La nieve nos encerró con un secreto entre hermanos
Esa mañana nos despertamos con el horror metido en los huesos. Renata ayudó a Greta a destrabar los postigos y, en cuanto abrieron la primera ventana, nos quedamos helados. Sé que suena tonto decirlo así, pero no encuentro otra forma. La nieve cubría todo lo que alcanzaba la vista, como si alguien hubiera tirado una sábana enorme sobre las montañas y los bosques.
—No intenten abrir la puerta —dijo Helga—. Se va a meter toda la nieve. Vamos a tener que usar las palas para despejar la entrada.
—¿Para qué? Total no podemos ir a ninguna parte —protestó Camila.
—No empieces con tus reproches —la cortó nuestra madre, Liliana—. Helga sabe de estos temas. Si necesita ayuda, se la damos. ¿Dónde están las palas?
Pasamos la hora y media siguiente sacando nieve. Lindas vacaciones, ¿no? Nunca imaginé que algo tan suave y esponjoso pudiera pesar tanto. Hicimos montículos a los costados, despejando cinco metros desde la puerta como había pedido Helga. Cuando volvimos a entrar, me quedé un rato frente al vidrio, viendo cómo empezaba a nevar otra vez.
—Al final todo el trabajo fue inútil —dije en voz alta.
—Para nada —contestó Greta a mi espalda; no la había escuchado acercarse—. Si la tormenta sigue acumulando, va a bloquear la entrada y será mucho peor despejarla. ¿Viste lo pesada que estaba? Imaginá tener que hacer eso después de tres días seguidos de nevada.
—Mmm… puede ser.
—No puede ser. Es así. ¿Nunca viviste donde nieva?
—No. Donde yo vivo, lo más parecido a la nieve lo sirven en cucuruchos.
Greta sonrió. Tiene una sonrisa preciosa.
—Al final no sos tan inútil —dijo, y el comentario me golpeó como un cachetazo—. Sos el nene mimado de mamá, se nota a la legua. Desde que llegamos, fuiste el único que no levantó ni un plato. Pero hoy trabajaste bien. El que más nieve sacó, diría. Eso me gusta. No soporto a los inútiles.
Me quedé callado, sin saber qué responder. Renata apareció entonces y me envolvió con un brazo; yo la tomé de la cintura por puro reflejo. Nos quedamos mirando los copos bailar en el viento mientras Greta volvía adentro, acostumbrada a inviernos que para nosotros eran un milagro.
***
Después del desayuno fui a ducharme. No porque quisiera, sino porque mi madre insistió: «No quiero que nadie huela mal frente a las anfitrionas. Primero vos, después tus hermanas». Pero había alguien que no pensaba respetar el orden al pie de la letra.
Renata se metió al baño mientras yo me enjabonaba. Se desvistió rápido y entró a la ducha con una sonrisa.
—Uy, el agua está calentita, justo como me gusta.
—¿Te volviste loca, Renata?
—No seas intenso, Bruno. Relajate un poco.
Me rodeó con los brazos y me dio un beso de esos que derriten un glaciar. Sentí su mano cerrándose sobre mi pija y se me puso dura al instante. Las erecciones más rápidas de mi vida siempre fueron culpa suya. Tenía miedo de que nos descubrieran y, al mismo tiempo, me fascinaba esta versión rebelde de mi hermana, la que ya no obedecía cada orden de mamá.
La puerta se abrió de golpe. Renata no alcanzó a alejarse ni a soltarme. Nos quedamos petrificados, convencidos de que era Liliana. No lo era.
Un par de ojos color zafiro nos miraron sin expresión. Greta entró, cerró la puerta a su espalda con cuidado, como evitando hacer ruido, y nosotros nos quedamos duros como estatuas. En el baño solo se escuchaba el agua cayendo al piso.
—¿Siempre son tan cariñosos entre ustedes? —preguntó, con una calma que daba escalofríos.
Se sentó sobre la tapa del inodoro, apoyó las manos en las rodillas y esperó una respuesta.
—Permiso, ¿no? —dijo Renata.
—No acostumbro a pedir permiso.
Esta chica me da más miedo que mi prima Brisa, pensé. Y eso es decir mucho.
—Solo nos estamos bañando —dije con la voz ronca. Una explicación absurda, teniendo en cuenta que Renata seguía acariciándome.
—¿Y siempre se bañan juntos?
—A veces —respondió Renata—. Es una costumbre. ¿Por qué? ¿Te molesta?
—Para nada. Mi hermana y yo también nos bañamos juntas a veces, aunque a mi mamá no le gusta. —Señaló la mano que me envolvía—. A tu mamá le debe molestar que hagas eso con tu hermano.
—Ay, no es para tanto. Es una muestra de cariño.
—Ya veo. —Seguía inexpresiva, pero en sus ojos había un brillo extraño—. ¿Y hasta dónde llegan esas muestras de cariño?
Para Renata la pregunta fue un desafío. Se arrodilló frente a mí y le dio un beso a la punta de mi pija, después le dedicó a Greta una sonrisa picarona. Estaba jugando con fuego. ¿Qué iba a pasar cuando esta chica le contara a su madre y a su hermana lo que había visto?
—Vos y tu hermana… ¿también tienen muestras así cuando se bañan? —preguntó Renata.
—A veces. Caricias. Ella es la que más lo hace; se queja de que soy poco expresiva.
¿Por qué no me sorprende?
—¿Llegó a meterte los dedos? —insistió Renata, ya moviendo la mano sobre mí.
—Sí. Y yo a ella también.
Respondía con la frialdad de un testigo experto. No sabía nada de la vida de Greta ni de su familia, y eso me intrigaba: era un misterio que quería resolver.
Renata abrió la boca despacio, sacó la lengua sin dejar de mirarla y la pasó por mi glande. El cosquilleo me hizo temblar. Lamió en silencio, esperando una reacción que no llegó, así que redobló la apuesta y se tragó la punta, y después un poco más.
—Es la primera vez que veo a una chica hacer eso con la pija de su hermano —dijo Greta—. Pero si solo es de vez en cuando, no creo que sea tan malo.
Esas palabras incentivaron a Renata, que empezó a mamarla de verdad, sin disimulo. No era un simulacro: era una felación en regla, de una hermana a su hermano. Greta miraba la escena sin mover un pelo, como una estatua de hielo.
—Una vez mi hermana me chupó la concha —soltó de pronto.
Quedamos boquiabiertos.
—¿Y cómo fue? —pregunté, sin poder callarme.
—Ingrid me pagó por hacerlo. Decía que quería sacarse la curiosidad y necesitaba que fuera alguien de confianza, no una desconocida. No tiene amigas, solo amigos. Algún día van a entender por qué.
Eso me extrañó. Por lo poco que había visto, Ingrid parecía simpática y sociable.
—¿Y te gustó? —quise saber.
—A ella le dije que no, para que no insistiera. Se me hizo raro verla tan entregada a algo lésbico. No me molestan las lesbianas, al contrario, me calientan. Nunca estuve con una mujer más allá de eso, pero me gusta mirarlas. Lo que no soporto es ver tipos en el porno. A los hombres los prefiero en la vida real.
Me sorprendió su nivel de sinceridad. Me pregunté si era así con todo el mundo o si por fin había encontrado a alguien con quien hablar sin filtros.
—Entonces, ¿por qué te molestó? —insistí.
—Porque se lo tomó demasiado en serio. Pensé que era un juego inocente, como los toqueteos en la ducha. Pero no. Ingrid estaba descontrolada, como si quisiera dedicarse a eso el resto de su vida. Y en este pueblo son todos unos homofóbicos. No quiero que sufra.
Renata me guiñó un ojo y siguió chupando con fervor. Entendí lo que buscaba. No estaba seguro de si debíamos llegar tan lejos, pero confié en su instinto. Acabé en su boca y en parte de su cara; ella recibió todo sin moverse, tragando de a poco. Cuando terminé, se puso de pie.
—Sí, a veces ocurren accidentes —dijo, y se acercó a Greta con paso de gata en celo.
De pronto la besó. Para mi sorpresa, la rubia no la rechazó: la abrazó y le devolvió el beso, junto con todos los rastros que quedaban. Fue una de las sorpresas más inesperadas de mi vida, y miren que tuve varias, como cuando me enteré de que mi tía Marisol mantenía una relación con su propia hija.
—Vení —dijo Renata, tomándola de la mano—. Vamos a la pieza, que me muero por charlar con vos.
Agarró un toallón y las vi alejarse, dejándome solo y con la pija latiendo. Un segundo después, Renata asomó la cabeza.
—Y que no se te ocurra espiarnos —dijo, y cerró la puerta.
***
Más tarde volví al cuarto que compartía con mi madre, buscando alejarme de las charlas incómodas con extraños. Encontré que Camila había tenido la misma idea: estaba desnuda en la cama, masturbándose, con la notebook entre las piernas y un video porno convencional en la pantalla, de esos actores tan perfectos que parecen artificiales.
—¿No podías hacer eso en tu pieza? —dije, sentándome a su lado.
—No, con Ingrid asomándose a cada rato. Qué chica pesada.
Camila siguió metiéndose los dedos sin el menor pudor. Tiene la costumbre de pajearse delante de toda la familia, y a mí no me molesta, aunque mamá le reprocha que provoca. Y tiene razón, sobre todo viniendo de quien repite que el incesto tiene que terminar.
—¿Hiciste algo con mamá anoche? —preguntó, sin dejar de frotarse.
—Nada —mentí—. Entró Helga a preguntar si necesitábamos algo y se quedó charlando un buen rato. Me dormí.
Evité contarle que mi pija había estado dentro de mi madre la mitad de la noche, y que de madrugada, con la tormenta arreciando, ella se montó sobre mí y saltó hasta caer rendida. Nunca creí que tuviera semejante resistencia. Ver sus tetas rebotando y cubriéndose de sudor tenía una carga erótica que ningún video de los de Camila podría darme.
—Quedate tranquila, no pasó nada —repetí, no por mí, sino para no meterla en problemas—. Pero hay algo que no entiendo, Cami. Vos eras la que más disfrutaba de todo esto. ¿Por qué cambiaste de idea tan de golpe?
—No cambié de idea. Siempre supe que lo nuestro no era saludable y que algún día tendría que terminar. Lo acepté mientras duró el encierro de la pandemia porque, si no, me volvía loca. Pero lo que pasó en pandemia se queda en pandemia. Es hora de seguir adelante.
No imaginaba que pensara así. Me demostró que todavía no conocía a mis hermanas tanto como creía.
—¿Y qué tiene de malo, exactamente?
Detuvo la mano y giró la cabeza hacia mí con sus ojos gélidos. No había enojo en su cara, pura serenidad, y aun así me recorrió un escalofrío.
—¿En serio tengo que explicarlo? Se me ocurre algo mejor. ¿Qué hora es? Las nueve y media. Entre acá y Argentina hay cinco horas de diferencia, así que allá son las cuatro y media. Ella seguro está despierta. Le gusta trasnochar.
***
Abrió un chat y escribió: «Hola, puta, ¿estás despierta?». La respuesta llegó en segundos: «Hey, Cami, justo pensaba en vos. ¿Qué tal Suiza?». Camila le hizo un resumen de la tormenta y el aislamiento, y le contó que en ese momento se estaba masturbando conmigo al lado.
—A Bruno le gustaría saber más sobre el tema del incesto. ¿Tenés ganas de una videollamada?
—¡Claro! Yo también estoy de vacaciones y aburrida. Me viene bien charlar.
Camila prendió la cámara sin molestarse en taparse; por la posición de la notebook, su concha quedaba bien a la vista. Solo había una persona con la que podía hablar de esto con tanta soltura: Mariela, su psicóloga. Esa mujer me caía bien, aunque no hablábamos desde la pandemia, cuando nos ayudó a entender a mamá y a Camila. Esperaba que ahora me ayudara a mí.
Cuando se encendió su cámara, apareció una mujer regordeta de facciones bonitas, el pelo castaño despeinado y una remera vieja de pijama que le marcaba los pezones. Estaba arrodillada en la cama y, cada vez que movía las piernas, se me cortaba el aliento: algo me decía que debajo no llevaba nada.
—Veo que seguís con la costumbre de masturbarte frente a tu hermano —dijo Mariela, con la calma de una profesional.
—Lo hace frente a todo el mundo —respondí—. Es contradictorio. Nos pide que no tengamos sexo entre nosotros, pero se masturba a la vista de todos.
—Que yo me masturbe no debería ser una invitación —se defendió Camila.
—Ya hablamos de esto, Cami. Tus acciones tienen repercusiones. No pretendas que no afecten solo porque vos lo decís.
Camila infló los cachetes como una nena en berrinche.
—Eso pienso yo —agregué—. Si tanto quiere que el sexo termine, que dé el ejemplo. Podría dejar de acostarse con mamá. Se la pasan cogiendo, pero si yo hago lo mismo con Renata, se enojan. Son unas hipócritas.
—¿Y eso te molesta? —preguntó Mariela.
—Muchísimo. Además, hay algo más, pero no sé si Cami quiere contarlo.
—Mejor te lo muestro —dijo mi hermana, guiñándole un ojo a la cámara.
Acto seguido me sacó la pija del pantalón, bajó la cabeza y empezó a chuparla, igual que aquella noche en que entró a mi cuarto mientras yo jugaba a la consola y se puso a mamarme sin más.
—¿Eso fue lo que pasó, Bruno?
—Sí. Y lo hizo justo después de uno de sus discursos de «el incesto tiene que terminar». Me dejó confundido.
—Es comprensible. Esto no ayuda, Camila. Aunque, si es por mí, no te detengas. Sabés que me encanta verte chupar.
Eso me desconcertó todavía más. Camila sonrió y siguió tragando para el deleite de Mariela, y el mío, porque no voy a negar que me gustaba. También me gustó ver cómo la psicóloga separaba más las piernas; estaba cerca de descubrir si llevaba bombacha.
—Pocas cosas me resultan tan excitantes como el incesto —admitió.
—¿Está bien que una psicóloga diga eso?
—No, claro que no. Pero ahora no estamos en terapia. Solo te ayudo a resolver unas dudas. Y, como no trabajo, puedo pedirle a Camila que le ponga más entusiasmo. Eso… chupá con ganas.
Su sonrisa sádica me dio justo en el pecho. No es que me estuviera enamorando, pero me calentaba, y entendí de dónde sacaba mi hermana sus ideas tan alocadas.
—¿Por qué esto sí lo podemos hacer y con Renata no? No entiendo nada —dije, ofuscado.
—El problema no es el incesto en sí, Bruno. Sé que anoche cogiste con mamá, aunque lo niegues. Alicia se levantó de buen humor, y solo le pasa cuando coge de noche.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Que lo hagas con Renata.
—¿Y qué diferencia hay si lo hago con ella, con vos o con mamá?
—Eso tenés que descubrirlo solo —intervino Mariela—. La psicología casi no estudia el incesto consentido, solo lo trata cuando hay abuso. Sobre dos hermanos que deciden hacer esto por gusto, se queda en blanco. Lo poco que hay está lleno de prejuicios: «está mal porque la sociedad dice que está mal».
—O sea… ¿no tiene nada de malo?
—Sí lo tiene. La sociedad castiga el incesto con dureza. Cada vez que lo hacen, juegan con fuego. ¿Qué pasaría si alguien se entera?
Giré la cabeza hacia la puerta, sobresaltado. Camila también. La rendija de abajo, que antes dejaba pasar luz, ahora estaba oscura.
—Hay alguien afuera —susurré—. Vi una sombra.
—Quizás solo pasó alguien.
El corazón me golpeaba como un tambor. Ahí entendí a Mariela. ¿Y si en ese momento entraba Helga o alguna de sus hijas? Costó explicar el papelón del baño, y ni siquiera estaba seguro de haberlas convencido.
—Ya te vas a dar cuenta —fue lo único que dijo Camila.
Me molestó tanto que estuve por insultarla y salir. Pero ella lo notó y decidió recompensarme: se montó sobre mí y dejó que mi pija entrara hasta el fondo.
—Uf… impresionante. Hace mucho que no veo una penetración entre hermanos en vivo —murmuró Mariela, separando aún más las piernas.
No tenía ropa interior. Su concha, con el vello recortado y los labios carnosos, apareció en escena. Empezó a acariciarse hasta humedecerse los dedos y se los metió. Al verla, se me pasó la bronca. Tomé a Camila de la cintura y seguimos cogiendo un buen rato.
—Contame, Cami —pidió la psicóloga, sin dejar de masturbarse—. ¿Le chupaste la concha a tu mamá estos días?
—Sí, antes del viaje. Fue espectacular. Es uno de esos vicios que no puedo dejar.
—Uf, y con lo buena que está Liliana. Si fuera mi mamá, yo también me la cogería.
Mariela se hundió dos dedos hasta el fondo. Mi pija palpitó dentro de mi hermana.
—¿Y vos sos su psicóloga de verdad? —pregunté, intrigado y caliente a la vez.
—Lo soy. Pero no soy convencional. Tengo mis propios métodos.
—Pensé que los psicólogos no podían acostarse con sus pacientes.
—Soy muy selectiva. Camila no es la primera ni será la última.
El resto de la charla fue Mariela masturbándose mientras yo llenaba a Camila una y otra vez, hasta que pidió ver cómo se tomaba mi leche. Mi hermana le dio el gusto: en segundos estaba chupándome con entusiasmo. Acabé a borbotones y Camila lo saboreó a pleno, mientras de la concha de la psicóloga saltaban chorritos transparentes. En ese instante deseé que fuera mi psicóloga.
—Perdón si no aclaré todas tus dudas —dijo, ya más calmada—. Hay cosas que tenés que descubrir solo. Y, sobre dejar el incesto, podrían intentar algo: una despedida.
—¿Qué cosa? —preguntó Camila.
—Una última sesión de sexo. En realidad dos: una individual y otra grupal, ya que también hubo sexo grupal en la familia. Lo importante es que, antes de esa última vez, sepan que no se va a repetir. Que ese acto marca el final de una etapa. Y acuérdense: esta despedida es para siempre.
Se me hizo un nudo en la garganta. Me aterra pensar que mi próxima vez con Renata pueda ser la última. No estoy listo para cerrar esta etapa de mi vida.