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Relatos Ardientes

Mi prima y los veranos que nunca le conté a nadie

Mi prima Renata era rubia, de pelo lacio que le caía hasta la mitad de la espalda. Hermosa por donde la miraras, con las curvas marcadas y una manera de moverse que no parecía darse cuenta del efecto que provocaba. Tenía la mirada limpia y unos labios carnosos que se mordía cuando estaba nerviosa. Yo me había acostumbrado a no mirarla demasiado tiempo, porque cuando lo hacía me costaba volver a respirar normal.

Veníamos de pueblos distintos, pero cada verano coincidíamos en la casa de nuestra abuela. Ya teníamos los veinte recién cumplidos, los dos, y desde mucho antes habíamos tenido esa química rara entre nosotros. Juegos de manos que duraban un segundo de más. Idas a la pileta donde nos rozábamos como si fuera casualidad. Y cuando nos mandaban juntos a hacer las compras, caminábamos por la calle de tierra tomados de la mano hasta que se veía la primera casa del barrio.

La casa de la abuela era humilde, de pocas habitaciones, así que muchas noches nos tocaba compartir la cama. Nos acostábamos con remera y short porque así nos lo pedían, pero apenas se apagaban las luces todo eso terminaba en el piso. Dormíamos abrazados, uno pegado al otro, y aprendí a memorizar el calor de su espalda contra mi pecho antes de saber qué hacer con eso.

El verano en ese pueblo era largo y lento. Las tardes se estiraban hasta que el cielo se ponía naranja y el aire seguía caliente mucho después de la puesta del sol. Yo contaba las horas que faltaban para la noche, para ese momento en que la abuela apagaba la radio, los grandes se iban retirando uno por uno y la casa se quedaba en silencio. Entonces Renata y yo nos buscábamos en la oscuridad sin necesidad de decirnos nada, como si los dos hubiéramos estado esperando lo mismo todo el día.

Renata fue quien descubrió mi cuerpo antes que yo. Una madrugada me desperté con la ropa interior húmeda y la vergüenza me subió a la cara como fiebre. Pero esa misma mañana abrí los ojos y mi mano estaba sobre uno de sus pechos, quieta, como si hubiera estado ahí toda la noche esperando que yo me diera cuenta. Ninguno dijo nada. Desde ese día la tensión entre nosotros dejó de ser un juego y empezó a ser otra cosa.

***

Fue una siesta la que lo cambió todo. Hacía un calor pesado y la casa entera dormía con las persianas bajas. Yo estaba tirado en la cama mirando el techo cuando sentí que el colchón se hundía a mi lado. Era ella. Se había acercado descalza, sin hacer ruido, y se quedó mirándome a unos centímetros de la cara.

No hablamos. No hacía falta.

Estiré la mano y la metí por debajo de su remera, despacio, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo mis dedos. Ella movió el corpiño hacia un lado para que la tocara sin nada en el medio, y le apreté una teta entera con la palma, sopesándola, sintiendo el pezón endurecido clavándoseme en la mano. Empezamos a besarnos con las lenguas metidas hasta el fondo, un beso torpe y baboso, hecho de ganas acumuladas durante años. Yo la besaba como si tuviera que aprenderlo todo de golpe, mordiéndole el labio, chupándole la lengua, mientras le pellizcaba los pezones uno tras otro.

Su mano bajó por mi abdomen y se metió dentro del pantalón. La sentí cerrarse alrededor de mi pija y empezar a moverla, lenta primero, tanteando el grosor, apretándome con la mano cerrada de arriba abajo. Después con más confianza, más rápido, escupiéndose en la palma para que la mano le resbalara mejor contra la piel. Yo le levanté la remera hasta el cuello y me le tiré a las tetas, chupándoselas una y otra, tragándome los pezones enteros, mordiéndolos hasta que ella arqueó la espalda. Le bajé el short y le metí dos dedos en el coño de un saque. Estaba empapada. Los dedos me entraban y salían con un ruido húmedo que me puso todavía más duro.

—Así, seguí así —me susurró contra la boca, agitada, moviendo la pelvis contra mi mano.

Le froté el clítoris con el pulgar mientras seguía metiéndole los dedos, y ella me la pajeaba cada vez más fuerte, la mano apretada al máximo. Terminé en su mano de golpe, con un tirón que me hizo doblarme, echando chorros de leche caliente que le salpicaron el brazo y la sábana. Ella siguió sacudiéndomela despacio, exprimiéndome hasta la última gota, mientras yo le seguía metiendo los dedos en el coño hasta que se le cortó la respiración y me apretó la muñeca entre las piernas, corriéndose sobre mi mano en silencio. Después nos quedamos un rato mirándonos, riéndonos bajito, chupándonos los dedos manchados el uno al otro, y nos despedimos con un beso antes de que la casa despertara.

Esto no tiene vuelta atrás, pensé. Y la idea, lejos de asustarme, me gustó.

***

Esa misma noche nos mandaron a llevar unas cosas a la casa de una tía. Fuimos rápido, casi corriendo, no por obedientes sino porque sabíamos que el regreso era nuestro. A la vuelta cortamos camino por una finca que conocíamos de memoria, entre hileras de árboles donde nadie nos vería. Buscamos un rincón bien tapado y ahí, contra el tronco de un nogal, volvimos a besarnos.

Esta vez no quisimos parar. Le arranqué la remera por la cabeza y le desabroché el corpiño de un tirón. Le chupé las tetas ahí paradas, colgado de sus pezones, mientras ella me bajaba el pantalón y me sacaba la pija ya durísima. Se agachó sin que le dijera nada y se la metió entera en la boca. Fue la primera mamada de mi vida y casi me caigo. Me la chupaba hasta el fondo, ahogándose un poco, subiendo y bajando la cabeza con las dos manos apretadas en la base. Me chupaba las bolas, me lamía todo el largo con la lengua plana y volvía a tragársela entera. La miré desde arriba, arrodillada en la tierra, con los labios estirados alrededor de mí, y estuve a punto de terminar en su boca ahí mismo.

La levanté antes de correrme y la recosté sobre el pasto. Le arranqué la bombacha y le abrí las piernas todo lo que pude. Le enterré la cara en el coño sin pensarlo, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua, aprendiendo a los tirones lo que le gustaba por cómo se retorcía. Ella me agarraba la nuca y me apretaba contra ella, mordiéndose la mano para no gritar. Cuando la sentí temblar entera me acomodé entre sus piernas con el corazón golpeándome en la garganta. Era la primera vez que se la metía a alguien. Empujé despacio, ella empapada y abriéndose de a poco, y al principio lo hice mal, demasiado rápido, hasta que me pidió en un susurro que fuera más suave.

—Despacio, primo, despacio, dejame acostumbrarme.

Le hice caso. Salí casi entera y volví a entrar bien de a poco, mirándole la cara, cómo abría la boca cada vez que la llenaba hasta el fondo. Encontramos el ritmo juntos, torpes y aprendiendo. La agarré de la cintura y empecé a cogerla en serio, con el pasto pinchándole la espalda, sus tetas rebotando con cada estocada. Ella me clavaba las uñas en la espalda, me mordía el cuello, me pedía al oído que no parara. La besé en la boca con tantas ganas que cuando sentí que iba a terminar la saqué apenas a tiempo y me corrí sobre su panza, chorros gruesos que le llegaron hasta entre las tetas. Ella se pasó los dedos por el semen y se los llevó a la boca, mirándome.

Nos quedamos un rato tirados en la tierra, escuchando los grillos, sin culpa. Esa noche dormimos en cucharita, su cuerpo encajado en el mío, hasta que entró el sol.

Al día siguiente nos despertamos como si nada. Sin remordimiento, sin miedo, solo con más ganas de estar cerca. Pasamos el día entero juntos como siempre, aprovechando cada momento en que nadie miraba para robarnos un beso o una caricia rápida en la cocina, en el patio, detrás de la puerta del galpón. En un descuido me la crucé en el pasillo, la empujé contra la pared y le metí la mano por debajo del short. La tenía sin bombacha. Me sonrió con los dientes apretados mientras le pasaba dos dedos por el coño mojado, y se fue caminando como si nada cuando escuchamos los pasos de la abuela.

***

Esa noche, ya con las luces apagadas y los demás respirando hondo en sus camas, giramos despacio para besarnos. Después ella me dio la espalda, los dos sin ropa, como dormíamos siempre. Apretó la cola contra mí y yo ya estaba duro antes de entender qué pasaba, la pija metida entre sus nalgas, deslizándose por la raya del culo. Movió la última prenda que le quedaba a un costado y me guió con la mano hasta su entrada. Solo tuve que empujar un poco para estar dentro de ella. Estaba mojadísima, como si me hubiera estado esperando toda la tarde.

Como había más gente en la habitación, no podíamos hacer ruido. Ella se movía apenas, ondulando las caderas en silencio, empalándose contra mí de a poco. Yo le pasé un brazo por debajo y le pellizqué los pezones, uno y otro, mientras la otra mano le bajaba al clítoris para hacerle circulitos con la punta del dedo. Aprendía sobre la marcha, tanteando, atento a cada respiración que se le cortaba. Le mordí la nuca, le lamí la oreja, y le seguí embistiendo desde atrás con estocadas cortas para que la cama no chirriara. Ella me buscó la mano y se la llevó a la boca, chupándome los dedos para no gemir.

Aumentó la presión contra mí, más y más, apretándome adentro con el coño, y la sentí mojarse entera y temblar de pies a cabeza. Se le escapó un gemido ahogado que se comió contra la almohada. Recién después entendí que había terminado; eran cosas que yo todavía no sabía leer. Me sacó de adentro con la mano goteando, se dio vuelta debajo de las sábanas y me terminó a los tirones, la boca pegada a mi oído para que nadie nos oyera, hasta que le acabé en el puño y ella me tapó la punta con la palma para que no manchara nada. Después se lamió la mano en la oscuridad, despacio, con una tranquilidad que me hizo poner duro otra vez.

***

Día nuevo, aventura nueva. Nos fuimos con un grupo de chicos del barrio hasta un balneario a pasar la tarde. Fue una de esas jornadas perfectas: el agua tibia, las risas, el sol cayendo de a poco. Nos escapábamos por momentos para besarnos detrás de los sauces y volvíamos al grupo como si nada, caminando siempre uno al lado del otro. Dentro del agua nos tomábamos de la mano por debajo, donde la corriente lo tapaba todo, y nadie sospechaba que esos dos primos que jugaban y se reían escondían algo así. En un momento me le acerqué por atrás en el agua y le corrí la parte de abajo de la bikini a un costado, y le metí dos dedos ahí mismo, con toda la gente a diez metros. Ella se mordió el labio, apoyada contra mi pecho, moviendo apenas las caderas contra mi mano hasta que le dije al oído que si seguía se iba a correr delante de todos.

Al regresar, ya oscureciendo, inventamos que íbamos a lo de la tía y nos metimos otra vez en la finca. La noche olía a tierra húmeda y a jazmín, y la luna entraba entre las ramas dibujando manchas de luz sobre la piel de Renata. Esa vez nos quedamos casi dos horas. Lo hicimos tres veces, sin apuro, hablándonos en voz baja como dos novios que no tienen que pedirle permiso a nadie.

La primera fue con ella arriba, cabalgándome despacio, las tetas colgando frente a mi cara para que se las chupara mientras me apretaba con el coño. Se corrió así, moviéndose en círculos, mordiéndose el puño para no gritar, y yo la sostuve de la cintura sintiéndola convulsionar arriba de mí. La segunda me la puse en cuatro patas contra el tronco, agarrada de la corteza, y le entré por atrás cogiéndola con todo, sin cuidarme del ruido de los cuerpos chocando. Le tiré del pelo, le di palmadas en el culo hasta que le quedó rojo, la agarré del cuello con una mano mientras con la otra le seguía frotando el clítoris. Le acabé adentro por primera vez, chorros calientes que le hicieron gemir cuando los sintió, y me quedé metido un rato más, sintiéndola apretarme mientras se venía otra vez alrededor de mi pija.

La tercera fue lenta, ella acostada sobre mi ropa hecha un bollo, yo encima, moviéndome despacio, los dos mirándonos a los ojos. Le agarré las manos y se las sostuve arriba de la cabeza, entrelazando los dedos, entrando hasta el fondo con cada empujón. Nos corrimos casi al mismo tiempo, ella con las piernas cruzadas atrás de mi cintura para que no la sacara, yo dejándole todo adentro otra vez. Entre una y otra nos quedábamos quietos, mirando el cielo, sus dedos enredados en los míos, riéndonos de lo bien que se nos daba mentir. Ella me lamía el semen de la punta cuando se me empezaba a poner dura de nuevo, y así arrancábamos otra ronda.

Fueron dos semanas intensas, de esas que se quedan grabadas para siempre, hasta que se terminaron las vacaciones y cada uno tuvo que volver a su pueblo. La última mañana nos despedimos delante de todos con un abrazo que tuvimos que cortar antes de tiempo, y yo me subí al colectivo con un nudo en la garganta. Como no quedaban tan lejos, nos prometimos visitarnos en cuanto pudiéramos.

***

Tres semanas después me llegó la noticia de que Renata estaba embarazada. Nunca habíamos hecho nada por cuidarnos; éramos jóvenes y nos creíamos invencibles. Fue un susto enorme para los dos, y al final las cosas se resolvieron de un modo que ninguno eligió del todo. Después de eso costó volver a vernos. Pasaron más de tres meses hasta que pude visitarla, y esa vez entendimos, sin decirlo con todas las letras, que aquello no podía seguir.

Tuvimos un último encuentro de despedida. Largo, lento, cargado de todo lo que no nos íbamos a animar a decir. Ella me desnudó despacio en el cuarto vacío, me empujó a la cama y se me subió encima. Me besó todo el cuerpo, de arriba abajo, mordiéndome el cuello, chupándome los pezones, bajando por la panza hasta metérsela en la boca. Me la chupó como nunca me la había chupado nadie, mirándome desde abajo, tragándome hasta la garganta, escupiendo saliva sobre la punta y volviendo a tragarla entera. Me llevó al borde tres veces y me paró antes de que me viniera, apretándome la base con los dedos, sonriendo cuando me quejaba.

Después se sentó encima de mí y se me clavó ella misma, bajando de a poco hasta que la tuve toda dentro. Me cogió lento, mirándome a los ojos todo el tiempo, sin cortar el contacto ni un segundo. Le agarré las tetas con las dos manos y las apreté fuerte, y ella siguió moviéndose sobre mí, cada vez más hondo, hasta que los dos empezamos a temblar. Me corrí adentro por última vez, con ella pegada a mi pecho, mordiéndome el hombro para no llorar. Después me abrazó un rato sin soltarme, los dos sudados, todavía unidos. Nos prometimos que íbamos a estar bien. Y por un tiempo lo estuvimos, cada uno por su lado.

***

Renata fue mi primer amor, aunque nunca pude llamarlo así delante de nadie. Con los años, ya más grandes, tuvimos uno que otro encuentro suelto, de esos que parecen casuales pero que ninguno de los dos dejaba al azar. Hoy pasamos los treinta los dos, los dos casados, cada uno con su vida hecha. Y sin embargo, de vez en cuando, todavía nos arreglamos para vernos a escondidas y compartir un café o un trago en algún bar perdido donde no nos conozca nadie.

No pasa nada más que eso. Un abrazo largo en la puerta, al despedirnos, de esos que duran demasiado. Cualquiera que nos viera entendería enseguida lo que pasa entre nosotros, aunque jamás lo hayamos dicho en voz alta. Que somos dos personas que se quisieron desde siempre y que, por mucho que la vida los haya empujado en direcciones distintas, nunca terminaron de soltarse del todo.

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Comentarios(8)

Marito77

tremendo relato!!!! lo lei dos veces porque me engancho desde el principio y no podia parar

Sofi_leer

Por favor continua!! quede con muchisimas ganas de saber como termina todo

Juanma_lector

me gusto mucho la forma de narrarlo, se siente intimo y real. No parece forzado para nada, eso es lo que lo hace tan bueno

tere_22

buenisimo!!!

Rulo_cba

me recordo a esas tardes de verano donde todo era misterioso y cada mirada tenia otro significado jeje. muy buen relato

DiegoNorte_22

cuanto tiempo duro eso que contas? me quede con la duda. igual excelente

Maru_reads

Que bien escrito, de verdad. Espero que sigas publicando porque tenes un estilo muy tuyo

PatricioRosario

la tension que se genera sin decir nada explicito es lo mejor. Eso lo logran muy pocos

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