Me provocó en la piscina con su madre a cinco metros
—¿Os acordáis de la amiga de mi hermana, la del pueblo, esa que se fue a vivir cerca de Cieza? Pues vive en uno de esos chalets con la planta baja terminada y la primera todavía con el ladrillo a la vista. Este verano pasado, no, el anterior, me llamó para que la ayudara a desbrozar el terreno. Tenía la mala hierba por todas partes y, como tiene chimenea, quería dejar limpio y guardar las ramas de los árboles como leña.
»Fui un domingo, lo hicimos en unas horas y me volví. Como no es amiga mía directa, yo apenas sabía nada de su vida. Mi hermana me había comentado en algún momento que tenía un hijo, pero ni me acordaba.
—Vaya, vaya, esto se pone interesante —dijo Tomás, dándole un trago largo a la cerveza.
Andrés cogió el botellín entre los dedos y lo movió en círculos. Concentrado en la espuma oscura que se mecía dentro como un oleaje en miniatura, empezó a recordar.
—El chaval era un querubín de unos veinte años, pero parecía más joven, porque tenía las facciones muy finas, los ojos claros y el pelo rubio. Delgado y alto, como yo más o menos.
»Aquel primer domingo yo ayudo a la madre y él andaba por allí. Me lo presentó al llegar, hola qué tal, y se largó. Yo me puse con la poda y ahí quedó la cosa.
»Pero cuando acabamos, la madre me dijo que volviera al domingo siguiente, que iba a hacer una paella y que me invitaba. Mi hermana y mi cuñado también iban a ir, así que dije que sí. Además, me dijo, ya tendremos la piscina arreglada, la podríamos estrenar. A mí el agua, ya sabéis, me da un poco de respeto.
—En otra vida la palmaste en un naufragio —dijo Tomás, asintiendo.
—Sí, pero, mira, si toco fondo con el pie, voy tranquilo. Y, además, ese miedo, con los años, se me ha transformado en puro morbo. Mirad, mirad, solo de acordarme —dijo, echando la silla hacia atrás.
Sus dos amigos se asomaron y vieron cómo se le había abultado la entrepierna debajo de los vaqueros.
—Uy, uy, uy —dijo Ramiro.
—La cosa promete —añadió Tomás.
—Voy a eso, voy. Resulta que llegamos el domingo a eso de las diez de la mañana. Yo le había dicho a mi hermana de ir pronto por si quedaba algún cabo suelto del jardín, para no llegar a mesa puesta y echar una mano.
»Dejamos los coches en el porche y entramos a la cocina a almorzar algo. La madre nos dice que nos enseña la piscina de la parte de atrás, que el otro día no la había visto. Cogimos las cervezas y un platito con tacos de queso, salimos, y allí estaba: un cuadrado de obra, metro y medio de alto, tres metros de largo, pintada de blanco, con dos escalerillas en esquinas opuestas. Y, ¿adivináis qué?
—El querubín —dijo Ramiro.
—El chico estaba nadando de un extremo al otro. Solo se le veían el pelo rubio y los brazos saliendo del agua. Su madre lo llamó, él levantó la cara, nos saludó con la mano y volvimos a la cocina. Ella dijo que si queríamos podíamos bañarnos antes o después de la paella.
»Yo estaba dudando justamente por eso, porque el agua no es mi medio natural. Pero vi esa carita de no haber roto un plato, ese brazo juvenil, esos pelillos rubios en el sobaco, y me pegó un chispazo la polla que casi fundo los plomos del chalet. Vosotros no lo visteis, pero era una ricura de crío.
»Bueno, era el hijo de la amiga de mi hermana, qué iba a hacer. Me volví a la cocina con ellas y con mi cuñado.
»Al rato estábamos en el salón con unos vermús y la conversación derivó hacia la maternidad y los embarazos. Mi hermana y mi cuñado no han podido ser padres porque él es estéril.
—¿En serio? —dijo Ramiro—. Yo pensaba que no habían querido.
—Sí, lo intentaron mucho tiempo. Cuando vieron que no se quedaba embarazada, se hicieron las pruebas y resultó que era él. Esa conversación a mí me aburre, se la he escuchado cincuenta veces a mi hermana. No sé qué cara puse, porque la amiga me suelta: anda, tira a la piscina y date un baño, que se nota que el tema te interesa una mierda. Le dije que no era eso, que claro que me interesa la felicidad de mi hermana, pero que sí, que prefería irme un rato fuera.
»Salí del chalet, lo rodeé y llegué a la cochera. Tenía la bolsa en el maletero del coche. Como estábamos en medio del campo, ni me preocupé. Me quité los pantalones y el calzoncillo allí mismo y me puse el bañador, uno corto tipo bóxer, ¿sabéis?, de esos que llegan a medio muslo. Y me fui a la piscina.
»Veo al chaval con los codos apoyados en el borde, al lado de la escalerilla. Llego, subo, lo saludo, buenas. Le digo que me voy a bañar si no le importa. Claro que no, señor, me dice. Y, oíd, que a esa edad me llame de usted, con esa voz grave a la que aún se le escapaba algún gallo, qué os puedo decir. Me metí rápido al agua porque la cosa se me empezaba a empinar.
»Me apoyé de espaldas a la pared, me eché agua por la cara y los hombros, y allí me quedé. No vas a hacer largos, me preguntó. No, en realidad estoy bastante incómodo en el agua, le dije. Me llamo Andrés. El chaval se dio media vuelta y se puso a nadar de espaldas. Yo lo miraba: los brazos salpicando gotitas hasta las pestañas, la línea del cuello, los pelitos rubios pegados a la piel mojada.
»Llega al final, los tres metros, da la vuelta y viene nadando hacia mí. Yo me quedo parado, esperando. Cuando llega, se hunde del todo, me roza la barriga con la mano al pasar, y entonces sale con una sonrisa. Yo, tal, me dice. Sí, ya lo sé, tu madre me lo ha dicho. Se aparta el pelo de la cara y me dice voy a por una cosa, no te vayas. Vale, no me voy.
»Se agarra a la escalerilla, y os juro, no me lo invento, el recuerdo que tengo es que salió a cámara lenta.
Andrés hizo una pausa. Sus dos amigos ahogaron la risa tapándose la boca.
—Yo vi salir ese cuerpecito delgado, blanquito, delicado, chorreando agua por los codos, con la curva de la espalda hasta la cintura, y después salió ese culito embutido en un speedo, uno de esos bañadores de los saltadores de la tele, pegado a las dos nalgas, redondas y estrechas.
—¿Pero él se dio cuenta de cómo lo mirabas? —preguntó Tomás, inclinándose.
—Esperad. No solo se dio cuenta. El muy cabrito sube un peldaño, sube el segundo, y cuando tiene el culo justo delante de mi cara, se para, sacude la cabeza como un perro mojado, y se limpia la cara como si le molestara el agua. Pero todo eso con el culo a dos dedos de mi nariz.
—Qué cabrón —dijo Ramiro—. El chavalito te estaba provocando a sabiendas.
—Totalmente, Rami. Se queda quieto con su culo delante de mí ocho o diez segundos, y luego acaba de salir y se va hacia el chalet.
»Sabéis lo que hago, ¿no? Me bajo el bañador hasta las rodillas y me pongo a tocármela por debajo del agua, con esas nalgas y esos muslos pálidos todavía en la retina.
»Al rato vuelve con algo en la mano. Yo me ladeo la polla así, a la derecha, que es mi posición favorita, y me subo el bañador. Sube la escalerilla y entonces veo que lo que lleva son unas gafas de bucear. Se las pone y pega un salto que salpica fuera de la piscina.
»Yo sigo pegado a la pared con la cosa que no quería bajarse. Y entonces, joder, veo a mi hermana, a la amiga y a mi cuñado que salen con una bandeja y una mesa plegable. Se vienen al jardín, como a seis metros de nosotros, y montan el almuerzo allí: quesito, jamón, aceitunas, pim, pam, y yo pensando que no me llamen, porque de aquí no salgo hasta que no se me baje el tigre, que lo tenía…
—On fire —terminó Tomás, rascándose la bragueta.
—On fire total.
—¿Y qué pasó? ¿Qué hizo el chaval? —preguntó Ramiro.
—Bueno, yo tan normal los saludo. ¿Quieres salir?, dice mi hermana. No, gracias, me quedo un rato más aquí. Entonces el chico se pone a mi lado y empieza a darme conversación. Mi madre, me dice, también me tiene hasta la polla con ese tema. No es por tu hermana, es con todo el mundo, dice, le hubiera gustado tener la parejita y no pudo. Bueno, le digo, es un tema importante para mucha gente. Para mí no, dice él, yo no quiero ser padre. ¿Ah, no?, le digo. No, nunca. Pero qué claro lo tienes para tu edad, le digo, la vida da muchas vueltas, además, en esto suelen decidir las mujeres. Tengo veinte y tampoco me interesan las novias, me dice.
»Y todo esto los dos quietos, con el agua hasta el cuello, y yo notando su mano que me pegaba en el muslo, golpecitos, pam, pam, como sin querer, pero sin evitarlo tampoco. Yo le miraba los hombros, los labios finos, las puntas del pelo con sus gotas, pensando la hostia puta, no me sigas tocando que no respondo de mis actos, pero disimulando, claro.
»Entonces, no sé de qué coño me hablaba, me pone la mano en el muslo, por debajo del agua, y la deja ahí, quieta, sin moverla. Hostia, pienso. Si él quiere, yo me pongo juguetón, pero que me dé pie claramente, porque paso de líos.
»Seguimos hablando, su madre le grita algo, él le contesta sin quitarme la mano del muslo, y luego se coloca las gafas, que se las había dejado encima de la cabeza, y me dice voy a hacer un par de largos. Vale. Se las pone y empieza a nadar. Cuando llega al final, da la vuelta y viene buceando. Y pienso yo, esta es la mía. Lo veo venir por debajo del agua, con las gafas puestas, y, según viene hacia mí, me bajo el bañador por los muslos, me descapullo la polla, me la recoloco y me vuelvo a subir el bañador, convencido de que me ha visto.
»El chaval llega, se pone a mi lado, se baja las gafas al cuello, y se pone a hablarme de que iba a estudiar informática pero que con lo de las inteligencias artificiales se ha desilusionado. Yo le digo que también van a hacer falta ingenieros y programadores, y, mientras hablamos, se gira un poco de lado y noto su mano otra vez en el muslo, pero ahora más arriba, ya casi tocándome la ingle. Yo, sin dejar de hablarle de la informática, separo un poco las piernas. Él pone su pierna contra la mía, sube la mano y me agarra la polla.
—¿Con su madre allí? —preguntó Tomás, frotándose la bragueta por debajo de la mesa.
—Su madre, mi hermana y su marido a cinco o seis metros de nosotros.
—¿Y qué pasó? ¡Cuenta! —exclamó Ramiro.
—Voy, voy, qué impacientes. Me agarra la verga por encima del bañador y la aprieta con suavidad, como si fuera una pelotita antiestrés. Yo la tenía como un burro y descapullada, así que cada apretón era un gusto del demonio.
»Voy a hacer un largo, me dice. ¿Te espero?, le digo, como diciendo, ¿vas a seguir con esto o te vas para cortarlo? No, claro, dice, quédate un poco más. Vale, te espero. Se pone las gafas otra vez, pin pin, nada hasta el final, da la vuelta. Yo me bajo el bañador y me empiezo a pajear, despacio pero ya sin pudor, con un brazo apoyado en el borde y el otro por debajo, dale que te pego. El crío viene buceando, superdespacio, para verme bien, que por eso había ido a por las gafas, el muy listo. Yo con el bañador por las rodillas, enseñándole la polla y los huevos. Cuando llega a mi lado, saca la cabeza, se quita las gafas y me sonríe.
»Me sumerjo, como si fuera para mojarme la cabeza, y lo que hago es quitarme el bañador entero. Ahí ya el morbo me estaba ganando. Me lo dejo en la mano, por si su madre o alguien decía que se venía a bañar, en un movimiento rápido me lo ponía y aquí no había pasado nada.
»¿Estás cómodo?, le digo. Sí, me agrada el agua, dice, me lo paso bien, y me pone la mano en el muslo. Yo le cojo de la muñeca y le pregunto no sé qué mierda sobre las inteligencias artificiales, para seguir jugando al despiste, y le arrastro la mano hacia arriba. Cuando toca mi polla, me la agarra y me la aprieta con los dedos. Es una carrera dura, me dice, el muy cabrito. Bien dura, le digo yo. Hay que aplicarse mucho para hacerlo bien, dice él, aguantándose una risa. Seguro que tú sabes aplicarte de sobra. Cállate, dice, divertido.
»Y, sin soltarme la polla, grita: ¡mamá, a que lo que quiero estudiar es una carrera muy dura! Y, a seis metros, su madre, chupando el hueso de una aceituna, muy digna: muy difícil, cariño, pero aprendes rápido, dice ella, mamá confía en ti. Sí, claro, le digo yo al chaval, mérito para aprobar vas a hacer, sobre todo con los profesores gais. Se ríe, y, sin soltarme, se me sienta en la pierna. Entonces noto que ya no lleva el bañador. ¿Cuándo te lo has quitado?, le digo, no me he dado ni cuenta. ¿Ves cómo sé hacer méritos cuando me interesa?, dice él.
»Yo me dejo llevar, con un ojo en él y el otro en su madre. Lo último que me faltaba era que nos pillaran.
—¿Y qué pasó? ¿Cómo acabó? —dijeron Ramiro y Tomás al unísono.
—¿Cómo creéis? El chaval me pajea un rato, sin parar pero sin acelerar, para no llamar la atención, y yo le pongo la mano en el glúteo y se lo amaso mientras se balancea en mi pierna. Entonces su madre le grita que no me entretenga, y yo le digo que no se preocupe, que es un chico muy amable, que no me está molestando. Y ella: nos vamos al paellero, al otro lado del jardín, a empezar a preparar la paella. Vale, voy enseguida.
»Los dos nos quedamos mirando cómo recogen la mesa y se largan hacia el paellero. Entonces le digo: yo me tendría que ir ya, pero antes quería saber cómo quieres acabar esto, porque yo me adapto. Le estaba dando aún la opción de parar la cosa.
»Él me suelta, se sumerge, y saca la cabeza con las gafas mordidas entre los dientes. Yo se las cojo, me las pongo y me sumerjo también. Aguantando la respiración, abro los ojos y le veo el culo. Una hermosura de trasero que no os podéis imaginar, blanquito, redondito, la piel inmaculada, que daba gusto solo mirarlo. Saco la cabeza y le digo qué bueno estás, nene, estás para darte la descendencia que no quieres. Él se ríe y me dice anda, baja otra vez y mira. Cojo aire, me sumerjo, y veo que se agarra las nalgas con las manos y se las separa. Y ahí estoy yo a punto de ahogarme, pasmado por ese culo abierto, fascinado por el atrevimiento de un crío con un tío al que acababa de conocer.
»Total, salgo del agua porque no aguantaba más, empalmado como un mono, y le digo: ahora mismo nadie nos ve, ¿qué piensas que podemos hacer? Y él: me da morbo chupársela a los hombres maduros. ¿Me la quieres chupar? Sí, dice, siéntate en el borde y separa las piernas.
»De un salto me siento, con los pies dentro del agua, de espaldas al chalet por si alguien aparecía, con la polla tan dura que hasta me dolía. El chaval apoya los brazos en mis muslos y empieza una mamada que mira, aún se me ponen los pelos de punta.
—No era ni la primera ni la segunda que se comía —dijo Ramiro.
—No, Rami. Ni la tercera ni la cuarta. Empezó suavecito, lamiéndome la punta en círculos, con las manos sujetándomela por la base. Después se metió en la boca solo la puntita y ahí le agarré la cabeza para frenarlo un poco, porque dije, como siga así no aguanto ni treinta segundos. Le marqué un ritmo más lento, y poco a poco se la fue tragando hasta la base, el muy cabrito. ¿Y sabéis lo que hizo cuando la tenía toda metida, que yo notaba que le llegaba a la garganta? Empezó a canturrear, a hacer mmmmmm con la voz, para que le vibraran las cuerdas vocales. Hostia, fue como tener un vibrador en la punta del nabo.
—Y te corriste —sentenció Tomás, con voz de hiena.
—Me dejó a punto. Se la saqué, le hice chuparme los huevos mientras yo me pajeaba, y entonces sí, ya no aguanté más y se la metí en la boca para correrme.
Los tres quedaron en silencio unos segundos.
—La hostia, tío. Tuvo que ser una corrida de la hostia —dijo Ramiro.
—Y tanto. Pero por eso os decía al principio, que no era follar, follar, porque no llegué a metérsela.
—A mí me has puesto cachondo perdido —admitió Tomás.
—¿No quiso él, no quisiste tú, o no pudiste follártelo? —preguntó Ramiro, con más dignidad.
—No, tío, salió así. Además, era demasiado peligroso. El chaval se alimentó con mi corrida y yo me esperé un rato a que se me bajara el empalme, antes de ir al paellero. Luego comimos, todos nos bañamos, y ya no pudimos quedarnos solos. Ahora me sigue por Instagram, pero a saber si volvemos a quedar.