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Relatos Ardientes

El padrastro que aprendió a compartirnos en silencio

Tengo veintitrés años y todavía no sé si esta historia me pertenece o si la heredé de otra persona. Voy a contarla como puedo, sin adornos. Si llegás hasta el final, vas a entender por qué necesité escribirla.

Mi madre, Marisol, me tuvo cuando ella misma era muy joven. Mi padre biológico se esfumó antes de que yo aprendiera a caminar y nunca volvió. Crecí entre paredes de lámina, en una pieza prestada por una vecina que tuvo más piedad que la familia entera. Cuando salía del instituto, las dos nos parábamos en los semáforos a pedir monedas. Yo agachaba la cabeza para que ningún compañero me reconociera. Mi hermana menor, Carla, casi no recuerda esos días.

Joaquín apareció cuando yo tenía catorce años. Era albañil, callado, de manos enormes y de risa fácil. Le propuso a mi madre construirnos una casa de verdad y cumplió: levantó él mismo dos habitaciones, un baño y un patio chico con limonero. Trajo muebles de a poco, ropa, juguetes para Carla y, cuando entré al último año, un teléfono para mí. Nos llamaba sus princesas con una naturalidad que no parecía teatro. Por primera vez dormimos en colchones que no olían a humedad.

Tenía un defecto y los tres lo sabíamos: cuando tomaba, se ponía pesado. Algunos sábados volvía con el aliento dulce del aguardiente y rompía un vaso, una silla, una promesa. Por la mañana lloraba y mi madre lo perdonaba. Yo aprendí a no mirar.

La enfermedad llegó como llegan las cosas que uno no quiere nombrar: con una palabra en un consultorio y un silencio en el coche. Cáncer. La quimio la dejó sin pelo y casi sin fuerzas. La casa empezó a oler a desinfectante y a sopa que nadie tomaba. Joaquín se hundió, tomaba más, y nosotras vivíamos pendientes de su humor.

Una tarde la visité en el hospital. Le llevaba un termo con caldo y un libro que sabía que no iba a leer. Tenía la cara afilada y los ojos enormes.

—Sentate, mi vida —me dijo, y le hice caso.

Me tomó la mano. Tenía los dedos fríos.

—Necesito pedirte algo. Y necesito que no me juzgues hasta que termine.

Asentí.

—Yo no sé cuánto tiempo más voy a estar. Y conozco a Joaquín. Lo conozco mejor que nadie. Es un buen hombre, pero es un hombre. Si yo me voy y nadie lo cuida, va a buscar consuelo donde no debe. Y ahí se acaba la casa, y se acaba todo lo que armó para ustedes.

Tragué saliva. Sabía hacia dónde iba.

—Sos una mujer hecha y derecha. Yo te crié sabiendo lo que es no tener. No te pido que lo ames. Te pido que no lo dejes solo. Que le des lo que un hombre necesita de una mujer. Por vos, por tu hermana, por la casa.

Quise responder algo y no me salió la voz. Le apreté la mano y me fui sin contestar.

***

Pasé tres noches sin dormir. La sola idea me daba náuseas. Joaquín tenía cuarenta y tantos, manos callosas, espalda ancha. Lo había visto miles de veces salir del baño en toalla y nunca había sentido absolutamente nada. No me atraía. Me criaba.

Pero hubo un jueves en que volví temprano del instituto y lo escuché en el baño hablando bajito por teléfono. La voz del otro lado era de mujer. Le decía «amor» y «¿a qué hora?» y «tengo otro cliente después». Joaquín contestaba en susurros. Sentí cómo el aire se me iba del pecho.

Cuando salió, yo estaba en la puerta de calle con las manos sudadas.

—¿A dónde vas? —pregunté.

—A tomar unas cervezas, ya vengo.

—No vas.

Me miró sin entender.

—Sé con quién te vas a ver. La escuché. Vas a coger con una puta y a dejarnos sin nada.

Intentó pasar. Le bloqueé el camino con el cuerpo. Estábamos cerca, demasiado cerca. Sin pensarlo me saqué la camisa y la dejé caer al suelo. Después el corpiño. Lo hice rápido, antes de arrepentirme. Me quedé en el pasillo con el pecho desnudo, los pezones parados por el frío y el miedo, el corazón a punto de romperme las costillas.

—Si necesitás una mujer, la tenés acá —le dije, y la voz me tembló.

Joaquín se detuvo. Me miró fijo por un tiempo que se me hizo larguísimo. Los ojos le bajaron por el cuello, por las tetas, se le quedaron ahí. Vi el bulto crecerle en el pantalón antes de que dijera nada. Después cerró la puerta de calle con el pie. Caminó hacia mí, me tomó la cara con las dos manos y me besó como si llevara años esperando para hacerlo. Sentí el sabor a cerveza vieja y a algo más, algo urgente. Su lengua me abrió la boca sin permiso y una de sus manos me apretó una teta entera, con toda la palma callosa, hasta hacerme gemir contra sus labios.

—¿Estás segura, nena? —me preguntó con la voz ronca, la mano ya bajando por mi vientre.

—No preguntes —le contesté—. Llevame.

Me llevó al cuarto sin decir otra palabra. Yo iba detrás, descalza, con la ropa a medio salir. Cuando cerró la puerta y se sacó la remera vi el pecho ancho, el vello canoso, la cicatriz vieja en el costado. Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón y ahí entendí dos cosas al mismo tiempo: que mi madre tenía razón sobre lo que él necesitaba, y que yo no iba a poder fingir que esto era solo un favor. La tenía larga, gruesa, con la vena marcada y la cabeza brillante de tan hinchada. Más grande de lo que cualquier pendejo de mi edad había tenido. Se me secó la boca.

—Vení —me dijo, sentándose en la orilla de la cama—. Poné las rodillas acá.

Me arrodillé entre sus piernas. Le agarré la verga con las dos manos, apenas la abarcaba, y me la metí en la boca sin pensarlo mucho. Él soltó un gruñido y me puso una mano en la nuca, sin empujar, dejándome ir a mi ritmo. La chupé lo mejor que supe, subiendo y bajando, escupiendo saliva encima para que resbalara. Le sentí el sabor salado del pre-semen en la punta de la lengua.

—Así, princesa, así —me susurraba—. Mirame mientras la mamás.

Levanté los ojos y verlo mirándome desde arriba, con la boca abierta y la respiración pesada, me apretó algo en la panza. Me sacó la verga de la boca con un pop húmedo, me acostó en la cama, me arrancó la falda con cuidado y bajó la cabeza entre mis piernas. Me abrió con los dedos y me lamió el coño entero, de abajo hacia arriba, y después se quedó chupándome el clítoris con una paciencia que ningún chico había tenido conmigo. Me metió dos dedos gruesos y los curvó buscando algo adentro, y cuando lo encontró grité contra la almohada. Me vine así, agarrada del pelo de él, apretándole la cabeza contra mi coño hasta que sentí las piernas de gelatina.

Se subió sin darme respiro. Se agarró la verga y la pasó por mis labios mojados, arriba y abajo, mojándola bien.

—¿Adentro? —preguntó.

—Adentro. Tengo el implante.

Empujó despacio, centímetro a centímetro. Me abrió como si fuera la primera vez. Cuando terminó de meterla toda se quedó quieto, apoyado en los codos, la frente contra la mía.

—Dios, nena. Estás apretadísima.

Después empezó a moverse. Al principio suave, midiéndome, y de a poco más fuerte, hasta que la cama crujía y yo le clavaba las uñas en la espalda. Me la cogió con hambre acumulada de meses, mordiéndome el cuello, susurrándome guarradas al oído: que era su nena, que le pertenecía, que iba a llenarme de leche. Terminó dentro de mí con un rugido ahogado contra mi hombro, la verga latiéndome adentro, y me abrazó como si fuera de cristal mientras yo sentía el semen tibio escurrirse entre mis muslos.

—Gracias —me dijo al oído.

No supe qué contestar.

***

Lo que vino después fue una rutina nueva y secreta. Joaquín dejó de tomar tanto. Llegaba del trabajo, se bañaba, cenábamos los cuatro como una familia normal y, cuando Carla se dormía, yo me deslizaba a su cuarto. Aprendí su cuerpo de memoria. Aprendí a leerle el humor por la forma en que dejaba las botas en la entrada. Aprendí que era cariñoso, que le gustaba reírse en la cama, que pedía las cosas con educación incluso cuando lo que pedía era una guarrada.

—Poné el culo para arriba, princesa —me pedía, y yo obedecía.

Me cogía en cuatro con la mano en mi nuca aplastándome la cara contra la almohada para que no gritara. Me hacía sentar encima suyo y cabalgarlo despacio mientras me chupaba las tetas. Me hacía mamársela hasta que se venía en mi boca y me pedía que se lo mostrara antes de tragar. Aprendí a tragarme cada gota. Aprendí a pedirle que me la metiera en el culo la primera vez que se me cruzó por la cabeza, y aprendí a aguantar el ardor con la cara enterrada en las sábanas mientras él me acariciaba la espalda y me decía que era una nena valiente.

Visitaba a mi madre cada dos días. Al principio no podía mirarla a los ojos. Después empezó a preguntarme, en voz baja, cómo iba todo. No usaba la palabra que las dos pensábamos. Decía «¿cómo está?», y yo decía «bien», y ella sonreía con una mezcla de tristeza y alivio.

—Lo conozco —me dijo una vez—. Si lo tratás bien, te va a tratar como reina.

Y así fue. Joaquín me consentía como si fuera novia, no entenada. Me compraba ropa, me llevaba al cine los domingos, me sacaba a pasear en la moto vieja que arregló para él. Carla nos miraba sin entender del todo y yo trataba de protegerla del cambio de aire en la casa.

Hasta que mi madre empeoró otra vez.

***

Pasé quince noches seguidas en el hospital. Joaquín me llevaba comida y dinero. Las primeras visitas estaba prendido fuego, ansioso, me decía al oído lo mucho que me extrañaba. Una mañana me hizo bajar al estacionamiento con él, me metió en el asiento trasero del auto y me hizo arrodillar entre los asientos. Se abrió el pantalón y me sacó la verga tiesa a la altura de la cara.

—Rapidito, nena, que no aguanto —jadeó.

Se la mamé ahí, con las ventanas empañándose, escuchando los pasos de la gente que pasaba al lado. Le agarré los huevos con una mano mientras subía y bajaba la cabeza. Se agarró del volante y se vino con un quejido contenido, y yo me tragué todo con los ojos cerrados. Después me limpió la comisura de la boca con el pulgar y me besó como si nada.

Al tercer día algo cambió. Llegó con un beso en la mejilla. Distancia. Cortesía. Le pregunté qué le pasaba y me dijo «nada, amor», pero el «amor» le salió flojo. Volvió a casa y no lo vi en dos jornadas enteras.

Mi madre murió un miércoles a la madrugada. No alcancé a despedirme como hubiera querido. Volví a casa rota, con los ojos hinchados, sin haber comido en horas. Joaquín me abrazó en el umbral y me llevó adentro casi cargada.

Esa misma noche, después del velorio, dormí en su cama. Me hizo el amor con una ternura que me desarmó. Me desnudó despacio, me besó cada parte del cuerpo como si me estuviera pidiendo perdón por algo que yo todavía no sabía. Me abrió las piernas y entró de a poco, mirándome a los ojos, susurrándome que ahora era suya, que iba a cuidarnos, que nunca más íbamos a estar solas. Se movió arriba mío con un ritmo lento, hondo, sacándomela casi entera y volviéndola a meter completa, hasta que me vine mordiéndole el hombro. Él se vino adentro un minuto después, apretándome contra el colchón, y se quedó ahí, sin salirse, respirándome en el cuello. Pensé que estábamos bien.

Hasta que se levantó a buscar una toalla y no volvió.

Esperé veinte minutos. Después escuché ruidos al fondo del pasillo. Golpes sordos, una respiración acelerada, una voz aguda que conocía demasiado bien. Salí de la cama, descalza, con un nudo subiéndome desde el estómago.

La puerta del cuarto de Carla estaba cerrada con pestillo. Golpeé. Golpeé más fuerte. Cuando se abrió, Joaquín tenía el pelo revuelto, la verga afuera brillante de flujo y la mirada perdida. Detrás de él, en cuatro patas sobre la cama, mi hermana esperaba que él volviera a entrar, con el culo levantado y el coño abierto y goteando.

Tenía diecinueve años. Tenía mi misma cara. Tenía el cuerpo más joven, más nuevo, más entero.

—Tu hermana también necesita —me dijo Joaquín, con una calma que me espantó.

Quise gritar y no pude. Me tomó del brazo, me llevó de vuelta al cuarto y me cerró la puerta. Escuché lo que siguió como si me estuvieran clavando agujas en los tímpanos: los gemidos de Carla, los golpes de las caderas de él contra su culo, la voz ronca de Joaquín pidiéndole que le dijera de quién era. Lloré sin parar hasta que se hizo de día.

Al otro día le pregunté a Joaquín cuánto hacía. Me confesó que mi madre, en una de las últimas visitas, le había dicho a Carla lo mismo que me había dicho a mí. Que las dos lo cuidáramos. Que ninguna sintiera celos. Que en esa casa íbamos a sobrevivir si nos quedábamos juntos.

Tardé semanas en hablarle a Carla. Cuando lo hice, no me pidió perdón. Me pidió que la entendiera.

***

Lo que sigue es la parte que cuesta contar.

La novedad de Carla en la cama de Joaquín me dolió hasta que dejó de dolerme. Una noche, sin saber cómo, terminamos las tres personas en la misma habitación. Yo estaba sentada al borde de la cama, mi hermana entró en corpiño y bombacha, se acercó y me besó en la boca sin avisar. Sabía a pasta de dientes y a algo más. Le devolví el beso con torpeza y después con ganas. Le solté el corpiño. Le chupé los pezones, chicos y duros, mientras Joaquín miraba desde los pies de la cama, en calzoncillos, con la mano encima del bulto.

—Sigan, princesas —dijo—. Yo miro.

Nos acostamos las dos. Carla me abrió las piernas y bajó a lamerme el coño como si fuera algo que había hecho toda la vida. Después me tocó a mí. Le lamí a mi hermana el clítoris con la boca llena y le metí dos dedos, mientras ella me agarraba el pelo. Cuando Joaquín no aguantó más se sumó. Se le metió por atrás mientras ella tenía la cara entre mis piernas, y yo la sentía gemir contra mi coño cada vez que él le empujaba. Aprendí que mirarla a ella con la boca abierta mientras él la cogía por detrás me prendía más que cualquier escena imaginada. Aprendí que ella sentía lo mismo cuando yo estaba debajo, cuando él me la metía de frente y me miraba a los ojos y le decía «mirá a tu hermana, mirá cómo se la cojo».

Terminamos las tres pegadas, sudadas, con el semen de él escurriéndose de los dos coños al mismo tiempo. Nos reímos bajito, como criaturas que hicieron una travesura. Después nos dormimos abrazadas.

La casa se volvió un lugar raro. Era nuestra y no era nuestra. Joaquín seguía trayendo el dinero. Nosotras seguíamos siendo sus princesas, pero también éramos otra cosa. Por la mañana íbamos a estudiar o al trabajo. Por la noche, nadie hablaba de lo que pasaba puertas adentro.

Un sábado de invierno llegó con dos cajas envueltas en papel brillante. Adentro había lencería para las dos: encaje negro para mí, encaje rojo para Carla, con las bombachas abiertas en la entrepierna. Nos la probamos en el cuarto y, cuando bajamos, él aplaudió como si fuéramos modelos en una pasarela.

—Hoy hay fiesta —anunció.

Carla soltó un «sí» con un entusiasmo que me hizo girar la cabeza. Como si ya supiera.

A las nueve tocaron la puerta. Joaquín fue a abrir. Entraron cuatro hombres que yo no conocía. Mi hermana sí. Saltó a los brazos de uno de ellos como si fueran novios desde hacía años y se lo llevó al cuarto del fondo, riéndose. Otro la siguió.

Joaquín me tomó por la cintura.

—Estos amigos vinieron a saludarte —me dijo al oído—. Portate como sabés.

Uno de los hombres le pasó un sobre. Lo vi de reojo. No era delgado. Joaquín lo dobló y lo metió en el bolsillo del pantalón.

***

Los dos que quedaron conmigo eran más grandes que Joaquín. Uno gordo, colorado, con la camisa medio abierta. Otro flaco, callado, con los ojos fijos en mi lencería como si estuviera calculando. Me llevaron al sillón. El gordo se sentó y me hizo arrodillar entre sus piernas. Se abrió el cierre y me sacó la verga a la cara. No era tan larga como la de Joaquín pero era gruesa, mucho más gruesa. Me la metió en la boca sin preguntar.

—Hacela como te enseñaron, nena —dijo, agarrándome del pelo.

El flaco se me puso atrás. Me corrió la bombacha abierta y me metió la lengua en el coño mientras yo mamaba al otro. Después se puso el forro, me agarró de las caderas y me la metió de una. Me arqueé con la verga en la boca. Empezaron a cogerme de las dos puntas, coordinados, como si lo hubieran hecho mil veces. El gordo me empujaba la cabeza cada vez que quería llegar hasta el fondo, el flaco me clavaba los dedos en la cintura y me daba con fuerza por detrás.

Desde la puerta del cuarto de Carla llegaban los ruidos de ella con los otros dos. Gemidos altos, risas, el chocar de la cama contra la pared. Joaquín iba y venía por el pasillo con un vaso en la mano, controlando todo, sonriendo cuando pasaba cerca mío.

Durante las primeras dos horas estuve a punto de llorar tres veces. La primera cuando el flaco me acabó adentro del forro y el gordo me dio vuelta y me montó él, más pesado, más brusco. La segunda cuando llegó un tercero desde el cuarto de Carla, con la verga todavía brillante de mi hermana, y me la puso en la boca sin darme tiempo a limpiarme la cara. La tercera cuando me llevaron al cuarto del fondo y me tiraron en la cama al lado de Carla, y me di cuenta de que iban a cogernos a las dos al mismo tiempo, en la misma cama, mientras los otros miraban.

Después, en un momento que no puedo ubicar con precisión, algo se me apagó y algo se me prendió. Mi hermana y yo nos miramos a los ojos a través de cuerpos que no eran nuestros. Ella estaba montada sobre uno, moviéndose sola, con la boca abierta. Yo estaba en cuatro con otro clavándomela por atrás. Estiró la mano y me agarró la mano. Nos quedamos así, con los dedos entrelazados en el medio de la cama, mientras nos cogían. Ese cruce de miradas me dio más vértigo que cualquier otra cosa que viví. Me vine ahí, mirándola a ella, apretándole la mano, con un tipo desconocido acabándome adentro con el forro puesto y otro esperando turno de rodillas al lado.

Terminé empapada de sudor ajeno, con la espalda contra una almohada que no reconocía, con lechada seca en las tetas y en la panza, escuchando la risa ronca de Joaquín desde la puerta. Contaba los billetes del sobre en voz baja, mojándose el pulgar cada tres.

A la mañana siguiente nos despertó con desayuno en la cama. Café con leche, medialunas, un ramo de flores. Nos trató como diosas. Nos bañó él mismo, una después de la otra, enjabonándonos despacio, besándonos el pelo mojado. Esa tarde nos compró ropa nueva. Esa noche dormimos las tres en la misma cama, abrazadas, sin tocarnos demasiado.

***

Hoy tengo veintitrés años. Carla está embarazada y no sabemos de quién. Joaquín nos dice que no importa, que el bebé va a tener todo lo que nosotras no tuvimos, y por primera vez en mucho tiempo le creo. Las fiestas siguen ocurriendo una vez al mes. Yo conservo el implante. Mi hermana no quiso volver a ponérselo.

A veces, cuando salgo del trabajo y vuelvo a la casa que él construyó con sus manos, pienso en mi madre. Pienso en la conversación del hospital. Pienso en lo que ella sabía y en lo que no quiso decirme en voz alta. La perdono y no la perdono al mismo tiempo. Algo parecido siento con Joaquín. Algo parecido siento conmigo.

Si llegaste hasta acá, gracias por leer. Capaz alguna vez te encontrés frente a una elección parecida y entiendas que las cosas no son tan simples como uno cree desde afuera.

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Comentarios(8)

TatoMDQ

Increible relato!!! uno de los mejores que lei en este sitio

Sil_lectora

Por favor seguí escribiendo, quedé con muchas ganas de mas. Espero la continuación!!

ClaudioMZA

Me recordo a una dinamica familiar complicada de mi propia historia... ese nivel de tension se siente en cada linea. Bien narrado.

RamonGDL

La escena del hospital me atrapó de inmediato. No pude soltar el relato hasta terminar jaja

MarisolRd

Se hizo corto!!! quiero mas :)

lectora_silenciosa

buenisimo, este tipo de historias son las que mas me enganchan

Gonzalo_87

Muy interesante la dinamica entre los personajes. Quedo esperando ver como se desarrolla todo

LauraM_BA

Muy bien contado, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!!

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