Lo que mi cuñado me susurró en la sobremesa
Mariela se miraba en el espejo de su habitación y sabía, con una certeza tranquila, que ese vestido iba a causar problemas. No era vulgar. Era ajustado en los lugares correctos, corto justo lo suficiente, y se le ceñía a las caderas de una manera que ningún hombre de la familia podría ignorar. Se dio media vuelta y se observó por encima del hombro, satisfecha con la curva que dibujaba la tela.
—¿Otra vez con esa falda? —Beatriz, su madre, apareció en el marco de la puerta con los brazos cruzados, pero sin verdadera severidad en la voz.
—¿Qué tiene de malo? —Mariela sonrió, todavía mirándose—. Me gusta cómo me queda.
Beatriz entró y se paró detrás de ella. Las dos compartían la misma silueta: cintura estrecha, caderas anchas, esa herencia de mujeres que llamaban la atención sin proponérselo. Su madre le acomodó un mechón de pelo y la miró en el reflejo con una mezcla de orgullo y advertencia.
—Tiene de malo que abajo hay media familia, y tú sabes el efecto que tienes. No te hagas la inocente conmigo, que yo a tu edad era igual.
—¿Era? —Mariela arqueó una ceja, divertida—. Mamá, tú todavía haces que los maridos ajenos olviden lo que estaban diciendo.
Beatriz soltó una risa baja, una de esas que reconocían la verdad sin admitirla del todo.
—Pórtate bien, eso es todo lo que pido —dijo, y le dio una palmada cariñosa en la cadera antes de salir.
Mariela se quedó un momento más. Portarme bien, pensó. La idea le pareció aburrida. Bajó las escaleras sabiendo perfectamente quién estaría esperando abajo, y exactamente cómo la miraría.
***
El patio olía a carbón y a carne sobre las brasas. Tíos, primos, vecinos: la reunión familiar de siempre, con la mesa larga vestida de mantel blanco y los vasos de plástico repartidos al azar. Mariela saludó a una tía que la abrazó con efusión, y mientras devolvía el abrazo de espaldas a la casa, supo que la observaban desde la cocina.
Adentro, Beatriz miraba a su hermano Ramiro con los ojos entrecerrados.
—Te conozco esa cara —le dijo—. Le estabas viendo el cuerpo a mi hija.
—No te voy a mentir —Ramiro levantó las manos, sin culpa—. Salió a ti, Bea. Punto. Yo me acuerdo de cuando los muchachos del barrio no se querían ir de casa, y no era por la comida.
Beatriz quiso ofenderse, pero se le escapó media sonrisa.
—Eres un descarado.
—Soy honesto. Hay una diferencia. —Ramiro se acercó a la ventana—. Y mira tú, no soy el único. Fíjate en tu yerno.
Beatriz siguió su mirada. En el otro extremo del patio, Tomás, el marido de su hija mayor, había dejado de prestar atención al asado. Tenía los ojos clavados en Mariela, en la forma en que el vestido se le movía cuando caminaba.
—Ay, Tomás —murmuró Beatriz, más entretenida que escandalizada—. Tan formal que parece.
—Todos parecemos formales hasta que dejamos de parecerlo —dijo Ramiro, y había algo en su tono que hizo que su hermana lo mirara de reojo.
***
Mariela se sentó al lado de Tomás con un plato en la mano. Estaban en una esquina de la mesa, lo bastante apartados como para hablar sin que nadie los oyera.
—Te ves increíble hoy —dijo él, sin rodeos.
—¿Tú crees? —Ella le sostuvo la mirada mientras mordía un bocado—. Mi mamá dice que provoco.
—Tu mamá tiene razón. Ese vestido debería estar prohibido. —Tomás bajó la voz—. Me la has puesto difícil toda la tarde.
Mariela sintió el calor subirle por el cuello, pero no apartó la vista. Llevaba meses notando cómo la miraba en cada reunión, cómo se quedaba un segundo de más cuando la saludaba con un beso en la mejilla. Y ella, si era sincera, lo había alimentado.
—¿Y mi hermana? —preguntó, sólo para medir el terreno.
—Tu hermana está dormida en el sillón. El embarazo la deja agotada. —Tomás se inclinó apenas—. No te voy a mentir, Mariela. Hace tiempo que pienso en ti más de lo que debería.
—Eso está mal —dijo ella, pero lo dijo sonriendo.
—Muy mal —concedió él—. ¿Quieres que pare?
Mariela dejó el tenedor sobre el plato. Miró alrededor: nadie los observaba, el humo del asado lo cubría todo, las voces se mezclaban en un murmullo despreocupado. Tenía veinticuatro años y sabía exactamente lo que quería.
—No —contestó en voz baja—. No quiero que pares.
Tomás tragó saliva. Era él quien parecía nervioso ahora.
—Entonces entra a la casa en cinco minutos —dijo ella, poniéndose de pie con calma—. El baño de arriba. Si te atreves.
Y se alejó, sintiendo su mirada quemarle la espalda en cada paso.
***
En la cocina, Beatriz lo había visto todo a través del reflejo del cristal. Vio a su hija levantarse, vio a Tomás quedarse un momento paralizado, vio el camino que tomaba cada uno.
—Se subieron —dijo, sin saber muy bien por qué lo decía en voz alta.
Ramiro se colocó detrás de ella. Estaban solos en la cocina, el resto de la familia disperso por el patio.
—¿Y te molesta? —preguntó él.
Beatriz lo pensó. Esperaba sentir indignación, el peso de lo correcto. En cambio sintió otra cosa, una tibieza que reconocía de hacía mucho y que llevaba años fingiendo no recordar.
—Debería —admitió—. Pero mi hija es grande. Sabe lo que hace.
—Igual que tú a su edad —dijo Ramiro, y esta vez su voz estaba más cerca, casi en su oído.
Beatriz se quedó quieta. Sintió el cuerpo de su hermano a un palmo del suyo, el calor de él contra su espalda. Eran cosas que nunca se decían, que nunca se hacían, que vivían en los silencios de las reuniones familiares como un río subterráneo.
—Ramiro —dijo, sin volverse.
—Llevo toda la vida mirándote, Bea —murmuró él—. Y nunca te toqué. Ni una vez. Pero hoy, no sé, viéndote ahí…
Ella cerró los ojos. Afuera, las voces seguían, ajenas. Arriba, el silencio de una puerta cerrada.
—Una vez —susurró Beatriz, más para sí misma que para él—. Y nadie lo sabrá nunca.
***
En el baño, Mariela apenas había cerrado la puerta cuando Tomás la alcanzó. La tomó de la cintura con las dos manos, mirándola como si todavía no creyera que estaba pasando.
—Dime que estás segura —pidió él.
Por toda respuesta, ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Fue un beso hambriento, de meses de miradas contenidas, y Tomás respondió apretándola contra él. Le recorrió la espalda, bajó hasta la curva de las caderas y la atrajo hacia su cuerpo. Mariela sintió cuánto la deseaba y un escalofrío le subió por los muslos.
—Levántame el vestido —le dijo al oído.
Él obedeció despacio, deslizando la tela hacia arriba, descubriendo la curva de sus nalgas apenas cubiertas por una tanga de encaje negro. Tomás se quedó sin aire.
—Dios —murmuró, recorriéndola con las palmas—. Tienes idea de lo que provocas con esto.
—Tengo una idea bastante clara —sonrió ella, y volvió a besarlo.
Tomás la giró con suavidad hasta dejarla de cara al lavabo. Mariela se sostuvo del borde y arqueó la espalda, ofreciéndose, mirándolo a través del espejo. Él se inclinó sobre su espalda, le besó la nuca, los hombros, mientras una mano se colaba entre sus piernas y comprobaba cuánto lo deseaba ella también.
—Estás empapada —dijo, con la voz ronca.
—Por ti —respondió ella, sin vergüenza—. Hace rato.
Él hizo a un lado la tela del encaje y se acomodó contra ella. Entró despacio, atento a cada reacción de Mariela, que apretó los párpados y dejó escapar un gemido largo cuando lo sintió por completo. Tomás se detuvo un instante, dándole tiempo, las dos manos firmes sobre sus caderas.
—¿Bien? —preguntó.
—Más —jadeó ella—. No te detengas.
***
Afuera, en el pasillo, Beatriz se apoyaba contra la pared cerca de la puerta del baño, mordiéndose el labio. Ramiro estaba detrás de ella, las manos sobre la tela del vestido de su hermana, descubriendo la misma silueta generosa que había heredado su hija. La tanga de Beatriz era roja, de encaje, y Ramiro contuvo el aliento al verla.
—Todavía estás increíble —dijo él, casi con devoción—. No ha cambiado nada.
—Cállate y aprovecha —murmuró ella, y se inclinó hacia adelante.
Del otro lado de la puerta llegaban los sonidos de su hija y su yerno, amortiguados, el ritmo creciente de dos cuerpos que ya no fingían. Lejos de incomodarlos, aquello los encendía: era el eco de su propio atrevimiento, la prueba de que esa tarde la familia entera había decidido dejar de pretender.
Ramiro la tomó de las caderas. Beatriz sintió a su hermano contra ella y soltó un suspiro entrecortado, los años de deseo guardado deshaciéndose de golpe.
—Despacio —pidió ella—. Que nadie nos oiga.
—Despacio —repitió él, y empezó a moverse, conteniéndose, marcando cada embestida con cuidado mientras le acariciaba la espalda.
Beatriz se mordió la mano para no gemir. Adentro, Mariela ya no se molestaba en callar.
***
—Así, así —jadeaba la joven, mirando a Tomás por el espejo mientras él la tomaba con un ritmo cada vez más firme—. No sabes cuánto lo deseaba.
—Desde la primera vez que te vi con ese vestido —respondió él, sin aliento—. No pude pensar en otra cosa.
Mariela se enderezó, le rodeó el cuello con un brazo por encima del hombro y giró la cabeza para besarlo mientras seguían unidos. El beso era torpe, urgente, lleno de la electricidad de lo prohibido. Tomás le acariciaba el pecho con una mano y con la otra la sostenía contra él.
—Voy a terminar —le advirtió ella entre jadeos—. No pares ahora, por favor.
—Te tengo —murmuró él—. Déjate ir.
Mariela se estremeció de pies a cabeza, ahogando el grito contra el hombro de Tomás, las piernas temblándole. Él la sostuvo hasta el último espasmo y poco después la siguió, apretándola contra su cuerpo mientras los dos recuperaban el aliento, frente contra frente, riendo en voz baja por lo que acababan de hacer.
—Esto no puede volver a pasar —dijo ella, aunque su sonrisa decía otra cosa.
—No —concedió Tomás, acomodándole el pelo—. Hasta la próxima reunión.
***
En el pasillo, Beatriz se enderezó y se alisó el vestido con manos algo temblorosas. Ramiro la abrazó por la espalda un instante, los dos en silencio, sabiendo que aquello quedaría sellado entre ellos para siempre.
—¿Te arrepientes? —preguntó él.
Beatriz se volvió y le sostuvo el rostro con una mano. Lo miró largamente, su hermano de toda la vida, el secreto mejor guardado de los dos.
—Para nada —dijo—. Pero esto no lo sabe nadie. Jamás.
—Jamás —prometió Ramiro.
Se separaron justo a tiempo. La puerta del baño se abrió y Mariela salió primero, las mejillas encendidas, el vestido perfectamente en su lugar otra vez. Se cruzó con su madre en el pasillo y por un segundo las dos mujeres se miraron, comprendiéndolo todo sin decir una palabra.
—Te lo dije, mamá —murmuró Mariela al pasar, con una sonrisa traviesa—. Salí a ti.
Beatriz la vio bajar las escaleras hacia el patio, hacia el humo del asado y las voces despreocupadas de una familia que jamás sospecharía nada. Soltó una risa baja, sacudió la cabeza, y bajó detrás de su hija a seguir fingiendo, como siempre, que en esa casa nunca pasaba nada.