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Relatos Ardientes

Mi amiga me confesó lo que pasaba con su padre

Soy yo otra vez, la misma de siempre. Si han leído lo que cuelgo por aquí ya saben cómo soy: menuda, delgada y demasiado curiosa para mi propio bien. Pero esta vez la historia no es mía. Me la mandó mi amiga, una mujer hecha y derecha que vive obsesionada con que la gente sepa lo lejos que es capaz de llegar. Me pidió que la subiera con sus palabras, y aquí va. A mí me dejó las piernas temblando. Espero que a ustedes también.

Lo que sigue lo escribió ella.

***

Me desperté en la misma postura en la que había caído rendida la noche anterior, con el cuerpo entero dolorido. No era para menos. La noche que acababa de pasar había roto algo entre mi padre y yo que ya no se podía reparar, y lo peor es que no quería repararlo. Me sentía culpable, sí, pero la culpa era una capa fina sobre algo mucho más grande. Me había gustado. Me había gustado demasiado.

Miré la hora en el teléfono y ya tocaba levantarse. Me arrastré hasta el baño, abrí el grifo y dejé que el agua caliente me cayera por la espalda. Fue inevitable. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir sus manos, su peso, su respiración en mi nuca. Sin darme cuenta ya tenía los dedos entre las piernas, mordiéndome el labio para no gemir alto. Estaba a punto de perderme del todo cuando golpearon la puerta.

—¡Voy a bajar a desayunar! —avisó mi madre desde el pasillo.

Corté la respiración, cerré el grifo y me obligué a calmarme. Otra vez será, pensé, y me vestí para bajar como si no pasara nada.

En la cocina la escena era la de cualquier mañana. Mi padre con el periódico abierto, mi hermano enganchado al móvil, mi madre terminando los huevos junto al fuego. Llevaba todavía el uniforme del trabajo, pero noté algo que no encajaba: no era el mismo con el que había salido la tarde anterior. No dije nada. Solo me volvió a la cabeza una frase que mi padre había soltado entre dientes alguna vez: «tu madre se hace la santa en ese hospital y es la más golfa de la planta».

Mi madre nos sirvió y anunció que se iba a dormir, que había tenido una noche imposible con dos pacientes. Antes de aquello le habría creído sin pestañear. Esa mañana, en cambio, la miré subir las escaleras imaginando cosas que jamás me habían pasado por la cabeza. Era como si una llave hubiera girado dentro de mí y ya no hubiera forma de cerrar otra vez esa puerta.

—¿Te llevan o te vas con tu padre? —le preguntó él a mi hermano.

—Ya están abajo —respondió, y se largó sin despedirse apenas.

—Desde que tu hermana se casó esto ya no parece una casa —murmuró mi padre, removiendo el café—. Cada uno tira por su lado.

—Poco a poco se va arreglando, papá —le dije, y por dentro pensé: menudo cuento, anoche me tenías agarrada de las caderas y hoy te haces el sentimental.

Se levantó, recogió su maletín y se fue al trabajo. Mi madre dormía, mi hermano ya no estaba, y a mí me tocaba quedarme sola otra vez. Para variar.

***

Las horas a solas se me hacían eternas. Vi la tele un rato, escuché música, me maquillé por aburrimiento y me desmaquillé después. Acabé desnuda en mi cuarto, sin nada mejor que hacer que volver a pensar en él. Me tumbé en la cama y dejé que la mano hiciera el resto. Con la casa para mí podía gemir todo lo que quisiera, y vaya si lo hice. Recordaba la noche anterior con un detalle obsceno, mis dedos entrando y saliendo, y la promesa que me había hecho al oído antes de dormirnos. Esa promesa me tenía al rojo vivo.

Estaba tan metida en lo mío que no oí nada. No noté la puerta, ni los pasos, ni la presencia. Llegué al final entre temblores, con la espalda arqueada y un grito que no pude tragarme, empapando las sábanas debajo de mí. Y justo entonces lo oí: el chasquido de una cámara y un destello.

Giré la cabeza de golpe. Mi hermano estaba en la puerta con el teléfono en alto, tan pálido como yo. Antes de que pudiera reaccionar ya había salido corriendo escaleras abajo. Desnuda y sin fuerzas no tenía ninguna posibilidad de alcanzarlo. Oí el portazo de la calle y me quedé sentada en la cama, con el corazón a mil, sin la menor idea de qué hacer. Solo se me ocurrió vestirme y esperar.

***

Mi padre llegó una hora más tarde y me saludó como cualquier otro día. Me resultaba rarísimo que no mencionara lo de la noche anterior, pero no quise ser yo quien abriera ese tema.

—¿Qué tal el día, princesa? —preguntó, abriendo la nevera para sacar una cerveza.

—Aburrido, como siempre que me dejan sola.

—¿Y qué has hecho?

—Lo de siempre. Música, tele, pintarme y despintarme mil veces.

—Mira que te aburres tú.

Tragué saliva y decidí soltarlo de una vez.

—Pues hablando de aburrirme… estaba tan desesperada que me puse a jugar conmigo misma. —Me tapé la cara con las manos—. Y mi hermano me hizo una foto justo en el peor momento.

Esperaba un grito, una bronca, cualquier cosa menos la calma con la que dejó la cerveza sobre la encimera.

—Eso lo arreglo yo ahora mismo —dijo. Sacó del bolsillo un móvil que yo no le había visto nunca—. Dame su número, que en este no lo tengo guardado.

Se lo di sin entender nada. Marcó, puso el altavoz, y dejó el teléfono sobre la mesa entre los dos. Sonó dos veces antes de que mi hermano contestara.

—¿Sí? ¿Quién es?

—Tienes una foto en el teléfono que no deberías tener —dijo mi padre, con una voz grave que no le había oído jamás.

—¿Quién eres? ¿Cómo sabes eso?

—Eso da igual. Lo que importa es que esa chica de la foto ya tiene dueño, y el dueño soy yo. Así que esa imagen me pertenece.

Me quedé muda. Lo decía con una seguridad que me erizó la piel.

—Mira, no sé quién eres ni qué tienes con ella —contestó mi hermano, ya nervioso—, pero…

—Escúchame bien. Tú decides: o borras la foto delante de mí, le pides perdón a ella y desapareces, o me obligas a buscarte. Y sé dónde estudias, a qué hora sales, la matrícula de tu coche y hasta el nombre de la novia que le escondes a tu familia.

—Eso… eso no lo sabe nadie.

No podía creer que no reconociera la voz de su propio padre. El miedo lo había desarmado por completo.

—Está bien —cedió—. La borro y ya está. Es solo una foto.

—No es solo una foto. Es mía, como lo es ella. Y ella me dirá si has cumplido o no.

Colgó. Se volvió hacia mí despacio y me miró de arriba abajo.

—Mi niña. Espero que sepas agradecérmelo.

—Claro que sí, papá —dije con la voz ronca—. Dime qué quieres que haga.

—Primero voy a cumplir mi promesa. ¿La recuerdas?

—No he pensado en otra cosa en todo el día. De hecho era en eso en lo que pensaba cuando mi hermano me hizo la foto.

—Pues haberme avisado y no habrías esperado tanto.

***

Me agarró del brazo, tiró de mí y me levantó del suelo como si no pesara nada. Me echó sobre su hombro y subió las escaleras con un brazo rodeándome la cintura mientras con la mano libre me iba bajando el pantalón corto. Cuando llegamos a mi cuarto me dejó caer sobre la cama y, sin decir palabra, salió. Me quedé desconcertada, pensando que se había arrepentido, hasta que volvió con un frasco en la mano.

Me dio media vuelta y me dejó con el pecho contra el colchón y las caderas en alto. Sentí un líquido espeso y frío resbalar entre mis nalgas y sus dedos extenderlo despacio, casi como un masaje. Era relajante, hasta que dejó de serlo. Un dedo se abrió paso dentro de mí y todo el cuerpo se me tensó de golpe.

—Espera, espera, despacio —supliqué, mordiendo la sábana.

Con la otra mano me sujetó la espalda contra la cama para que no me revolviera y siguió, girando el dedo en círculos lentos hasta que mi cuerpo dejó de pelear. Cuando me acostumbré, añadió un segundo, y después un tercero. El dolor y el placer se mezclaban de una forma que me dejaba sin habla, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada.

—Sigue —conseguí decir—. No pares.

Movió los dedos más rápido y, sin que nada más me tocara, me sacudió un orgasmo tan brutal que me dejó temblando, con las piernas flojas y la cara hundida en el colchón. Tardé unos segundos en recuperar el aire.

Entonces noté que se acomodaba detrás de mí. Me recogió el pelo en un puño y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda y levantándome aún más las caderas. Sentí la punta presionar y luego entrar, lenta, abriéndose camino centímetro a centímetro.

—Para, es demasiado —jadeé.

—Aguanta. Ahora empieza lo bueno.

Empujó del todo y se quedó quieto un momento, dejándome sentir cada parte de él. Después empezó a moverse, despacio al principio, con el choque de sus caderas contra mis nalgas marcando el ritmo. Poco a poco fue acelerando hasta que ya no era un vaivén suave, sino embestidas que me hundían contra la cama. Perdí la cuenta del tiempo. Me corrí más de una vez, sin que mi cuerpo me avisara siquiera, solo reaccionando por su cuenta. No sabía si gemía, jadeaba o sollozaba, y no me importaba. No quería que terminara.

Cuando por fin lo hizo, me tiró del pelo hasta casi pegarme a su pecho, me apretó la cintura con fuerza y se vació dentro de mí con un gruñido largo. Se quedó así unos segundos antes de salir despacio. Yo caí de bruces sobre el colchón empapado, sin fuerzas ni para darme la vuelta para agradecérselo.

Me quedé dormida al instante y no supe más de la noche.

***

Desperté con el cuarto a oscuras. Alguien había apagado la luz, seguramente él. Pero no estaba sola: unas manos me acariciaban de nuevo las caderas. Lo único que pensé fue que mi padre había vuelto a por más, ya recuperado. No me opuse. Me dejé hacer, y para mi propia sorpresa ya estaba lista solo de imaginarlo otra vez dentro de mí.

Entró de una sola estocada, esta vez por delante, y empezó un vaivén rápido y certero. Apenas me dio tiempo a disfrutarlo. En cuestión de minutos me apretó contra su cuerpo, aceleró y se corrió mientras yo llegaba con él, temblando de pies a cabeza, completamente vencida.

Me dio una palmada en el trasero, me llamó suya entre dientes y se marchó cerrando la puerta con cuidado. Yo me hundí en las sábanas y me dormí sin un solo pensamiento en la cabeza.

***

Y hasta aquí lo que me mandó. Cada vez que recibo uno de sus mensajes termino igual, con la respiración alterada y la mano metida bajo la ropa, imaginando cada detalle como si me hubiera pasado a mí. Ella me promete que todo es verdad, y yo, sinceramente, prefiero creerlo. Me manda fotos de lo que vive, y yo me deshago leyéndola.

Nos leemos pronto.

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Comentarios (5)

PatriciaRJ

Que buen relato!! de los mejores que encontre en esta pagina, seguiii

Rodrigo_SFE

Necesito saber como sigue esto... segunda parte por favor!!!

Carla_BsAs

Se siente tan real que da escalofrios. Muy bien contado, se nota que sabes escribir

Lorena_K

Una amiga me confeso algo parecido hace años y nunca le crei del todo. Leyendo esto me puse a pensar si fue verdad. Tremendo relato

Magda_conf

increible, quede pegada leyendolo hasta el final

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