Don Hilario, el hombre maduro que me reclamó como suyo
Después de aquella primera tarde en casa de Don Hilario, la que pasé acompañando a mi amiga Carla, di por sentado que él volvería a llamarme solo para tenerla cerca a ella. Carla era el motivo evidente: joven, descarada, con esa risa que prometía cosas. Yo, en teoría, era el acompañante.
Me equivoqué en todo.
Don Hilario empezó a buscarme a mí. Solo a mí. Al principio me costó entenderlo, porque entre nosotros no había nada parecido a una excusa romántica: él era un hombre que me sacaba más de treinta años, ancho como un armario, de manos enormes y voz que parecía salir del fondo de un pozo. Y, sin embargo, llamaba a mi número, no al de Carla.
Poco a poco, sin que yo supiera muy bien cómo, creció entre nosotros una amistad rara. Me invitaba a comer. Me presentaba a sus conocidos como «el amigo de mi sobrino» con una naturalidad que me hacía gracia. Pasaba a recogerme por mi casa con su coche viejo y reluciente, me devolvía a la puerta, me revolvía el pelo antes de despedirse.
Se portaba conmigo de un modo paternal que no esperaba de alguien con su aspecto. Porque por fuera Don Hilario era todo lo que uno imagina de un macho bruto de pueblo: el ceño duro, las manos de albañil jubilado, la camisa siempre un poco abierta. Pero debajo de esa fachada de cabrón fui descubriendo a un hombre de corazón blando, casi tierno cuando creía que nadie lo veía.
—¿Por qué me llamas a mí y no a Carla? —le pregunté una vez, medio en broma.
—Porque tú sabes escuchar, chaval —respondió, sin apartar la vista de la carretera—. Y porque me caes bien. ¿Hace falta otra razón?
No hacía falta. Pero las dos sabíamos que había algo más.
***
Una tarde pasó a buscarme sin avisar y me llevó a un pueblo lejano, de esos que ni aparecen en los carteles de la autovía. Conducía despacio, con una mano en el volante y la otra apoyada en mi rodilla, como si fuera lo más normal del mundo.
En la calle principal había una bodega antigua de paredes encaladas. Entramos. El local estaba casi desierto; solo un par de viejos en la barra le daban algo de vida al sitio, hablando bajito de cosechas y de muertos.
El camarero saludó a Don Hilario como a un cliente de toda la vida.
—¿Lo de siempre, don Hilario?
—Lo de siempre —contestó él, dejando caer su mano enorme sobre el mostrador.
Trajo una jarra de vino tinto, espeso y oscuro, y dos vasos gruesos. Don Hilario llenó el mío hasta el borde.
—Es vino bueno de la casa, chaval. Anda, bebe.
Insistía con eso de «bebe» cada vez que mi vaso bajaba un dedo. Después de unos cuantos tragos yo notaba la cabeza ligera, las mejillas calientes, el suelo un poco más blando de lo normal. Él, en cambio, seguía como si nada, pidiendo otra ronda y otra más, charlando animado, con esa voz grave que parecía hacer vibrar los vasos.
La conversación fue derivando hacia donde yo no esperaba.
—Mira, chaval —dijo de pronto, girándose hacia mí en el taburete—. Ya sabes lo que ha pasado entre nosotros. Sé que conmigo te has sentido distinto. Y eso está bien, para ti y para mí.
Tragué saliva. No me atreví a interrumpirlo.
—Pero no quiero que te pierdas —continuó—. Eres joven, tienes toda la vida por delante. Puedes venir conmigo las veces que quieras, porque te he cogido cariño y voy a estar para ti siempre que pueda. Eso no te lo quita nadie. Solo te pido que no dejes de vivir lo demás.
—¿Y qué se supone que me estás diciendo? —pregunté, con la lengua un poco pastosa.
Yo lo miraba con una mezcla de admiración y deseo que ni yo entendía del todo. Me consideraba bisexual; me gustaban las mujeres, me habían gustado siempre. Pero con Don Hilario me ocurría algo que no me pasaba con nadie: su tamaño, su fuerza, su manera de ocupar el espacio, me convertían en otra cosa. A su lado no me sentía hombre. Y me gustaba.
—Te digo que disfrutes de las chicas también —dijo, y se rio bajito—. Que folles, que te enamores, que un día formes tu familia si te da la gana. Yo te enseñaré a darle gusto a una mujer como se lo doy yo. Eso te lo enseño yo, no te preocupes. Lo hago por tu bien, por el cariño que te tengo.
No supe qué responder a semejante discurso. Me quedé mirando el fondo del vaso, removiendo el vino, sintiéndome ridículamente conmovido por la torpe ternura de aquel hombre enorme.
Don Hilario, para romper la tensión, me pasó su brazo gordo y musculoso por encima de los hombros y me atrajo hacia él. Me revolvió el pelo con la otra mano, como hacía siempre.
Yo, sin pensarlo, le besé la mejilla áspera y apoyé la cabeza en su pecho ancho. Olía a vino, a colonia barata y a algo cálido y animal que no sabría describir.
—Tranquilo, chaval —murmuró—. No tengas miedo. Confía en mí. Es por tu bien.
***
Salimos de la bodega con la noche ya cayendo. En lugar de tomar la carretera de vuelta, Don Hilario cogió un desvío de tierra que llevaba a un descampado, lejos de las farolas del pueblo.
Yo iba medio borracho, pero él estaba completamente sobrio a pesar de toda la jarra que se había bebido. Mientras conducía despacio entre los baches, mi mano ya buscaba su entrepierna por encima del pantalón, y mis dedos se afanaban en desabotonarle la camisa hasta la cintura.
Quería tocarle la barriga dura y enorme, los pectorales pesados que él llamaba con sorna sus «tetas». Llevaba grabada a fuego la imagen de aquella primera tarde, cuando lo vi recostado en el sillón de su casa, y deseaba volver a tenerlo igual.
Apagó el motor en mitad de la nada. Solo se oía el tictac del coche enfriándose y, muy lejos, el rumor de los camiones en la carretera principal.
—Ven aquí —dijo, con esa voz que no admitía discusión.
Le llené de besos las orejas, los mofletes, la papada, mientras le sobaba el vientre que asomaba por la camisa abierta. Él se dejaba hacer, gruñendo de gusto, con los ojos entrecerrados.
Me quité los pantalones en aquel espacio imposible, liberando mi erección, y luego hice lo mismo con él, bajándole el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos. Reclinó el asiento hasta dejarlo casi horizontal y se recostó, ocupándolo entero, con su sexo apuntando al techo del coche, grueso y orgulloso.
—Anda, móntate encima de mí —dijo, palmeándose el muslo.
Me senté sobre la parte baja de su barriga inmensa. Mi cuerpo encajaba en el hueco que se formaba entre su vientre y sus muslos voluminosos, como si aquel sitio hubiera sido hecho a medida para mí.
—Ya te enseñé a besar —dijo, cruzando una mano detrás de la nuca—. Demuéstrame que aprendiste.
Con la otra mano me acariciaba el muslo, despacio. La chaqueta de punto y la camisa parecían a punto de reventar sobre sus brazos gruesos. Me incliné sobre su pecho y lo besé lo mejor que supe, lento, hondo, hasta quedarme sin aire.
—Mmm. Vaya si has aprendido —murmuró entre beso y beso—. Anda, clávatela, que sé que te mueres por hacerlo.
Me incorporé y lo agarré con una mano. Estaba tan excitado, tan ido por aquel hombretón fuerte y pesado, que entró en mí casi sin resistencia. Me apoyé con las dos manos en su vientre duro y empecé a moverme.
Don Hilario acompañaba el ritmo con la cadera, metiéndomela hasta el fondo y sacándola despacio, mientras yo le besaba los pectorales y le mordía los pezones rosados.
—Ay, chaval —jadeó—. Tienes el culo perfecto para mí. Mejor que nadie. Oh, sí…
Me agarró la cintura con sus dos manazas y empezó a marcarme el compás, levantándome y dejándome caer sobre él. Su voz grave llenaba el coche.
—Eres mío. Cuando acabe contigo no vas a querer a nadie más.
Él disfrutaba complaciéndome, viéndome derretido encima de su cuerpo enorme. Yo no aguanté mucho: me corrí sin tocarme, sobre su barriga, temblando, con la frente apoyada en su hombro.
Me cogió por la nuca y me dio el mejor beso que recuerdo de un hombre. Fue un beso sencillo, casi torpe, pero su pura virilidad lo volvía irresistible. Y mientras tanto seguía moviendo la pelvis dentro de mí, sin prisa, largo rato, como quien cumple una tarea con paciencia de artesano.
***
—Date la vuelta —ordenó después, con suavidad.
Me coloqué de espaldas a él, sentado de nuevo sobre su sexo. Me recostó contra su torso y mi columna se arqueó por el volumen de su vientre. Me agarró el muslo derecho con su mano fuerte y empezó otra vez a subirme y bajarme, como si yo no pesara nada, con esa misma parsimonia firme de macho que no tiene ninguna prisa.
Giré el cuello en un escorzo imposible para besarle el bigote blanco.
—Qué grande eres —le susurré al oído—. Qué bestia.
—Y todo para ti, chaval —respondió, y soltó una risa grave que sentí retumbar en su pecho contra mi espalda.
Me corrí por segunda vez, besándolo, mientras él me embestía lento y hondo, hasta que por fin se vació dentro de mí con un gruñido largo y un temblor que le sacudió todo el corpachón.
Nos quedamos así, sin movernos, con su sexo todavía dentro de mí y su mano enorme acariciándome la espalda. Afuera solo se escuchaba, lejísimos, el rumor de los coches en la carretera. Pasaron varios minutos en ese silencio cálido, los dos respirando hondo, sin ganas de separarnos.
Había acabado por enamorarme de aquel hombre mayor, fornido y bonachón. De su fuerza, de su mostacho blanco, de su manera de cuidarme entre orden y orden. Y él lo había querido así desde el principio.
***
Nuestros encuentros se hicieron más frecuentes y más intensos, pero algo fue cambiando con el tiempo. Por su tamaño, a Don Hilario le costaba moverse y llevar la iniciativa, y empezó a disfrutar de algo distinto: poner su cuerpo a mi disposición y dejar que fuera yo quien hiciera todo el trabajo, mientras él, recostado, se entregaba a mis atenciones.
Y, para mi sorpresa, eso me excitaba todavía más que cuando se comportaba como un macho dominante. Verlo rendido, pasivo, ofreciéndose, lo volvía aún más masculino a mis ojos. Había una potencia tranquila en aquella entrega que me desarmaba.
Siempre empezaba por la boca. Después él me pedía que me sentara sobre su cara, y me devoraba durante un buen rato, sin prisa, con una resistencia que parecía no tener fin.
—Podría estar así una hora, chaval —decía con la voz ronca, riéndose—. Tú no te impacientes.
Pero lo que más le gustaba era que me sentara encima y lo cabalgara hasta dejarlo sin aliento.
—Eso es —murmuraba, con esa voz grave que me ponía a mil—. Te estoy haciendo mío otra vez. No hay quien te enseñe esto mejor que yo.
Era un hombre dotado y experimentado, y yo me aprovechaba de ello para darme placer y dárselo a él, dejándome llenar una y otra vez. Terminaba agotado de moverme encima de su cuerpo, cambiando de postura sin parar, buscando el ángulo exacto que nos hacía gemir a los dos.
Con las manos cruzadas detrás de la cabeza, a Don Hilario se le marcaban los bíceps redondos bajo la chaqueta de punto y la camisa abierta. A mí me ponía a cien verlo en esa posición, con los muslos gruesos separados, dejándose hacer, consintiéndome cada capricho.
Estaba a mi merced, y al mismo tiempo yo seguía siendo, sin remedio, completamente suyo. Aquel hombre maduro me había enseñado algo que ningún chico de mi edad supo darme nunca: que rendirse, a veces, es la forma más honesta de mandar.





