillante. Imaginé que me tomaba el calcetín de las manos y me lo apretaba sobre la boca y la nariz mientras me empujaba de rodillas contra los azulejos, me abría el culo con las dos manos y me metía la verga entera de una sola estocada, sin lubricante, sin aviso, con esa violencia sorda de los hombres que descubren tarde lo que les gusta.
Me apreté la polla más fuerte. Imaginé que él me follaba contra la pared del baño, mordiéndome el hombro, gruñéndome al oído "chupá el calcetín, puto, chupalo mientras te la meto", y que yo obedecía, con la lengua enterrada en la tela sudada, sintiendo su verga entrando y saliendo, chocándome los huevos contra el culo con cada embestida. Imaginé que después me daba vuelta, me sentaba en la tapa del inodoro y me hundía la polla en la garganta, hasta el fondo, hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas y le sentía los pelos de la ingle pegados a la nariz. Imaginé el sabor: salado, denso, cargado del mismo sudor que ese calcetín me estaba embutiendo por la boca.
Imaginé que yo me arrodillaba después frente a él y le lamía los dedos de los pies uno por uno, despacio, como si fueran de azúcar, chupándoselos hasta el nudillo, pasándole la lengua por la planta desde el talón hasta el dedo gordo, y que él, que se había pasado seis años llamándose hetero, gemía mi nombre por primera vez con la voz quebrada, agarrándose la polla, cascándosela sobre mi cara mientras yo seguía comiéndole los pies como un perro hambriento.
El ritmo se aceleró sin que yo lo decidiera. La mano me subía y bajaba por la verga a toda velocidad, el calcetín ya empapado de preseminal, la tela emitiendo ese ruido húmedo y guarro que hace la piel cuando está bien lubricada. Inhalé más fuerte por la otra fosa, metiendo la nariz hasta el fondo del talón del calcetín, donde el olor era más concentrado, más ácido, más íntimo. Me llevé la lengua a la tela y la chupé. Sabía a sal, a pie, a hombre. Se me escapó un gemido ahogado que me obligó a morder el algodón para tapármelo.
Pensé, absurdamente, en pedirle prestados los calcetines y guardarlos en una bolsa hermética en mi cajón, para abrirla las noches en que la nostalgia se confundiera con el deseo, para cascármela oliéndolos cada vez que él me mandara un audio hablando de reuniones o de partidos. Pensé en su esposa, en su hijo, en la oficina de Rosario, en todas las razones por las que esa fantasía no iba a salir nunca de ese baño. Eso, en lugar de frenarme, me empujó más todavía. Me la sacudí más rápido, más fuerte, apretando el glande con la punta del calcetín en cada subida, sintiendo cómo los huevos se me subían pegados al cuerpo, cómo la corrida se me acumulaba en la base de la polla lista para salir disparada.
El orgasmo me llegó en cuatro descargas largas y espesas que salpicaron los azulejos, la primera tan fuerte que me llegó al pecho, las siguientes chorreándome por los dedos, por el calcetín, por los muslos. La verga me latía todavía en la mano, expulsando semen a chorros calientes, mientras yo mordía el otro calcetín para no gemir el nombre de Adrián en voz alta. Los muslos me temblaban. Se me doblaron las rodillas y tuve que apoyarme contra la pared para no caerme. Cuando abrí los ojos, el espejo me devolvía a un tipo de treinta y dos años, con la polla todavía dura goteando los últimos hilos de corrida, el calcetín de su mejor amigo pegado a la cara empapado de saliva y semen, y una felicidad sucia y enorme.
***
Enjuagué el calcetín que había usado para masturbarme bajo el chorro de la ducha, exprimiéndolo hasta que ya no salió más semen, y después lo froté con jabón hasta que quedó indistinguible del otro. Los dejé exactamente como los había encontrado, doblados dentro de la zapatilla, en la misma orientación, cuidando ese detalle ridículo como si Adrián fuera un detective profesional. Lavé los azulejos con la ducha telefónica, borrando los goterones blancos que se habían quedado pegados a la lechada, me bañé como había anunciado, me sequé, me puse un bóxer limpio y salí del baño con la cara más neutra que pude fabricar.
Él ya estaba metido bajo las sábanas, los ojos cerrados, la respiración lenta. Apagué el velador, me deslicé entre las sábanas a mi lado del colchón y me quedé mirando el techo. Lo tenía a treinta centímetros. Podría haber estirado el brazo y apoyárselo en el hombro. Podría haber girado y hablado contra su nuca, como en cualquiera de las fantasías que acababa de masturbarme. Pero no hice nada. Me quedé escuchando su respiración hasta que perdí la noción del tiempo, con la polla otra vez a media asta bajo el bóxer, latiéndome despacio, como si tuviera memoria propia.
Las tres noches del congreso pasaron parecidas. Cenas, ponencias, vuelta al cuarto, ducha por separado, sueño dispar. Cada noche, cuando le tocaba a él ducharse primero, yo esperaba a que saliera, contaba hasta diez y entraba al baño con la excusa de mear. Cada noche buscaba los calcetines sudados dentro de las zapatillas, me los llevaba a la cara, me la cascaba contra los azulejos oliéndolo, imaginando su verga en mi boca, en mi culo, en mi cara. Cada noche me corría más fuerte que la anterior, mordiendo la tela para tragarme los gemidos, y cada noche salía del baño con la cara lavada y la respiración normal como si nada hubiera pasado.
En algún momento, las pieles se rozaron. Un brazo dormido contra el mío, una pantorrilla que se apoyó por accidente y se quedó. Yo, despierto en la oscuridad, buscaba esos roces de la manera más disimulada que podía: un cambio de postura, una pierna que se estiraba dos centímetros de más. Cuando los lograba, no había excitación. Había una calidez que se me instalaba en el pecho y me dejaba la respiración tranquila, como si por fin algo encajara.
Esa sensación, no la del baño con los calcetines, fue la que me asustó. Porque entendí, mientras volaba de regreso, que la fantasía sucia con su olor no era el principio de una calentura pasajera. Era el principio de algo mucho peor y mucho más bonito: me estaba enamorando de mi mejor amigo, y no iba a poder fingir lo contrario durante mucho tiempo más.